Mi última plegaria antes de ti Capítulo 13
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Capítulo 13

Capítulo

El dormitorio de los niños estaba ordenado.

Noelia lo supo apenas encendió la luz. Las camas se encontraban tendidas, los zapatos permanecían debajo de una silla y los juguetes habían sido guardados en su cajón. Sobre una de las almohadas descansaba únicamente un calcetín que había perdido a su compañero.

Aun así, comenzó a limpiar.

Hacía poco más de una hora que había regresado del colegio. Al terminar la jornada pasó a buscar a Vicente y Cristóbal, les preparó algo de comer y revisó sus tareas en la cocina. Después los dejó discutiendo sobre un juego de mesa mientras Niebla dormía debajo de la mesa.

Noelia subió al segundo piso con el pretexto de ordenar el dormitorio.

Estiró una colcha que no tenía arrugas, recogió el calcetín y acomodó los libros escolares por orden de tamaño. Después abrió uno de los cajones, dobló una camisa de Vicente y la dejó exactamente en el mismo lugar.

Necesitaba hacer algo con las manos.

Las palabras del memorándum continuaban repitiéndose dentro de ella:

adecuada imagen institucional.

Pasó un paño sobre la cómoda, aunque no había polvo.

Luego se acercó a la ventana. Desde el segundo piso podía ver los rosales, el portón de madera y una parte de la calle iluminada por un farol que acababa de encenderse.

Las ramas se agitaban con el viento y algunas flores golpeaban suavemente contra la verja.

Noelia se secó el rostro con la manga del chaleco.

Entonces escuchó ladrar a Niebla.

No fue el ladrido perezoso con que anunciaba a los vecinos ni el gruñido desconfiado que reservaba para los gatos. El perro comenzó a ladrar con entusiasmo y a golpear la puerta de la cocina con las patas.

Los niños abandonaron el juego y corrieron por el pasillo.

—¡Es el tío Osvaldo! —gritó Cristóbal.

Noelia permaneció inmóvil frente a la ventana.

Un hombre acababa de detenerse al otro lado del portón. Llevaba un suéter oscuro, pantalón negro y un bolso cruzado sobre el pecho. No vestía sotana ni llevaba alzacuello. Sostenía una bicicleta con una mano.

Era Osvaldo.

Vicente abrió la puerta de la casa y Niebla salió disparado hacia el portón con un trozo de madera entre los dientes.

—¡No abran! —alcanzó a gritar Noelia desde el segundo piso.

Osvaldo levantó el pestillo desde afuera y entró empujando la bicicleta. Niebla comenzó a correr a su alrededor, obligándolo a levantar una pierna para no tropezar.

Durante un instante pareció que apoyaría la bicicleta contra los rosales.

Noelia se inclinó hacia la ventana.

—Ni se te ocurra —murmuró.

Como si hubiera escuchado su pensamiento, Osvaldo cambió de dirección y dejó la bicicleta junto a una pared del patio, lejos de las plantas.

Después levantó la cabeza.

Sus ojos encontraron a Noelia detrás del vidrio.

Osvaldo sonrió y alzó una mano.

Ella respondió con un gesto pequeño y se apartó antes de que él pudiera advertir sus párpados hinchados. Se secó rápidamente las lágrimas, respiró hondo y se sujetó el cabello.

Abajo, los niños se abalanzaron sobre Osvaldo.

—¡Tío Osvaldo!

—Con calma —dijo él, intentando abrazarlos mientras Niebla continuaba dando vueltas—. Si siguen así, alguno terminará en el suelo. Probablemente yo.

Cristóbal soltó su cintura y corrió hacia la bicicleta.

—¿Me enseñas a andar?

—Es demasiado grande para ti.

—Pero puedo intentarlo.

—Yo primero —intervino Vicente.

—Yo la vi primero.

Cristóbal sujetó el manubrio y trató de moverla. La rueda delantera giró hacia un lado y estuvo a punto de golpearlo.

Osvaldo alcanzó a afirmarla.

—Despacio. Una bicicleta no se domina peleando con ella.

—¿Y cómo se domina? —preguntó Vicente.

—Consiguiendo que crea que ustedes saben adónde van.

Tomó el manubrio mientras Cristóbal apoyaba un pie sobre un pedal. El niño intentó alcanzar el asiento, pero apenas consiguió apoyar el pecho contra el marco.

—No llego.

—Te lo advertí.

—Sujétame.

Osvaldo sostuvo la bicicleta por detrás y comenzó a empujarla lentamente. Cristóbal avanzó algunos metros con las piernas abiertas, riéndose mientras intentaba conservar el equilibrio.

—¡Ahora yo! —gritó Vicente.

Niebla corrió detrás de ellos con la madera todavía entre los dientes.

Noelia apareció en la puerta de la cocina.

Durante unos segundos se quedó contemplando la escena. Osvaldo corría encorvado, sujetando la bicicleta. Cristóbal gritaba que lo soltara, aunque era evidente que caería apenas lo hiciera. Vicente perseguía la rueda trasera y Niebla corría detrás de todos.

Por primera vez desde que Salgado le había entregado la notificación, Noelia sonrió.

—No lo sueltes —advirtió.

Osvaldo alzó los ojos.

Su sonrisa desapareció cuando vio los ojos de Noelia.

Detuvo la bicicleta.

—No pensaba hacerlo.

Cristóbal bajó de un salto.

—Ahora le toca a Vicente.

—Pueden practicar un momento en el patio —dijo Noelia—. Quizás más adelante les compre una bicicleta, pero primero tienen que aprender a cuidarla.

—¡Yo quiero aprender primero! —protestó Cristóbal.

—¡Tú ya tuviste tu turno!

Osvaldo les enseñó cómo sostener la bicicleta sin dejarla caer.

—No intenten subirse mientras no esté con ustedes.

—Sí, tío Osvaldo —respondieron los dos.

Noelia no los corrigió.

—Ustedes se quedan aquí —les indicó—. Con los abrigos puestos, sin abrir el portón y lejos de mis rosales.

—Sí, mamá.

—Y no hagan correr a Niebla detrás de la bicicleta.

Los niños miraron al perro.

Niebla continuaba mordiendo la madera como si la advertencia no tuviera ninguna relación con él.

Solo Noelia y Osvaldo entraron en la cocina. Los niños permanecieron en el patio con la bicicleta. Noelia dejó la puerta entreabierta para poder escucharlos.

Osvaldo se quitó el bolso y lo dejó sobre una silla.

Noelia se dirigió hacia la tetera.

—¿Quieres tomar algo?

—Noelia.

—Todavía queda agua caliente.

—Estabas llorando.

Ella levantó la tapa de la tetera.

—Fue el humo de la estufa.

Del cañón de metal no salía humo por ninguna parte.

—La estufa no tiene humo.

—Entonces habrá sido el polvo.

Noelia apoyó la tapa con más fuerza de la necesaria.

—No quiero hablar de esto.

En el patio, Vicente y Cristóbal llevaban la bicicleta de un extremo al otro. Sus voces se mezclaban con los ladridos de Niebla.

Noelia tomó dos tazas de la alacena. Al colocarlas sobre la mesa, una golpeó contra la otra.

—Han comenzado.

Osvaldo se acercó.

—¿Quiénes?

—No lo sé —respondió Noelia—. Salgado, el Arzobispado, todos.

Intentó servirse agua, pero la mano comenzó a temblarle. Dejó la tetera sobre la cocina y se aferró al borde de la mesa.

—El director Salgado me llamó a su oficina antes de que terminara la jornada. Dijo que mi renuncia a la comisión organizadora había dejado al colegio en una posición incómoda.

Osvaldo permaneció junto a ella.

—¿Qué más?

—Algunas de mis propuestas fueron consideradas excesivamente ideologizadas.

La voz se le quebró en la última palabra.

—¿Qué significa eso?

—Que ya no puedo representar al colegio.

Las lágrimas regresaron antes de que Noelia pudiera contenerlas. Se llevó una mano a la boca y volvió el rostro hacia la puerta.

Osvaldo la rodeó con sus brazos.

Noelia apoyó la frente contra su pecho. El suéter conservaba el olor del frío, de la humedad y del humo de las casas que había visitado durante el día. Debajo de la lana sintió el calor de su cuerpo y la firmeza de los brazos que ahora la sostenían.

Se aferró a él.

Osvaldo apoyó una mano sobre su nuca y la otra en medio de su espalda.

—Llora —le dijo—. No tienes que contenerte conmigo.

Aquellas palabras terminaron de romperla.

Noelia lloró contra su pecho, intentando no hacer ruido. Afuera sonó otra vez el timbre de la bicicleta, seguido de una discusión entre los niños.

—¡No vale! ¡La estás sujetando!

—¡Si no la sujeto, se cae!

Osvaldo acarició lentamente la espalda de Noelia.

—Me quitaron las ceremonias, las actividades con los estudiantes, el coro y la catequesis —dijo ella entre sollozos—. No puedo participar en nada que represente al establecimiento.

Osvaldo cerró los ojos.

—¿Te retiraron tus clases?

—Todavía no.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Osvaldo la separó suavemente para mirarla. Tomó una servilleta de la mesa y comenzó a secarle las lágrimas.

—Eso no significa que vayan a quitarte las clases.

—Tú no lo sabes.

—No.

—Hoy me prohíben representar al colegio. Mañana pueden decidir que tampoco soy adecuada para enseñar.

—Nadie puede decir que no eres una buena profesora.

—No necesitan decirlo.

Noelia le quitó la servilleta y la apretó dentro del puño.

—Lo escribieron de otra manera. Dijeron que debían proteger la imagen institucional del colegio. Como si yo fuera una vergüenza.

Osvaldo le tomó el rostro entre las manos y le dio un beso en la frente. Después bajó las manos hasta encontrar las de ella y las sostuvo entre las suyas.

—¿Dónde está la notificación?

Noelia señaló el basurero.

—La rompí.

Entre restos de papel y cáscaras de verduras se distinguían varios fragmentos blancos. En uno de ellos todavía podía leerse una parte del membrete del colegio.

Osvaldo miró el basurero, pero no se movió.

—No quería tener esas palabras dentro de mi casa —dijo Noelia.

—Está bien.

La acompañó hasta una silla. Noelia se sentó y Osvaldo ocupó el lugar frente a ella, sin soltarle las manos.

—Pensándolo bien, quizás esto me aligere la carga —dijo Noelia—. Participaba en demasiadas actividades. El coro, la catequesis, las ceremonias, las reuniones después de clases… Siempre llegaba tarde a casa. Ahora podré concentrarme en lo esencial.

—¿Qué es lo esencial?

—Mis clases y mis hijos.

—¿Y todo lo demás no era importante para ti?

Noelia bajó los ojos.

—Era trabajo adicional.

—Te gustaba el coro.

—Sí.

—También la catequesis.

—Sí.

—Noelia.

Ella cerró los ojos.

—Necesito mi trabajo —reconoció—. Puedo soportar que me aparten de las actividades. Puedo dejar el coro y la catequesis. Lo que no puedo perder son mis clases. Tengo dos hijos, Osvaldo. Esta casa necesita reparaciones y no hay otro sueldo esperando en alguna parte.

—No vas a enfrentar esto sola.

Noelia levantó la cabeza.

—No vayas a hablar con Salgado.

Osvaldo guardó silencio.