Capítulo 14 #3
—Esa carta llegó hace tres días. ¿Qué impidió que hicieran algo durante las tres semanas anteriores?
Monseñor Valdés retiró la mano.
—No voy a aceptar que convierta una decisión de esta gravedad en una carrera contra el calendario.
El obispo se levantó y caminó hasta uno de los archivadores. Apoyó una mano sobre el cajón superior, aunque no lo abrió.
—Usted parece creer que basta con presentar una hoja para deshacer en pocas semanas una vida entera.
Monseñor permaneció de espaldas.
—Mi expediente no ha salido de este edificio.
Valdés volvió lentamente el rostro hacia él.
No lo contradijo.
El obispo regresó al escritorio y ocupó nuevamente su silla.
—Asistirá a un retiro espiritual desde el lunes 1 hasta el sábado 6 de diciembre.
Osvaldo tardó unos segundos en responder.
—El sacerdote encargado de acompañarlo preparará un informe al terminar el retiro. Ese documento será incorporado a sus antecedentes.
—¿Quién quedará en San Sebastián durante esos días?
—El padre Jorge asumirá las celebraciones, las visitas urgentes y las demás obligaciones de la parroquia. Tendrá que entregarle los horarios y los asuntos pendientes antes del lunes.
—Tiene hasta el viernes para preparar la entrega temporal.
—Si el miércoles continúa sin existir un procedimiento ni una fecha para entregar San Sebastián, informaré a la comunidad.
El obispo quedó inmóvil.
—¿Qué acaba de decir?
—No desapareceré de la parroquia dejando que otros inventen cualquier cosa. Les diré que presenté una solicitud, que no quiero continuar ejerciendo y que el Arzobispado todavía no ha iniciado el proceso.
—Convertiría una decisión personal en un escándalo público a pocos meses de la visita del Santo Padre.
—He intentado resolverlo en privado.
—Expondría a toda la diócesis.
—Contaría la verdad sobre mí.
—No sería el único afectado.
Osvaldo frunció el ceño.
Monseñor se levantó y caminó hacia la ventana. Movió el pestillo y empujó ambas hojas hacia afuera.
El aire húmedo entró en la oficina.
Durante algunos segundos, Valdés permaneció de espaldas, mirando los techos mojados y las embarcaciones detenidas en el puerto.
Cuando volvió a hablar, lo hizo sin levantar la voz.
—Antes de realizar ese anuncio, piense en Noelia.
—No la involucre.
—Ya está involucrada. Su nombre aparece en una denuncia que llegó hasta este escritorio.
—Una denuncia anónima que usted decidió aceptar.
—Una denuncia cuyas partes principales acaba de confirmar.
El obispo se volvió hacia él.
—El colegio la apartó de las ceremonias, del coro y de las actividades religiosas. Aun así, conservaron sus clases.
Osvaldo se puso de pie.
—¿Cómo sabe eso?
Monseñor no respondió de inmediato.
—El colegio depende de la diócesis y usted lo sabe, Osvaldo.
El obispo regresó al escritorio.
—Lo importante es que Noelia conserve su trabajo.
Hizo una pausa.
—Al menos por ahora.
Osvaldo sintió que algo se endurecía dentro de su pecho.
—¿Qué significa «por ahora»?
—Significa que el director ha preferido mantener sus clases y limitar sus funciones.
—No le he preguntado qué decidió Salgado. Le he preguntado qué ocurrirá si yo hablo.
—Un anuncio público provocará preguntas. Los apoderados querrán saber desde cuándo existe esa relación. El colegio tendrá que determinar si una profesora vinculada al escándalo de un sacerdote continúa ofreciendo la imagen que espera de sus docentes.
—Noelia es una buena profesora.
—No he dicho lo contrario.
—Entonces su trabajo no debería depender de lo que yo decida hacer con mi vida.
—No debería.
La respuesta fue tan serena que resultó más inquietante que una amenaza directa.
—Pero ambos sabemos que las instituciones no siempre separan una cosa de la otra —continuó el obispo—. Sobre todo cuando consideran que su reputación está en juego.
Osvaldo recordó a Noelia sentada en la cocina, con una servilleta arrugada dentro del puño.
—¿Me está amenazando con su trabajo? —preguntó.
—Le estoy explicando las consecuencias de convertir esto en un asunto público.
—Las consecuencias para ella.
—También para usted y para la Iglesia.
—Pero es su nombre el que utiliza para detenerme.
Monseñor lo miró durante unos segundos.
—Si realmente la ama, manténgase lejos de ella. No le provoque más problemas.
El aire que entraba por la ventana hizo temblar los papeles.
Osvaldo bajó los ojos.
—Continuaré al frente de San Sebastián hasta el inicio del retiro —dijo finalmente—. No informaré a la comunidad antes de esa fecha.
El obispo no mostró alivio.
—Y se presentará el lunes 1.
Osvaldo guardó silencio.
—Me presentaré.
Al pronunciar aquellas palabras comprendió que el miércoles llegaría y él seguiría ejerciendo. No porque hubiese cambiado de decisión, sino porque el obispo había colocado el trabajo de Noelia entre él y la salida.
—Cuando regrese el sábado 6, volveremos a hablar de la entrega de la parroquia.
—Cuando regrese, recibiré el informe del sacerdote que lo acompañe y decidiré los pasos siguientes.
No era una promesa.
Tampoco era la respuesta que Osvaldo había ido a buscar.
Pero, por el momento, era todo lo que podía aceptar sin poner a Noelia en un peligro mayor.