Mi última plegaria antes de ti Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Noelia.

Ella se detuvo.

Él señaló la silla vacía a su lado.

Noelia miró primero el asiento y después a Osvaldo. Finalmente rodeó la mesa y eligió uno frente a él.

—Buenas tardes, padre.

—Buenas tardes.

Noelia se quitó el abrigo, lo dejó sobre el respaldo y apoyó la cartera junto a su silla. Al levantar la vista, descubrió que Berta la observaba. La mujer bajó los ojos hacia su libreta.

Monseñor Valdés esperó hasta que el reloj de pared marcó las cinco. Después cerró la puerta del salón y regresó a la cabecera.

—Podemos comenzar.

Los asistentes guardaron silencio.

—La confirmación de la visita nos obliga a pasar desde una etapa preliminar a una organización formal —dijo el obispo—. Hasta ahora hemos trabajado con distintas posibilidades. Desde hoy necesitaremos criterios comunes, responsabilidades claras y una sola coordinación.

Miró a Osvaldo.

—El padre Osvaldo continuará a cargo del trabajo local y representará a las parroquias ante la comisión diocesana.

Osvaldo inclinó la cabeza.

—Sí, monseñor.

—El padre Jorge colaborará directamente conmigo en la revisión de las propuestas y en la relación con las instituciones participantes.

Jorge apoyó ambas manos sobre el archivador gris.

—Antes de revisar el material —dijo—, considero necesario precisar el carácter de esta visita.

Monseñor le cedió la palabra con un gesto.

Jorge se puso de pie.

—El Santo Padre viene a Puerto Ceniza como pastor de la Iglesia. No como árbitro de nuestros conflictos sociales ni como destinatario de reivindicaciones locales. Toda actividad deberá responder a un propósito pastoral y evitar cualquier interpretación política.

Noelia todavía no había abierto la cartera.

—¿Quién decidirá qué puede interpretarse como político? —preguntó.

Jorge volvió el rostro hacia ella.

—La comisión diocesana establecerá los criterios.

—Entonces no estamos aquí para decidirlos.

—Estamos aquí para presentar las propuestas y comprobar si responden a esos criterios.

Noelia lo miró sin ceder.

—Criterios que todavía no conocemos.

El padre Jorge tocó el archivador.

—Precisamente por eso los hemos preparado.

Cavieres contempló la etiqueta escrita a máquina.

—Es tranquilizador saber que alguien armó la reunión antes de que llegáramos.

—Joven Cavieres —advirtió Berta.

—Estoy intentando comprender el procedimiento.

Monseñor Valdés levantó una mano.

—Revisaremos cada punto. No adelantemos conclusiones.

Noelia abrió la cartera y sacó la propuesta que había preparado. Acomodó las hojas sobre la mesa, dejando visible el título:

PUERTO CENIZA: ROSTRO DE UNA COMUNIDAD TRABAJADORA

Osvaldo lo leyó desde el otro lado.

—La propuesta educativa parte de una idea sencilla —comenzó Noelia—. Si la visita pretende representar a Puerto Ceniza, tienen que participar las personas que normalmente permanecen fuera de este tipo de actos.

El padre Jorge entrelazó las manos.

—¿A quiénes se refiere?

—A las familias de los cerros, los trabajadores del astillero, los pescadores y las mujeres de la conservera. Podríamos organizar un encuentro en el gimnasio de nuestro colegio con representantes de esos sectores.

—¿Representantes elegidos por quién? —preguntó Salgado.

—Por sus propias organizaciones.

Jorge negó lentamente.

—Un encuentro de esa naturaleza podría transformarse en una sucesión de peticiones y reclamos imposibles de responder durante la visita.

—Escuchar a una familia no convierte al Santo Padre en responsable de resolver sus problemas —dijo Noelia.

—Pero puede crear expectativas que no podremos satisfacer.

Osvaldo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—La gente ya tiene esas expectativas. Excluirla no va a eliminarlas.

Jorge giró hacia él.

—No estoy proponiendo excluir a nadie.

—Está diciendo que pueden estar presentes siempre que no hablen —respondió Noelia.

—Estoy diciendo que debemos cuidar la finalidad pastoral de la visita.

Berta abrió su libreta.

—Podríamos escoger algunas familias con anticipación —propuso—. Personas que representen adecuadamente a cada sector y comprendan el carácter del encuentro.

Noelia la miró.

—¿Y quién decidiría cuáles son las familias adecuadas?

—La comisión, por supuesto.

—Entonces no estaríamos escuchando a los barrios. Estaríamos escogiendo a quienes dijeran lo que nosotros queremos oír.

Berta apretó el lápiz entre los dedos.

—No he dicho eso.

—Pero es lo que ocurriría.

El director Salgado intervino antes de que Berta contestara.

—Quizás convendría comenzar con una actividad más acotada. El tiempo disponible será limitado y todavía no conocemos el programa definitivo.

Noelia miró al obispo.

—El encuentro puede adaptarse al tiempo que exista.

Monseñor Valdés juntó las manos sobre la mesa.

—No descarto la participación de esas familias, profesora. Sin embargo, un encuentro abierto presenta dificultades de organización que debemos considerar.

—Podemos trabajarlas.

—Por supuesto. Pero también necesitamos una alternativa más sencilla.

El padre Jorge abrió el archivador gris.

Retiró varias hojas mecanografiadas y entregó la primera a Monseñor Valdés. Después distribuyó copias entre los asistentes.

Noelia recibió la suya.

El documento proponía una exposición de dibujos sobre la paz, mensajes breves de bienvenida escritos por los alumnos y una presentación musical preparada por los colegios y las parroquias. Todas las actividades aparecían divididas por responsables, plazos y mecanismos de revisión.

Noelia recorrió la primera página.

—¿Cuándo prepararon esto?

—Durante los últimos días —respondió Jorge.

—Antes de escuchar nuestras propuestas.

—La coordinación debe anticiparse a distintas posibilidades.

Noelia levantó la hoja.

—Esto no es una posibilidad. Está organizado hasta el orden de las canciones.

La señorita Lagos examinó el apartado musical.

—Las piezas todavía pueden modificarse.

Cavieres leyó por encima del hombro de don Aurelio.

Jorge cerró el archivador.

—Es una base de trabajo, no una decisión definitiva.

Noelia miró los ejemplares distribuidos alrededor de la mesa. Todos eran iguales. Habían sido escritos, ordenados y copiados antes de que ella sacara una sola hoja de la cartera.

Colocó el documento frente a sí.

La reunión apenas comenzaba y ya había una propuesta preparada para reemplazar la suya.

Noelia releyó el documento preparado por el padre Jorge.

—Aquí se habla de dibujos, mensajes de bienvenida y canciones —dijo—. ¿Dónde están los barrios, los trabajadores y las familias que acabamos de mencionar?

—Las actividades están dirigidas a toda la comunidad —respondió Jorge.

Berta levantó la vista de su libreta.

—Un mensaje de paz siempre es apropiado.

—Por supuesto —respondió Noelia—. Pero los alumnos también tienen algo que contar sobre el lugar donde viven.

Abrió la cartera y sacó varias composiciones sujetas con un broche metálico.

—Los traje como ejemplos de los temas que aparecen cuando se permite que los estudiantes escriban con libertad.

Separó la primera hoja.

—Una alumna cuenta que, cuando llueve, su madre coloca sacos sobre el barro para que los zapatos del uniforme lleguen limpios al colegio.

Dejó la composición sobre la mesa y tomó otra.

—Un estudiante escribió sobre su padre. Trabajó quince años en el astillero y perdió dos dedos en una máquina. Le prometieron que volverían a contratarlo, pero todavía espera.

El padre Jorge extendió una mano.

Noelia le entregó las hojas.

Jorge leyó en silencio durante unos segundos.

—Aquí se menciona un accidente laboral.

—Eso fue lo que ocurrió.

—La forma en que está narrado podría interpretarse como una acusación contra el astillero.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Accidente.

El astillero había utilizado la misma palabra cinco años antes para explicar la muerte de Daniel. Una palabra breve y limpia que cabía en una línea del informe.

Osvaldo advirtió el cambio en el rostro de Noelia. Sabía que Daniel había muerto allí. También comprendió por qué ella sostuvo la hoja con más fuerza antes de contestar.

—No es una acusación —dijo Noelia—. Es lo que ocurrió en la casa de ese alumno.

—No estoy negando su experiencia. Estoy preguntando si corresponde convertirla en parte de una actividad vinculada con la visita.

—¿Por qué no correspondería?

—Porque el dolor de una familia podría utilizarse para formular una denuncia pública.

—Nadie está utilizando su dolor. El muchacho decidió escribir sobre su padre.

Salgado se quitó los lentes y los sostuvo entre las manos.

—Estos textos fueron escritos para una clase, Noelia. No para ser expuestos.

—Lo sé. No estoy proponiendo publicar estas hojas sin autorización. Son ejemplos de lo que los estudiantes cuentan cuando se les pregunta por su ciudad. Antes de utilizar cualquier trabajo, hablaríamos con ellos y con sus familias.

Jorge pasó a la siguiente composición.

—También se menciona el humo de la conservera.

—Porque forma parte del barrio donde vive la alumna.

—Y aquí aparece una protesta por viviendas.

—Porque fue lo que ella vio desde su ventana.

El padre Jorge reunió las hojas.

—Este material puede transformar una actividad educativa en una serie de denuncias sociales.

—Son descripciones de la vida de los estudiantes.

—No todas las experiencias necesitan convertirse en parte de un acto público.

—Entonces, ¿cuáles sí?

Jorge dejó las composiciones sobre la mesa.

—Las que contribuyan al sentido pastoral de la visita.

—¿Una madre extendiendo sacos sobre el barro no tiene ningún sentido pastoral?

—No tergiverse mis palabras.

—Estoy intentando comprenderlas.

La tensión se extendió alrededor de la mesa.

Don Aurelio bajó los ojos. La señorita Lagos cerró lentamente sus partituras. Cavieres había dejado de sonreír.

Osvaldo tomó una de las composiciones.

—Si invitamos a los estudiantes a participar y después eliminamos todo aquello que nos incomoda, no los estaremos escuchando.

Jorge giró hacia él.

—Podemos escucharlos sin exhibir cada problema de la ciudad ante el Santo Padre.

—Nadie ha propuesto exhibir problemas —respondió Osvaldo—. Estamos hablando de personas que quieren sentirse parte de la visita.