Capítulo 9
Capítulo
Cuando Osvaldo regresó al salón, nadie había cambiado de lugar.
El padre Jorge continuaba sentado junto a Monseñor Valdés, con las manos apoyadas sobre el archivador gris. Salgado mantenía los lentes sobre la mesa. La señorita Lagos había vuelto a abrir sus partituras y don Aurelio observaba el mapa sin levantar la cabeza.
La silla de Noelia permanecía separada de la mesa.
Sobre ella había quedado el documento preparado por el Arzobispado.
Osvaldo cerró la puerta.
Monseñor Valdés lo miró.
—¿La alcanzó?
—No.
Todavía respiraba con dificultad. Había corregido los botones del abrigo y acomodado el alzacuello antes de entrar, pero el esfuerzo de la carrera todavía le encendía el rostro.
El padre Jorge señaló su asiento.
—Entonces podemos continuar.
Osvaldo se quitó el abrigo y regresó a su lugar.
La silla vacía quedó frente a él.
Salgado tomó los lentes, aunque no llegó a ponérselos.
—Antes de continuar, considero necesario dejar constancia de que la profesora Noelia tomó esta decisión sin consultar a la dirección del colegio.
—La comisión no pertenece al colegio —dijo Osvaldo.
—Pero ella llegó hasta aquí como representante de nuestro establecimiento.
—Y explicó por qué no podía seguir representándolo en estas condiciones.
Salgado endureció la expresión.
—No corresponde que usted interprete sus motivos.
—No necesito interpretarlos. Los expuso delante de todos.
El padre Jorge intervino:
—No tiene sentido prolongar una discusión que la profesora decidió abandonar.
Osvaldo volvió el rostro hacia él.
—Noelia no abandonó la discusión. Renunció cuando comprendió que ya no quedaba nada por discutir.
—Esa es su opinión.
—Es lo que acaba de ocurrir.
Monseñor Valdés levantó una mano.
—Basta.
El silencio regresó al salón.
El obispo miró el documento que Noelia había dejado.
—La profesora expresó su decisión con suficiente claridad. La consideraremos apartada de la comisión desde este momento. Director Salgado, mañana podrá solicitarle que formalice la renuncia por escrito para los registros del colegio.
—Así lo haré —respondió Salgado.
Osvaldo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Monseñor, quizás deberíamos esperar hasta mañana.
—Le ofrecí esa posibilidad antes de que se marchara.
—También podríamos revisar las razones que la llevaron a tomar esta decisión.
El padre Jorge abrió el archivador.
—Ya revisamos su propuesta.
—La rechazamos antes de escucharla.
Jorge volvió una página.
—No fue rechazada. Algunos de sus elementos podrán incorporarse después de una evaluación.
Cavieres se inclinó hacia don Aurelio.
—Es una forma bastante elegante de enterrar algo sin declarar la defunción.
Berta lo oyó.
—No es momento para sus comentarios.
—Precisamente ahora parecen necesarios.
Monseñor Valdés miró a Cavieres.
—La decisión de la profesora no modificará el propósito de esta reunión. Tenemos una visita que organizar y responsabilidades que distribuir.
Cavieres se recostó en la silla.
—Por supuesto, monseñor.
El padre Jorge buscó una sección del archivador.
—La salida de la profesora deja vacante la coordinación del trabajo comunitario y escolar. No podemos suspender esas actividades mientras el colegio resuelve quién asumirá su representación.
—La señorita Lagos ya participa en nombre del establecimiento —dijo Salgado.
Lagos levantó la vista de las partituras.
—Estoy encargada de la preparación musical.
—El material de los estudiantes podría canalizarse a través de la dirección —continuó Salgado—. La señorita Lagos puede coordinarse con los profesores que participen.
Ella acomodó las hojas frente a sí.
—Podría hacerlo, pero necesitaría saber qué se espera exactamente de los alumnos.
—El documento incluye una pauta inicial —respondió Jorge—. Los detalles podrán definirse durante esta semana.
Osvaldo contempló la página que el sacerdote mantenía abierta.
—¿Y el trabajo con las familias y las organizaciones de los barrios?
Jorge miró hacia Berta.
—Para esa responsabilidad necesitamos a una persona que conozca la parroquia, mantenga contacto con la comunidad y comprenda la orientación pastoral de la visita.
Berta dejó el lápiz sobre la libreta.
—¿Está pensando en alguien?
—En usted.
Berta abrió mucho los ojos detrás de los lentes.
—¿Yo?
—Lleva años colaborando con la parroquia —dijo Jorge—. Conoce a las familias, participa en las actividades comunitarias y ha demostrado capacidad para organizar el trabajo de otros.
Berta miró al padre Jorge y después a Monseñor Valdés, como si esperara que alguno aclarara el malentendido.
—Yo solamente hago lo que corresponde.
—Y lo hace muy bien —respondió el obispo—. ¿Estaría dispuesta a asumir provisionalmente la coordinación comunitaria?
Los labios de Berta comenzaron a temblar.
—Monseñor, yo…
Se llevó ambas manos al pecho. Una de ellas quedó apoyada sobre el broche dorado en forma de cruz.
—No sé si soy digna de una responsabilidad semejante.
—No estamos discutiendo su dignidad, señora Berta —dijo Jorge—, sino su capacidad.
Aquellas palabras terminaron de vencerla.
Berta se quitó los lentes. Las lágrimas ya le corrían por las mejillas.
—Nunca he pedido nada —dijo—. He limpiado, organizado rifas, acompañado enfermos, preparado altares y servido café en reuniones que han durado mucho más de lo necesario.
El padre Jorge levantó apenas la vista.
—Todo por amor a Nuestro Señor —añadió Berta rápidamente.
Cavieres buscó algo en el bolsillo interior de su chaqueta y dejó un pañuelo blanco delante de ella.
Berta lo miró, sorprendida.
—Gracias, joven Cavieres.
Tomó el pañuelo sin corregir su forma de vestir ni preguntar si estaba limpio. Se secó los ojos y después se sonó la nariz con un ruido que resonó alrededor de la mesa.
Don Aurelio bajó la cabeza.
La señorita Lagos fingió revisar una partitura.
Cavieres mantuvo una expresión respetuosa, aunque tuvo que apretar los labios.
—Perdonen —murmuró Berta—. No acostumbro emocionarme de esta manera.
Monseñor Valdés esperó hasta que ella volvió a ponerse los lentes.
—Entonces, ¿acepta?
Berta sostuvo el pañuelo contra su pecho.
—Sí, monseñor. Si usted considera que puedo servir a la Iglesia, aceptaré.
—Muy bien. A partir de mañana asumirá provisionalmente las responsabilidades comunitarias que deja la profesora.
Berta volvió a cubrirse la boca con el pañuelo.
—Dios mío.
Una nueva oleada de lágrimas empañó sus lentes.
El obispo miró a Osvaldo.
—Habrá que considerar que estas obligaciones podrían restarle tiempo a sus labores habituales en la casa parroquial.
—Yo puedo ocuparme de algunas cosas —dijo Osvaldo.
Berta bajó inmediatamente el pañuelo.
—¡No, padre!
La rapidez de la respuesta interrumpió su llanto.
—Puedo aprender —continuó Osvaldo—. No debe seguir haciéndose cargo de todo.
—Usted no sabe dónde guardamos las sábanas limpias.
—Puedo averiguarlo.
Don Aurelio tosió detrás de una mano.
Berta negó con tanta energía que los lentes volvieron a deslizarse sobre su nariz.
—No será necesario. Compatibilizaré ambas responsabilidades. No podría abandonarlo a su suerte. Usted es un ángel caído del cielo.
Se produjo un silencio.
El padre Jorge se llevó un puño a la boca, pero una carcajada breve escapó antes de que consiguiera convertirla en tos.
Don Aurelio se concentró repentinamente en el mapa.
Hasta Monseñor Valdés bajó los ojos.
Cavieres levantó una ceja.
—Bertita, no conviene insistir demasiado en que el párroco es un ángel caído.
Berta miró alrededor, desconcertada.
—Quise decir un ángel enviado por el cielo.
—Eso mejora considerablemente la situación del padre.
—Y no me diga Bertita.
—Perdón. Coordinadora Berta.
Ella lo señaló con el pañuelo.
—Este nombramiento no le da derecho a tomarse confianzas.
—Me tranquiliza comprobar que la autoridad no la ha cambiado.
Don Aurelio ya no consiguió disimular la sonrisa.
Berta dobló el pañuelo de Cavieres y lo guardó cuidadosamente dentro de su cartera.
—Se lo devolveré lavado y planchado.
—Nunca esperé menos.
Durante unos segundos, la tensión de la reunión pareció aflojarse.
Osvaldo fue el único que no sonrió.
Continuaba mirando la silla vacía de Noelia.
Después bajó los ojos hacia el documento abierto frente al padre Jorge.
—Berta no puede reemplazar el trabajo pedagógico de Noelia.
—No tendrá que hacerlo —respondió Jorge—.
Conviene separar las funciones. La señorita Lagos coordinará el trabajo escolar bajo la supervisión del director Salgado.
La señora Berta se encargará de la participación comunitaria y presentará una lista de familias y organizaciones que puedan integrarse a las actividades.
—¿Quién revisará esa lista? —preguntó Osvaldo.
—Usted y yo haremos una primera evaluación. Después la enviaremos a la comisión diocesana.
—Entonces las familias seguirán siendo escogidas por nosotros.
—Alguien debe garantizar que las personas invitadas comprendan el carácter del encuentro.
—Comprenderlo o aceptar permanecer calladas.
Jorge dejó el lápiz.
—Ya discutimos ese punto.
—No. Noelia lo planteó y ustedes esperaron hasta que se marchara para resolverlo.
Monseñor Valdés se inclinó hacia adelante.
—Padre Osvaldo, su responsabilidad será trabajar con las decisiones de esta comisión, incluso cuando no coincidan por completo con sus preferencias.
Osvaldo no apartó los ojos del obispo.
—Lo comprendo.
—Necesito algo más que su comprensión.
El salón permaneció en silencio.
—Colaboraré —dijo finalmente Osvaldo.
Monseñor Valdés volvió a recostarse.
—Bien.
El padre Jorge giró el documento hacia sí. En uno de los apartados se leía:
COORDINACIÓN DEL TRABAJO EDUCATIVO Y COMUNITARIO
PROFESORA NOELIA
Tomó su lápiz y trazó una línea sobre el nombre.
Después escribió el de Berta debajo del apartado comunitario y el de la señorita Lagos junto a las actividades escolares.
La tarea que Noelia había intentado mantener unida quedó dividida en dos renglones.
Berta observó su nombre sobre el documento.
—Señora Berta —dijo Jorge—, será mejor que se acerque para revisar sus primeras responsabilidades.
Ella recogió la libreta y se trasladó hasta la silla vacía. La acercó a la mesa y se sentó frente a Osvaldo.
—Necesitaré una copia.
Jorge le entregó el ejemplar que Noelia había dejado.
—Puede quedarse con este. Mañana revisaremos los plazos.
Berta recibió el documento con ambas manos.
Lo alisó cuidadosamente sobre la mesa y escribió la fecha en la parte superior de su libreta:
20 DE OCTUbrE DE 1986.
La mano todavía le temblaba. Una lágrima cayó sobre la página, junto al número veinte, y dejó una pequeña mancha redonda en el papel.
Berta abrió la cartera, recuperó el pañuelo de Cavieres e intentó secarla.
—Lo siento.
—No se preocupe —dijo don Aurelio—. La tinta todavía se entiende.
Ella respiró profundamente, dobló nuevamente el pañuelo y volvió a tomar el lápiz.
Osvaldo respondió cuando le hicieron alguna pregunta, aunque apenas escuchaba las fechas y los nombres que se distribuían alrededor de la mesa.
Seguía viendo la micro alejándose hacia la plaza.
Berta colocó su libreta encima del documento preparado por el padre Jorge. Durante un instante, una parte del nombre tachado de Noelia permaneció visible bajo el borde.
Después acomodó mejor la libreta y lo cubrió por completo.
El padre Jorge pasó al siguiente punto del programa.
Nadie volvió a hablar de los barrios.