Mi última plegaria antes de ti Capítulo 14
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Capítulo 14

Capítulo

Durante poco más de tres semanas, el Arzobispado no dio ninguna noticia sobre la solicitud de Osvaldo.

Nadie lo citó a una entrevista. Tampoco le pidieron nuevos antecedentes ni le comunicaron que se hubiera iniciado formalmente el procedimiento. Cuando llamaba para preguntar, la secretaria le respondía que monseñor se encontraba ocupado y que debía esperar.

Algunas noches Osvaldo lo sacaba, comprobaba que las palabras no hubieran desaparecido del papel y volvía a dejarlo en el mismo lugar.

Era la única prueba de que su solicitud había atravesado las puertas del edificio.

La vida, en cambio, no había permanecido quieta.

Noelia continuaba haciendo clases, pero su nombre había desaparecido de las ceremonias, las reuniones pastorales y los comunicados dirigidos a los apoderados.

Otra profesora se había hecho cargo del coro y Salgado designó a un catequista de la parroquia para reemplazarla en las actividades religiosas.

Nadie le retiró oficialmente las clases.

Por ahora.

En la sala de profesores todavía la saludaban, aunque algunas conversaciones cambiaban de tema cuando ella se acercaba. Una de sus compañeras, que antes compartía con ella el almuerzo, comenzó a sentarse junto a la ventana con el pretexto de necesitar más luz para corregir.

Noelia fingía no advertirlo.

Llegaba a la hora acostumbrada, preparaba sus lecciones y escribía en la pizarra con la misma letra ordenada de siempre.

No permitía que Salgado ni los otros profesores la vieran vacilar.

Solo al regresar a casa dejaba el bolso sobre la mesa, cerraba los ojos durante unos segundos y esperaba a que Vicente o Cristóbal aparecieran corriendo por el pasillo.

Osvaldo y ella se habían visto pocas veces.

Una tarde permaneció menos de media hora en la casa amarilla mientras los niños hacían sus tareas en la cocina. Noelia preparó té, pero ambos dejaron que se enfriara mientras hablaban en voz baja y prestaban atención a cualquier ruido procedente de la calle.

Otro día caminaron por la costanera. Noelia no volvió a sujetarse de su brazo. Entre ambos mantuvieron una distancia que aumentaba cada vez que alguien se acercaba y volvía a disminuir cuando quedaban solos.

Lo que sentían no había desaparecido.

Había aprendido a comportarse como algo que debía ocultarse.

Antes de despedirse se permitían apenas unos minutos de cercanía. Una mano sostenida detrás de una pared, un abrazo dentro de la cocina, una mirada prolongada cuando todavía no podían tocarse. Después Osvaldo montaba en la bicicleta y Noelia esperaba detrás del portón hasta verlo desaparecer.

Ninguno hablaba ya de cuánto faltaba.

Osvaldo tampoco había enfrentado a Berta.

Hacerlo habría revelado que Cavieres escuchó su conversación con el padre Jorge. Era preferible que ella continuara creyendo que sus informes permanecían ocultos.

Desde entonces comenzó a prestar atención a sus preguntas.

Berta quería saber a qué hora regresaría, qué familias pensaba visitar y si llevaría sotana. Preguntaba quién había llamado cuando el teléfono sonaba en ausencia de ella y encontraba alguna razón para entrar en la oficina cada vez que Osvaldo cerraba la puerta.

Él respondía solamente lo necesario.

No volvió a dejar ropa usada en el canasto. Lavó por su cuenta la camisa que llevó a la casa de Noelia y guardó el alzacuello en el cajón cada vez que regresaba de verla.

Aquellas precauciones le producían una vergüenza distinta. No porque dudara de lo que sentía, sino porque había comenzado a vivir dentro de la parroquia como un visitante que debía borrar sus propias huellas.

Cavieres se convirtió en la única persona con quien podía hablar sin medir cada palabra.

—No permita que Berta descubra que la escuché —le había advertido después de contarle lo ocurrido—. Una persona que se sabe descubierta aprende a hablar más bajo.

Osvaldo siguió su consejo.

Durante las semanas siguientes, ambos continuaron ocupándose de la parroquia como si nada hubiera cambiado.

Revisaron los turnos de los lectores, las cuentas de la colecta y las visitas pendientes.

Cuando Berta entraba, Cavieres hablaba de velas, horarios o reparaciones.

Esperaban a escuchar sus pasos alejarse antes de recuperar la conversación interrumpida.

Osvaldo también comenzó a preparar la entrega de San Sebastián.

Ordenó los registros sacramentales, actualizó la lista de enfermos y reunió las llaves que durante años habían terminado dispersas entre cajones y repisas. Anotó cuáles correspondían al templo, a la sacristía, al salón parroquial y al pequeño depósito situado detrás del patio.

No había recibido instrucciones para hacerlo.

Tampoco existía una persona designada para reemplazarlo.

Aun así, continuó.

El lunes 27 de octubre le había dicho al obispo que entregaría la parroquia dentro de treinta días. No había pronunciado aquella fecha para asustarlo ni para obligarlo a responder. Era el plazo que se había dado a sí mismo.

La mañana del 24 de noviembre, Osvaldo abrió el cajón del escritorio y volvió a sacar el comprobante.

Lo dejó junto al inventario de las llaves y contó los días una vez más.

El miércoles se cumplirían los treinta.

Faltaban dos días.

El teléfono sonó pocos minutos después.

Berta se encontraba junto al archivador, ordenando las intenciones de misa de la semana. Como estaba más cerca, dejó los papeles sobre una silla y tomó el teléfono.

—Parroquia San Sebastián. Muy buenos días.

Osvaldo continuó sentado frente al escritorio. El comprobante de recepción permanecía junto al inventario de las llaves.

—Sí, señorita —respondió Berta.

Enderezó la espalda y volvió el rostro hacia él.

—El padre Osvaldo se encuentra aquí… Por supuesto.

Cubrió el teléfono con una mano.

—Lo llaman del Arzobispado.

Osvaldo se levantó.

—¿Quién?

—La secretaria de monseñor.

Berta le entregó el teléfono, pero no se alejó. Recogió los papeles de la silla y comenzó a ordenarlos nuevamente a pocos pasos del escritorio.

—Habla el padre Osvaldo.

—Buenos días, padre —dijo la secretaria—. Monseñor necesita verlo esta mañana.

El reloj de pared marcaba poco más de las ocho.

—¿A qué hora?

—Apenas pueda presentarse. Me pidió que llegara antes de las once.

—¿Se trata de mi solicitud?

Al otro lado de la línea hubo una breve pausa.

—Monseñor no me indicó el motivo.

La respuesta no eliminó su esperanza, pero la volvió más cautelosa.

—Estaré allí.

Colgó y permaneció unos segundos con la mano sobre el teléfono.

—¿Lo citó monseñor? —preguntó Berta.

—Sí.

—¿Dijo para qué?

—No.

Berta dejó los papeles sobre el archivador. Parecía esperar algo más.

Osvaldo tomó el comprobante, lo guardó dentro de una carpeta y colocó esta en el maletín. También añadió el inventario de las llaves.

—Volveré antes del almuerzo —dijo.

Salió de la oficina y entró en su dormitorio. Llevaba pantalones negros, una camisa gris y el mismo suéter oscuro que había utilizado durante buena parte de aquellas semanas. Abrió el armario para buscar la chaqueta.

Berta apareció en la puerta.

—No irá vestido así.

Osvaldo mantuvo una mano sobre la percha.

—¿Así cómo?

Ella señaló el espacio descubierto alrededor de su cuello.

—Monseñor lo mandó llamar.

—Lo sé.

—Entonces debería presentarse como corresponde.

Osvaldo la miró.

Desde la conversación con Cavieres, cada observación de Berta contenía un significado distinto. Ya no sabía si intentaba protegerlo, corregirlo o reunir otro detalle que pudiera repetirle al padre Jorge.

—¿Monseñor le pidió que revisara mi ropa antes de dejarme salir?

Berta apretó los labios.

—No necesito que me lo pida. Usted va a hablar con su obispo.

Osvaldo estuvo a punto de responder. Después pensó en el comprobante guardado dentro del maletín y en los dos días que faltaban para que terminara el plazo.

No permitiría que el alzacuello se convirtiera en el asunto principal de la conversación.

—Está bien.

Berta pareció sorprendida por la facilidad con que había cedido.

Osvaldo se quitó el suéter, cambió la camisa gris por una negra y encajó el alzacuello blanco. Luego se puso la chaqueta oscura y tomó el abrigo que colgaba detrás de la puerta.

Cuando regresó al pasillo, Berta lo examinó sin disimulo.

—Ahora sí.

—Me tranquiliza saber que he superado la inspección.

—No se burle, padre. Algún día comprenderá que no todo lo que hago es para molestarlo.

Osvaldo no apartó los ojos.

Pensó en la llamada al padre Jorge, en las fechas y los horarios repetidos al otro extremo del teléfono.

—Eso espero —respondió.

Berta bajó los ojos primero.

Osvaldo tomó el maletín y salió de la parroquia.

El cielo estaba cubierto y una neblina baja ocultaba la parte superior de los cerros. Aunque noviembre se acercaba a su fin, el viento procedente del mar continuaba obligando a los transeúntes a caminar con la cabeza inclinada.

Montó en la bicicleta y descendió hacia el centro.

El alzacuello le rozaba la garganta cada vez que volvía el rostro. Intentó no prestarle atención.

Durante el trayecto imaginó las razones de la citación. Tal vez monseñor había designado finalmente a la persona que se encargaría de la parroquia. Quizás quería comunicarle el nombre de su reemplazante o necesitaba nuevos documentos para completar el expediente.

También era posible que la solicitud hubiese comenzado por fin su camino hacia Roma.

Aquella última posibilidad lo acompañó hasta el Arzobispado.

Dejó la bicicleta junto a la escalinata, aseguró la rueda con el candado y entró. La secretaria que había recibido su solicitud trabajaba detrás del mismo escritorio. Al verlo, cerró una carpeta y se puso de pie.

—Buenos días, padre.

—Buenos días.

Osvaldo sostuvo el maletín delante de sus piernas.

La secretaria acomodó un tazón sobre el escritorio.

—Monseñor lo está esperando.

Ella evitó mirarlo mientras regresaba a su silla.

La esperanza con que Osvaldo había llegado perdió parte de su fuerza.

Atravesó la antesala y golpeó dos veces.

—Adelante.

Monseñor Valdés estaba sentado detrás del escritorio. Había dejado la chaqueta sobre el respaldo y llevaba las mangas de la camisa ligeramente recogidas.