Capítulo 13 #2
—Si apareces en el colegio para defenderme, será peor —continuó ella—. Confirmarás cualquier cosa que puedan estar imaginando.
—No sé qué están imaginando.
—Precisamente.
Osvaldo pasó el pulgar sobre los nudillos de Noelia.
—No haré nada sin hablarlo contigo.
—Ni con el obispo.
—Ni con el obispo.
Noelia lo observó durante unos segundos. Después apretó sus manos.
—Gracias.
En el patio, Cristóbal gritó de nuevo:
—¡Mamá, Vicente no me deja tocar el timbre!
Noelia se volvió hacia la puerta y respiró lentamente hasta recuperar la calma.
Al mirar a Osvaldo, reparó en el bolso que había dejado sobre la silla.
—¿Entregaste la solicitud?
—El viernes.
—¿La recibió monseñor?
—No pude verlo. La dejé con su secretaria.
—¿Y desde entonces?
—No he tenido noticias.
Noelia asintió lentamente.
—Ahora tendrás que esperar.
Noelia observó nuevamente su suéter y la camisa sin alzacuello.
—¿De dónde vienes vestido así?
Osvaldo miró su ropa.
—De visitar enfermos.
—¿Berta sabe que andas sin sotana?
Osvaldo sonrió.
—Me vio salir esta mañana. Le dije que iba a visitar a un enfermo y desde entonces no he regresado a la parroquia.
—¿Estuviste todo el día fuera?
—Fui a ver a don Julián. Su hija me pidió que pasara por la casa de una vecina que no puede levantarse de la cama. Desde allí terminé visitando a otras dos familias de la población.
—¿Y viniste directamente desde los cerros?
—Sí.
—¿Solo para saludarme?
Osvaldo no apartó los ojos.
—Vine porque quería verte.
Noelia bajó los ojos hacia sus manos unidas.
—Llegaste en un buen momento.
—No pareció un buen momento.
—Por eso fue bueno que llegaras.
Osvaldo se levantó, rodeó la mesa y la abrazó. Noelia apoyó la mejilla sobre su pecho. Esta vez no lloró. Permaneció escuchando sus latidos mientras, al otro lado de la puerta, los niños discutían por la bicicleta.
—Tengo que regresar —dijo él después de un momento.
—Lo sé.
—Berta probablemente ya habrá organizado mi funeral.
—Si llegas vestido así, quizás lo oficie ella misma.
Osvaldo rió en voz baja y le besó nuevamente la frente.
Cuando salieron al patio, Vicente estaba sentado sobre la bicicleta mientras Cristóbal intentaba sostenerlo. La rueda delantera apuntaba directamente hacia los rosales.
—¡Quietos! —gritó Noelia.
Osvaldo corrió y sujetó el manubrio antes de que avanzaran.
—Les dije que no se subieran mientras no estuviera con ustedes.
—Solo estábamos practicando —respondió Vicente.
Cristóbal entregó la bicicleta con expresión culpable.
—¿Vas a volver mañana?
—Mañana no.
—¿El miércoles?
Osvaldo miró a Noelia.
—Cuando pueda.
Los niños lo abrazaron antes de dejarlo salir. Niebla intentó seguirlo hasta la calle, pero Noelia lo sostuvo por el collar.
Osvaldo atravesó el portón, montó en la bicicleta y levantó una mano.
Noelia permaneció observándolo hasta que pasó bajo la luz del siguiente farol y se perdió calle abajo.
Cuando regresó a la parroquia, Osvaldo advirtió una luz encendida al final del pasillo.
Berta debería haberse marchado más de una hora antes.
Dejó la bicicleta en el cobertizo y entró por la puerta lateral. Desde la cocina llegó el crujido de la leña y el golpe del atizador contra la estufa.
—¿Berta?
Nadie respondió.
Osvaldo avanzó por el pasillo.
Un hombre estaba sentado junto al fuego. Tenía la bufanda sobre el respaldo de la silla y sostenía un sobre de papel encima de las rodillas.
—Javier —dijo Osvaldo—. Qué sorpresa encontrarlo por aquí a esta hora.
Cavieres se puso de pie y sonrió.
—Padre Osvaldo. Lo estaba esperando.
—¿A mí?
—Vine durante la tarde, pero usted no estaba. Berta me dijo que había salido a visitar a un enfermo. Regresé hace poco, cuando ella estaba a punto de marcharse, y me permitió esperar dentro.
Cavieres señaló la estufa.
—Me dijo que, si iba a quedarme, al menos podía ser de utilidad cuidando el fuego para que usted no pasara frío.
Osvaldo sonrió mientras dejaba el bolso sobre una silla.
—Muy considerada de su parte.
Cavieres observó de reojo su vestimenta. Sus ojos se detuvieron brevemente en el suéter y en la ausencia del alzacuello.
No había acusación en sus ojos, pero sí curiosidad.
Osvaldo advirtió el gesto y se acomodó instintivamente el cuello del suéter. Sin embargo, no dio ninguna explicación.
—¿Quiere que le sirva algo? Hay té y café, aunque no puedo asegurarle que Berta haya dejado café para alguien más.
—No quisiera molestarlo.
—Ya cuidó el fuego. Lo mínimo que puedo hacer es ofrecerle una taza de té.
Osvaldo puso agua a calentar y sacó dos tazas de la alacena.
—Y, a todo esto, Javier, ¿cómo se encuentra su madre? Hace bastante tiempo que no la veo por aquí.
El rostro de Cavieres se suavizó.
—Está bien de salud, padre. El frío le molesta un poco las rodillas y por eso ha preferido no salir, pero se encuentra bien.
—Dígale que pregunté por ella.
—Se lo diré.
—Cuando pueda pasaré a visitarla.
—Le gustará. Siempre pregunta por usted, aunque después asegura que no quiere molestar al cura.
—Su madre nunca molesta.
El agua comenzó a calentarse. Osvaldo acercó el azucarero y dejó dos cucharas sobre la mesa.
—¿Y usted cómo está? —preguntó.
—Bien.
Cavieres respondió demasiado rápido.
Osvaldo lo miró.
—No parece haber venido solamente para decirme que está bien.
Cavieres bajó la vista hacia el sobre que sostenía.
—En realidad, vine para entregarle esto.
Lo puso sobre la mesa.
—Es la lista actualizada de los lectores para las próximas semanas. Quería revisarla con usted antes de que Berta decidiera reemplazar a la mitad.
—Hizo bien.
Osvaldo tomó el sobre, pero Cavieres mantuvo una mano sobre él.
—Aunque eso ya no es lo más importante.