Capítulo 12 #3
Niebla dejó de correr alrededor de los niños. Levantó la cabeza y miró directamente hacia Osvaldo, como si hubiera recordado que todavía quedaba pan dentro de su bolsillo.
Permaneció inmóvil.
Después comenzó a correr hacia ellos.
—Creo que viene por mí —dijo Osvaldo.
Noelia entrecerró los ojos.
Niebla aumentó la velocidad.
—Sí —confirmó—. Viene por ti.
Osvaldo apartó el brazo de los hombros de Noelia y afirmó los pies sobre la arena.
—¿Qué debo hacer?
—Esperar lo peor.
—Esa recomendación llega bastante tarde.
A lo lejos se escuchó la voz de Vicente.
—¡Niebla!
El perro continuó corriendo.
—¡Niebla, vuelve! —gritó Cristóbal.
Osvaldo levantó las manos para protegerse. Sin embargo, a pocos metros de alcanzarlo, Niebla cambió de dirección, pasó junto a ellos levantando una nube de arena y regresó hacia los niños.
Noelia se cubrió el rostro con una mano.
Osvaldo quedó con los brazos extendidos.
—Creo que me perdonó la vida.
—No te confíes. Todavía tenemos que volver.
Los niños corrieron detrás del perro. Cuando llegaron, tenían las mejillas rojas y respiraban con la boca abierta.
—¡No nos hizo caso! —protestó Vicente.
—Qué extraño —dijo Noelia—. Me pregunto de quién habrá aprendido.
—De Cristóbal —respondió inmediatamente.
—¡Mentira!
Niebla se sacudió junto a Osvaldo y llenó de arena la parte baja de su pantalón.
—Gracias —murmuró él.
Cristóbal se quedó mirándolo. Dio una vuelta a su alrededor, observando el abrigo, la camisa y el cuello descubierto.
—Mamá —dijo finalmente—, el padre Osvaldo no está vestido de padre.
Noelia se llevó una mano a la frente.
—Ya me había dado cuenta.
Vicente se acercó y examinó también el cuello de Osvaldo.
Osvaldo y Noelia se miraron.
Cristóbal frunció el ceño.
—Pero ahora parece un tío.
—Está usando otra ropa. Eso es todo.
—Entonces es el tío Osvaldo —concluyó Vicente.
Antes de que Noelia pudiera corregirlo, Cristóbal rodeó con ambos brazos la cintura de Osvaldo.
—Tío Osvaldo.
Vicente imitó a su hermano.
Osvaldo permaneció inmóvil. Sus manos quedaron suspendidas sobre los hombros de los niños, sin saber dónde apoyarse. Después las bajó lentamente y los abrazó.
Noelia los contempló en silencio.
La escena la enterneció y la asustó al mismo tiempo. Había algo demasiado sencillo en aquellos tres cuerpos unidos: una imagen doméstica, casi cotidiana, de la vida que Osvaldo deseaba y que todavía se encontraba muy lejos.
—No es su tío —dijo con suavidad—. Es el padre Osvaldo.
Vicente levantó la cabeza sin soltarlo.
—Pero no parece padre.
—La ropa no decide si una persona es sacerdote.
—Entonces, ¿por qué siempre usa la misma ropa?
Noelia abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Porque así se visten los sacerdotes.
Cristóbal miró a Osvaldo.
—Pero hoy no.
—Hoy tenía frío —respondió él.
El niño aceptó la explicación con absoluta seriedad.
—La sotana también abriga.
Osvaldo miró a Noelia.
—Tiene un argumento bastante sólido.
—No lo ayudes.
Los niños lo soltaron finalmente.
—¿Ahora puede ir a la casa? —preguntó Vicente.
—¿Ahora?
—Sí. Como está vestido de tío, puede quedarse con nosotros y jugar con Niebla.
El perro ladró al escuchar su nombre.
—Hoy tiene que regresar a la parroquia —respondió Noelia.
—Otro día, entonces.
Cristóbal tomó la mano de Osvaldo.
—Puedes dormir en mi pieza.
—No va a dormir en tu pieza —intervino Noelia.
—Entonces en la de Vicente.
—Tampoco.
—En la cocina —propuso Vicente—. A Niebla le gusta dormir allí.
Osvaldo intentó contener la risa.
—Agradezco la invitación, pero creo que primero deberían preguntarle a su madre.
Los dos niños se volvieron hacia Noelia.
Ella levantó un dedo.
—No me miren así. Se está haciendo tarde y tenemos que regresar.
Comenzaron a caminar hacia la costanera. Vicente y Cristóbal iban delante, discutiendo si Niebla habría sido capaz de derribar a Osvaldo. El perro corría alrededor de ellos con la lengua afuera.
Noelia caminaba al lado de Osvaldo, pero ya no lo llevaba del brazo.
—Lo siento —dijo.
—¿Por qué?
—Por lo de «tío Osvaldo». No comprenden lo que están diciendo.
Osvaldo observó a los niños.
—Precisamente por eso no me molestó.
Al llegar a las escaleras, Cristóbal encontró una caracola pequeña. La recogió, la limpió contra su pantalón y se la entregó a Osvaldo.
—Para que la ponga en su casa.
Osvaldo la sostuvo en la palma.
—Gracias.
—Si la pone junto a la oreja, se escucha el mar.
—Estamos al lado del mar —dijo Vicente—. Por eso se escucha.
—En la casa también —insistió Cristóbal.
—Porque se queda guardado adentro —explicó Noelia.
El niño pareció satisfecho con aquella respuesta.
Continuaron hasta la plaza. Las luces de algunos negocios comenzaban a encenderse bajo el cielo todavía gris. Osvaldo distinguió su bicicleta encadenada.
Noelia se detuvo.
—¡Adiós, tío Osvaldo! —gritó Cristóbal.
—¡Padre Osvaldo! —lo corrigió Noelia.
—¡Adiós, tío padre Osvaldo! —rectificó Vicente.
Osvaldo comenzó a reír.
Noelia negó con la cabeza y empujó suavemente a los niños para que continuaran. Niebla avanzó detrás de ellos, deteniéndose cada pocos pasos para mirar hacia atrás.