Capítulo 10
Capítulo
A las siete y media de la mañana, la casa parecía prepararse para una expedición al fin del mundo.
Sobre la mesa de la cocina había cuatro panes envueltos en papel, dos cantimploras, dos mudas de calcetines y una cantidad de ropa que Noelia consideraba excesiva para pasar unas horas en el Parque de los Arrayanes.
Vicente insistía en llevar una lupa.
—¿Para qué necesitas eso?
—Para investigar.
—¿Investigar qué?
El niño se encogió de hombros.
—Lo que encontremos.
Cristóbal intentaba introducir una manta dentro de su mochila. Cada vez que conseguía cerrar una hebilla, la otra se soltaba.
—Mamá, dile a Niebla que me devuelva la bufanda.
El perro corría alrededor de la mesa con una punta de la prenda entre los dientes. Vicente trató de interceptarlo, pero Niebla esquivó sus manos y salió disparado hacia el pasillo.
—¡Niebla! —ordenó Noelia—. Suelta eso.
El animal se detuvo.
Movió la cola dos veces y dejó caer la bufanda sobre el piso, cubierta de saliva.
Cristóbal la levantó con dos dedos.
—Ahora no la quiero.
—La vas a querer cuando empiece a correr viento en el parque.
—Puedo llevar otra.
—No tienes otra.
—Entonces puedo pasar frío.
Noelia le quitó la bufanda, la limpió con un paño húmedo y la dejó extendida junto a la cocina a leña.
—Pasar frío no es una solución.
—Tampoco llevar algo que estuvo dentro de la boca de Niebla.
El perro levantó las orejas al escuchar su nombre.
—Tú no participas en esta conversación —le dijo Noelia.
Niebla se sentó junto a la mesa y apoyó el hocico sobre la rodilla de Vicente.
—Está arrepentido —dijo el niño.
—Está esperando que alguien descuide los panes.
Vicente protegió inmediatamente su mochila.
Noelia revisó los envoltorios antes de guardarlos. Había preparado dos panes para cada niño: uno con queso y otro con mermelada.
—El de Vicente pesa más.
—Porque ya puso la lupa, una piedra y la mitad de sus juguetes dentro de la mochila.
Vicente apretó el bolso contra el pecho.
—La piedra es importante.
—¿Para la investigación?
—Todavía no lo sé.
La señora Elvira llegó poco antes de las ocho. Llevaba un abrigo café, una bolsa con manzanas y un gorro de lana que le cubría hasta las cejas. Aunque la primavera había avanzado, la mañana continuaba fría y el viento traía desde las casas vecinas olor a leña quemada.
—Espero que estén preparados —anunció desde la puerta—. Los demás niños ya deben de estar reuniéndose frente al colegio.
Vicente se colgó la mochila.
—Yo estoy preparado desde ayer.
La señora Elvira lo miró.
Cristóbal consiguió cerrar su mochila y se la puso a la espalda. La manta formaba un bulto irregular que amenazaba con abrir nuevamente las hebillas.
Niebla lo siguió hasta el portón con la esperanza de incorporarse a la excursión.
—Tú te quedas —le dijo el niño.
El perro inclinó la cabeza.
—No me mires así. No es una decisión mía.
—No intentes culparme delante del perro —dijo Noelia.
—Pero tú dijiste que no podía ir.
—Porque no pertenece al Grupo Scout.
Vicente miró el pañuelo que llevaba anudado al cuello y después observó a Niebla.
—Podríamos ponerle uno.
—La falta de pañuelo no es el único problema.
Noelia acompañó al grupo hasta la vereda. Revisó por última vez los botones de los abrigos, ajustó una de las correas de Vicente y le quitó una miga que tenía adherida a la mejilla.
—No se separen del grupo. Obedezcan a la señora Elvira y no se acerquen al agua sin un adulto.
—Ya nos lo dijiste —respondió Cristóbal.
—Entonces no pueden decir que no lo sabían.
—También dijo que no aceptará niños devueltos con piezas faltantes —añadió la señora Elvira.
Vicente se miró las manos.
—¿Qué piezas?
—Las que llevas puestas —respondió Noelia.
La señora Elvira rió.
Vicente abrazó a su madre.
—¿Vas a estar bien sola?
La pregunta la sorprendió.
—He sobrevivido otras veces a una casa en silencio.
—Niebla se queda contigo.
—Entonces no estaré sola.
Cristóbal le dio un beso rápido y salió detrás de la señora Elvira. Vicente se despidió de Niebla con una solemnidad que el perro no pareció comprender.
—Cuida a mi mamá.
Niebla movió la cola.
—Y no te comas nada.
El perro dejó de moverla.
Noelia permaneció junto al portón hasta que los vio doblar en la esquina.
Regresarían cerca de las siete.
Cuando entró nuevamente en la casa, descubrió que el silencio no se parecía al de otros días. No era la quietud de la madrugada ni el breve descanso que llegaba después de acostar a los niños. Era un espacio entero que no sabía cómo ocupar.
Recogió las tazas del desayuno, limpió las migas y dobló dos veces el mismo paño. Después llevó una pila de cuadernos hasta la biblioteca.
Niebla se instaló debajo del escritorio.
Noelia abrió el primer cuaderno.
El martes había formalizado su renuncia a la comisión. Salgado dejó una hoja sobre su escritorio y esperó de pie mientras ella escribía cuatro líneas y firmaba al final. Después leyó el documento, lo dobló y lo guardó dentro de su libreta sin hacer comentarios.
Antes de marcharse le comunicó que la señora Berta asumiría la coordinación comunitaria y que la señorita Lagos quedaría a cargo del trabajo escolar.
La rapidez del reemplazo no sorprendió a Noelia.
Sí le confirmó que había comprendido correctamente lo ocurrido durante la reunión.
Desde entonces, Osvaldo no la había llamado ni había intentado verla.
Solo sabía que habían transcurrido el martes, el miércoles, el jueves y el viernes sin una explicación. Cada noche se había prometido dejar de esperar el sonido del teléfono. Cada vez que sonaba, descubría que todavía no había cumplido aquella promesa.
Abrió el primer cuaderno y leyó tres líneas sin comprenderlas.
Volvió al comienzo.
A la segunda tentativa llegó hasta el final de la página, pero no supo qué había leído.
Dejó el lápiz amarillo sobre el escritorio.
Continuaba viendo a Osvaldo detrás de la micro, con el abrigo abierto y el alzacuello torcido. Durante un instante había estado a punto de pedirle al conductor que se detuviera.
No lo hizo porque no sabía a quién intentaba alcanzar.
Niebla levantó la cabeza.
—No me mires —le dijo Noelia—. Tú tampoco sabes.
El perro apoyó el hocico sobre las patas.
A las diez y media, levantó de golpe las orejas.
Un segundo después, comenzó a ladrar hacia el portón.
Noelia se levantó del escritorio.
Niebla salió de la biblioteca antes que ella y cruzó el pasillo con las uñas golpeando sobre el piso de madera. Cuando Noelia llegó a la ventana, el perro ya corría de un extremo a otro del jardín.
Osvaldo esperaba junto al portón con una mano apoyada sobre el manubrio de la bicicleta.
Llevaba un abrigo oscuro sobre la sotana. El viento le había despeinado el cabello y algunas gotas de sudor permanecían adheridas a sus sienes, a pesar del frío de la mañana. Parecía haber pedaleado más rápido de lo habitual.
Noelia lo observó durante varios segundos.
Desde la calle, Osvaldo alzó los ojos hacia la casa. No podía verla detrás del reflejo de la ventana, pero pareció advertir su presencia.
Niebla continuaba ladrando.
—Ya lo vimos —murmuró Noelia—. No necesitas informarles a todos los vecinos.
El perro no disminuyó el entusiasmo.
Noelia salió de la casa y avanzó por el sendero sin apresurarse. Cuando llegó al portón, no sacó inmediatamente la llave.
—Buenos días —dijo Osvaldo.
—Buenos días, padre.
El tratamiento produjo una contracción casi imperceptible en el rostro de él.
Noelia miró la bicicleta y después la sotana que asomaba bajo el abrigo.
—Pensé que no vendría.
—He intentado hacerlo desde el martes.
Osvaldo apartó una mano del manubrio.
—Tuve dos funerales, varios bautizos y un enfermo al que he estado visitando en el hospital. Anoche regresé a la parroquia después de las diez.
Noelia permaneció con la llave entre los dedos.
—¿Y esta mañana?
—Celebré un bautizo a las nueve. Terminé, firmé el registro y vine directamente.
Aquello explicaba la sotana y el cansancio de su rostro. También explicaba que hubiese llegado a las diez y media.
No explicaba todo lo demás.
—Podría haber llamado.
Osvaldo miró el manubrio.
—Sí.
La respuesta directa la desconcertó.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque no quería que esta conversación comenzara por teléfono. Tampoco podía llamarla durante unos minutos, pedirle que esperara y desaparecer nuevamente sin saber cuándo conseguiría venir.
—No sabía que estaba esperando.
Noelia observó sus manos. Los nudillos estaban enrojecidos por el frío y una pequeña mancha de tinta oscurecía uno de sus dedos.
—Cinco días son mucho tiempo cuando alguien se marcha sin saber por qué intentaron detenerlo.
—Pensé en venir cada uno de esos días.
—Pero no vino.
—No.
Osvaldo levantó los ojos.
—Vine en cuanto tuve una mañana libre.
Niebla introdujo el hocico entre los barrotes y comenzó a olfatear la sotana.
—Al menos alguien parece dispuesto a recibirme —dijo Osvaldo.
—Niebla también se alegra cuando pasa el hombre de la basura. No lo tome como algo personal.
Una sonrisa breve alivió el cansancio de su rostro.
—Lo tendré presente.
Noelia abrió finalmente el portón.
Niebla se lanzó sobre Osvaldo antes de que pudiera entrar por completo. Apoyó las patas delanteras contra su abrigo y trató de alcanzar la sotana con el hocico.
—Niebla, abajo —ordenó Noelia.
Osvaldo intentó apartarlo con una mano mientras sostenía la bicicleta con la otra.
—Su concepto de bienvenida resulta bastante físico.
—Todavía puede marcharse antes de que decida quitarle una manga.
Niebla descendió, aunque continuó girando alrededor de él.
Osvaldo entró con la bicicleta y cerró el portón. La dejó apoyada junto a la reja.
—¿Dónde están los niños?
—De excursión con el Grupo Scout. Regresarán cerca de las siete.
Osvaldo miró hacia la casa.
La sonrisa desapareció.
La ausencia de Vicente y Cristóbal modificó el significado de la visita. Ya no habría voces infantiles, vasos derramados ni preguntas inesperadas capaces de interrumpir una conversación demasiado difícil.
—No lo sabía —dijo.
—Lo imaginé.
—Puedo regresar en otro momento.
Noelia miró hacia la calle.