Mi última plegaria antes de ti Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Berta continuaba observándolo desde el otro extremo del escritorio.

—Voy para allá.

—Osvaldo…

—Salgo ahora mismo.

La respuesta fue inmediata.

En aquel momento no existían la carta anónima, el retiro ni la orden de mantenerse lejos de ella.

—No estás sola —le dijo—. Espérame.

Noelia cerró los ojos.

—Ven, por favor.

—Voy en camino.

Osvaldo colgó.

Permaneció inmóvil, con una mano todavía apoyada sobre el teléfono.

—Padre —dijo Berta—, ¿qué sucedió?

Él no respondió.

Tomó el abrigo que colgaba detrás de la puerta.

—Padre, me está asustando.

—Atropellaron a Vicente.

Berta se llevó una mano al pecho.

—¿Qué Vicente?

—El hijo de Noelia.

—¡Dios bendito!

Se acercó un paso.

—¿Está vivo?

—Está en cuidados intensivos.

—¿Pero cómo ocurrió?

Osvaldo se puso el abrigo.

—Salió detrás del perro.

Berta abrió los ojos.

—¿Salió solo a la calle?

Osvaldo tomó el bolso que utilizaba durante sus visitas.

—Eso parece.

—¿Y dónde estaba su madre?

Él se detuvo.

—Berta.

—Hay que ser muy irresponsable para permitir que un niño salga corriendo de esa manera. Si estaba en la casa, tendría que haberlo estado vigilando.

Osvaldo se volvió hacia ella.

—¡Cállese, Berta!

La mujer quedó paralizada.

—Padre, yo solamente estoy diciendo que…

—No diga una palabra más.

—No quise…

—Una palabra más y tendrá que marcharse ahora mismo.

Berta apretó los labios.

Osvaldo atravesó el pasillo y abrió la puerta que comunicaba con el patio.

Una cortina de agua caía sobre los adoquines. La lluvia rebotaba contra las paredes de la parroquia y descendía desde los tejados formando pequeños torrentes.

—No puede salir con este tiempo —dijo Berta detrás de él.

Osvaldo levantó el cuello del abrigo.

—Tengo que llegar al hospital.

—Espere a que disminuya.

—No puedo esperar.

—Llame a alguien que tenga automóvil.

—Perdería más tiempo.

—Se va a enfermar.

Osvaldo bajó el primer peldaño.

—Padre, por lo menos lleve un paraguas.

Él no respondió.

Atravesó el patio corriendo.

Berta permaneció bajo el marco de la puerta mientras lo veía sacar la bicicleta.

—¡Con esta lluvia no llegará más rápido!

Osvaldo sujetó el bolso y montó la bicicleta.

La lluvia lo empapó antes de que alcanzara la calle.

Berta dio un paso hacia el patio.

—¡Padre!

Osvaldo comenzó a pedalear sin mirar atrás.

Osvaldo pedaleó bajo el aguacero con la cabeza inclinada y las manos aferradas al manubrio.

La lluvia le golpeaba el rostro y apenas le permitía mantener los ojos abiertos. El agua se introducía por el cuello del abrigo, descendía por su espalda y se acumulaba dentro de los zapatos. Los pantalones se le adhirieron a las piernas antes de que terminara de recorrer la primera calle.

Las ruedas atravesaban los charcos levantando agua a ambos costados. Cada vez que pasaba sobre los adoquines, la bicicleta se sacudía bajo su cuerpo.

Un automóvil tocó la bocina detrás de él.

Osvaldo se acercó a la vereda sin disminuir la velocidad.

Solo podía escuchar la voz de Noelia.

Vicente se está muriendo.

Apretó las manos alrededor del manubrio.

El viento empujaba la lluvia contra su pecho y le dificultaba avanzar. Se inclinó aún más sobre la bicicleta y continuó pedaleando.

Recordó a Vicente corriendo por la playa.

Lo vio nuevamente acercándose para examinar su ropa, preguntándole por qué algunas veces utilizaba sotana y otras no. Recordó la naturalidad con que había comenzado a llamarlo tío y la forma en que rodeaba su cintura con los brazos cada vez que llegaba a la casa amarilla.

Volvió a escuchar su voz en el patio.

—¿Me vas a enseñar a andar en bicicleta?

Osvaldo le había dicho que sí.

Habían hablado de buscar una calle sin pendiente, de colocar el asiento a su altura y de pedirle a Cristóbal que no se burlara si se caía durante el primer intento.

Vicente había querido comenzar aquel mismo día.

Osvaldo le pidió que esperara.

Ahora pedaleaba hacia el hospital sin saber si todavía tendría la oportunidad de cumplir aquella promesa.

—Aguanta, Vicente —murmuró.

La lluvia se llevó sus palabras.

Pedaleó con mayor fuerza.

Al llegar a la avenida principal, el agua corría formando pequeños torrentes. Los vehículos avanzaban lentamente, pero Osvaldo los sobrepasaba por un costado, sin apartar la mirada del camino.

Las luces del hospital aparecieron al final de la calle.

Continuó pedaleando hasta que sintió que las piernas comenzaban a fallarle.

—Aguanta un poco más.

No sabía si se lo decía a Vicente o a sí mismo.

Cruzó la entrada y dejó la bicicleta bajo un alero demasiado estrecho para protegerla. No se preocupó por asegurarla. Apoyó el manubrio contra la pared y corrió hacia las puertas principales.

Entró al hospital estilando agua.

El cabello se le había adherido a la frente. El abrigo, completamente empapado, goteaba sobre el suelo. Tenía los pantalones pegados a las piernas y respiraba con dificultad.

Varias personas sentadas en la recepción levantaron la cabeza.

Una funcionaria se puso de pie detrás del mesón.

—¿Puedo ayudarlo, padre?

Osvaldo se acercó.

—Vicente. Un niño atropellado esta tarde.

—¿Conoce sus apellidos?

Se los entregó.

La mujer revisó una hoja.

—Ingresó hace unas horas.

—¿Dónde está?

—En la unidad de cuidados intensivos.

—¿Y su madre?

—Está esperando al final del pasillo, a la derecha.

Cada uno de sus pasos dejó una huella de agua sobre el suelo encerado. El bolso golpeaba contra su costado y el alzacuello mojado le rozaba la garganta, pero ya no sentía el frío.

Atravesó el primer corredor.

Una enfermera pasó junto a él empujando una camilla vacía. Más adelante, una familia permanecía reunida alrededor de una anciana dormida sobre dos sillas.

Osvaldo continuó caminando.

Al llegar al final del pasillo, dobló hacia la derecha.

Entonces la vio.

Noelia estaba de pie junto a una pared, con los brazos cruzados sobre el pecho. Todavía tenía manchas de sangre en la falda, en la blusa y en las manos. El cabello se había desordenado alrededor de su rostro y parecía más pequeña bajo la luz blanca del hospital.

Osvaldo se detuvo.

Noelia levantó la cabeza.

Se vieron desde extremos opuestos del corredor.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

Noelia lo contempló como si no pudiera creer que realmente hubiera llegado.

Después comenzó a caminar hacia él.

Dio dos pasos.

Luego echó a correr.

—Osvaldo…

No miró a las enfermeras, a los familiares ni a las personas que aguardaban junto a las puertas. Tampoco vio el alzacuello debajo del abrigo empapado.

Se arrojó a sus brazos.

Osvaldo la sostuvo con fuerza.

El agua de su ropa empapó también la blusa de Noelia, pero ella no se apartó. Le rodeó el cuerpo con ambos brazos y escondió el rostro contra su pecho.

—Llegaste —sollozó.

Osvaldo le sostuvo la nuca con una mano y apoyó la otra en su espalda.

—Estoy aquí.

Noelia se aferró con mayor fuerza.

Por primera vez desde que se conocían, ninguno de los dos miró alrededor para comprobar quién los estaba observando.