Capítulo 17
Capítulo
Unidad de Cuidados Intensivos — Noche
La puerta de cuidados intensivos se abrió.
Noelia se separó de Osvaldo y volvió inmediatamente el rostro hacia el médico.
—¿Qué ocurrió?
—Su hijo ya se encuentra instalado en la unidad. Continúa grave, pero permanece estable por el momento.
—¿Puedo verlo?
—Durante cinco minutos.
Noelia miró a Osvaldo.
El médico advirtió el alzacuello debajo de su abrigo empapado.
—Padre, puede acompañarla si lo desea.
Osvaldo asintió.
Una enfermera les pidió que esperaran mientras preparaba la entrada. Después señaló el abrigo de Osvaldo.
—Debe dejarlo afuera. Está completamente mojado.
Él se lo quitó. La camisa negra también estaba húmeda alrededor de los hombros y el alzacuello se le había adherido a la garganta. Dejó el abrigo sobre una silla, pero conservó el bolso café cruzado.
Noelia permaneció a su lado, frotándose las manos manchadas.
La enfermera regresó.
—Pueden pasar.
La unidad de cuidados intensivos estaba iluminada por una luz blanca y uniforme. El aire era más frío que en el pasillo y olía a desinfectante.
Vicente permanecía acostado en una cama demasiado grande para su cuerpo. Tenía vendas alrededor de la cabeza, un tubo entre los labios y varias vías conectadas a los brazos. Un monitor emitía sonidos regulares junto a la cama.
Noelia se detuvo en la entrada.
Durante algunos segundos no reconoció a su hijo.
Buscó en aquel rostro inmóvil al niño que perdía sus calcetines, discutía con Cristóbal por el tamaño de las galletas y se negaba a dormir con los zapatos fuera de la cama.
Solo encontró vendas, tubos y párpados cerrados.
—No…
Osvaldo puso una mano sobre su espalda.
—Estoy aquí.
Una enfermera escribía observaciones en la ficha clínica. Cuando terminó, cerró la carpeta y se acercó a ellos.
—Los dejaré solos durante cinco minutos. Si necesitan algo, estaré al otro lado de la puerta.
Noelia apenas pareció escucharla.
Avanzó lentamente hasta la cama.
—Vicente…
Le tomó una mano. Estaba fría y tenía una vía sujeta con cinta adhesiva.
—Mamá está aquí.
Acarició sus dedos.
—Ya vine, hijo. No estás solo.
El monitor continuó marcando el ritmo de su corazón.
Osvaldo rodeó la cama y se situó al otro lado. Miró durante varios segundos el rostro vendado del niño antes de tomar cuidadosamente su otra mano.
Noelia se inclinó.
—Perdóname —susurró—. Yo tenía que haber salido contigo.
—No fue tu culpa —dijo Osvaldo.
—Le dije que esperara, pero debía haber ido a buscar el palo.
—Fue un accidente.
—Es mi hijo. Tenía que cuidarlo.
La voz de Noelia se quebró. Apoyó la frente sobre los dedos de Vicente y comenzó a llorar.
Osvaldo quiso consolarla, pero no encontró palabras.
Apretó suavemente la mano del niño.
Vicente no reaccionó.
Osvaldo bajó la cabeza. Intentó respirar, pero el aire quedó detenido dentro de su pecho. Las lágrimas comenzaron a caerle sin que pudiera contenerlas.
Noelia levantó el rostro.
Lo descubrió llorando al otro lado de la cama, todavía aferrado a la mano de Vicente.
Hasta ese momento no había comprendido cuánto significaba su hijo para él.
Osvaldo no había atravesado la ciudad únicamente por ella.
También sufría por Vicente.
Permanecieron en silencio, cada uno sosteniendo una de sus manos, mientras el sonido regular del monitor llenaba la habitación.
Al otro lado de la ventana, la lluvia descendía sobre Puerto Ceniza. Las luces del hospital se reflejaban en el vidrio y ocultaban el mar, los edificios y las calles.
Afuera solo existían oscuridad y agua.
Noelia volvió la atención hacia su hijo.
Después levantó los ojos hacia Osvaldo.
—Necesito que le des la unción.
Osvaldo sostuvo la mirada de Noelia.
Simplemente asintió.
Soltó con cuidado la mano del niño y abrió el bolso café. Sacó una pequeña estola, se la colocó sobre los hombros húmedos y retiró el recipiente que contenía el óleo de los enfermos.
Noelia continuó sosteniendo la otra mano de Vicente.
Osvaldo permaneció unos segundos en silencio.
Después apoyó suavemente una mano sobre la parte descubierta de la cabeza del niño y cerró los ojos.
Su respiración tembló antes de comenzar a rezar.
No estaba frente al altar de San Sebastián ni debajo del mural de la parroquia. No había feligreses esperando una homilía ni autoridades observando cada uno de sus gestos.
Solo estaban Vicente, Noelia y el sonido regular de una máquina indicando que la vida permanecía allí.
—Señor —comenzó Osvaldo—, mira con misericordia a Vicente. Sostén su vida, alivia su dolor y dale la fuerza que necesita para regresar con quienes lo aman.
La voz volvió a quebrársele.
Hizo una pausa.
Noelia bajó la cabeza y apretó los dedos de su hijo entre los suyos.
—Acompaña a su madre y a su hermano durante esta noche. No permitas que el miedo los deje sin esperanza.
Osvaldo abrió el recipiente.
Hundió el pulgar en el óleo y se inclinó sobre Vicente. Buscó un pequeño espacio libre entre las vendas y ungió cuidadosamente su frente.
—Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo.
—Amén —respondió Noelia entre lágrimas.
Osvaldo volvió a tomar el óleo.
Levantó con delicadeza una de las manos de Vicente, procurando no mover la vía sujeta a su brazo, y ungió sus dedos.
La última palabra apenas consiguió salir de su boca.
Osvaldo mantuvo la mano de Vicente entre las suyas.
—Que Dios te sostenga durante esta noche —continuó—. Que permanezca contigo mientras nosotros no podamos hacerlo. Y que mañana, cuando tu madre regrese, todavía pueda encontrarte luchando.
Noelia cerró los ojos.
—Por favor —susurró.
Osvaldo inclinó la cabeza.
—Devuélvelo a su casa. A su hermano. A Niebla. A todos los que lo esperan.
Guardó silencio.
Solo se escuchó el monitor.
Después cerró el recipiente y lo dejó dentro del bolso. Se quitó la estola lentamente, pero no se apartó de la cama.
Volvió a tomar la mano de Vicente.
Noelia rodeó el lecho y se colocó junto a él. Apoyó la cabeza sobre su hombro mientras ambos contemplaban el rostro inmóvil del niño.
La puerta se abrió.
La enfermera permaneció junto al marco.
—Lo siento. Tienen que retirarse.
Noelia negó con la cabeza.
—No puedo dejarlo solo.
—No está permitido permanecer dentro de la unidad.
—Puedo sentarme en un rincón. No molestaré a nadie.
—Si ocurre cualquier cambio, la llamaremos.
Noelia volvió hacia la cama.
—Si abre los ojos, no sabrá dónde está.
La enfermera se acercó.
—Le hablaremos. Le diremos que su madre estuvo aquí y que regresará por la mañana.
Noelia acarició los dedos de Vicente.
Osvaldo apoyó una mano sobre su espalda.
—Volveremos temprano.
Ella permaneció inmóvil.
Después se inclinó y besó con cuidado la parte descubierta de la frente de su hijo.
—Mamá volverá apenas amanezca —le prometió—. No te vayas a ninguna parte.
Le acarició la mejilla.
Soltó su mano lentamente.
—No estás solo —le dijo—. Vamos a volver.
Ambos caminaron hacia la puerta.
Noelia volvió el rostro una última vez.
El monitor continuaba emitiendo el mismo sonido regular.
En el pasillo, Noelia volvió a sentarse.
—No quiero regresar a la casa.
Osvaldo recogió el abrigo mojado y se lo puso.
—Cristóbal te está esperando.
La mención de su otro hijo la hizo cerrar los ojos.
—Debe estar aterrado.
—Por eso tienes que volver.
La puerta de cuidados intensivos seguía cerrada.
—¿Y si ocurre algo mientras no estoy?
—El hospital tiene el número de tu casa. Si hay algún cambio, llamarán inmediatamente.
—Le prometí a Vicente que regresaría apenas amaneciera.
—Y lo harás.
Osvaldo le ofreció una mano.
—Vamos.
La funcionaria de recepción pidió un taxi. Antes de subir, Osvaldo aseguró la bicicleta bajo el alero del hospital y guardó la llave dentro del bolso.
Durante el trayecto no hablaron.
Noelia contempló las calles de Puerto Ceniza a través del vidrio empañado. Cada vez que cerraba los ojos veía el zapato de Vicente junto a la cuneta. Volvía a abrirlos antes de que la imagen terminara de formarse.
Osvaldo permaneció a su lado. El bolso descansaba sobre sus rodillas y el abrigo empapado mojaba el asiento.
Cuando llegaron a la casa amarilla, la luz de la cocina continuaba encendida.
La señora Elvira abrió antes de que alcanzaran a golpear.
—Gracias a Dios —dijo al verlos—. ¿Cómo está?
Noelia entró sin responder.
Cristóbal apareció desde el pasillo.
—¡Mamá!
Corrió hacia ella y se arrojó a sus brazos.
Noelia se arrodilló para recibirlo. El niño le rodeó el cuello con tanta fuerza que casi la hizo perder el equilibrio.
—¿Viste a Vicente?
—Sí.
—¿Despertó?
Noelia negó lentamente.
—Todavía no.
Cristóbal miró a Osvaldo.
—¿Se va a morir?
La pregunta dejó la cocina en silencio.
Noelia sostuvo el rostro de su hijo entre las manos.
—Está grave, pero los médicos consiguieron estabilizarlo.
—¿Eso significa que se va a mejorar?
Noelia volvió los ojos hacia Osvaldo.
Él se agachó junto a ambos.
—Significa que está luchando —respondió—. Esta noche los médicos van a cuidarlo y nosotros estaremos aquí esperando que regrese.
Cristóbal comenzó a llorar.
—Fue por Niebla.
El perro permanecía echado junto a la puerta. No había corrido a recibirlos. Mantenía la cabeza apoyada entre las patas y miraba hacia el portón.
—No fue culpa de Niebla —dijo Noelia.
—Si no se hubiera escapado, Vicente no habría salido.
—Fue un accidente.
—Pero salió para buscarlo.
Cristóbal escondió el rostro contra su madre.
Niebla se levantó lentamente y se acercó. Olfateó la falda de Noelia, pero retrocedió al reconocer el olor de la sangre. Después se echó junto a ellos y dejó escapar un gemido.
Noelia extendió una mano y le acarició la cabeza.
—Tampoco fue tu culpa.
Niebla apoyó el hocico sobre su rodilla.
La señora Elvira acarició la espalda de Cristóbal.
—Me quedaré durante la noche.
Noelia negó con la cabeza.
—Necesito que vuelvas temprano para cuidar a Cristóbal. Regresaré al hospital apenas amanezca.
—Puedo quedarme y volver contigo.
—Has hecho suficiente por hoy, Elvira.
La mujer se volvió hacia Osvaldo.
—Yo me quedaré —dijo él.
Noelia levantó la cabeza.
Osvaldo sostuvo su mirada.
—No van a pasar la noche solos.
La señora Elvira soltó el aire.
—Gracias, padre. Así me voy más tranquila.
Elvira se colocó el abrigo.
—Volveré antes de las siete.
—Gracias por cuidar a Cristóbal —dijo Noelia.
—No tienes que agradecerme. Llámame si ocurre algo.
Cuando la mujer se marchó, Noelia cerró el portón y regresó a la cocina.
Osvaldo permanecía junto a la estufa. El agua caía desde su abrigo y comenzaba a formar un pequeño charco sobre el suelo.
—Tienes que cambiarte —dijo ella.
—Estoy bien.
—Estás empapado.
—Me quedaré cerca del fuego.
—No puedes pasar toda la noche con esa ropa.
La camisa continuaba adherida al cuerpo de Osvaldo.
—No traje nada para cambiarme.
Noelia guardó silencio.
Después subió al segundo piso.
Regresó algunos minutos más tarde con una camisa, un pantalón oscuro y un suéter de lana doblados sobre los brazos.
—Eran de Daniel —dijo.
Osvaldo miró las prendas.
No las tomó inmediatamente.
—Noelia, no es necesario.
—Llevan cinco años guardadas.
Ella extendió los brazos.
—Esta noche tú las necesitas.
Osvaldo recibió la ropa con cuidado.
—Gracias.
—Puedes cambiarte en el baño.
Entró y cerró la puerta.
Cuando salió, la camisa le quedaba ligeramente holgada y el pantalón era un poco más corto de lo necesario. Se había puesto el suéter de lana encima.
Dejó el abrigo, la camisa clerical y el alzacuello cerca de la estufa para que se secaran.
Noelia lo observó durante unos segundos.
Después volvió junto a Cristóbal.
Se acomodó con él en el sofá y lo atrajo hacia su cuerpo. El niño apoyó la cabeza sobre su pecho. Niebla se echó a sus pies, mirando hacia el portón como si todavía esperara que Vicente apareciera.
Osvaldo ocupó una silla cercana al teléfono.
—Intenta dormir —le dijo a Noelia—. Yo me quedaré despierto.
—No voy a poder.
—Entonces esperaremos juntos.
Afuera continuaba lloviendo.
Dentro de la casa, Noelia abrazaba a Cristóbal, Niebla vigilaba el portón y Osvaldo permanecía junto al teléfono, vestido con la ropa de Daniel.
El único que faltaba ocupaba todos los lugares.