Mi última plegaria antes de ti Capítulo 15
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Capítulo 15

Capítulo

En tres días, Osvaldo había presidido dos funerales y dos bautizos.

El martes acompañó hasta el cementerio a un antiguo trabajador portuario. El miércoles celebró las exequias de una mujer de ochenta y cuatro años y, durante la tarde, bautizó a dos hermanos cuyos padres llevaban meses esperando una fecha.

Había pronunciado palabras sobre la muerte, la vida nueva y la esperanza mientras su propia vida continuaba detenida sobre un escritorio del Arzobispado.

No había vuelto a reunirse con Noelia.

El lunes, después de la conversación con monseñor Valdés, regresó directamente a la parroquia. La carta anónima, el retiro y las condiciones impuestas por el obispo seguían golpeándolo, pero lo que más le impedía buscarla era saber que su trabajo podía depender de cada uno de sus movimientos.

No sabía cómo explicárselo por teléfono.

La llamó esa noche únicamente para desearle buenas noches.

La llamó también el martes y el miércoles.

Las conversaciones fueron breves. Osvaldo permanecía de pie junto al teléfono mientras Berta terminaba sus tareas al otro lado del pasillo.

Noelia tampoco se encontraba nunca completamente sola.

Cristóbal hacía sus deberes en la cocina, Vicente entraba y salía del patio y Niebla ladraba cada vez que alguien pasaba frente al portón.

La noche del miércoles, Noelia advirtió algo distinto en su voz.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Osvaldo sostuvo el teléfono con ambas manos.

—Estoy cansado.

—No te pregunté si estabas cansado.

Él cerró los ojos.

—Necesito hablar contigo personalmente.

—¿Ocurrió algo?

—Sí.

La respuesta salió antes de que pudiera contenerla.

Noelia guardó silencio.

—¿Tiene que ver con el Arzobispado?

Osvaldo miró hacia el pasillo. No escuchó los pasos de Berta, pero bajó la voz de todas maneras.

—Prefiero contártelo cuando podamos vernos.

—¿No puedes decírmelo ahora?

—No por teléfono.

—Osvaldo, me estás asustando.

—No quiero asustarte.

—Entonces dime qué pasó.

Él apoyó la frente contra la pared.

Podía contarle que el expediente no había salido del Arzobispado, que la carta anónima mencionaba su nombre y que monseñor Valdés conocía la sanción impuesta por el colegio. Podía explicarle que había aceptado asistir a un retiro porque el obispo lo había presionado.

Pero no podía entregarle todo aquello mediante una línea telefónica, sin verla y sin saber quién podía estar escuchando.

—Necesito que confíes en mí hasta que podamos hablar —dijo.

Noelia tardó en responder.

—El viernes salgo más temprano. Podemos encontrarnos después de clases.

—El viernes, entonces.

—¿Vendrás a la casa?

Osvaldo recordó la orden de monseñor.

—Buscaré la manera.

Al otro lado de la línea se escuchó la voz de Vicente llamando a su madre.

—Tengo que dejarte —dijo Noelia—. Vicente todavía no se pone el pijama y está convencido de que puede acostarse con los zapatos puestos.

Osvaldo sonrió por primera vez desde que había tomado el teléfono.

—Dile que los zapatos también necesitan dormir.

—Seguramente querrá meterlos debajo de las frazadas.

La voz de Noelia se suavizó.

—Buenas noches, Osvaldo.

—Buenas noches, Noelia.

Después de colgar, permaneció varios minutos junto al teléfono.

El miércoles había terminado sin que informara a la comunidad sobre su solicitud. El plazo que se había impuesto había llegado y él continuaba al frente de San Sebastián, celebrando misas, recibiendo confesiones y respondiendo cada vez que alguien lo llamaba padre.

No porque hubiese cambiado de decisión.

Tampoco porque el obispo hubiera conseguido hacerlo dudar.

Continuaba allí porque cualquier movimiento precipitado podía caer sobre Noelia.

El jueves por la mañana atendió confesiones y visitó a una mujer enferma que vivía a pocas calles de la parroquia. Cuando regresó, el padre Jorge lo esperaba en la oficina con dos carpetas.

Desde el lunes, Jorge había asumido la coordinación general de los preparativos para la visita del Santo Padre. También quedaría a cargo de San Sebastián durante los seis días del retiro.

—Monseñor me pidió que revisáramos todo antes del fin de semana —dijo Jorge.

—Lo tengo preparado.

Osvaldo abrió el archivador y sacó varias carpetas. Las distribuyó sobre el escritorio: celebraciones, visitas a enfermos, intenciones de misa, cuentas pendientes y una lista con los nombres de las personas que conservaban llaves de las dependencias parroquiales.

—Aquí están los horarios de las misas —explicó—. Los viernes llevo la comunión a quienes no pueden salir de sus casas. Hay tres enfermos que necesitan una visita esta semana y dos familias que todavía no han fijado la fecha de sus bautizos.

Jorge abrió la primera carpeta.

—Berta puede ayudarme con los horarios.

Osvaldo levantó la vista.

—Berta conoce buena parte del funcionamiento de la parroquia.

—Eso me ha dicho.

La respuesta fue pronunciada con naturalidad, pero Osvaldo no pudo evitar recordar la conversación que Cavieres había escuchado. Fechas, horarios, salidas sin sotana y el nombre de Noelia repetido al otro extremo del teléfono.

—De todas maneras, encontrará cada asunto anotado aquí —dijo.

Jorge pasó una hoja.

—Parece haber preparado esto con bastante anticipación.

—Esperaba que alguien tuviera que reemplazarme.

—Durante seis días.

Osvaldo no apartó los ojos.

—Durante seis días —repitió.

Jorge bajó nuevamente los ojos hacia los documentos.

El traspaso de la coordinación no le producía ninguna molestia. Al contrario, se sentía aliviado de entregar aquellas carpetas y dejar de responder por una visita que probablemente ocurriría cuando él ya no quisiera formar parte de la Iglesia.

Lo que le inquietaba era confiar la parroquia al hombre que había recibido los informes de Berta y cuyo nombre ya no podía separar de la carta anónima.

Jorge se marchó poco antes del mediodía con las carpetas relacionadas con la visita papal. Osvaldo conservó las demás para completar algunos datos antes del viernes.

Pasó la tarde revisando horarios, anotando números telefónicos y dejando instrucciones para las celebraciones de la semana siguiente.

A las seis todavía continuaba en la parroquia.

A esa misma hora, Vicente jugaba con Niebla en el jardín de la casa amarilla.

Noelia se encontraba en la cocina, ayudando a Cristóbal con sus tareas.

El niño debía resolver una serie de multiplicaciones, pero dedicaba más tiempo a dibujar barcos en los márgenes del cuaderno que a encontrar las respuestas. Había trazado tres embarcaciones de tamaños distintos, cada una con una chimenea que expulsaba nubes de humo.

—Cristóbal, concéntrate.

—Estoy pensando.

—Llevas cinco minutos pensando en cuánto es seis por siete.

—Es una multiplicación difícil.

—Es la misma que resolviste ayer.

El niño apoyó la cabeza sobre una mano.

—Ayer estaba más inteligente.

Noelia intentó contener una sonrisa.

—Entonces tendremos que esperar a que la inteligencia regrese.

Cristóbal regresó al cuaderno.

—Quizás regrese mañana.

—Tiene que regresar antes de la cena.

—No creo que alcance.

Noelia le quitó el lápiz y señaló la operación con la punta.

—Seis veces siete.

—Cuarenta y dos.

—¿Ves? Ya regresó.

—Pero se puede volver a ir.

—Entonces aprovéchala antes de que escape.

Cristóbal tomó nuevamente el lápiz y escribió el resultado.

La puerta que comunicaba la cocina con el patio permanecía entreabierta. Desde el jardín llegaba el sonido de Niebla corriendo y la voz de Vicente alentándolo cada vez que lanzaba un palo hacia el otro extremo del terreno.

—¡Tráelo, Niebla!

El perro atravesaba el patio, recogía el palo entre los dientes y regresaba moviendo la cola. Al llegar junto a Vicente, se negaba a soltarlo y comenzaba a retroceder mientras el niño intentaba quitárselo.

—¡Dámelo!

Niebla gruñó sin abrir la boca.

—No es tuyo. Yo lo encontré primero.

El perro movió la cola con mayor fuerza.

—¡Mamá! ¡Niebla no me lo quiere dar!

—Pídeselo por favor —respondió Noelia desde la cocina.

—Por favor, Niebla.

El perro continuó aferrado al palo.

—No funciona.

—Entonces déjalo ganar.

—¡Pero siempre gana!

Noelia sonrió.

Desde la llamada de Osvaldo la noche anterior, había intentado imaginar qué podía haber ocurrido en el Arzobispado.

La certeza de que se relacionaba con ella, con el colegio o con la decisión de Osvaldo regresaba cada vez que tenía un momento de silencio.

Sin embargo, no quería formular preguntas delante de los niños ni permitir que su inquietud ocupara toda la casa.

El viernes hablarían.

Hasta entonces, debía confiar en él.

—Mamá —dijo Cristóbal—, la inteligencia se volvió a ir.

Noelia dirigió nuevamente la atención hacia el cuaderno.

—¿En cuál estás?

—Ocho por seis.

—Piénsalo.

—Estoy pensando.

—Sin dibujar otro barco.

Cristóbal dejó el lápiz suspendido sobre la hoja.

Al otro lado de la puerta, Vicente consiguió recuperar el palo y corrió hacia el centro del patio. Llevaba un chaleco azul sobre la camisa y uno de los cordones de sus zapatos estaba desatado. Niebla lo seguía de cerca, con las orejas levantadas y los ojos fijos en su mano.

Los rosales se extendían alrededor del terreno como un cerco vivo. La primavera los había cubierto de hojas nuevas y flores que se inclinaban sobre los senderos: rosas rojas de pétalos oscuros, otras amarillas y varias blancas que comenzaban a abrirse junto a la pared de la casa.

Una llovizna breve había humedecido las ramas durante la tarde. Algunas flores todavía conservaban gotas entre los pétalos y el viento desprendía de vez en cuando una pequeña lluvia sobre el pasto.

Más allá de los techos, el cielo se había oscurecido sobre el puerto. Las nubes avanzaban desde el mar y el aire traía un olor húmedo que anunciaba una lluvia más intensa para la noche.

Noelia miró hacia el patio.

Vicente se encontraba a pocos pasos de la puerta. El portón continuaba cerrado y Niebla corría dentro del jardín.

—No te alejes —le advirtió.

—No me estoy alejando.

—Y átate los zapatos.

Vicente bajó los ojos.

—Después.

—Ahora.

El niño dejó el palo en el suelo y se inclinó para anudar el cordón. Niebla aprovechó el descuido, recogió nuevamente el palo y salió corriendo.