Capítulo 12
Capítulo
El teléfono de la oficina sonó durante la última pausa de la jornada escolar.
Noelia se encontraba en la sala de profesores, inclinada sobre una pila de cuadernos. Corregía con su lápiz amarillo una interminable sucesión de errores ortográficos y acababa de escribir por quinta vez la palabra «revisar» al margen de una hoja cuando la secretaria se asomó por la puerta.
—Noelia, la llaman de la parroquia.
El lápiz quedó suspendido sobre el papel.
—¿De la parroquia?
—Es el padre Osvaldo.
Dos profesoras levantaron la cabeza. Noelia cerró el cuaderno, dejó el lápiz entre las páginas y caminó hacia la oficina sin apresurarse.
La secretaria le entregó el teléfono y regresó a ordenar unos documentos al otro extremo del mesón.
—¿Aló?
—Noelia.
La voz de Osvaldo sonaba más baja de lo habitual.
Ella miró hacia la puerta antes de responder.
—Sí, padre.
Al otro lado de la línea hubo un breve silencio.
Osvaldo se encontraba en la oficina parroquial, de pie junto al escritorio. Había enrollado el cable del teléfono alrededor de sus dedos. Desde el pasillo llegaba el crujido de las maderas y, desde la calle, el timbre lejano de una bicicleta.
—Hablé con el obispo ayer —dijo.
Noelia apoyó una mano sobre el mesón.
—¿Y qué ocurrió?
—No salió como esperaba.
La secretaria abrió un cajón. El ruido obligó a Noelia a esperar antes de preguntar:
—¿Quieres que nos veamos?
Osvaldo cerró los ojos. Era precisamente lo que había querido pedirle, pero escuchar la pregunta en boca de ella le alivió una parte de la vergüenza.
—Sí. Necesito explicártelo personalmente.
—Por la tarde llevaré a los niños a la playa. Desde el fin de semana están pidiéndome que saque a Niebla para que corra. Podemos encontrarnos allí.
—¿A qué hora?
—A las cinco y media.
Osvaldo miró por la ventana. El cielo estaba cubierto y las primeras ráfagas de viento hacían temblar los vidrios.
—Va a hacer frío.
—En Puerto Ceniza siempre hace frío, Osvaldo.
Él sonrió por primera vez desde que había salido del Arzobispado.
—Lo sé.
—Entonces abrígate.
La secretaria se levantó con unos papeles en la mano. Noelia bajó todavía más la voz.
—Nos vemos en la playa.
—Noelia…
Ella esperó.
—Gracias por aceptar.
Noelia pasó el pulgar por una pequeña grieta del mesón.
—Todavía no me has contado nada. No me agradezcas antes de tiempo.
Colgó y permaneció unos segundos con la mano sobre el teléfono. Después regresó a la sala de profesores, abrió el cuaderno y recuperó el lápiz amarillo.
Intentó continuar corrigiendo, pero tuvo que leer tres veces la misma frase para comprenderla.
Ese martes Berta no trabajó en la parroquia.
Osvaldo agradeció su ausencia. No se sentía capaz de responder sus preguntas ni de soportar otra de aquellas inspecciones que ella presentaba como simples muestras de preocupación.
A las cinco de la tarde entró en el dormitorio y abrió el armario. La sotana colgaba en un extremo, perfectamente estirada.
Se puso un pantalón negro, una camisa blanca y un chaleco oscuro. Encima eligió un abrigo grueso que utilizaba durante las tardes más frías y ventosas.
Al mirarse en el espejo, encontró una versión de sí mismo que todavía le resultaba incompleta.
No parecía un sacerdote.
Tampoco sabía qué otra cosa parecía.
Tomó el alzacuello y estuvo a punto de guardarlo en el bolsillo. Pensó que podría necesitarlo si alguien lo reconocía o si debía acudir a alguna emergencia. Permaneció varios segundos sosteniéndolo entre los dedos.
Finalmente volvió a dejarlo sobre el escritorio.
Antes de salir abrió el maletín para buscar las llaves del candado de la bicicleta. Entre la libreta de la comisión y una carpeta encontró el pan que Berta le había obligado a llevar la mañana anterior. Estaba ligeramente aplastado y comenzaba a endurecerse por los bordes.
Lo sostuvo sin saber qué hacer con él.
Pensó en dejarlo sobre el escritorio, pero acabó guardándolo en el bolsillo del abrigo. Desperdiciar pan habría bastado para que Berta lo reprendiera incluso sin estar presente.
El viento lo golpeó apenas cruzó el portón. Montó en la bicicleta y descendió por las calles inclinadas de Puerto Ceniza. El abrigo se le inflaba en la espalda y el aire se colaba por debajo del cuello de la camisa.
En una esquina se cruzó con una mujer que asistía regularmente a misa. Osvaldo disminuyó la velocidad y se preparó para saludarla, pero ella pasó a su lado sin reconocerlo.
Sintió alivio.
Un segundo después sintió algo parecido a la soledad.
Dejó la bicicleta encadenada junto a una baranda de la costanera y continuó caminando. A esa hora, los últimos vendedores guardaban sus cajones de pescado y cubrían los puestos con lonas. Las embarcaciones regresaban convertidas en manchas oscuras contra el horizonte.
Cuando llegó a la playa faltaban algunos minutos para las cinco y media.
La marea había dejado una franja de arena húmeda que reflejaba la luz gris del cielo. No había bañistas ni pescadores. Solamente algunas gaviotas, el sonido del oleaje y el viento arrastrando pequeños remolinos de arena.
Osvaldo hundió las manos en los bolsillos del abrigo.
Los vio aparecer.
Niebla avanzaba primero, tirando de la correa con tanta fuerza que obligaba a Noelia a inclinarse hacia atrás. Vicente y Cristóbal corrían detrás del perro. Los tres parecían competir por llegar antes a la arena.
Noelia vestía un abrigo de lana color café y una bufanda azul enrollada dos veces alrededor del cuello. Llevaba el cabello recogido con el lápiz amarillo, aunque varios mechones se habían soltado y el viento se los arrojaba sobre el rostro.
Al verlo, disminuyó el paso.
Noelia lo conocía con sotana, con alzacuello, detrás del altar o inclinado sobre documentos parroquiales. El hombre que la esperaba en la playa, con las mejillas enrojecidas por el frío y las manos escondidas en un abrigo demasiado grande, le pareció más joven.
También más vulnerable.
—Llegaste temprano —dijo al acercarse.
—No quería hacerte esperar.
Niebla hundió el hocico contra uno de los bolsillos del abrigo y después se levantó sobre las patas traseras. Apoyó las delanteras contra el pecho de Osvaldo.
—Niebla —lo reprendió Noelia, tirando de la correa—. Baja de ahí.
Osvaldo sostuvo al perro por las patas.
—Parece que me recuerda.
—Lo que recuerda es que le permitiste que te robara un guante.
—Fue una sola vez.
—Una sola vez es suficiente para que Niebla considere que una cosa le pertenece.
Vicente y Cristóbal se detuvieron frente a Osvaldo. Ambos lo contemplaron en silencio.
Osvaldo se pasó una mano por el cuello descubierto.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondió Vicente, sin apartar los ojos de su camisa.
Cristóbal ladeó la cabeza, pero no dijo nada.
Noelia soltó la correa.
—Pueden correr, pero no se acerquen al agua.
Niebla salió disparado. Los niños fueron tras él, levantando arena con los zapatos.
—¡Y no se alejen demasiado! —gritó Noelia.
—¡Sí, mamá! —respondieron los dos al mismo tiempo.
Noelia los vio avanzar hasta convertirse en tres figuras pequeñas sobre la extensión gris. Niebla corría en círculos alrededor de ellos.
—No van a escucharme aunque siga gritando —dijo.
—Podemos acercarnos.
—No. Están bien. Mientras vea al perro, sé dónde están los niños.
Comenzaron a caminar por la orilla. Entre ambos quedó una distancia prudente, apenas suficiente para que sus abrigos no se tocaran.
Noelia esperó algunos pasos antes de hablar.
—¿Qué te dijo el obispo?
Osvaldo miró hacia el mar.
—No aceptó relevarme de la parroquia.
—¿Y la solicitud?
—Me dijo que la presentara por escrito.
—Entonces no rechazó el procedimiento.
—Tampoco aseguró que vaya a iniciarlo de inmediato.
Noelia aguardó. El viento agitaba el extremo de su bufanda y le arrojaba mechones de cabello sobre el rostro.
—Cuéntame todo —dijo—. Aunque no sea lo que esperabas.
Osvaldo sacó las manos de los bolsillos y se las frotó. No era solamente por el frío. Había repasado aquella conversación durante buena parte del día, pero ahora las frases se le desordenaban.
—Le dije que mis dudas no comenzaron hace dos semanas. Que llevaba años esperando que algo cambiara y que ya no quería continuar ejerciendo. Le pedí que iniciara el procedimiento y que nombrara a otra persona en San Sebastián.
—¿Cómo reaccionó?
Osvaldo soltó una risa breve y sin alegría.
—Golpeó la mesa.
Noelia volvió el rostro hacia él.
—¿Te gritó?
—No todo el tiempo.
—Eso significa que sí.
Osvaldo se inclinó para recoger una piedra y la arrojó hacia el agua. Cayó a pocos metros, sin rebotar.
—Dijo que todos los sacerdotes atraviesan crisis. Que soy joven, que estoy cansado y que necesito descanso, un retiro o un director espiritual. Cualquier explicación le parecía más aceptable que creerme.
—¿Le hablaste de mí?
Osvaldo bajó los ojos.
—No tuve que hacerlo. Ya sabía quién eras.
Noelia dejó de caminar.
A lo lejos, Vicente y Cristóbal gritaban el nombre de Niebla. El perro perseguía una gaviota que levantó vuelo antes de que pudiera alcanzarla.
—¿Cómo?
—Por la fotografía del periódico. También recordaba que salí detrás de ti durante la reunión.
—¿Qué le dijiste?
—Que siento algo por ti y que ya no puedo negarlo. Pero también le dije que mis dudas comenzaron mucho antes de conocerte y que tú no me has pedido que deje el sacerdocio.
Noelia se abrazó a sí misma.
—¿Le dijiste que nos besamos?
—No.
—¿Mentiste?
—Me preguntó si manteníamos una relación. Le respondí que no.
Ella lo miró durante algunos segundos.
—No quiero que mientas por mí.
—No lo hice.
—Lo sé. Pero tampoco quiero que algún día te convenzan de utilizarme como la prueba de una equivocación.
Osvaldo frunció el ceño.
—No estoy arrepentido de ti.
—Ahora no. No sabemos lo que pueden hacerte sentir durante ese proceso.
Él quiso responder, pero Noelia levantó una mano.
—No estoy diciendo que vaya a ocurrir. Estoy diciendo que debemos comprender dónde estamos.
Reanudaron la caminata.
—El obispo quiere que continúe al frente de San Sebastián —dijo Osvaldo—. También quiere que mantenga la coordinación de la visita.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta después de abril.
Noelia lo miró.
—Faltan más de cinco meses.