Mi última plegaria antes de ti Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Ambos quedaron separados por el escritorio. Osvaldo sentía el pulso en el cuello descubierto, pero no apartó los ojos.

—Usted es quien se niega a considerar cualquier explicación que contradiga la decisión que ya tomó.

—Consideré su explicación. Trabajé más y esperé. Nada cambió.

—Transcurrieron quince días.

—Mis dudas llevan años.

—Y durante esos años permaneció.

—Porque tenía miedo de descubrir quién sería fuera del sacerdocio.

El temor con que Osvaldo había entrado seguía allí, pero ya no dirigía sus respuestas.

—¿Ella le ha prometido esperarlo? —preguntó Valdés.

—No.

—¿Le ha ofrecido un lugar en su casa?

—Tampoco.

—Entonces está dispuesto a perderlo todo por una posibilidad.

—Si Noelia desapareciera mañana de Puerto Ceniza, seguiría sin querer ser sacerdote.

—Cuando esto se conozca, la culparán. También sus hijos escucharán que su madre apartó a un cura de la Iglesia.

Osvaldo bajó los ojos durante un instante.

—Aclararé que mi decisión comenzó antes.

—No podrá controlar los rumores.

—Tampoco permitiré que el silencio los convierta en verdad.

Valdés guardó el periódico.

—Aunque presente hoy su petición, Roma puede tardar meses o años en responder.

—Puede tomarse el tiempo necesario. Yo quiero entregar San Sebastián y dejar de ejercer dentro de un mes.

—¿Por decisión propia?

—Preferiría hacerlo con un relevo nombrado por usted.

—¿Y si no lo nombro?

—Entregaré las llaves de todos modos.

Valdés apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Tenga cuidado.

—Por eso vine con anticipación. Los registros están al día y el padre Jorge conoce el trabajo de la comisión.

—No será usted quien decida si Jorge puede reemplazarlo.

—Entonces nombre a otra persona.

—San Sebastián no es una oficina que pueda cerrar al terminar el mes.

—Estoy ofreciendo una transición.

—Está intentando imponerme un plazo.

—Estoy diciéndole cuánto tiempo puedo permanecer.

La palma del obispo golpeó el escritorio. La lapicera rodó y, al otro lado de la puerta, una voz dejó de hablar.

—¡La Iglesia ha invertido años en usted! Costeó sus estudios, sostuvo su formación y le confió una parroquia. No puede presentarse una mañana y anunciar que todo terminará dentro de treinta días.

—Agradecer lo que recibí no me obliga a continuar en el altar cuando ya no creo que deba estar allí.

—La Iglesia no lo formó para que permaneciera solamente mientras estuviera seguro.

—Tampoco me ordenó para que fingiera una certeza que ya no tengo.

Valdés apartó la silla con brusquedad y caminó hasta la ventana. Permaneció de espaldas, con las manos unidas detrás del cuerpo. Desde allí podía verse el patio del Arzobispado, los vehículos estacionados junto a la entrada y, más allá del muro, las grúas del puerto.

Cuando volvió a hablar, había reducido el volumen de la voz, pero no el enojo.

—Esto ya no es solamente un problema suyo ni de la profesora. Es un problema para la Iglesia. Estamos a pocos meses de recibir al Santo Padre y su salida puede oscurecer la visita antes de que llegue a Puerto Ceniza.

—Entonces apárteme de la coordinación.

—No puedo hacerlo sin provocar las mismas preguntas. Usted es querido y respetado en San Sebastián. Ha dedicado gran parte de su ministerio a las poblaciones, a los trabajadores cesantes y a las familias más vulnerables. Lo escogí porque esas personas confían en usted.

—Puede presentarles a mi reemplazante.

—No se construye esa confianza en treinta días. Y la parroquia se encuentra especialmente expuesta.

—¿Expuesta a qué?

Valdés se volvió.

—Sabemos que organismos de seguridad del gobierno están vigilando algunas parroquias y a varios sacerdotes. San Sebastián está entre ellas.

Osvaldo recordó la extraña advertencia de Berta antes de que saliera.

—¿Desde cuándo?

—Durante las últimas semanas hemos recibido informes de automóviles estacionados frente a las parroquias y de hombres que preguntan por reuniones y listas de familias.

—¿Por qué no me informó?

—Porque no teníamos una amenaza concreta. Pero una salida repentina, acompañada por rumores sobre Noelia, aumentará el interés sobre todos los que se reúnen con usted.

—Ella no participa en política.

—Apareció en una comisión, discutió sobre las poblaciones y fue fotografiada a su lado. Para ciertos funcionarios puede ser suficiente.

La preocupación por Noelia y sus hijos apretó el estómago de Osvaldo, pero no modificó aquello que había ido a decir.

—¿Qué espera que haga?

Valdés regresó a su silla.

—Permanezca al frente de San Sebastián hasta después de la visita. Puede presentar su petición ahora y mantendremos el procedimiento en reserva. Después del cuatro de abril organizaremos su relevo.

—No.

El obispo lo miró con incredulidad.

—Son poco más de cinco meses.

—Son cinco meses celebrando, confesando y hablando desde el altar después de haber decidido marcharme.

—No comprendo su obstinación. Afirma que no existe una relación y que la profesora no le ha prometido nada. ¿Por qué no puede esperar?

—Porque llevo años diciéndome que después de la siguiente obligación encontraré el momento adecuado.

—Esta visita no es cualquier obligación.

—Siempre habrá una razón importante para que permanezca.

Valdés juntó las manos.

—Hasta que yo disponga el relevo, continuará cumpliendo sus funciones.

—Dentro de un mes entregaré San Sebastián.

—Eso sería abandono de sus deberes.

—Preferiría que fuera una entrega acordada.

Llamaron a la puerta. La secretaria informó que el chofer estaba listo para salir.

Valdés tomó los lentes.

—Presente su solicitud por escrito. Mientras la reviso, no hablará públicamente de su salida.

—La tendrá antes del viernes.

Osvaldo recogió el maletín.

—Todavía puede aceptar mi propuesta —dijo el obispo.

—Ya decidí.

Salió del despacho.

En el patio, Osvaldo liberó la bicicleta y aseguró el maletín sobre el portaequipaje. El viaje de regreso le pareció mucho más largo.

El viento soplaba desde el mar y se levantaba contra la bicicleta. Osvaldo pedaleó con la cabeza baja, sin prestar atención a los transeúntes ni a las vitrinas que comenzaban a abrir.

Al acercarse a San Sebastián, distinguió el automóvil gris frente a la parroquia.

Berta observaba desde la ventana. Conservaba una pinza de madera en una mano y tenía el delantal húmedo a la altura de la cintura.

Cuando Osvaldo atravesó el portón, el automóvil arrancó y desapareció en la esquina.

Berta salió sin quitarse el delantal.

—No es la primera vez que lo veo —dijo apenas él desmontó.

—¿Por qué no me lo contó?

—La primera vez pensé que eran ideas mías.

Osvaldo miró la calle vacía. El obispo no había exagerado.

Berta volvió a observar su cuello descubierto.

—¿Qué ocurrió con monseñor?

—No aceptó.

—¿Qué cosa?

Osvaldo guardó silencio y entró.