Capítulo 18
Capítulo
El teléfono sonó antes del amanecer.
Osvaldo ya estaba despierto.
Permanecía sentado junto al aparato, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en la ventana. La lluvia había disminuido durante la madrugada, pero algunas gotas continuaban golpeando los vidrios.
Tomó el teléfono antes del segundo timbrazo.
—¿Aló?
Escuchó una voz al otro lado de la línea.
Noelia despertó sobresaltada en el sofá. Todavía abrazaba a Cristóbal, que se removió entre sus brazos sin abrir los ojos. A sus pies, Niebla levantó la cabeza y miró hacia el teléfono.
Osvaldo se volvió hacia ella.
—Es del hospital.
Noelia apartó cuidadosamente a Cristóbal y se puso de pie. Las piernas le fallaron al primer intento y tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá.
Recibió el teléfono con ambas manos.
—¿Sí?… Sí, soy su madre.
Osvaldo permaneció a su lado.
Noelia escuchó en silencio. Asentía aunque la persona al otro extremo no pudiera verla.
—Comprendo… ¿No hubo ningún cambio?… Sí… Estaremos allá temprano. Muchas gracias.
—Sigue estable —dijo.
Osvaldo soltó lentamente el aire.
—Eso es bueno.
—No dijeron que estuviera mejor.
—Pero tampoco ha empeorado.
Cristóbal continuaba dormido en el sofá, encogido en el lugar que ella había dejado. Niebla se acercó y apoyó el hocico sobre su rodilla.
—Tengo que volver.
—Volveremos.
Ella levantó los ojos hacia Osvaldo.
La ropa de Daniel le quedaba ligeramente holgada. El pantalón dejaba al descubierto una parte de sus tobillos y el suéter conservaba algunas arrugas de la noche pasada. Sentado junto al teléfono y sin alzacuello, ya no parecía el sacerdote de San Sebastián.
Parecía solamente un hombre que había esperado junto a ella.
—No es necesario que sigas acompañándome —dijo Noelia.
Osvaldo guardó silencio.
Después tomó una de sus manos y pasó el pulgar sobre sus nudillos.
—Noelia, no me pidas que me vaya ahora.
Ella cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, asintió.
La señora Elvira llegó poco después de las siete, envuelta en un abrigo oscuro y con el cabello cubierto por un pañuelo. Encontró a Cristóbal despierto junto a la estufa, sosteniendo entre las manos una taza de leche que no había probado.
—¿Llamaron del hospital? —preguntó mientras se quitaba los guantes.
—Vicente pasó la noche estable —respondió Noelia—. Tenemos que regresar.
—Yo me quedaré con Cristóbal.
El niño dejó la taza sobre la mesa.
—Quiero ir con ustedes.
Noelia se agachó frente a él.
—Todavía no puedes entrar a verlo.
—Puedo esperar afuera.
—Hoy no, mi amor.
Cristóbal bajó la mirada.
—Dile que estuve esperando toda la noche.
Noelia le sostuvo el rostro entre las manos.
—Y que Niebla también esperó.
—Se lo diré.
Lo besó en la frente y subió al segundo piso para cambiarse.
Osvaldo se acercó a la estufa. Su camisa negra y el alzacuello permanecían donde los había dejado. La tela todavía conservaba humedad en los puños.
Tomó la camisa, la dobló cuidadosamente y la guardó junto con el alzacuello en una bolsa de género que Noelia había dejado sobre una silla.
Cuando ella regresó, llevaba el abrigo café y el cabello recogido sin demasiado cuidado. Miró la bolsa y después la ropa de Daniel que Osvaldo aún vestía.
—¿No vas a cambiarte?
—Lo haré en la parroquia.
—La camisa todavía está húmeda.
Noelia sostuvo su mirada, pero no preguntó cuándo pensaba volver a la parroquia.
Antes de salir, Cristóbal corrió hacia él.
—Tío Osvaldo…
Osvaldo se volvió.
El niño lo abrazó alrededor de la cintura.
—No dejes sola a mi mamá.
Osvaldo apoyó una mano sobre su cabeza.
—No la dejaré sola.
La señora Elvira apartó el rostro hacia la estufa.
Noelia abrió el portón cuando el taxi se detuvo frente a la casa. Niebla salió detrás de ellos y permaneció bajo el alero, mirando cómo subían al automóvil.
Esta vez no aulló.
Continuó inmóvil junto al portón hasta que el taxi desapareció bajo la lluvia.
Durante el trayecto hacia el hospital, Noelia permaneció junto a la ventanilla.
La ciudad comenzaba a despertar bajo un cielo gris. Algunos comerciantes levantaban las cortinas metálicas de sus negocios y los primeros trabajadores esperaban locomoción bajo los paraderos. El agua corría arrastrando hojas, barro y pequeños trozos de papel.
Cada vez que el taxi se detenía, Noelia miraba su reloj.
Osvaldo mantenía el bolso café y la bolsa de género sobre las rodillas.
—Nos llamaron para decir que estaba estable —dijo—. Eso significa que podemos llegar con calma.
Noelia no apartó los ojos de la calle.
—No sé cómo se hace eso.
—¿Qué cosa?
—Llegar con calma cuando tu hijo está en una cama y tú no sabes si volverá a abrir los ojos.
Osvaldo bajó la mirada.
No intentó responder.
Cuando llegaron al hospital, Noelia descendió antes de que el conductor terminara de estacionarse. Atravesó la entrada y se dirigió directamente al mesón.
La funcionaria la reconoció.
—Señora Noelia, el médico vendrá a hablar con usted. Puede esperar junto a la unidad.
—¿Puedo ver a mi hijo?
—Apenas terminen el cambio de turno.
Noelia asintió.
Osvaldo pagó el taxi y entró algunos segundos después. La encontró frente a las puertas del ascensor, apretándose una mano con la otra.
Subieron sin hablar.
El pasillo de cuidados intensivos conservaba la misma luz blanca de la noche anterior. Noelia miró hacia las puertas cerradas, como si esperara distinguir a Vicente al otro lado.
El médico apareció poco después, acompañado por una enfermera que llevaba varias fichas contra el pecho.
—Su hijo no presentó nuevas complicaciones durante la noche —les informó—. Sus signos vitales se han mantenido estables.
—¿Eso quiere decir que está mejor? —preguntó Noelia.
El médico acomodó la ficha debajo de su brazo.
—Quiere decir que su estado no se ha deteriorado. Por ahora, eso es favorable.
—¿Sigue inconsciente?
—Continúa sedado. Necesitamos mantenerlo así mientras observamos su evolución.
—¿Por cuánto tiempo?
—Todavía no puedo darle un plazo. Las próximas horas serán importantes.
Noelia bajó la cabeza.
Osvaldo apoyó una mano sobre su espalda.
—¿Existe algo que podamos hacer? —preguntó.
El médico miró la ropa que llevaba y después reconoció el bolso café colgado de su hombro.
—Esperar —respondió—. En este momento, lo que Vicente necesita es tiempo.
Noelia levantó nuevamente la mirada.
—Quiero verlo.
—Podrán entrar durante diez minutos. Después tendrán que esperar afuera.
La enfermera les indicó que dejaran los abrigos y los bolsos sobre unas sillas. Cuando señaló la bolsa de género, Osvaldo la colocó debajo de su abrigo, procurando que la camisa negra no quedara a la vista.
—Pueden pasar —dijo ella.
Noelia entró primero.
Vicente permanecía en la misma posición de la noche anterior. Las vendas, el tubo y las vías continuaban rodeando su pequeño cuerpo. Solo la sábana había sido cambiada y una de sus manos descansaba ahora sobre el pecho.
Noelia se acercó lentamente.
—Hola, mi amor.
Tomó la mano que permanecía libre.
—Te dije que volvería apenas amaneciera.
Acarició sus dedos con el pulgar. La piel ya no estaba tan fría como la noche anterior, pero Vicente no reaccionó.
Osvaldo se situó al otro lado de la cama.
No llevaba el alzacuello ni la camisa negra. La ropa de Daniel lo hacía parecer ajeno a cualquier ceremonia, a cualquier parroquia y a cualquier obligación que existiera fuera de aquella habitación.
Tomó cuidadosamente la otra mano del niño.
No rezó en voz alta.
Simplemente permaneció allí.
—Cristóbal quería venir —continuó Noelia—. Se enojó conmigo porque no lo traje.
Una sonrisa débil apareció en sus labios y desapareció de inmediato.
—Dice que estuvo esperándote toda la noche. Niebla también. Se quedó junto al portón mirando cada vez que pasaba un automóvil.
Acercó la mano de Vicente a su rostro.
—Tienes a todos esperando, hijo.
El monitor continuó marcando el mismo ritmo.
Noelia observó los párpados del niño, buscando un temblor o alguna señal que solo ella fuera capaz de reconocer.
—¿Puede escucharme? —preguntó sin apartar los ojos de él.
La enfermera, que revisaba una de las vías, se volvió hacia ella.
—No podemos saberlo con certeza, pero puede seguir hablándole. Escuchar una voz conocida no le hará daño.
Noelia asintió.
—Mamá está aquí —repitió—. Y el tío Osvaldo también.
Osvaldo levantó los ojos hacia ella.
Noelia no pareció advertirlo. Continuó acariciando la mano de su hijo.
—No vamos a dejarte solo.
La enfermera terminó de revisar la vía y salió de la habitación.
Durante algunos minutos no se escuchó nada más que el monitor y la respiración asistida de Vicente.
Osvaldo pasó el pulgar sobre los dedos del niño.
—Cristóbal me pidió que cuidara a tu mamá —dijo en voz baja—. Así que tendrás que despertar pronto, porque no estoy seguro de poder hacerlo tan bien como tú.
Noelia lo miró.
La emoción le contrajo el rostro, pero consiguió contener el llanto.
—Lo estás haciendo bien —susurró.
La puerta volvió a abrirse.
—Lo siento —dijo la enfermera—. Terminó el tiempo de visita.
Esta vez Noelia no protestó.
Se inclinó sobre Vicente y besó con cuidado uno de sus dedos.
—Voy a estar aquí afuera.
Dejó su mano sobre la cama y retrocedió lentamente.
Osvaldo fue el último en soltarlo.
En la sala de espera, Noelia ocupó la misma silla donde había permanecido la noche anterior. Frente a ella, las puertas se abrían y cerraban para dejar pasar médicos, enfermeras y carros con instrumental. Cada vez que alguien aparecía, levantaba la cabeza.
Osvaldo fue hasta una máquina ubicada al final del pasillo y regresó con dos vasos de café.
Le ofreció uno.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tenías hambre.
Noelia recibió el vaso, pero no bebió.
—¿Qué hora es?
Osvaldo consultó el reloj de pared.
—Casi las once.
Ella observó el café entre sus manos.
—Parece que lleváramos aquí varios días.
—Todavía no ha pasado uno.
El resto de la mañana transcurrió sin nuevas noticias.
Alrededor de las dos de la tarde, el médico volvió a confirmarles que Vicente continuaba estable. Noelia recibió aquellas palabras con una mezcla de alivio y frustración. Ya sabía que estable no significaba despierto, ni mejor, ni fuera de peligro.
Cuando el médico se marchó, miró a Osvaldo.
Él permanecía sentado a su lado, con los codos apoyados sobre las rodillas. La barba comenzaba a oscurecerle el rostro y las arrugas del suéter de Daniel se habían marcado aún más.
—Tienes que ir a la parroquia —dijo.
Osvaldo levantó la cabeza.
—No.
—Llevas desde ayer sin regresar.
—Pueden arreglárselas unas horas más.
—Tienes que cambiarte. Comer algo. Saber si alguien te ha buscado.
—No quiero dejarte aquí sola.
Las puertas de cuidados intensivos continuaban cerradas.
—No estoy sola. Vicente está al otro lado.
Ella apoyó una mano sobre su brazo.
—Ve.
Él sostuvo su mirada.
—Volveré.
Los dedos de Noelia permanecieron algunos segundos sobre la manga del suéter antes de apartarse.
Osvaldo se puso de pie. Recogió el abrigo, el bolso café y la bolsa que contenía su ropa clerical.
—Si ocurre cualquier cambio, pide que llamen a la parroquia.
—Lo haré.
—Aunque sea algo pequeño.
—Aunque sea algo pequeño.
Osvaldo vaciló.
Después se inclinó y apoyó una mano sobre el hombro de Noelia. Ella la cubrió con la suya, pero ninguno dijo nada.
Al salir del hospital, encontró la bicicleta donde la había dejado la noche anterior, asegurada bajo el alero. La lluvia había cubierto el marco con pequeñas gotas y el asiento permanecía húmedo.
Guardó la bolsa de género dentro del canasto, cruzó el bolso café sobre su pecho y miró hacia las ventanas de los pisos superiores.
No podía saber cuál de ellas correspondía a la habitación de Vicente.
Aun así, permaneció contemplándolas durante algunos segundos antes de subir a la bicicleta y tomar el camino hacia la parroquia.
La lluvia volvió a intensificarse durante el trayecto.
Osvaldo pedaleó inclinado sobre el manubrio. El viento descendía desde los cerros y levantaba el agua acumulada en las calles.
Cuando llegó a San Sebastián, las campanas marcaban las cuatro de la tarde.
La plaza estaba casi vacía. Un vendedor recogía apresuradamente su puesto de frutas y dos mujeres atravesaban la calle cubriéndose la cabeza con bolsas de plástico.
Osvaldo dejó la bicicleta junto a la entrada principal y subió los peldaños.
La puerta estaba abierta.
Berta se encontraba en el vestíbulo, ordenando unos avisos sobre una mesa.
Guardó silencio.
Su mirada descendió desde el cabello mojado de Osvaldo hasta el pantalón que dejaba sus tobillos al descubierto. Se detuvo en el suéter de lana, en la bolsa de género y, finalmente, en la ausencia del alzacuello.
—Padre Osvaldo…
Él dejó la bolsa junto a la puerta.
—Buenas tardes, Berta.
—¿Qué le ocurrió?
—Nada.
—Viene completamente mojado.
—La lluvia empeoró en el camino.
Berta se acercó.
—¿Cómo sigue Vicente?
—Grave, pero estable.
—¿Qué fue lo que pasó?
Osvaldo se quitó el abrigo.
—Lo atropellaron frente a su casa.
Berta se llevó una mano al pecho.
—Dios santo.
Miró hacia la entrada de la iglesia.
—Voy a pedir que el domingo recemos por él.
—Gracias.
Osvaldo levantó nuevamente la bolsa. El movimiento dejó a la vista una parte de la camisa negra que llevaba guardada en el interior.
Berta observó la prenda y después volvió a mirar el suéter.
—¿Viene del hospital?
—Sí.
—Debe estar agotado.
—No dormí mucho.
—¿Y por qué está vestido de esa manera?
Osvaldo bajó los ojos hacia la ropa de Daniel.
—Mi ropa se empapó anoche.
—Pensé que habría regresado a cambiarse.
—Estaba en el hospital.
—Supuse que habría regresado durante la madrugada.
—No regresé.
Una ráfaga de viento entró por la ventana y levantó algunos papeles de la mesa. Berta se apresuró a sujetarlos con una mano.
—Le dejé comida en la cocina —dijo—. No sabía si había comido.
—No era necesario.
—Tiene que cuidarse, padre. No puede ayudar a nadie si termina enfermo.
Osvaldo se pasó una mano por el cabello mojado.
—Comeré algo antes de volver al hospital.
Berta levantó lentamente la cabeza.
—¿Va a regresar hoy?
—Se lo prometí a Noelia.
—Por supuesto.
Osvaldo recogió la bolsa y comenzó a caminar hacia el pasillo que conducía a su habitación.
—Padre…
Él se detuvo.
Berta permanecía junto a la mesa. Vaciló antes de hablar.
—¿Se quedó toda la noche en el hospital?
—No.
Berta reparó nuevamente en la ropa que llevaba, el bolso café cruzado sobre su pecho y la camisa clerical guardada dentro de la bolsa.
—¿Dónde pasó la noche?
Osvaldo no intentó evitar la pregunta.
—En casa de Noelia.