Capítulo 15 #3
Noelia cerró los ojos, pero no soltó la mano de Vicente.
La vecina que la sostenía le acarició la espalda.
—Cristóbal estará acompañado. Usted quédese con Vicente.
—No puedo perderlo.
—No piense en eso.
—No puedo perder a mi hijo.
—La ambulancia ya viene.
—No puedo perderlo —repitió Noelia—. No puedo perderlo.
Desde el extremo de la calle apareció Niebla.
Todavía llevaba el palo entre los dientes.
Avanzó lentamente entre las personas, con las orejas bajas y el pelaje húmedo alrededor de las patas. Al acercarse al lugar del accidente, dejó caer el palo y comenzó a olfatear el suelo.
—Saquen al perro —pidió alguien.
Niebla se aproximó al zapato. Lo olfateó y después caminó hacia Vicente.
—Llévenselo de aquí.
El perro apoyó el hocico sobre la mano inmóvil del niño.
Noelia levantó la cabeza.
—Niebla…
El perro gimió.
Insistió, empujando la mano de Vicente con el hocico, como si esperara que se levantara para continuar jugando.
—Niebla, él no puede… —murmuró Noelia.
El perro se sentó junto al niño, levantó la cabeza y comenzó a aullar.
El sonido atravesó la calle.
Cristóbal gritó desde el interior de la casa.
—¡Niebla!
El perro aulló nuevamente.
Noelia cerró los ojos y apretó la mano de Vicente contra su pecho.
Uno de los vecinos tomó a Niebla por el collar.
—Vamos, perro. Tienes que entrar.
Niebla se resistió. Clavó las patas contra el pavimento y volvió la cabeza hacia Vicente.
—Vamos.
El perro gruñó y trató de liberarse.
Otro hombre se acercó para ayudar.
Entre ambos consiguieron arrastrarlo hacia el portón. Niebla continuó girando la cabeza y soltando gemidos mientras lo alejaban.
Desde el interior de la casa comenzaron a escucharse juntos el llanto de Cristóbal y los aullidos del perro.
Un muchacho salió corriendo a buscar a la señora Elvira. Otra mujer permanecía junto al teléfono de la casa de la esquina repitiendo la dirección.
—Vicente, escucha mi voz —suplicó—. No te vayas. Mamá está aquí.
Noelia llevó la mano de Vicente hasta sus labios y besó sus nudillos.
El grito le desgarró la garganta.
—¡Ayúdenlo! ¡Por favor, que alguien ayude a mi hijo!
—La ambulancia ya viene —le aseguró una vecina.
—¡Se está muriendo!
—No diga eso.
—Ya vienen, Noelia.
A lo lejos comenzó a escucharse una sirena.
Varias personas levantaron la cabeza.
—¡Háganle espacio!
—¡Dejen libre la calle!
Noelia continuó llorando.
—Ya vienen, hijo. ¿Me escuchas? Te van a ayudar.
La sirena se acercó.
—Ya vienen, Vicente. Mamá está contigo.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre el cabello de Noelia.
La ambulancia dobló la esquina y se detuvo junto al grupo. El personal descendió con una camilla, un collarín y una tabla rígida.
—Necesitamos espacio —ordenó uno de ellos—. Todos hacia atrás.
Los vecinos retrocedieron.
Una mujer intentó ayudar a Noelia a levantarse.
—No —respondió ella, aferrándose a la mano de Vicente—. Yo me quedo con él.
—Señora, necesitamos examinarlo.
—Soy su mamá.
—Lo sabemos, pero tiene que dejarnos trabajar.
Uno de los integrantes del equipo se arrodilló junto a Vicente y buscó el pulso en su cuello.
Durante aquellos segundos, Noelia dejó de respirar.
—Tiene pulso —anunció finalmente—. Está respirando.
Noelia soltó un gemido y se cubrió la boca con una mano.
El personal de la ambulancia comenzó a examinarlo.
—Necesitamos inmovilizarle el cuello.
Cuando colocaron el collarín alrededor del cuello del niño, ella se inclinó.
La vecina que había permanecido junto a ella le rodeó la cintura.
—Noelia, tienes que dejarlos trabajar.
—Es mi hijo.
—Usted irá en la ambulancia.
Noelia miró el rostro de Vicente.
—Mamá va contigo —le dijo—. No te voy a dejar.
La vecina consiguió ponerla de pie. Las piernas todavía no le respondían y tuvo que sostenerla mientras el personal colocaba a Vicente sobre la tabla y lo levantaba.
Cuando retiraron el cuerpo, quedó expuesta la mancha de sangre sobre el pavimento.
La lluvia comenzaba a diluir sus bordes.
Noelia lanzó otro grito.
—¡Mi niño!
La camilla entró en la ambulancia.
La señora Elvira apareció corriendo antes de que cerraran las puertas.
—¡Noelia!
Cristóbal salió detrás de ella, llorando.
—¡Mamá!
Elvira lo sostuvo por los hombros para impedir que corriera hacia la calle.
Noelia se acercó tambaleándose.
—Quédate con él —le pidió.
—No te preocupes. Yo me haré cargo.
Noelia se agachó frente a Cristóbal y le sostuvo el rostro con las dos manos.
—Mamá, yo quiero ir.
—No puedes.
Cristóbal se aferró a su cintura.
—Tengo que acompañar a tu hermano. La señora Elvira se quedará contigo.
Noelia lo abrazó con fuerza.
—Volveré en cuanto pueda.
Besó su frente y tuvo que separar lentamente los brazos del niño de su cintura.
La vecina del frente se acercó.
—Yo iré con ella.
El personal ayudó a Noelia a subir a la ambulancia. La vecina ocupó un lugar en la parte delantera.
—¡Mamá! —repitió Cristóbal.
Noelia mantuvo una mano apoyada sobre la puerta.
—Quédate con la señora Elvira.
—¡Dile a Vicente que lo quiero!
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Desde el interior de la casa todavía se escuchaba a Niebla aullando.