Mi última plegaria antes de ti Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—Comprendo su entusiasmo por este trabajo, padre Osvaldo, pero necesitamos distinguir entre acompañar pastoralmente una realidad y convertirla en el centro de un acto público.

—Tal vez esa realidad ya está en el centro para quienes viven dentro de ella.

El padre Jorge no apartó los ojos.

—Usted representa a las parroquias ante esta comisión. Espero que también comprenda la responsabilidad institucional que eso implica.

Osvaldo dejó la composición sobre la mesa.

—La comprendo.

—Entonces debería comprender por qué necesitamos límites.

—Comprendo los límites. No comprendo que los establezcamos antes de escuchar.

Monseñor Valdés levantó una mano.

—No convirtamos esta discusión en un enfrentamiento personal.

Ninguno de los sacerdotes respondió.

El obispo tomó las composiciones y leyó rápidamente la primera página.

—Hay imágenes valiosas en estos textos —dijo—. Podrían rescatarse algunos fragmentos después de una revisión.

Noelia alzó la cabeza.

—¿Qué clase de revisión?

—Una que permita conservar la voz de los alumnos sin introducir asuntos que desvíen el carácter de la visita.

—¿Quién haría esa revisión?

Monseñor volvió la cabeza hacia Salgado.

—El colegio podría realizar una primera selección. Después, el padre Jorge y el padre Osvaldo revisarían el material antes de enviarlo a la comisión diocesana.

—¿Y qué ocurriría con los textos que mencionen el barro, los accidentes o las viviendas?

El obispo dejó las hojas sobre la mesa.

—Cada caso tendría que evaluarse.

Salgado se puso los lentes.

—También podríamos entregarles una pauta más precisa a los estudiantes. Eso evitaría que trabajaran sobre temas que después no podremos utilizar.

Noelia giró hacia él.

—Si les damos la respuesta antes de hacerles la pregunta, sus nombres serán solamente una decoración.

—No se trata de darles una respuesta —dijo Salgado—. Se trata de orientar la actividad.

Berta intervino:

—Podrían dibujar sus familias, la iglesia, palomas y banderas. Son cosas alegres que cualquier niño comprende.

—También comprenden el barro que cruzan para llegar al colegio —respondió Noelia.

—Pero no es necesario que todo termine en una queja.

Noelia la observó durante unos segundos.

—Para usted es una queja porque puede caminar por una calle seca.

Berta cerró la boca y bajó la vista hacia su libreta.

Noelia miró las hojas distribuidas sobre la mesa. Los dibujos, los mensajes y las canciones ya tenían responsables, plazos y mecanismos de revisión. Incluso su participación aparecía prevista: debía coordinar la escritura de los alumnos y entregar una selección al director Salgado.

Su nombre ya figuraba dentro de una propuesta que no había ayudado a construir.

—Ustedes no necesitan mi trabajo —dijo.

Monseñor Valdés frunció ligeramente el entrecejo.

—No diga eso, profesora.

—Necesitan que consiga textos de los estudiantes, elimine todo lo que pueda incomodar y coloque sus nombres debajo de palabras escogidas por otros.

—Esa es una interpretación injusta —dijo Jorge.

Noelia se volvió hacia él.

—¿Qué parte es injusta?

—Nadie le ha pedido que elimine la voz de los alumnos.

—Acabamos de pasar varios minutos decidiendo qué cosas no pueden decir.

Jorge acomodó los puños de la sotana.

—Toda colaboración requiere capacidad para adaptarse a una orientación común.

Noelia reunió sus composiciones y alineó los bordes con ambas manos.

Osvaldo reconoció el cambio.

Cuando discutía, ella se inclinaba hacia adelante, movía las manos y respondía antes de que los demás terminaran de hablar. Cuando algo lograba herirla de verdad, se quedaba completamente quieta.

Noelia dejó las hojas sobre la mesa.

—No quiero convertir cada reunión en una discusión interminable. Ustedes necesitan a una persona que siga estos lineamientos y prepare las actividades que ya decidieron. Yo no soy esa persona.

Monseñor Valdés se inclinó hacia ella.

—No tome una decisión mientras está ofuscada.

Noelia lo miró sin apartarse.

—No estoy ofuscada, monseñor. Estoy entendiendo.

El salón quedó en silencio.

—Comprendo que mis propuestas no corresponden a lo que ustedes están dispuestos a permitir. También comprendo que mi nombre aparece en este documento para dar la impresión de que participé en una decisión que ya estaba tomada.

Jorge abrió la boca, pero Noelia continuó:

—Yo no puedo prestar mi nombre para aparentar una participación que no existe.

Monseñor juntó las manos.

—¿Está presentando su renuncia a la comisión?

El lápiz de Berta cayó sobre la mesa.

Osvaldo se incorporó en su silla.

—Noelia.

Ella lo miró por primera vez desde que había comenzado aquella discusión.

Después volvió los ojos hacia el obispo.

—Sí.

El silencio posterior a la respuesta de Noelia se prolongó durante varios segundos.

Salgado fue el primero en romperlo.

—Usted representa al colegio. No puede retirarse sin consultar esta decisión con la dirección.

—Mi participación en la comisión es voluntaria.

—Aceptó en calidad de profesora de nuestro establecimiento.

—Y he intentado defender el trabajo de mis alumnos.

Salgado dejó los lentes sobre la mesa.

—Una renuncia de esta naturaleza tendrá consecuencias institucionales.

Noelia lo miró.

—Entonces déjelas por escrito.

El director no respondió.

Noelia recogió las composiciones y su propuesta. Las acomodó dentro de la cartera, entre la libreta y el cuaderno de tapas duras. El documento preparado por el padre Jorge quedó sobre la mesa.

Se puso el abrigo.

Monseñor Valdés observó sus movimientos.

—Podría esperar hasta mañana antes de formalizar la renuncia.

—Mi decisión está tomada.

—Lamento que la reunión haya llegado a este punto.

Noelia se colgó la cartera del hombro.

—Yo también.

Miró brevemente a los asistentes.

—Gracias por haberme invitado.

Cuando llegó a la puerta, Osvaldo volvió a llamarla.

—Profesora Noelia.

Ella se detuvo con una mano sobre el picaporte y miró hacia él.

En sus ojos no había rabia. Aquello lo inquietó mucho más.

Noelia abrió la puerta y salió.

Osvaldo empujó la silla hacia atrás.

—Padre —advirtió Monseñor Valdés—, la reunión no ha terminado.

Permaneció un instante con una mano apoyada sobre la mesa.

El padre Jorge lo observaba. No había sorpresa en su expresión, sino una atención fría, casi expectante.

Osvaldo tomó el abrigo del respaldo de la silla.

—Regresaré enseguida.

Salió antes de que el obispo pudiera contestar.

Vio a Noelia al final del corredor, descendiendo por la escalera.

—¡Noelia!

Ella no se detuvo.

Osvaldo se puso el abrigo mientras avanzaba, dejó dos botones mal unidos y terminó de bajar los peldaños de dos en dos. Atravesó el vestíbulo y salió a la calle.

El aire frío le golpeó el rostro.

Noelia ya había llegado a la esquina. Una micro se detuvo frente a ella y abrió las puertas.

—¡Noelia, espere!

Ella subió.

Osvaldo corrió. La puerta se cerró cuando todavía faltaban varios metros. Alcanzó a golpear una vez el costado de la micro, pero el vehículo ya comenzaba a avanzar.

Dentro, Noelia escuchó su nombre.

Se volvió hacia la ventana.

Durante un instante quedaron frente a frente, separados por el vidrio empañado y el movimiento. Ella levantó una mano, pero no llegó a tocar el cristal.

Podía pedirle al conductor que se detuviera.

No lo hizo.

No sabía si Osvaldo había corrido para recuperar a la coordinadora de la comisión o porque no soportaba verla marcharse. No estaba dispuesta a regresar sin conocer la diferencia.

La micro dobló hacia la plaza.

Osvaldo quedó en la vereda, respirando con dificultad. Dos mujeres que esperaban locomoción lo observaban con curiosidad. El portero del Arzobispado permanecía atento.

Osvaldo corrigió los botones del abrigo y se acomodó el alzacuello.

Ninguno de los dos gestos consiguió devolverle la compostura.