Mi última plegaria antes de ti Capítulo 11
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Capítulo 11

Capítulo

Osvaldo abrió los ojos a las cinco y media, pocos segundos antes de que sonara el despertador.

Detuvo la campanilla y permaneció acostado, mirando el techo apenas visible.

Las oficinas del Arzobispado no abrirían hasta las ocho y monseñor Valdés acostumbraba llegar cerca de las ocho y media.

No necesitaba levantarse todavía, pero cualquier demora podía ofrecerle una razón para aplazar la conversación.

El sábado le había prometido a Noelia que hablaría con el obispo.

El lunes había llegado.

Apartó las mantas y apoyó los pies sobre el piso frío. En el baño se lavó la cara y dejó correr el agua hasta que comenzó a entibiarse. Después regresó al dormitorio.

Abrió el armario. La sotana que había llevado doblada sobre la bicicleta colgaba junto a las demás. Rozó una de sus mangas y eligió unos pantalones negros, una camisa blanca y la chaqueta oscura que utilizaba para realizar trámites.

Al fondo del canasto permanecían la camisa y los pantalones usados el sábado. No se había detenido a revisar las manchas de Niebla ni los pelos grises adheridos a la tela.

Los alzacuellos estaban guardados en una caja de madera. Tomó uno y lo sostuvo frente a sí. Presentarse sin él podía parecer una provocación, pero llevarlo habría permitido que su ropa negara lo que iba a decir.

Devolvió el alzacuello a la caja.

En la cocina puso agua a calentar y abrió el maletín. Guardó las cuentas de la parroquia, la libreta de la comisión y sus documentos personales. Después intentó escribir una petición dirigida a Valdés. La primera frase terminó tachada; la segunda no llegó al final del renglón.

No quería que el obispo conociera su decisión a través de una hoja.

El olor a pan quemado lo obligó a levantarse. Raspó las tostadas con un cuchillo, bebió medio café y dejó el resto enfriándose sobre la mesa.

Berta llegó a las siete cuarenta y ocho con una bolsa de pan fresco. Abrió la puerta lateral con su propia llave, se quitó los guantes y dejó la cartera sobre una silla.

—Buenos días, padre.

—Buenos días, Berta.

Al encontrarlo vestido junto a la puerta, con el maletín a sus pies, se detuvo.

—¿Va a salir?

—Necesito hablar con monseñor.

—¿Lo mandó llamar?

—No.

Los ojos de Berta descendieron hasta su cuello.

—Tampoco lleva sotana.

—Hoy no.

—¿Y el alzacuello?

—Se queda aquí.

Berta se ajustó los lentes.

—No me parece una forma apropiada de presentarse ante su obispo.

—No quiero que mi ropa diga algo distinto de lo que voy a comunicarle.

La respuesta aumentó su inquietud. Miró las tostadas quemadas y abrió la bolsa.

—Al menos lleve pan. Monseñor puede tardar horas en recibirlo.

Osvaldo guardó uno en el maletín.

—¿Así está mejor?

—Depende de lo que piense hacer allí.

Él tomó el maletín y abrió la puerta. El aire frío entró en el pasillo. Berta lo siguió hasta el patio mientras liberaba la bicicleta del soporte y aseguraba la correa sobre el portaequipaje.

—Tenga cuidado —dijo ella.

—No creo que monseñor intente arrojarme por una ventana.

Berta no sonrió.

—No estaba hablando de monseñor.

Osvaldo levantó la vista.

—Hay mucho tránsito —añadió ella—. Eso quise decir.

La calle estaba casi vacía.

—Tendré cuidado.

Berta permaneció junto al portón hasta que lo vio doblar en la esquina. La chaqueta oscura y la camisa blanca podían hacerlo pasar por cualquier hombre que se dirigiera al trabajo.

Después cerró el portón y regresó a la cocina. El olor a pan quemado seguía en el aire. Vació el café frío, lavó la taza y dejó las tostadas en un plato limpio, por si Osvaldo volvía con hambre.

A las ocho y cuarto subió al dormitorio con un canasto de ropa limpia apoyado contra la cadera. La cama había quedado mal extendida y uno de los extremos de la frazada rozaba el suelo. Cambió las sábanas, abrió la ventana durante unos minutos y se acercó al canasto de la ropa sucia.

Debajo de las camisas utilizadas el domingo encontró la ropa del sábado. Dos huellas oscuras permanecían sobre el pecho de la camisa blanca.

La levantó hacia la luz.

—Pero qué bestia dejó estas huellas, Dios bendito.

Entre los pliegues había varios pelos largos y grises.

—Esto no es un perro. Es una frazada con patas.

Los pantalones también estaban cubiertos de pelos. En uno de los bolsillos encontró una hoja seca y, adherido a la tela, un pétalo rosado.

—Y además volvió con flores. Lo que faltaba.

Dejó el pétalo sobre el velador.

Berta abrió el cajón.

—No estoy revisando sus cosas. Estoy comprobando que estén en orden.

Encontró un rosario, aspirinas y un libro de oraciones. No había cartas.

—Todo perfectamente ordenado —declaró antes de cerrarlo.

Bajó a la lavandería con las prendas. Llenó una palangana con agua tibia, agregó jabón y sumergió primero la camisa. Frotó las huellas hasta que comenzaron a deshacerse. Algunos pelos grises flotaron entre la espuma y Berta los retiró uno por uno.

Después lavó los pantalones, revisó nuevamente los bolsillos y los enjuagó dos veces. El pétalo quedó olvidado sobre el velador.

Tendió la camisa en el alambre del patio. Aseguró las mangas con pinzas de madera y extendió los pantalones a su lado. Cuando levantó la vista, vio el automóvil gris estacionado al otro lado de la calle.

Era el mismo que había observado dos semanas antes.

Berta se secó las manos en el delantal y se ocultó detrás de la camisa. No distinguía al conductor. El automóvil no tenía ninguna razón evidente para permanecer frente a la parroquia.

Cuando Osvaldo llegó al Arzobispado eran más de las ocho y media. Dejó la bicicleta junto a la entrada de servicio y se secó la frente con un pañuelo antes de entrar.

La secretaria levantó la vista. Reconoció primero su rostro y luego reparó en el cuello abierto de la camisa.

—Buenos días, padre Osvaldo.

—Buenos días.

—Necesito hablar con monseñor Valdés.

—No figura entre las audiencias de hoy.

La mujer abrió la agenda y recorrió los horarios con el dedo. Uno de los teléfonos comenzó a sonar.

Sobre su escritorio había mapas de Puerto Ceniza y una carpeta marcada con la palabra SEGURIDAD.

—Espere allí. Veré si puede recibirlo antes de salir.

Osvaldo tomó asiento bajo una fotografía del Santo Padre. Durante veinticinco minutos escuchó los teléfonos y el reloj del pasillo. Podía marcharse sin que nadie supiera por qué había llegado.

Permaneció sentado.

Valdés salió de su despacho acompañado por dos representantes de la empresa portuaria. Uno llevaba un casco blanco y el otro un plano enrollado.

—Entonces nos encontramos a las diez en la entrada principal —les dijo—. Revisaremos el recorrido antes de la bendición.

Los hombres se despidieron. Al ver a Osvaldo, el obispo miró el espacio vacío alrededor de su cuello.

—No lo esperaba esta mañana.

—Buenos días, monseñor.

—Buenos días.

—Necesito hablar con usted.

—Dispongo de poco tiempo.

Valdés abrió la puerta.

—Pase adelante.

Dentro de la oficina había una estola protegida por una funda transparente y un casco de la empresa portuaria sobre una silla. Un mapa unía con líneas de colores el aeropuerto, la catedral, el puerto y los sectores altos de la ciudad.

El obispo señaló el asiento frente al escritorio. Osvaldo se sentó y dejó el maletín junto a sus pies.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Valdés.

—Seguí su consejo. Acepté la coordinación, continué ocupándome de San Sebastián y esperé que algo cambiara.

—Han transcurrido poco más de dos semanas.

—Mis dudas no comenzaron hace dos semanas.

Osvaldo miró sus manos. La introducción que había preparado durante el trayecto le pareció otra forma de retrasar lo inevitable.

—Quiero abandonar el ministerio. Necesito que me releve de la parroquia y que inicie el procedimiento correspondiente.

Valdés se quitó los lentes.

—¿Comprende lo que acaba de pedirme?

—Sí.

—La última vez hablamos de una crisis vocacional. Ahora aparece sin sotana ni alzacuello para anunciar que todo está resuelto.

—No he resuelto mi vida. He decidido que no quiero continuar siendo sacerdote.

—¿Qué edad tiene?

—Treinta y cuatro años.

—Es un hombre joven, agotado y a cargo de una parroquia exigente. No es el primer sacerdote que atraviesa una crisis ni será el último.

Valdés dejó los lentes sobre el escritorio.

—Puedo concederle un período de descanso. También puedo enviarlo a un retiro fuera de la diócesis y buscarle otro director espiritual.

—No vine a pedir ayuda para recuperar una vocación que ya no reconozco como propia.

—Es precisamente quien atraviesa una crisis el que suele considerar innecesaria la ayuda.

—Antes de hablar con usted ya llevaba años rezando y esperando.

—Entonces, ¿qué cambió?

El obispo abrió un cajón y extendió sobre la mesa el periódico de la semana anterior. En la fotografía de la comisión, Noelia aparecía junto a Osvaldo.

—El lunes salió detrás de ella en medio de una reunión. Ahora viene a dejar el sacerdocio.

—Lo ocurrido el lunes no provocó mis dudas.

—Pero existe esa mujer.

Osvaldo alzó los ojos.

—Existe una persona por quien siento algo que ya no puedo negar. No provocó esta decisión y tampoco me ha pedido que me marche.

—¿Mantiene una relación con ella?

—No.

Valdés cerró el periódico.

—Tampoco sería el primer sacerdote que se enamora.

En todas las parroquias hay mujeres que buscan una cercanía impropia: llegan fuera de horario, prolongan conversaciones y convierten cualquier dificultad en una razón para regresar.

También hay sacerdotes que, por soledad o vanidad, permiten que esa cercanía avance.

Osvaldo se puso de pie.

—Noelia no hizo ninguna de esas cosas.

—No he dicho que las hiciera.

—La señaló mientras hablaba.

—Estoy hablando desde la experiencia.

—Está hablando de una mujer a la que no conoce.

Valdés dejó los lentes junto al periódico.

—Siéntese, padre Osvaldo.

—Prefiero permanecer de pie.

Osvaldo no obedeció.

—No utilizó la parroquia ni a sus hijos para acercarse a mí. Fue ella quien puso límites y quien me pidió que no tomara ninguna decisión por su causa. Si considera que alguien actuó equivocadamente, hable de mí.

El obispo también se levantó.