Mi última plegaria antes de ti Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Nada que usted no quiera darme.

—Esa respuesta parece prudente, pero no hace más sencilla la situación.

Noelia caminó hasta el ventanal. Afuera, el viento movía las ramas de los rosales. Algunas flores amarillas golpeaban suavemente contra la madera de la cerca.

—Tengo dos hijos —dijo—. No puedo tomar una decisión pensando solamente en lo que siento.

Osvaldo alzó los ojos.

Era la primera vez que Noelia reconocía que también había algo dentro de ella. No intentó obligarla a decir más.

—Vicente y Cristóbal ya perdieron a su padre —continuó—. No voy a permitir que se encariñen con alguien que dentro de unos meses podría descubrir que confundió una crisis con una vida nueva y regresar al altar.

—No pretendo reemplazar a Daniel.

Noelia se volvió.

—Nadie puede reemplazarlo. En esta casa no hay un lugar vacío esperando que otro hombre venga a ocuparlo. Hay una ausencia con la que hemos aprendido a vivir.

—Lo comprendo.

—No. Puede imaginarlo, pero no lo ha vivido.

Osvaldo recibió la corrección sin apartar los ojos.

—Tiene razón.

La respuesta redujo parte de la dureza de Noelia, aunque no su temor.

—Mis hijos lo conocen como sacerdote. Vicente todavía cree que el alzacuello viene pegado.

—Creo que conseguí demostrarle lo contrario.

Noelia recordó al niño sosteniendo la pieza blanca sobre la palma.

—Fue una decepción importante para él.

Una sonrisa breve apareció en el rostro de Osvaldo.

—Se recuperó bastante rápido.

El silencio que siguió fue menos tenso, pero no más sencillo.

Noelia miró hacia el jardín.

—¿Qué piensa hacer ahora?

—El lunes hablaré con monseñor Valdés.

—Ya habló con él.

—Aquella vez le hablé de una duda.

Osvaldo enderezó los hombros.

—El lunes no voy a hablarle de una duda. Esa conversación ya ocurrió. Voy a comunicarle una decisión.

Noelia dejó de mirar los rosales.

—¿Qué decisión?

—Le pediré que me releve de la parroquia. También le diré que quiero iniciar formalmente el proceso para abandonar el ministerio.

Aunque había esperado aquella respuesta, escucharla produjo algo distinto.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Hace un momento reconoció que, si yo no existiera, quizá continuaría aplazándolo.

—Aplazar una decisión no significa ignorar cuál debe ser.

—¿Y si monseñor vuelve a decirle que es una crisis?

—Le responderé que ya seguí su consejo. Acepté las responsabilidades, salí de la rutina y esperé que regresara la certeza.

—Pero no regresó.

—No.

—¿Y si le pide que espere otra vez?

—No esperaré.

Noelia lo contempló, buscando alguna vacilación. Encontró miedo, pero no indecisión.

—No haga esto por mí.

—La decisión es mía.

—La gente no lo verá de esa manera.

—No puedo decidir lo que la gente piense.

—Yo tampoco. Pero seré yo quien tenga que vivir con lo que digan.

Osvaldo dio un paso hacia ella.

—Haré todo lo que pueda para evitarlo.

—No me prometa algo que no puede controlar.

Él se detuvo.

—Tiene razón. No puedo impedir que hablen.

—Dirán que lo tenté. Que entré en la parroquia con mis hijos y terminé sacando al cura del altar. Dirán que mi renuncia a la comisión fue una excusa o una escena preparada entre los dos.

—No fue ninguna de esas cosas.

—La verdad no siempre es lo que más circula en Puerto Ceniza.

—Entonces no me esconderé cuando comiencen los rumores. Dejaré claro que mis dudas existían antes y que la decisión de marcharme me pertenece.

—Aun así, una parte caerá sobre mí.

—Lo sé.

—Y sobre mis hijos.

Osvaldo cerró los ojos durante un instante.

—También lo sé.

Noelia regresó al sillón, aunque permaneció de pie.

—¿Cuánto puede tardar ese proceso?

—No estoy seguro. Meses, quizás más. Monseñor puede relevarme de la parroquia, pero después habrá otros trámites.

—Entonces continuará siendo sacerdote.

—Durante un tiempo, sí.

—¿Y qué se supone que debo ser yo mientras tanto?

Osvaldo no contestó de inmediato.

—No tiene que ser nada que no elija.

—No voy a convertirme en la mujer que espera a escondidas detrás de la parroquia.

—No quiero eso.

—Tampoco voy a reunirme con usted entre una misa y un funeral, como si esto fuera una segunda vida que debemos ocultar antes de que alguien abra una puerta.

—No se lo pediré.

—Los niños no sabrán nada hasta que exista una decisión concreta.

—De acuerdo.

—Y usted no entrará en sus vidas prometiendo algo que todavía no puede ofrecerles.

—No lo haré.

Noelia apoyó una mano sobre el respaldo del sillón.

—Tampoco voy a prometer que lo esperaré.

—No vine a pedirte una promesa.

El tuteo cruzó la sala.

Esta vez Noelia no se lo reprochó.

—Entonces, ¿para qué vino?

—Para que supieras la verdad antes de que yo hablara con monseñor. Para que no pensaras que me marché de aquella reunión, volví a sentarme y decidí continuar como si nada hubiera ocurrido.

—Volvió a sentarse.

—Sí.

—Y aceptó colaborar.

—Sí.

—No parece la conducta de un hombre que acaba de tomar una decisión.

—La tomé mientras estaba sentado allí.

Noelia lo observó.

—Cuando el padre Jorge tachó su nombre y escribió el de Berta, comprendí que podía seguir cumpliendo cada obligación que me entregaran y aun así no estar viviendo con honestidad.

Colaboraré hasta que monseñor decida quién asumirá mis responsabilidades.

No voy a abandonar a la parroquia de un día para otro.

—Pero se marchará.

—Sí.

La respuesta no contenía alivio.

Noelia pensó en los años que Osvaldo había pasado dentro de aquella ropa, en las personas que lo llamaban padre y en todo lo que perdería después de pronunciar la decisión en voz alta.

También pensó en sí misma esperando el teléfono durante cuatro noches y en la forma en que había levantado una mano hacia el vidrio de la micro sin llegar a tocarlo.

—No crea que esto me deja intacta —dijo.

Osvaldo respiró lentamente.

—No lo creo.

—Pero lo que siento no basta para decirle que todo saldrá bien.

—No necesito que lo diga.

—Ni siquiera sé qué siento.

—Entonces no le ponga un nombre todavía.

Noelia bajó los ojos.

Entre ambos quedaba menos de un paso.

Osvaldo no intentó reducirlo.

Fue ella quien levantó una mano y la apoyó sobre su mejilla. El contacto pareció sorprenderlos a los dos. Él permaneció inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera romper la decisión que Noelia todavía no terminaba de tomar.

—Noelia —murmuró.

—No diga nada.

Se inclinó y lo besó.

Fue un beso breve, inseguro y completamente consciente. Osvaldo alcanzó a apoyar una mano sobre su brazo, pero no intentó acercarla más. Noelia se separó antes de que el impulso pudiera convertirse en otra cosa.

Ninguno habló.

Niebla levantó la cabeza desde el suelo y los observó con las orejas erguidas.

—Esto no es una promesa —dijo Noelia—. Y no volverá a ocurrir mientras continúe siendo sacerdote.

—De acuerdo.

Noelia retiró la mano de su rostro. Sus dedos descendieron hasta rozar el borde blanco del alzacuello.

Lo miró.

—Hay algo más.

—¿Qué cosa?

—Quíteselo.

Osvaldo llevó una mano al cuello.

—¿El alzacuello?

—El alzacuello. Y también la sotana.

Él la miró, desconcertado.

—Acaba de decir que mientras continúe siendo sacerdote…

—No se lo estoy pidiendo para besarlo de nuevo.

La respuesta dejó a Osvaldo sin palabras.

—Quitarse la ropa no va a dejarlo fuera del sacerdocio —continuó Noelia—. Quiero ver al hombre que asegura que piensa vivir sin ella.

Osvaldo miró hacia la puerta.

—No va a entrar nadie —dijo Noelia—. Los niños no regresarán hasta la tarde y Niebla ya ha presenciado suficiente para un solo día.

El perro movió la cola al escuchar su nombre.

—No parece especialmente escandalizado —observó Osvaldo.

—Su sentido de la moral depende demasiado de quién tenga comida en los bolsillos.

Osvaldo respiró profundamente.

Primero se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo del sillón. Después introdujo los dedos bajo el alzacuello y retiró la pequeña pieza blanca.

La sostuvo sobre la palma.

Fuera de su lugar, parecía demasiado pequeña para cargar con todo lo que representaba. Apenas un rectángulo de plástico ligeramente curvado, con una marca opaca en uno de los bordes.

Osvaldo lo dejó sobre la mesa.

Después comenzó a desabotonarse la sotana.

Noelia retrocedió un paso, no por temor, sino para darle espacio.

Él abrió cada botón con una lentitud que volvió el gesto más solemne de lo que cualquiera de los dos había previsto.

Sus manos conocían aquel recorrido: lo repetían al vestirse antes del amanecer y al terminar las jornadas demasiado largas.

Nunca lo había hecho delante de alguien que lo observara como Noelia.

Cuando soltó el último botón, se quitó la sotana de los hombros y quedó vestido con pantalones negros y una camisa blanca de mangas largas.

Dobló la prenda cuidadosamente y la dejó sobre el sillón, encima del abrigo.

Por primera vez, Noelia vio su cuello completamente descubierto.

Una franja más clara marcaba el lugar donde descansaba habitualmente el alzacuello.

Sin la sotana, sus hombros parecían más anchos y su cuerpo había perdido la línea rígida que lo volvía reconocible desde cualquier extremo de la iglesia.

Osvaldo pasó una mano por su cuello.

—Me siento indecente.

Noelia levantó una ceja.

—Está usando más ropa que la mitad de los hombres de Puerto Ceniza.

—No se trata de la cantidad.

—¿Entonces?

Él contempló la sotana doblada.

—Cuando llevo eso puesto, las personas saben qué soy antes de mirarme. Ahora no sé qué ven.

Noelia lo estudió con una seriedad deliberada.

—A un hombre cansado con la camisa arrugada.

Osvaldo bajó la vista.

—Esperaba algo peor.

—Todavía no he terminado de evaluar.

Niebla se levantó y se acercó a olfatearlo. Rodeó sus piernas, inspeccionó la camisa y soltó un ladrido breve.

—Ni el perro me reconoce —dijo Osvaldo.

—Tal vez esperaba encontrar algo distinto debajo.

—Yo también.

Noelia dejó de sonreír.

—Quitarse la sotana durante una tarde no significa que ya haya tomado todas las decisiones.

—Lo sé.

—El lunes seguirá llegando aunque hoy vuelva a ponérsela.

Osvaldo miró la prenda.

—No pienso hacerlo.

—Tendrá que regresar a la parroquia.

—Puedo llevarla doblada.

—Berta va a sufrir una impresión.