Mi última plegaria antes de ti Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Habían transcurrido cinco días. Si lo dejaba marcharse, no sabía cuándo volverían a disponer de otra mañana ni cuánto más podrían protegerse detrás de las obligaciones.

—Ya está aquí.

Caminó hacia la casa sin comprobar si él la seguía.

Osvaldo permaneció un instante junto a la bicicleta. Después se acomodó el abrigo y avanzó detrás de ella.

Niebla los acompañó hasta la entrada.

Noelia no le ofreció té.

Lo condujo hasta la sala y señaló uno de los sillones. Osvaldo se sentó en el borde. Ella permaneció de pie junto a la ventana.

Niebla se instaló entre ambos, satisfecho con su lugar dentro de la conversación.

Osvaldo apoyó las manos sobre las rodillas.

—Vine a hablar de lo que ocurrió el lunes.

—Antes necesito hacerle una pregunta.

Él guardó silencio.

Noelia cruzó los brazos.

—Cuando salió detrás de mí, ¿a quién intentaba alcanzar?

Osvaldo no apartó los ojos.

—A usted.

—Eso todavía puede significar a la coordinadora de la comisión.

—No.

—Entonces dígame a quién.

Osvaldo respiró profundamente.

—A Noelia.

Noelia no bajó los brazos.

—No me basta con que pronuncie mi nombre.

—Lo sé.

—Entonces dígame qué quería de ella.

Osvaldo separó las manos y las juntó sobre las rodillas.

—Que no se marchara creyendo que había corrido para recuperar a una integrante de la comisión. Cuando usted salió de aquella sala, no pensé en los lineamientos, ni en los alumnos, ni en quién ocuparía su lugar. Pensé que se iba sin saber que me importaba.

—¿De qué manera?

Osvaldo guardó silencio.

Noelia se apartó de la ventana.

—Eso es lo que vino a explicar.

—Sí.

—Entonces explíquelo.

Se sentó en el sillón opuesto. Niebla levantó la cabeza y miró primero a uno y después al otro.

—Necesito saber si lo que está ocurriendo entre nosotros es solamente el resultado de una crisis que comenzó antes —dijo Noelia—.

Tal vez usted ya estaba cansado de la parroquia, de las misas y de la vida que eligió.

Tal vez yo aparecí en el momento exacto para darle una forma distinta a ese cansancio.

—No es eso.

—Cuando entra en esta casa encuentra dos niños, una mesa desordenada y un perro que no respeta ninguna autoridad. Todo eso puede parecerle una vida que dejó pasar.

—No creo que su vida sea tan sencilla.

—No dije sencilla. Dije distinta.

Osvaldo bajó los ojos.

—Necesito saber si me ve a mí —continuó Noelia— o si ve lo que represento.

Niebla se puso de pie, dio una vuelta sobre sí mismo y se tendió con el hocico apoyado sobre uno de los zapatos de Osvaldo.

—Mis dudas comenzaron años antes de conocerla —dijo él.

Noelia examinó su rostro.

—¿Qué dudas?

—Si todavía permanecía en el sacerdocio por vocación o porque no sabía quién sería fuera de él.

La respuesta pareció modificar el aire de la sala.

—¿Había pensado en dejarlo?

—Sí.

—¿Antes de conocerme?

—Mucho antes.

Noelia descruzó lentamente los brazos.

—¿Se lo había dicho a alguien?

—A monseñor Valdés.

—¿Cuándo?

Osvaldo tardó unos segundos en responder.

—El sábado once. La mañana en que la radio anunció que Puerto Ceniza podía formar parte de la visita.

Noelia recordó aquella jornada. La noticia había comenzado como un rumor y, pocas horas después, Osvaldo había acudido a una reunión en el Arzobispado.

—Pensé que esa reunión había sido por la posible visita del Papa.

—En parte. Cuando terminamos de hablar de eso, le pedí a monseñor Valdés unos minutos a solas.

—¿Para qué?

—Para decirle que llevaba años dudando de mi vocación y que estaba pensando en dejar el sacerdocio.

Era aquella conversación la que lo había mantenido despierto durante buena parte de la noche siguiente.

Cuando Berta le preguntó qué había ocurrido en el Arzobispado, Osvaldo solo le habló de la posible visita del Santo Padre.

Había permitido que todos creyeran que su inquietud se debía a esa noticia.

—¿Y qué respondió monseñor? —preguntó Noelia.

—Que estaba atravesando una crisis vocacional. Pensó que la rutina y la monotonía me habían hecho confundir el cansancio con la pérdida de la vocación.

—¿Y usted le creyó?

—Quise creerle.

—¿Qué hizo?

—Dijo que necesitaba salir de la rutina. Que antes de tomar una decisión me daría responsabilidades mayores para que pudiera recuperar el entusiasmo.

Noelia comprendió.

—¿La visita del Papa?

Osvaldo asintió.

—Una semana después, cuando confirmaron que Puerto Ceniza formaría parte del recorrido, me nombró coordinador. Monseñor esperaba que un trabajo más importante me ayudara a encontrar nuevamente el sentido de lo que hacía.

—¿Funcionó?

—Me mantuvo ocupado.

—No le pregunté eso.

Osvaldo miró la sotana que asomaba bajo su abrigo.

—Lo sé.

Dejó pasar un instante antes de responder.

—No funcionó.

El viento agitó suavemente una de las ramas del rosal contra el vidrio. Noelia volvió los ojos hacia la ventana, pero solo durante un instante.

—Esta semana estuvo en dos funerales, celebró bautizos y visitó a un enfermo —dijo—. Hizo todo lo que hace un sacerdote.

—Sí.

—¿Y no encontró ninguna respuesta en eso?

Osvaldo demoró en contestar.

—En uno de los funerales, la viuda no quería soltar mi mano. Ayer, el hombre del hospital me pidió que rezara con él porque tiene miedo de morir durante la noche.

Una sonrisa cansada pasó por su rostro y desapareció.

—Pensé que, si alguna parte de mí todavía podía devolverme la certeza, aparecería en alguno de esos momentos.

—¿Y qué encontró?

—Afecto por las personas. Encontré fe. Lo que no encontré fue una razón para seguir fingiendo que mis dudas habían desaparecido.

Noelia mantuvo los ojos fijos en él.

—¿Todavía tiene fe?

—Sí.

—Entonces no comprendo.

—Yo tampoco lo comprendí durante mucho tiempo. Creía que perder la vocación significaba necesariamente perder a Dios. Tal vez por eso seguí esperando una respuesta que me permitiera conservarlo todo.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que puedo seguir creyendo sin continuar viviendo como si no hubiera cambiado nada dentro de mí.

Noelia bajó la vista hacia el alzacuello.

—Su vida entera está dentro de esa sotana.

—Precisamente por eso resulta tan difícil saber cuánto de lo que hago nace de una decisión y cuánto nace del miedo.

—Miedo a qué.

—A no saber quién soy cuando me la quite.

Niebla movió una pata durante el sueño y rozó el zapato de Osvaldo.

Noelia permaneció callada. La franqueza de aquella respuesta no la tranquilizaba. Solo volvía más real el peligro que intentaba comprender.

—Que sus dudas comenzaran antes no significa que yo no pueda estar sirviéndole como una puerta de salida.

—No quiero utilizarla de esa manera.

—Tal vez no necesita proponérselo.

Osvaldo recibió la frase sin defenderse.

—Si yo no existiera —continuó Noelia—, ¿seguiría pensando en dejar el sacerdocio?

—Sí.

—¿Lo haría?

La segunda pregunta fue más difícil.

—No lo sé.

Noelia soltó una risa breve, sin alegría.

—Entonces sí hago una diferencia.

—La hace.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—Si usted no hubiera aparecido, la duda seguiría existiendo. Probablemente también seguiría encontrando razones para aplazarla.

—Una familia que necesita ayuda. Una deuda de la parroquia. Un enfermo.

—La visita del Papa —añadió Osvaldo.

—Y ahora yo.

—No.

La firmeza de la respuesta hizo que Niebla abriera los ojos.

—Noelia, usted no es otra razón para esperar.

—Entonces, ¿qué soy?

Osvaldo se puso de pie.

El perro levantó la cabeza, pero él no avanzó. Permaneció junto al sillón, con las manos a los costados y el abrigo todavía cerrado sobre la sotana.

—Lo que siento por usted no provocó mis dudas —dijo—. Tampoco quiero convertirlo en una excusa para marcharme. Pero hizo imposible que siguiera fingiendo que aquellas dudas eran solamente cansancio.

—Todavía no me ha dicho qué siente.

Osvaldo no apartó los ojos.

Cuando habló, abandonó la última distancia que había conservado entre ambos.

—Me enamoré de ti.

Noelia dejó de respirar durante un instante.

Era la primera vez que él la tuteaba. No había sido un descuido ni una familiaridad involuntaria.

Había pronunciado la frase entera como una decisión.

Noelia permaneció inmóvil.

—No diga eso como si fuera suficiente.

—No creo que lo sea.

—Lo ha dicho como si esas palabras resolvieran todo lo demás.

—Usted me preguntó qué sentía.

—Y ahora necesito saber qué significa.

Osvaldo no se movió de su lugar.

—Pregúnteme.

Noelia observó la sotana, el alzacuello y el abrigo todavía cerrado sobre su pecho.

—¿De quién se enamoró?

Él frunció ligeramente el entrecejo.

—De usted.

—Eso no es una respuesta. Nos conocemos de la parroquia, la catequesis y unas pocas conversaciones. Me ha visto corregir cuadernos, perseguir niños y discutir en reuniones. Eso no significa que me conozca.

—Sé que no conozco toda su vida.

—Entonces no puede estar seguro.

—Sé que defiende a sus alumnos incluso cuando hacerlo la deja sola frente a todos.

Sé que no soporta que otros hablen en nombre de quienes no pueden sentarse a una mesa como la del Arzobispado.

Sé que utiliza el humor cuando no quiere que sus hijos noten que está preocupada y que se queda completamente quieta cuando algo consigue herirla de verdad.

Noelia apartó los ojos.

—Ha estado observándome.

—Sí.

La sencillez de la respuesta le impidió reprochárselo.

—Todo eso sigue siendo una parte —dijo ella—. Hay días en que pierdo la paciencia, digo cosas injustas y no quiero cuidar de nadie. Usted no conoce a esa mujer.

—No. Pero no pretendo inventarla.

—Tal vez ya lo hizo.

—Entonces tendré que descubrir en qué me equivoqué.

Noelia lo miró.

—¿Y quién se supone que debe descubrirlo? Porque yo tampoco lo conozco.

Osvaldo guardó silencio.

—Conozco al padre Osvaldo —continuó ella—. Al hombre que celebra misa, visita enfermos y aparece cuando alguien necesita ayuda. Sé cómo habla desde el altar y cómo escucha cuando alguien le cuenta un problema. No sé quién es usted fuera de esa sotana.

—Tal vez porque nunca me he permitido averiguarlo.

—Ese es precisamente el problema.

Noelia se levantó.

—No puede pedirme que construya una vida con una persona que todavía no existe.

La frase hizo que Osvaldo bajara los ojos.

—No vine a pedirle eso.

—¿Entonces qué vino a pedirme?