Mi última plegaria antes de ti Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Lo sé.

—¿Y aceptaste?

—No. Le dije que dentro de un mes quiero entregar la parroquia y dejar de ejercer públicamente.

—¿Aunque todavía no haya llegado la respuesta de Roma?

—Roma puede tardar meses. Quizá años. No pienso continuar celebrando y confesando durante todo ese tiempo solo porque el procedimiento no ha terminado.

—¿Qué respondió?

—Que abandonar mis funciones sin su autorización sería incumplir mis obligaciones.

Noelia se quitó un mechón del rostro y lo sujetó detrás de la oreja. El viento volvió a soltarlo casi de inmediato.

—¿Y tú?

—Le dije que prefería una entrega acordada, pero que mi plazo seguía siendo un mes.

Noelia guardó silencio. Osvaldo intentó descubrir en su expresión si consideraba aquella respuesta valiente o irresponsable.

—También me habló de otra cosa —añadió—. Hay parroquias y sacerdotes que están siendo vigilados. San Sebastián está entre ellos.

Noelia disminuyó el paso.

—¿Vigilados?

Ella buscó a los niños con los ojos. Vicente continuaba corriendo con una rama levantada sobre la cabeza, mientras Cristóbal y Niebla lo perseguían.

—¿Tiene que ver con la visita del Papa?

—Eso creo. Temen que su presencia en Puerto Ceniza se convierta en una oportunidad para que los pobladores y las familias que han sufrido abusos denuncien públicamente lo que les ha ocurrido.

Noelia volvió los ojos hacia él.

—¿Y tú estás involucrado en algo?

—No. Nunca he participado en política. Siempre he estado cerca de los pobladores de los cerros porque forman parte de mi parroquia. Los he acompañado cuando lo han necesitado, pero nada más.

Osvaldo miró hacia el mar.

Durante algunos pasos solo se escucharon el oleaje y los gritos lejanos de los niños.

—Pensé que, cuando te contara todo esto, ibas a decirme que no querías continuar —dijo él.

La expresión de Noelia se suavizó.

—¿Por qué pensaste eso?

—Porque te prometí que hablaría con el obispo. Ahora vengo a decirte que sigo siendo sacerdote, sigo a cargo de la parroquia y todavía no he entregado el primer documento.

—Ayer fuiste hasta el Arzobispado y dijiste en voz alta algo que llevabas años evitando.

—No fue suficiente.

—No —reconoció ella—. Pero fue el comienzo.

Osvaldo la observó, intentando descubrir si aquellas palabras eran consuelo o despedida.

—Yo te creo cuando dices que esto comenzó antes de conocerme —continuó Noelia—. Si pensara que quieres dejar el sacerdocio solamente porque nos besamos, no estaría aquí.

—Me enamoré de ti.

—Lo sé.

—Noelia…

—Y estoy aquí —repitió—. Pero puedo acompañarte durante un tiempo, Osvaldo. Lo que no puedo hacer es convertirme en un secreto sin fecha.

El viento pareció llevarse momentáneamente los gritos de los niños.

—No quiero esconderte.

—Mientras sigas siendo sacerdote tendremos que ocultar una parte de esto. No podemos fingir que no es así.

—Será por poco tiempo.

—No lo sabes.

Osvaldo apretó la mandíbula.

Noelia extendió una mano y le tocó el brazo.

—No te lo digo para castigarte. Tampoco espero que el viernes despiertes y ya no seas sacerdote. Pero necesito saber que darás el siguiente paso.

—Entregaré la solicitud antes del viernes.

Él alzó los ojos.

—Si dejas el sacerdocio porque me lo prometiste, algún día podrías sentir que yo te arranqué de allí. Necesito que presentes esa solicitud porque es tu verdad, aunque yo no existiera.

—La presentaría aunque no te hubiera conocido. Tal vez habría tardado más. Tal vez habría seguido buscando excusas. Pero la decisión seguiría siendo la misma.

—Entonces no me debes tu salida.

—No.

Niebla apareció corriendo desde el otro extremo de la playa. Redujo la velocidad al acercarse y volvió a hundir el hocico contra el bolsillo del abrigo de Osvaldo.

Noelia observó la insistencia del perro.

—¿Qué llevas ahí?

Osvaldo introdujo la mano y sacó el pan ligeramente aplastado.

—Esto.

—¿Y eso?

—Un pan que Berta me puso a la fuerza en el maletín ayer. Dijo que monseñor podía tardar horas en recibirme.

—¿Lo llevaste hasta el Arzobispado?

—Y regresó conmigo.

Noelia examinó el pan.

—¿Desde ayer lo estás paseando por Puerto Ceniza?

—No era mi intención.

Niebla se sentó frente a él y levantó una pata.

Osvaldo arrancó un trozo y se lo ofreció. El perro lo tragó casi sin masticar.

—Berta se sentiría muy ofendida si supiera en qué terminó —dijo Noelia.

—Solo si Niebla no da las gracias.

Como respuesta, el perro apoyó las patas delanteras contra el pecho de Osvaldo e intentó alcanzar el resto del pan.

—Voy a considerar eso una muestra de gratitud.

Osvaldo partió otro trozo y lo arrojó hacia los niños. Niebla salió detrás de él.

Noelia sonrió. Después pasó una mano por debajo del brazo de Osvaldo y se sujetó a él.

El gesto fue tan sencillo que él tardó en reaccionar. Miró hacia la costanera, después hacia las escaleras y finalmente hacia los extremos de la playa.

Noelia siguió la dirección de sus ojos.

—¿Qué buscas?

—A alguien que pueda vernos.

—No hay nadie.

La sonrisa desapareció durante un instante del rostro de Noelia. Luego examinó su abrigo, la camisa sin alzacuello y el cabello desordenado por el viento.

—Todo Puerto Ceniza está acostumbrado a verte con sotana. Si alguien te ve así, no te reconocerá.

—No estoy tan seguro.

—Pareces un empleado de banco que perdió el autobús.

Osvaldo abrió la boca, ofendido.

—¿Un empleado de banco?

—Uno bastante preocupado.

Él soltó una carcajada. Noelia comenzó a reír con él.

Osvaldo levantó el brazo y lo apoyó sobre los hombros de Noelia. Al principio dejó la mano rígida sobre la lana del abrigo. Ella se acercó un poco más y la rigidez desapareció.

Caminaron así algunos metros.

Por primera vez no había una mesa, una sotana ni un escritorio parroquial separándolos. Solo el frío, el mar y los pasos de ambos marcando una huella irregular sobre la arena.

Osvaldo miró hacia los niños.

—Están muy lejos.

—Los veo.

—Yo apenas distingo a cuál de los dos está persiguiendo Niebla.

—A Cristóbal. Vicente es el que lleva la rama.

—¿Cómo puedes saberlo desde aquí?

—Soy su madre.