Mi última plegaria antes de ti Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—Quizás sea bueno que descubra que tengo cuello.

Noelia intentó mantener la seriedad, pero no lo consiguió.

La risa aflojó algo dentro de la sala. No borró lo que acababan de decirse ni convirtió la mañana en una promesa, pero les permitió respirar sin sentir que cada silencio contenía una amenaza.

Noelia recogió el alzacuello y lo dejó encima de la sotana.

—Ahora sí puedo ofrecerle té.

—Pensé que había decidido no hacerlo.

—He cambiado de opinión.

—Parece un día apropiado para eso.

Noelia se dirigió hacia la cocina. Osvaldo recogió el abrigo, aunque dejó la sotana sobre el sillón, y la siguió.

Niebla caminó detrás de ellos.

La tetera todavía conservaba algo de agua. Noelia añadió un poco más y la puso sobre la cocina a leña. Después sacó dos tazas y dejó un plato con pan en medio de la mesa.

Osvaldo ocupó la misma silla en la que se había sentado la primera tarde que tomaron té juntos.

Niebla lo olfateó.

—Ya comprobaste que es la misma persona —le dijo Noelia.

El perro apoyó el hocico sobre la rodilla de Osvaldo.

—No parece completamente convencido.

—Necesitará referencias.

—Espero que no consulte a Berta.

Noelia sirvió el té.

Durante algunos minutos ninguno habló. El silencio ya no tenía la dureza del comienzo, aunque tampoco la comodidad necesaria para pasar inadvertido.

Noelia envolvió la taza con ambas manos.

—Si monseñor lo releva de la parroquia, ¿dónde piensa vivir?

Osvaldo alzó los ojos.

—Mis padres dejaron una cabaña a las afueras de Puerto Ceniza, cerca del camino al Parque de los Arrayanes. Mi hermano la utiliza algunas veces durante el verano.

—¿Está habitable?

—La última vez que fui todavía tenía techo.

—Eso no es suficiente para declarar habitable una casa.

—Necesita algunas reparaciones.

—¿Algunas?

—Probablemente más de las que recuerdo.

Noelia tomó un sorbo.

—¿Y de qué va a vivir?

—Mi hermano administra la ferretería que pertenecía a mis padres. Podría trabajar con él mientras encuentro otra cosa. También hice clases antes de asumir la parroquia.

—¿Su hermano sabe que está pensando en aparecer en la ferretería?

—Todavía no.

—Entonces no tiene un trabajo. Tiene una posibilidad.

—Tengo algunos ahorros. Y dos manos que todavía sirven.

Noelia dejó la taza sobre el plato.

—Espero que no piense salir de la parroquia con una maleta para instalarse aquí.

—No lo había pensado.

—Me alegra saber que al menos una parte de su plan está clara.

—Puedo ocuparme de mis propios calcetines.

—Todos los hombres dicen eso antes de que alguien empiece a encontrarlos debajo de la cama.

Osvaldo rió.

Noelia lo observó por encima de la taza. Sin la sotana parecía más joven, pero también menos protegido. Ya no tenía la seguridad visual del sacerdote que podía atravesar cualquier puerta sin explicar por qué había llegado.

—Tenía una cabaña, algunos ahorros y un trabajo posible —dijo—. Llevaba tiempo preparando esta salida.

—No es lo mismo que haber decidido marcharse.

—No.

—¿Qué le faltaba?

Osvaldo contempló el vapor que ascendía desde la taza.

—Valor.

Noelia no preguntó qué había cambiado. Ambos conocían una parte de la respuesta y todavía no estaban preparados para convertirla en una obligación.

Niebla apareció junto a la puerta con un palo entre los dientes.

Lo dejó sobre el piso.

—No —dijo Noelia.

El perro empujó el palo con el hocico.

—Lleva toda la mañana encerrado —observó Osvaldo.

—Porque si lo dejo entrar al jardín después de la lluvia, vuelve cubierto de barro.

Niebla empujó nuevamente el palo.

Osvaldo se puso de pie.

—Puedo lanzárselo un par de veces.

—Eso es exactamente lo que él quería que dijera.

El cielo se había despejado parcialmente. Entre las nubes aparecían fragmentos de un azul pálido y el jardín todavía conservaba la humedad de la mañana.

Osvaldo se arremangó la camisa antes de recoger el palo.

Niebla salió detrás de él y esperó junto al sendero, con el cuerpo inclinado hacia adelante.

—¿Qué espera que haga? —preguntó Osvaldo.

—Que se lo lance.

—Eso ya lo sabía.

—Entonces no haga preguntas sacerdotales.

Osvaldo arrojó el palo hacia el fondo. Niebla corrió entre los rosales y levantó pequeñas gotas de agua a su paso.

Noelia caminó hacia las plantas. La primavera había cubierto el cerco con rosas amarillas. Cerca de la casa comenzaban a abrirse algunas blancas y bajo la ventana de la biblioteca había un grupo de flores rosadas.

Se detuvo junto a uno de los rosales amarillos.

—Este lo plantó Daniel —dijo.

Osvaldo, que esperaba el regreso de Niebla, permaneció a cierta distancia.

Noelia lo advirtió.

—Puede acercarse. Pronunciar su nombre no significa que esté comparándolos.

Él caminó hasta ella.

—No quiero ocupar un lugar que no me corresponde.

—No puede ocuparlo.

La respuesta no fue cruel. Noelia tocó una de las ramas y apartó con cuidado una hoja dañada.

—Daniel siempre será el padre de mis hijos. También fue el hombre con quien construí esta casa. Nada de lo que ocurra después va a cambiar eso. Pero mi vida no terminó con la suya.

Osvaldo no respondió. La esperanza que sintió no le pertenecía todavía y tuvo cuidado de no apropiársela.

Niebla regresó con el palo y lo dejó sobre uno de sus zapatos.

—Parece que él no está interesado en conversaciones delicadas —dijo Osvaldo.

—Niebla tiene prioridades claras.

Lanzó el palo. Esta vez el perro saltó y estuvo a punto de atraparlo en el aire.

Noelia observó a Osvaldo apartarse de su trayectoria. Con las mangas arremangadas y el cuello descubierto, resultaba difícil relacionarlo con la figura rígida que ocupaba el altar cada domingo.

—Sin la sotana parece más joven —comentó.

Osvaldo se volvió.

—¿Eso es un cumplido?

—Es una observación.

—Antes dijo que estaba evaluándome.

—La evaluación continúa.

—¿Voy mejorando?

Noelia fingió considerar la pregunta.

—Todavía es pronto para entregar resultados.

Niebla regresó antes de que Osvaldo contestara. En vez de detenerse, se lanzó contra él y apoyó las patas mojadas sobre su camisa.

Osvaldo retrocedió.

—¡Niebla!

El perro descendió y saltó.

Osvaldo consiguió sujetarlo por las patas delanteras, pero el impulso lo obligó a dar varios pasos hacia atrás. Estuvo a punto de caer sobre un rosal y solo recuperó el equilibrio al soltar al animal.

Noelia comenzó a reír.

—Su perro intenta matarme.

—Está evaluándolo.

—Espero que utilice criterios menos exigentes que usted.

Niebla escapó con el palo y una parte de la camisa de Osvaldo quedó marcada por dos huellas oscuras. Varios pelos grises se adhirieron al pantalón.

—Berta no va a creer que estuvo en una visita pastoral —dijo Noelia.

Osvaldo examinó las manchas.

—Tendré que decirle que fui atacado.

—Por un perro.

—Y por una profesora con preguntas difíciles.

—No me incluya en el informe.

A las cuatro menos cuarto, Osvaldo consultó su reloj.

—Tengo que regresar.

Noelia no intentó detenerlo.

Entraron en la casa. Osvaldo bajó las mangas, pero no consiguió ocultar completamente las huellas de Niebla. Tomó el alzacuello de la mesa y lo sostuvo entre los dedos.

—¿Va a ponérselo? —preguntó Noelia.

Él contempló la sotana doblada.

—No.

Guardó el alzacuello en el bolsillo del pantalón. Después colocó el abrigo sobre sus hombros y tomó la sotana bajo un brazo.

Caminaron juntos hasta el portón.

Osvaldo acomodó la prenda sobre el portaequipaje de la bicicleta y la sujetó con una correa. Una de las mangas quedó colgando y Noelia la dobló hacia adentro.

—El lunes hablaré con monseñor.

Noelia descubrió un pétalo rosado adherido al pliegue de su camisa. Estuvo a punto de retirarlo, pero dejó la mano a medio camino.

Osvaldo advirtió el gesto.

Ninguno dijo nada.

Abrió el portón y sacó la bicicleta.

—Gracias por el té —dijo él.

Osvaldo la miró. Después subió a la bicicleta y comenzó a pedalear.

Noelia permaneció detrás del portón junto a Niebla hasta que lo vio desaparecer.

La sotana viajaba doblada sobre el canasto.

Por primera vez, Noelia la vio detrás de él y no encima.