Mi última plegaria antes de ti Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Frente a él descansaban un sobre sin remitente y una hoja mecanografiada.

No estaba el expediente de Osvaldo.

Tampoco había ningún documento relacionado con el nombramiento de otro sacerdote.

—Cierre la puerta —ordenó monseñor.

Osvaldo obedeció.

—Buenos días.

—Siéntese.

El obispo no respondió al saludo. Mantuvo una mano apoyada sobre la hoja.

Osvaldo dejó el maletín junto a su silla y tomó asiento.

—Pensé que me había llamado por mi solicitud.

—También hablaremos de ella.

La palabra «también» terminó de apagar su esperanza.

Monseñor Valdés deslizó la hoja hacia el otro extremo del escritorio.

—¿Sabe por qué está aquí?

—No.

—Entonces lea.

Osvaldo tomó el documento.

La hoja no tenía firma ni fecha. Había sido escrita a máquina y comenzaba con un encabezado solemne:

A quien corresponda:

Su autor afirmaba hablar en nombre de varios fieles preocupados por la conducta del párroco de San Sebastián. No entregaba ningún nombre que permitiera comprobar aquella representación.

Osvaldo continuó leyendo.

La carta aseguraba que durante las últimas semanas había visitado en repetidas ocasiones la casa de una profesora viuda llamada Noelia. Algunas de aquellas visitas habrían ocurrido al final de la tarde y sin que Osvaldo vistiera sotana ni alzacuello.

Según el texto, la cercanía entre ambos ya había comenzado a despertar comentarios entre los vecinos y podía provocar un escándalo si la autoridad eclesiástica no intervenía a tiempo.

No se describía ningún beso ni otra conducta concreta.

Solo entradas, salidas y una supuesta familiaridad impropia de su ministerio.

Más adelante, la carta se refería a Noelia como una mujer de planteamientos ideologizados, cuya influencia podía estar afectando el criterio pastoral de Osvaldo y su participación en los preparativos de la visita papal.

Osvaldo se detuvo en aquella palabra.

Ideologizados.

La había escuchado semanas antes en la cocina de la casa amarilla. Era la expresión utilizada en la notificación con que el colegio apartó a Noelia de las ceremonias y las actividades religiosas.

Volvió a leer el párrafo.

Berta conocía sus salidas sin sotana, sus horarios y el estado de la ropa que había usado después de visitar a Noelia. Salgado conocía el contenido de la sanción escolar. Los vecinos podían haber visto su bicicleta frente al portón o reconocerlo caminando por la costanera.

La carta parecía construida con fragmentos que no necesariamente pertenecían a una sola persona.

Llegó hasta la última línea.

El autor solicitaba una intervención discreta, antes de que «la conducta del sacerdote y la influencia de aquella mujer» perjudicaran la imagen de la Iglesia durante la próxima visita del Santo Padre.

Osvaldo dejó la hoja sobre el escritorio.

—¿Cuándo llegó?

—El viernes por la tarde.

—¿Por correo?

—La dejaron en la recepción.

—¿Quién?

—La secretaria no lo vio. Encontró el sobre entre otros documentos.

Osvaldo miró el papel.

—Qué conveniente.

—La identidad del autor no cambia lo que contiene la carta.

—La cambia por completo.

Monseñor Valdés apoyó los antebrazos sobre el escritorio.

—¿Por qué?

—Porque alguien reunió información sobre mis salidas, sobre la ropa que utilizo y sobre una sanción interna del colegio donde trabaja Noelia. No se trata de un feligrés que me vio una tarde y se sintió confundido.

—¿Sugiere que existe una conspiración?

—Sugiero que una denuncia anónima no debería convertirse en una verdad solamente porque está escrita a máquina.

El obispo volvió la hoja hacia sí.

—Por eso lo he llamado. Para establecer qué parte es cierta.

—Usted ya conocía el nombre de Noelia.

—Lo conocía.

—También sabía lo que siento por ella.

—Sabía que existía una cercanía y que usted aseguraba no mantener una relación.

Osvaldo lo miró sin ceder.

—Entonces esta carta no le ha revelado nada.

—Me ha informado que continuó viéndola después de nuestra conversación.

La oficina quedó en silencio.

A través de la ventana cerrada llegaba el rumor apagado del tránsito y el llamado de una embarcación que entraba al puerto.

—¿La ha seguido visitando? —preguntó monseñor.

—Sí.

—¿En su casa?

—He estado allí.

—¿Más de una vez?

Osvaldo miró la carta.

—Sí.

—¿Vestido de civil?

—Sin sotana ni alzacuello, si eso es lo que quiere saber.

El obispo apoyó un dedo sobre una de las líneas mecanografiadas.

—¿En horarios en los que podía encontrarse a solas con ella?

—Sus hijos estaban en la casa.

Monseñor retiró la mano de la carta.

—También los han visto caminando por la costanera.

—Caminamos una vez.

El obispo tomó el documento, alineó sus bordes con el sobre y volvió a dejarlo frente a sí.

—El 27 de octubre me dijo que no mantenían una relación.

—Y era verdad.

Osvaldo sintió nuevamente el roce del alzacuello contra la garganta.

Monseñor Valdés no apartó los ojos.

—Le pregunto qué existe ahora entre usted y Noelia.

Osvaldo no apartó los ojos.

—Estoy enamorado de ella.

El obispo no pareció sorprendido. Sin embargo, retiró las manos de la carta y se recostó lentamente en su asiento.

—¿Ella lo sabe?

—Sí.

—¿Corresponde a esos sentimientos?

Osvaldo apoyó los antebrazos sobre los muslos.

—Esa respuesta le pertenece a Noelia.

—Le estoy haciendo una pregunta directa.

—Sobre una persona que no se encuentra aquí para decidir qué parte de su vida quiere contarle.

Monseñor Valdés frunció el ceño.

—La discreción dejó de ser un asunto privado en el momento en que sus encuentros comenzaron a provocar comentarios.

—No sé si existen esos comentarios. Solo sé que alguien los escribió en una carta sin firmarla.

—Usted ya confirmó las visitas.

—Confirmé que nos hemos visto y que estoy enamorado de ella.

—¿Se han comportado como una pareja?

La pregunta permaneció entre ambos.

Osvaldo miró el sobre sin remitente.

—No voy a convertir su vida en un inventario de intimidades para responder a una denuncia anónima.

—No está respondiendo al autor de esa carta. Está respondiendo a su obispo.

—Entonces pregúnteme por mis actos, no le exija a Noelia una confesión por medio de mí.

Monseñor juntó las manos sobre el escritorio.

Osvaldo se inclinó hacia el maletín. Abrió los broches, sacó la carpeta y extrajo el comprobante de recepción. Lo dejó sobre el escritorio, junto a la carta anónima.

Uno de los documentos llevaba su nombre, su firma y el timbre del Arzobispado.

El otro no tenía ninguna de esas cosas.

—Esta carta llegó el viernes —dijo Osvaldo—. Tres días después ya estoy sentado frente a usted respondiendo preguntas.

Señaló el comprobante.

—Mi solicitud fue entregada el 31 de octubre. Han pasado veinticuatro días y nadie me ha citado para hablar de ella.

El obispo miró la fecha estampada en el comprobante.

—Un procedimiento de esta naturaleza no puede iniciarse con la misma rapidez con que se responde una denuncia.

—No le estoy pidiendo rapidez. Le estoy preguntando qué se ha hecho.

—Su petición está siendo estudiada.

—¿Por quién?

—Por mí.

—¿Se nombró a la persona que realizará la instrucción?

Monseñor guardó silencio.

—Todavía no.

—¿Me han asignado un acompañante o solicitado testimonios?

—No hemos llegado a esa etapa.

—¿Se ha abierto formalmente el expediente?

El obispo tomó el comprobante y lo acercó para examinarlo, aunque la fecha podía leerse con claridad desde su asiento.

Monseñor dejó nuevamente el papel sobre el escritorio.

—La instrucción formal todavía no ha comenzado.

Osvaldo sintió que el alzacuello volvía a cerrarse alrededor de su garganta.

Durante semanas había imaginado su solicitud pasando de una oficina a otra: una carpeta abierta, entrevistas, firmas, documentos que acabarían cruzando el océano. Cada día de silencio le había parecido parte de una lentitud inevitable.

Ahora comprendía que el papel no había comenzado ningún recorrido.

—¿Fue enviada a la Congregación para la Doctrina de la Fe?

—No se envía una solicitud aislada —respondió el obispo—. Antes debe reunirse la documentación correspondiente y establecerse que existen razones suficientes para elevar el caso.

—¿Se ha reunido algún documento?

—Ya le he dicho que estamos en una etapa preliminar.

Osvaldo bajó los ojos hacia el comprobante.

—Entonces no existe ningún procedimiento en curso.

—Las circunstancias exigen prudencia.

El obispo apoyó dos dedos sobre la carta anónima.

—Sobre todo ahora.

Osvaldo observó el gesto.