Capítulo 13 #3
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—¿Ocurrió algo?
Cavieres miró hacia el pasillo para asegurarse de que estuvieran solos.
—Padre, necesito hablar seriamente con usted.
—Lo escucho.
Osvaldo tomó asiento frente a Cavieres.
—Cuando vine esta tarde, la entrada principal estaba cerrada. Rodeé la parroquia y encontré la puerta trasera entreabierta. Golpeé dos veces, pero nadie respondió. Entré porque pensé que usted se encontraría en la cocina.
—Pero yo no estaba.
—No. Berta sí. Estaba hablando por teléfono.
—Berta utiliza el teléfono varias veces al día.
—Hablaba con el padre Jorge.
Los dedos de Osvaldo quedaron inmóviles junto al sobre.
—¿Está seguro?
—Lo llamó por su nombre varias veces. Al principio pensé que conversaban sobre la comisión o sobre los preparativos de la visita. Iba a anunciarme cuando escuché que hablaba de usted.
—¿Qué dijo?
Cavieres juntó las manos encima de la mesa.
—Le contó que usted había ido al Arzobispado sin sotana ni alzacuello. Dijo que regresó alterado y que, cuando intentó preguntarle qué había ocurrido, usted se negó a darle una explicación.
—Le dije que monseñor no había aceptado.
—No pareció considerarlo una explicación suficiente.
El fuego se acomodó dentro de la estufa y una brasa se partió con un sonido crujiente.
—¿Qué más?
Cavieres vaciló.
—Le habló de la ropa que lavó la semana pasada. Dijo que encontró pelos grises de perro en su camisa y en sus pantalones. También un pétalo.
Osvaldo lo miró, esperando que continuara.
—Después mencionó a la profesora Noelia.
El nombre quedó suspendido entre ambos.
—¿Qué dijo de ella? —preguntó Osvaldo.
—Que sospechaba que usted había pasado con ella parte de aquella tarde.
Cavieres estudió brevemente su expresión.
—Yo no sabía que la profesora tuviera algo que ver con lo que Berta estaba contando, padre. Hasta esta tarde solo la conocía como integrante de la comisión. Tampoco sé si sus sospechas son ciertas. Me limito a repetirle lo que escuché.
Osvaldo miró el sobre.
—¿Berta dijo que me había visto con Noelia?
—No. La escuché reconocer que no podía asegurarlo. Dijo que los pelos podían pertenecer al perro de la profesora y utilizó el pétalo como otra razón para creer que usted había estado con ella.
Osvaldo no respondió. No sabía cuánto había averiguado Berta ni desde cuándo observaba cada una de sus salidas.
—¿Qué respondió Jorge?
—No podía oírlo. Solo escuchaba a Berta. Pero, por las pausas y sus respuestas, comprendí que él hacía preguntas. Ella le indicó qué día había encontrado la ropa, a qué hora salió usted y cuándo regresó. También le explicó que desde entonces ha dejado la sotana en el armario más de una vez.
Osvaldo examinó su suéter y el espacio descubierto alrededor de su cuello.
—Antes de terminar la llamada —continuó Cavieres—, Berta prometió mantenerlo informado si usted volvía a salir sin sotana, si alguien venía a buscarlo fuera de horario o si la profesora Noelia regresaba a la parroquia.
—¿Berta sabe que escuchó la conversación?
—No lo creo. Cuando la oí despedirse, salí por la misma puerta antes de que abandonara la oficina. Esperé unos minutos y llamé desde el patio. Cuando abrió, ya había colgado. Le pregunté por usted y me dijo que había salido a visitar a un enfermo.
—Por eso volvió.
—No quería hablar delante de ella.
La tapa de la tetera comenzó a vibrar. Osvaldo se levantó, la apartó del fuego y la dejó sobre un extremo de la cocina. No sirvió el agua. Las dos tazas permanecieron vacías sobre la mesa.
—Quizás estaba preocupada —dijo—. Berta puede llegar demasiado lejos cuando cree que intenta ayudar.
—También lo pensé.
—¿Qué le hizo cambiar de opinión?
Cavieres no apartó los ojos.
—La forma en que hablaba. No parecía estar pidiéndole consejo al padre Jorge. Respondía con fechas, horarios y nombres. Parecía rendirle un informe.
Osvaldo permaneció de pie junto a la cocina.
—No me gusta repetir conversaciones ajenas —continuó Cavieres—. Sé que no debí quedarme escuchando. Pero cuando mencionó a la profesora comprendí que tenía que advertirle.
Osvaldo regresó lentamente a la mesa y se sentó.
—¿Cree que Jorge le pidió que me vigilara?
—No puedo asegurarlo. Solo escuché a Berta.
Cavieres miró el sobre cerrado.
—Creo que el padre Jorge está reuniendo información sobre usted.
Levantó la vista.
—No sé por qué Berta relacionó a la profesora Noelia con sus salidas ni necesito saberlo. Pero pensé que usted debía saber que mencionó su nombre.
El fuego crujió. En el pasillo, una corriente de aire hizo que una puerta golpeara suavemente contra el marco.
Osvaldo observó el sobre, las tazas vacías y la bufanda de Cavieres sobre el respaldo. Después miró el teléfono instalado en la oficina parroquial.
Hasta ese momento había considerado las preguntas de Berta una forma excesiva de preocupación. Sus inspecciones, sus silencios y la atención dirigida hacia su cuello todavía pertenecían al espacio doméstico de la parroquia.
Pero aquella llamada había llevado cada detalle mucho más lejos.
Al otro extremo del teléfono, el padre Jorge ya conocía el nombre de Noelia.