Mi última plegaria antes de ti Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo

Berta llegó a la parroquia antes de las ocho.

—¿Padre? —llamó.

No recibió respuesta.

Revisó la cocina. El plato que había dejado cubierto la tarde anterior estaba lavado dentro del escurridor. Osvaldo había comido, se había cambiado y había vuelto a marcharse.

No encontró ninguna nota sobre la mesa. Tampoco había un recado junto al teléfono y la bicicleta ya no estaba frente a la parroquia.

Berta consultó el reloj.

Todavía no eran las ocho y el párroco de San Sebastián ya había desaparecido sin informar a qué hora pensaba regresar.

Había dormido poco.

Se despertó tres veces durante la noche. En cada ocasión fue hasta el baño, bebió un poco de agua y regresó a la cama convencida de que conseguiría dejar de pensar.

No lo consiguió.

La respuesta de Osvaldo volvía apenas cerraba los ojos.

En casa de Noelia.

No le había ofrecido ninguna explicación. Tampoco había parecido avergonzado. La había mirado directamente y había pronunciado aquellas palabras como si pasar la noche en la casa de una mujer fuera una consecuencia natural de sus obligaciones sacerdotales.

Berta entró en la oficina.

Dejó la cartera sobre el escritorio, corrió la silla hasta colocarla exactamente frente al teléfono y abrió el cajón donde guardaba la libreta con los números de las parroquias.

Encontró el del padre Jorge.

Antes de llamar, comprobó la hora.

Faltaban cinco minutos para las ocho.

Esperó.

Cuando el minutero alcanzó el número doce, levantó el auricular y marcó.

—Parroquia del Sagrado Corazón —respondió una mujer—. Muy buenos días.

—Muy buenos días. Habla Berta Salazar, de la parroquia San Sebastián. Necesito conversar con el padre Jorge.

—¿Se trata de algo urgente?

Berta observó la puerta cerrada de la oficina.

—Es importante.

La mujer le pidió que esperara.

Berta se sentó y alisó con la palma una hoja que se había curvado sobre el escritorio. Al otro lado de la pared, la canaleta continuaba dejando caer gotas sobre una lata.

—Berta —dijo finalmente el padre Jorge.

—Buenos días, padre.

—Buenos días. ¿Ocurrió algo?

—Necesito informarle de una situación relacionada con el padre Osvaldo.

Jorge guardó silencio.

—La escucho.

Berta acomodó el teléfono junto a su oído.

—Ayer regresó a San Sebastián cerca de las cuatro de la tarde. Las campanas comenzaron a sonar casi inmediatamente después, así que no puedo asegurarle si faltaban cinco minutos o ya eran las cuatro.

—¿Desde dónde regresaba?

—Desde el hospital.

—Sé que el hijo de la profesora sufrió un accidente.

—Lo atropellaron frente a su casa.

Berta juntó los labios.

—Por lo que me contaron, todo comenzó porque se escapó el perro.

Unas vecinas dijeron que el niño salió a buscarlo y terminó en la calle.

Yo no quiero juzgar a nadie, padre, pero una madre con dos niños debe tener cuidado con los animales que mantiene dentro de su casa.

Si un perro se escapa, alguien tiene que preguntarse por qué el portón estaba abierto.

Jorge no respondió inmediatamente.

—¿Cómo se encuentra el niño?

—Grave.

La voz de Berta se suavizó.

—Es una criatura. Él no tiene la culpa de las decisiones de los adultos. Voy a incluir su nombre en las intenciones de mañana y hablaré con las Damas de la Caridad para que hagamos una oración por su recuperación.

—Hágalo.

—Aunque esa mujer hace tiempo que no participa en las actividades de la parroquia.

—Vicente sigue perteneciendo a la comunidad.

—Por supuesto. Yo no he dicho lo contrario.

Berta se quitó los lentes y limpió uno de los cristales con la punta de su blusa.

—El problema es cómo regresó el padre Osvaldo.

—Explíqueme.

—Entró empapado, sin alzacuello y vestido con ropa que no era suya. El pantalón le quedaba corto y el suéter demasiado grande. Traía la camisa clerical dentro de una bolsa de género.

Jorge permaneció callado.

Berta volvió a ponerse los lentes.

—No estoy haciendo una apreciación, padre. El pantalón dejaba sus tobillos completamente a la vista.

—¿Le preguntó por qué llevaba esa ropa?

—Naturalmente.

—¿Qué respondió?

—Que la suya se había empapado durante la noche.

—Llovió bastante.

—Precisamente. Por eso pensé que habría regresado a la parroquia para cambiarse.

Berta pasó un dedo por el cable del teléfono.

—Vine ayer por la mañana y golpeé varias veces en su habitación. No respondió. Al principio supuse que todavía estaba en el hospital, pero después me explicó que no permitían permanecer en cuidados intensivos durante la noche.

Jorge tardó un momento en hablar.

—¿Dónde estuvo entonces?

—En casa de Noelia.

El golpeteo de la canaleta volvió a escucharse dentro de la oficina.

—¿Él se lo dijo? —preguntó Jorge.

—Se lo pregunté directamente.

Berta se enderezó.

—No acostumbro repetir cosas sin comprobarlas. Le pregunté dónde había pasado la noche y respondió: «En casa de Noelia».

—¿Dijo quién más estaba allí?

—No.

—¿La señora Elvira?

—No la mencionó.

—Cristóbal debe haber estado allí. Vicente ya se encontraba en el hospital.

Berta se inclinó ligeramente.

—¿Se acuerda de lo que le conté la última vez?

—Lo recuerdo.

—Las salidas sin alzacuello, los horarios, la bicicleta frente a la casa de la profesora y las ocasiones en que regresaba sin explicar de dónde venía.

—Sí.

—Usted me pidió que no sacara conclusiones antes de tener antecedentes claros.

Jorge no la corrigió.

—Ahora los tengo —continuó Berta—. Pasó la noche en esa casa, regresó con ropa prestada y dijo que volvería al hospital con Noelia.

—¿Esas fueron sus palabras?

—Yo no quiero perjudicarlo, padre. El padre Osvaldo ha sido bueno con esta comunidad.

Pero desde hace semanas no acepta ninguna observación.

Si le pregunto a qué hora regresará, cree que intento vigilarlo.

Si le recuerdo que debe usar el alzacuello, me responde como si la vestimenta sacerdotal fuera una ocurrencia mía.

—Comprendo.

—Ayer apenas me miró. Entró vestido de esa manera, dijo que comería algo y regresaría al hospital. Como si en San Sebastián no hubiera ninguna obligación esperando.

—El lunes debe presentarse a un retiro…

—No dormí bien, padre. Me levanté tres veces.

—¿Se encuentra enferma?

—No. Preocupada.

La respuesta fue inmediata.

—Alguien tiene que preocuparse antes de que las cosas lleguen más lejos.

Jorge respiró lentamente al otro lado de la línea.

—Hizo bien en llamarme, Berta.

Ella dejó de mover las manos.

—¿No cree que estoy exagerando?

—Creo que ha visto algo que yo necesito conocer.

Berta cerró los ojos.

—Gracias, padre.

—No se preocupe. Vamos a tomar cartas en el asunto.

—¿Hablará con monseñor?

—Primero conversaré con Osvaldo.

—Puedo escribirle todo lo que ocurrió. Anoté la hora aproximada y la ropa que llevaba.

—No será necesario por ahora.

Berta miró la libreta abierta junto al teléfono.

En una de las páginas había escrito:

Viernes 28. Cerca de las cuatro. Sin alzacuello. Ropa ajena.

Cerró la libreta.

—Como usted diga.

—¿Dónde está internado Vicente?

—En el Hospital de Puerto Ceniza. Cuidados intensivos.

—Mañana iré a visitarlo.

—El padre Osvaldo celebrará la misa de la mañana.

—Seguramente regresará al hospital apenas termine.

—Por eso hablaré con él allí.

Berta acomodó nuevamente los lentes.

—¿Quiere que le avise?

—No.

—Entiendo.

—Tampoco comente esta conversación con nadie.

—Usted me conoce, padre.

Jorge dejó pasar un segundo antes de responder.

—Confío en su discreción.

—Por supuesto.

—Gracias por avisarme. Ahora deje este asunto en mis manos.

—Así lo haré.

La comunicación terminó.

Berta mantuvo una mano sobre el teléfono. Después abrió la carpeta con las intenciones de la misa dominical y escribió el nombre de Vicente en la primera línea.

Esperó a que la tinta se secara.