Mi última plegaria antes de ti Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo

Hospital de Puerto Ceniza — Urgencias

La sirena dejó de sonar frente al hospital.

En cuanto entraron en urgencias, separaron a Noelia de su hijo.

La camilla atravesó unas puertas dobles y desapareció por un corredor iluminado. Noelia intentó seguirla, pero una enfermera se interpuso delante de ella.

—Tiene que esperar aquí.

—Quiero ir con mi hijo.

—Los médicos necesitan atenderlo.

—No quiero que esté solo.

—En cuanto tengamos noticias, vendremos a buscarla.

—Soy su mamá.

—Lo sabemos.

Las puertas se cerraron.

Noelia alcanzó a ver durante un instante los zapatos del personal que rodeaba la camilla. Después ya no vio nada.

—¡Vicente!

Golpeó las puertas con ambas manos.

—¡Mamá está aquí, hijo!

La enfermera intentó alejarla.

—Señora, por favor.

—¡No lo dejen solo!

—Están atendiendo a su hijo.

—Dígale que estoy aquí.

—Se lo diremos.

La enfermera la condujo hasta un mesón ubicado en uno de los extremos del pasillo. Una funcionaria abrió un formulario y le pidió que se sentara.

—Necesito hacerle algunas preguntas.

Noelia permaneció de pie.

—Quiero saber qué le están haciendo.

—Primero debemos completar sus antecedentes.

—Está herido. No necesita antecedentes.

—Los médicos ya están trabajando con él. Nosotros necesitamos esta información.

La vecina que la había acompañado se acercó y apoyó una mano sobre su brazo.

—Conteste, Noelia. Yo me quedaré aquí.

Noelia miró las puertas cerradas.

Finalmente tomó asiento.

La funcionaria sostuvo el lápiz sobre el formulario.

—Nombre completo del niño.

—Vicente.

—Necesito sus dos apellidos.

Noelia se los entregó.

—¿Edad?

Respondió.

—¿Fecha de nacimiento?

Noelia tardó en recordar el año.

—¿Tiene alguna alergia?

—No.

—¿Enfermedades anteriores?

—Ninguna.

—¿Ha sido operado?

—No.

—¿Grupo sanguíneo?

Noelia la miró.

—No lo sé.

—¿Está segura?

—No lo sé —repitió—. Nunca lo he necesitado.

La funcionaria anotó algo.

—¿Dónde está su padre?

Noelia tardó en comprender la pregunta.

—Murió.

La mujer levantó la vista.

—¿El padre del niño ha fallecido?

—Sí.

—¿Hace cuánto tiempo?

—¿Qué importa eso ahora?

—Necesitamos completar el formulario.

Noelia apretó las manos sobre su falda.

—Hace varios años.

—¿Existe otro adulto responsable?

—Yo.

—Me refiero a alguien a quien podamos llamar.

—Yo soy su madre.

—Necesitamos un segundo contacto en caso de emergencia.

Noelia miró hacia las puertas.

—La señora Elvira.

Entregó el número de teléfono.

La funcionaria puso varios documentos frente a ella.

—Firme aquí y aquí.

—¿Qué estoy firmando?

—La autorización para que los médicos realicen los procedimientos necesarios.

Noelia tomó el lápiz.

—Hagan todo lo que tengan que hacer.

Firmó sin leer.

Tenía sangre seca en las manos, debajo de las uñas, en la falda y en una parte de la blusa. Al sujetar el lápiz, dejó una mancha rojiza sobre el papel.

La observó.

Dejó el lápiz y trató de limpiarse con un pañuelo que encontró dentro del bolsillo. La sangre se había adherido a la piel. Cuanto más frotaba, más parecía extenderse sobre los dedos.

—No sale —murmuró.

La vecina tomó sus manos.

—Después podrá lavarse.

—Es la sangre de mi hijo.

—Noelia…

—Es su sangre.

La vecina le quitó suavemente el pañuelo.

—Siéntese conmigo.

La condujo hasta unas sillas ubicadas junto a la pared.

Noelia se sentó sin apartar la mirada de las puertas dobles.

Una enfermera entró y salió dos veces sin acercarse a ellas. En ambas ocasiones, Noelia se puso de pie.

—¿Sabe algo de Vicente?

—Todavía no.

—¿Está despierto?

—No tengo información.

—¿Puedo verlo?

—El médico vendrá a hablar con usted.

La enfermera continuó caminando.

Noelia volvió a sentarse.

—Va a salir de esta —le aseguró la vecina—. Los niños son fuertes.

Noelia asintió porque no sabía qué otra cosa hacer.

—Tiene que salir.

—Va a hacerlo.

—Estaba jugando en el patio.

—Fue un accidente.

—Yo le dije que no saliera.

—Usted no tuvo la culpa.

—Le dije que me esperara.

La vecina apretó su mano.

—No piense en eso ahora.

—Estaba a unos pasos de él.

—Noelia…

—Si hubiera llegado antes…

—No podía saber lo que iba a pasar.

—Yo era la que tenía que cuidarlo.

La vecina no respondió. Se limitó a rodearla con un brazo.

El tiempo dejó de avanzar.

El reloj colocado sobre las puertas parecía permanecer siempre en el mismo minuto. Noelia escuchaba pasos, ruedas de camillas, voces apagadas y el timbre de un teléfono en otra dependencia. Cada sonido la obligaba a levantar la cabeza.

Finalmente apareció un médico.

Llevaba la bata desabrochada y una mancha oscura en una de las mangas. Miró una hoja antes de dirigirse hacia ellas.

—¿La madre de Vicente?

Noelia se puso de pie.

—Soy yo.

—Su hijo sufrió un traumatismo craneoencefálico grave. También presenta otras lesiones que debemos vigilar.

—¿Está despierto?

—No.

—¿Abrió los ojos?

—Todavía no.

—¿Me puede escuchar?

—No podemos saberlo.

—Yo le hablé en la calle. Le pedí que me apretara los dedos, pero no lo hizo.

El médico bajó brevemente la mirada hacia sus manos manchadas.

—Logramos estabilizarlo por el momento, pero su condición continúa siendo delicada.

—¿Qué significa eso?

—Que debemos observar su evolución durante las próximas horas. Será ingresado en la unidad de cuidados intensivos.

Noelia sintió que las palabras comenzaban a alejarse.

—¿Se va a morir?

El médico guardó silencio.

—Estamos haciendo todo lo posible.

—No podemos anticipar cómo responderá. Las próximas horas serán muy importantes.

Noelia se cubrió la boca con ambas manos.

—Quiero verlo.

—En cuanto esté instalado en la unidad, una enfermera vendrá a buscarla.

—Necesito estar con él.

—Tendrá que esperar un poco más.

—No puede despertarse y no encontrarme.

—No permitiremos que eso ocurra.

La voz de Noelia volvió a quebrarse.

—Estaba jugando en el patio. Yo estaba adentro ayudando a su hermano con las tareas.

El médico permaneció frente a ella.

—Le dije que no abriera el portón. Se lo dije.

—Ahora necesita mantenerse disponible por si requerimos más información. En cuanto tengamos algún cambio, hablaremos nuevamente con usted.

Se alejó por el pasillo.

Noelia permaneció de pie hasta que la vecina la tomó de un brazo y la hizo sentarse.

—Dijo que está estable —intentó recordarle la mujer.

—Dijo que puede morir.

—No dijo eso.

Noelia volvió a mirar las puertas.

Afuera, la lluvia comenzó a golpear los ventanales con mayor fuerza.

Cerca de las ocho, la vecina consultó el reloj.

—Noelia, tengo que regresar. Dejé a mis hijos con mi marido y no saben dónde estoy.

—Vaya. Ya hizo demasiado.

—¿Está segura de que puede quedarse sola?

Noelia miró la puerta detrás de la cual se encontraba Vicente.

—No estoy sola. Mi hijo está ahí.

La vecina la abrazó.

—Llamaré a la señora Elvira cuando llegue.

—Dígale que no traiga a Cristóbal.

—Se lo diré.

—No quiero que vea el hospital. No quiero que vuelva a ver sangre.

—No lo traerá.

—Y pregúntele por Niebla.

—Lo haré.

—No quiero que Cristóbal se quede solo esta noche.

—La señora Elvira se quedará con él.

Noelia asintió.

—Gracias por venir conmigo.

—Volveré mañana temprano.

La mujer se alejó por el corredor y desapareció al doblar una esquina.

Por primera vez desde que había llegado, Noelia quedó completamente sola.

Se sentó junto a la pared. Tenía frío, aunque el hospital estaba calefaccionado. Contempló sus manos manchadas y volvió a escuchar el golpe del automóvil.

Después recordó el zapato junto a la cuneta.

La manga rasgada.

El aullido de Niebla.

Se llevó ambas manos al rostro.

Daniel llevaba años muerto y por primera vez desde que lo había perdido, Noelia no supo a quién pedir ayuda.

Entonces pensó en Osvaldo.

No en el sacerdote.

No en el hombre que debía esconderse para entrar en su casa ni en las palabras que todavía no se había atrevido a contarle.

Se levantó y caminó hasta el mesón de recepción.

—Necesito utilizar el teléfono.

La funcionaria señaló un aparato instalado en uno de los extremos.

—Puede llamar desde allí.

Marcó el número de la parroquia. Se equivocó en el primer intento y tuvo que comenzar nuevamente.

Esperó mientras el teléfono comenzaba a sonar.

Berta se había quedado en la parroquia más tiempo de lo habitual.

Había terminado sus tareas casi una hora antes, pero la lluvia golpeaba los vidrios con tanta fuerza que decidió esperar a que disminuyera. Mientras tanto, se instaló en la oficina para ordenar.

El teléfono sonó poco después de las ocho.

Berta levantó la cabeza.

Miró hacia el pasillo antes de tomar el teléfono.

—Parroquia San Sebastián. Buenas noches.

Al otro lado solo escuchó una respiración entrecortada.

—¿Aló?

—Berta…

Reconoció la voz de Noelia.

Sus dedos se apretaron alrededor del teléfono.

—Profesora.

—Necesito hablar con Osvaldo.

Berta miró nuevamente hacia el pasillo.

—El padre Osvaldo está ocupado.

—Por favor.

La voz de Noelia se quebró.

—Necesito hablar con él ahora.

Berta guardó silencio.

—Un momento.

Cubrió el teléfono con una mano y levantó la voz:

—¡Padre! ¡Lo están llamando!

—¿Quién es?

Berta levantó ligeramente las cejas.

—La profesora Noelia.

—Pásemela.

Berta le entregó el teléfono, pero no se alejó.

—Noelia.

Al otro lado de la línea solo escuchó el llanto contenido y una respiración que parecía quebrarse a cada instante.

—Noelia, ¿qué sucede?

—Osvaldo…

—Estoy aquí. Háblame.

Ella intentó responder, pero el sollozo le impidió continuar.

—Noelia, ¿dónde estás?

—En el hospital.

El rostro de Osvaldo cambió.

—¿Qué ocurrió?

—Vicente…

Noelia volvió a llorar.

—¿Qué le pasó a Vicente?

—Lo atropellaron.

Osvaldo sostuvo el teléfono con ambas manos.

—¿Cuándo?

—Esta tarde. Salió detrás de Niebla y un automóvil… Yo le dije que no saliera. Se lo dije, Osvaldo. Le dije que me esperara.

—Noelia, escúchame.

—No despierta.

La voz se le deshizo.

—Mi hijo no despierta.

Osvaldo cerró los ojos.

—¿Qué dijeron los médicos?

—Tiene un traumatismo grave. Está en cuidados intensivos. Dijeron que las próximas horas son importantes.

—¿Pudiste verlo?

—Todavía no.

—¿Hay alguien contigo?

Noelia miró el corredor vacío.

—No.

—¿Y Cristóbal?

—Está con la señora Elvira.

—Bien.

—Osvaldo…Vicente se está muriendo.

El color desapareció del rostro de Osvaldo.