Capítulo 15 #2
—¡Niebla!
Vicente fue detrás de él.
El perro rodeó uno de los rosales, atravesó el sendero y se detuvo cerca del portón. Esperó a que Vicente se acercara y arrancó antes de que pudiera alcanzarlo.
—¡Eso no vale!
Niebla regresó al centro del jardín.
Vicente abrió los brazos.
—Ven aquí.
El perro se aproximó lentamente, todavía con el palo entre los dientes.
—Dámelo.
Niebla soltó el palo.
—Muy bien.
Vicente lo recogió y levantó una mano para volver a lanzarlo.
—No lo tires hacia la calle —le advirtió Noelia.
—Lo voy a tirar hacia los rosales.
—Lejos del portón.
—Sí, mamá.
Vicente retrocedió dos pasos y lanzó el palo con todas sus fuerzas.
El palo pasó por encima de los rosales y desapareció al otro lado del portón de madera.
Durante un momento, el niño permaneció inmóvil.
Niebla corrió hasta la entrada y comenzó a saltar, intentando mirar hacia la calle por encima de las tablas.
—No —le dijo Vicente—. Quédate aquí.
El perro saltó.
—Niebla, quieto.
Vicente levantó una mano.
—Quédate. Quédate ahí.
Niebla bajó las patas delanteras y apoyó el vientre contra el suelo. La cola continuó golpeando la tierra.
—¡Mamá! —gritó Vicente—. El palo cayó afuera.
—No abras el portón —respondió Noelia—. Espérame.
—Yo puedo ir a buscarlo.
—Vicente, te dije que esperes.
Noelia dejó el lápiz sobre la mesa y se puso de pie.
Cristóbal levantó la cabeza.
—¿Y la multiplicación?
—No te muevas de aquí. Ya vuelvo.
Mientras Noelia rodeaba la mesa, Vicente miró el palo tendido en medio de la calle. Después observó a Niebla, que continuaba echado junto al portón.
—Quédate ahí —insistió.
El perro movió la cola.
Vicente levantó el pestillo.
Vicente abrió el portón apenas lo suficiente para pasar.
Al intentar cruzar, una rama de los rosales se enganchó en la manga de su chaleco. El niño tiró del brazo, pero una de las espinas se enterró con mayor fuerza en la lana.
—Suéltame —murmuró.
Tiró.
La rama se dobló hacia él, manteniéndolo sujeto junto al portón. La abertura continuó ensanchándose lentamente.
Niebla levantó la cabeza.
Desde el suelo podía ver el palo tendido en medio de la calle.
—Quieto —le ordenó Vicente—. Yo voy a buscarlo.
El perro permaneció echado, pero las patas traseras comenzaron a moverse bajo su cuerpo.
—Niebla, quieto.
Noelia llegó hasta la puerta de la cocina.
—Vicente, te dije que me esperaras.
—Se me enganchó el chaleco.
—No tires. Voy a ayudarte.
Noelia salió al patio.
Niebla miró el palo.
Después miró el portón abierto.
—No —dijo Vicente.
El perro se levantó.
—Niebla, no.
La rama seguía aferrada a la manga. Vicente intentó cerrar el portón con la mano libre, pero Niebla se adelantó y atravesó la abertura.
—¡Niebla, no!
El perro salió disparado hacia la calle.
—¡Niebla!
Vicente tiró del brazo con todas sus fuerzas. La lana se rasgó y la rama regresó violentamente hacia los rosales.
Una espina le arañó la muñeca, dejando una línea roja sobre la piel.
—¡Vicente, quédate ahí! —gritó Noelia.
Pero Niebla ya había alcanzado el palo. Lo recogió entre los dientes y corrió hacia la vereda de enfrente.
Vicente atravesó el portón.
—¡Niebla! ¡Ven aquí!
—¡No salgas, Vicente!
Noelia comenzó a correr por el patio.
Cristóbal apareció detrás de ella.
—¿Qué pasó?
—¡Quédate dentro!
Noelia no se detuvo. Continuó avanzando hacia el portón mientras Vicente bajaba de la vereda.
—¡Vicente, detente!
El niño no pareció escucharla.
Niebla cruzó nuevamente la calle con el palo entre los dientes. Vicente corrió detrás de él, con la manga rasgada colgando alrededor de su muñeca.
—¡Niebla, vuelve!
—¡Vicente!
El perro alcanzó el otro lado.
Un automóvil apareció al doblar.
El conductor tocó la bocina.
Después se escuchó el chirrido de los frenos sobre el pavimento húmedo.
—¡Vicente!
Noelia quedó paralizada junto al portón.
Durante un instante, todos los sonidos parecieron extinguirse. No escuchó el motor, el viento ni los pasos de Cristóbal detrás de ella. Solo sintió un zumbido dentro de la cabeza y vio el automóvil detenerse varios metros más adelante.
Niebla desapareció.
Una mujer gritó desde la vereda.
—¡Lo atropellaron!
Otra voz respondió desde una de las casas:
—¡Dios mío, lo atropellaron!
Noelia miró hacia el lugar donde había visto desaparecer al perro.
—Atropellaron a Niebla —murmuró.
Dio un paso hacia la calle.
Una vecina salió de su casa con las manos sobre la cabeza.
—¡El niño! —gritó—. ¡Atropellaron al niño!
Noelia dejó de respirar.
—Vicente…
El chal resbaló de sus hombros y cayó sobre el sendero.
—¡Llamen una ambulancia!
—¡No lo muevan!
—¡Rápido!
Noelia comenzó a correr.
—¡Vicente!
Atravesó el portón y salió a la calle sin mirar hacia los costados.
—¡Déjenlo respirar!
—¡No lo toquen!
—¡Aléjense del niño!
El automóvil se había detenido cerca de la esquina. El conductor permanecía junto a la puerta abierta, con una mano apoyada sobre el techo. Estaba pálido y repetía que el niño había aparecido de repente.
—No lo vi —decía—. Salió detrás del perro. No pude detenerme. No pude…
Noelia todavía no podía ver a Vicente.
Había demasiadas personas reunidas en medio de la calle.
—¡Déjenme pasar!
Empujó a un hombre por la espalda.
—¡Es mi hijo! ¡Déjenme pasar!
Dos vecinos se apartaron.
Primero vio uno de los zapatos de Vicente.
El cordón que ella le había obligado a atarse continuaba anudado.
Después reconoció la manga rasgada del chaleco azul.
—No…
Vicente estaba tendido sobre el pavimento. Tenía un brazo extendido hacia la vereda y el rostro vuelto hacia un costado. La sangre descendía desde una herida junto a la sien y comenzaba a formar un charco oscuro debajo de su cabeza.
Noelia abrió la boca, pero la voz no salió.
El cuerpo dejó de responderle.
Una vecina alcanzó a sostenerla por la cintura antes de que cayera, pero sus piernas se doblaron y ambas terminaron de rodillas sobre el pavimento húmedo.
—No… —consiguió decir.
Extendió una mano hacia su hijo.
—No, no, no…
El grito apareció de pronto, profundo y desgarrado.
—¡Vicente!
Noelia intentó arrojarse sobre él, pero dos mujeres la sujetaron por los brazos.
—¡No lo mueva, Noelia!
—¡Puede tener algo quebrado!
—¡Suéltenme! —gritó—. ¡Es mi hijo!
Forcejeó con ambas mujeres.
—¡Déjenme acercarme! ¡Suéltenme!
—No lo levante. La ambulancia ya viene.
—¡Es mi hijo!
Noelia consiguió liberar uno de sus brazos y se arrastró hasta Vicente. Apoyó una mano temblorosa sobre su cabello, evitando la herida. La sangre le manchó los dedos.
—Mi niño…
Le acarició la cabeza.
—Vicente, mírame. Mamá está aquí.
El niño no reaccionó.
—Abre los ojos, hijo.
Noelia inclinó el rostro hacia él.
—Vicente, abre los ojos. Por favor. Por favor, mírame.
El cuerpo de Vicente permaneció inmóvil sobre el pavimento.
Noelia comenzó a llorar desconsoladamente. Los sollozos le sacudían el pecho y apenas le permitían respirar. Se inclinó sobre él, sin atreverse a levantarlo, y apoyó la frente junto a su mano.
Una vecina se arrodilló detrás de ella y la sostuvo por los hombros para impedir que se desplomara completamente sobre el niño.
—La ambulancia viene en camino.
Noelia tomó la mano de Vicente entre las suyas.
Un hombre extendió la manta sobre el cuerpo de Vicente, procurando no tocarle la cabeza.
Noelia reanudó la caricia sobre su cabello.
Cristóbal apareció corriendo desde el portón.
—¡Mamá!
Una vecina intentó interceptarlo.
El niño esquivó sus brazos.
—¡Vicente!
Alcanzó a ver el cuerpo de su hermano tendido en la calle.
Se detuvo.
Durante un segundo permaneció inmóvil, mirando el zapato junto a la cuneta, la manta y la sangre que rodeaba la cabeza de Vicente.
—¿Por qué está en el suelo?
Nadie respondió.
Cristóbal comenzó a llorar.
—¿Por qué tiene sangre?
La vecina lo rodeó por detrás y trató de cubrirle los ojos con una mano.
—No mires, mi amor.
—¡Suélteme!
—Vamos a entrar en la casa.
—¡No quiero entrar!
Cristóbal forcejeó, golpeando los brazos de la mujer.
—¡Quiero ir con mi hermano!
—No puedes acercarte.
—¡Mamá!
Noelia escuchó su voz, pero no consiguió volverse hacia él. Continuaba de rodillas, aferrada a la mano de Vicente.
—Cristóbal… —alcanzó a decir Noelia.
El niño forcejeó para soltarse.
—Nosotros nos ocuparemos de Cristóbal —le dijo otra vecina a Noelia—. También iremos a buscar a la señora Elvira.
Noelia no dio señales de haberla oído.
—Noelia, ¿me escucha? Su otro hijo estará con nosotros.
Ella permaneció inclinada sobre Vicente.
—No te duermas —repetía—. Por favor, hijo. No te duermas.
Cristóbal continuó llamándola mientras la vecina lo conducía hacia el portón.
—¡Mamá!
—La ambulancia lo llevará al hospital.
—¡Yo quiero ir con él!
—¡Mamá!
Su llanto se alejó hacia el interior de la casa.