Mi última plegaria antes de ti Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Bien. Procure llegar antes de las cinco.

—Llegaré a la hora.

Regresó al aula. Los estudiantes hablaban en voz baja, pero guardaron silencio al verla entrar.

Noelia retomó el libro de clases.

—Página noventa y dos —recordó—. Espero que durante mi ausencia nadie haya avanzado hasta la noventa y tres por iniciativa propia.

Varias personas bajaron los ojos hacia los libros.

—Eso pensé.

Poco antes del almuerzo, la señorita Lagos la encontró en la sala de profesores. Llevaba dos autorizaciones impresas para la salida del Grupo Scout.

—Necesito que firme estas hojas antes del miércoles —dijo—. La excursión será el sábado, al Parque de los Arrayanes. Partiremos a las ocho y regresaremos alrededor de las siete.

Noelia leyó las indicaciones. Los niños debían llevar ropa de abrigo, una muda de calcetines y almuerzo.

—Dos panes por niño —murmuró.

Lagos sonrió.

—Esa parte nunca se les olvida.

—Cristóbal ya está negociando el relleno.

Noelia firmó primero la autorización de Cristóbal y después la de Vicente.

—Vigilen al menor cuando estén cerca del agua.

—Habrá suficientes adultos.

—Eso dicen todos antes de conocerlo.

La señorita Lagos recibió las hojas.

—Estarán bien cuidados.

El timbre del mediodía resonó por los pasillos.

Cuando se quedó sola, Noelia abrió la cartera y comprobó que los documentos continuaran en su sitio. En la primera página de la propuesta, junto al título, había quedado una pequeña huella gris de la tinta del periódico.

Intentó borrarla con el pulgar, pero solo consiguió extenderla.

Cerró la cartera.

A las cinco tendría que defender mucho más que unas hojas.

Al mediodía, Berta ya había planchado el periódico.

Lo había extendido sobre la mesa del comedor parroquial, cubierto con un paño blanco y pasado la plancha tibia por encima hasta borrar las arrugas.

Cuando Osvaldo entró por la puerta lateral, después de dejar la bicicleta bajo el corredor, encontró la portada perfectamente lisa junto a un florero con ramas de eucalipto.

—¿Qué está haciendo? —preguntó.

Berta levantó la plancha.

—Guardándolo como corresponde. Este diario va a quedar para la historia de la parroquia.

Osvaldo se quitó el abrigo y se acercó a la mesa.

Lo primero que vio fue a Noelia.

La fotografía había inmovilizado el instante en que sus mangas se tocaban. Recordaba al fotógrafo pidiéndoles que se acercaran, la gente apretándose alrededor y a Cavieres intentando entrar en el encuadre. No recordaba haber inclinado el cuerpo hacia ella.

Sin embargo, allí estaba.

Había pasado la mañana anterior midiendo cada gesto para mantener la distancia. La cámara había conservado precisamente el momento en que no lo consiguió.

Berta dejó la plancha sobre su base.

—No salió mal.

—No.

Osvaldo leyó el titular y después la frase de Noelia destacada en la noticia.

«La ciudad con sus barrios y también sus dificultades».

—La profesora podría haber sido más prudente —comentó Berta.

—Dijo la verdad.

—La verdad también puede decirse con tacto.

—No veo la falta de tacto.

Berta dobló el paño y lo dejó junto a la plancha.

—Ahora todo el mundo hablará de problemas cuando deberíamos estar celebrando.

—Los problemas no desaparecen porque estemos celebrando.

—Tampoco es necesario exhibirlos delante del Santo Padre.

Osvaldo regresó a la portada. Sus ojos recorrieron la fotografía hasta llegar al extremo izquierdo.

—Cortaron a Cavieres.

Solo habían dejado el borde de una manga y cuatro dedos junto al hombro del obispo.

—En algo demostraron buen criterio —dijo Berta.

Osvaldo alzó los ojos.

—¿Qué quiere decir?

—Una fotografía oficial no es lugar para alguien que insiste en llamar la atención.

—Ayer llevaba un traje oscuro y permaneció donde le indicó el fotógrafo.

—No me refiero solamente a la ropa.

—Entonces, ¿a qué se refiere?

Berta se ocupó de enrollar el cable de la plancha.

—No me obligue a decir lo que todos saben.

—Si va a condenarlo, al menos tenga el valor de explicar por qué.

Las manos de Berta se detuvieron.

—Su forma de hablar, de caminar, de mirar. Esos pañuelos, esos movimientos. Un hombre así no debería representar a la Iglesia.

—¿Un hombre de qué clase?

—Padre, por favor.

—Dígalo.

Berta no apartó los ojos durante unos segundos.

—Un desviado.

El silencio cambió de temperatura.

Osvaldo retiró lentamente una silla, pero no se sentó.

—No vuelva a llamarlo de esa manera.

Berta parpadeó, sorprendida por el tono.

—No he dicho nada que no se comente en la parroquia.

—Que muchas personas repitan una crueldad no la convierte en verdad.

—La Iglesia también enseña que ciertas conductas…

—¿Qué conducta? —la interrumpió Osvaldo—. ¿De qué acto concreto lo está acusando?

Berta apretó el cable entre los dedos.

—No hace falta esperar a que ocurra algo para reconocer ciertas inclinaciones.

—Entonces no está juzgando algo que Cavieres haya hecho. Está juzgando la manera en que habla, se viste y camina.

—Hay formas apropiadas de comportarse.

—Cavieres no ha faltado el respeto a esta parroquia. Trabaja con el coro, ayuda a don Aurelio y se presenta cada vez que necesitamos una voz. Nada de lo que acaba de mencionar le da derecho a humillarlo.

Berta se quitó los lentes y comenzó a limpiarlos con el paño.

—Yo intento proteger a la comunidad.

—No se protege a nadie apartando a una persona para que los demás no tengan que verla.

—Si él procurara pasar inadvertido…

—¿Le resultaría más fácil fingir que no existe?

Berta se puso los lentes. Su rostro se había endurecido.

—Nunca lo había escuchado hablarme de esa manera.

—Nunca la había escuchado decir algo tan cruel.

Permanecieron frente a frente, separados por la mesa.

Después Berta señaló la portada.

—Debería preocuparse menos por cómo aparece Cavieres y más por cómo aparece usted.

Osvaldo miró la fotografía.

La respuesta lo hizo callar.

Berta tomó la plancha por el mango.

—Una fotografía puede mostrar lo que alguien quiere ver, padre. Usted debería saberlo.

—¿Qué está insinuando?

El teléfono sonó en el pasillo.

Osvaldo permaneció inmóvil durante el segundo timbrazo. Después salió del comedor y levantó el teléfono.

—Parroquia de San Sebastián.

—Padre Osvaldo —dijo la voz al otro lado—. Habla Jorge.

Osvaldo enderezó la espalda.

—Padre Jorge.

—Monseñor nos espera a las cinco. Ha convocado a la comisión preparatoria y a los representantes de los colegios.

—El colegio ya recibió el aviso.

—Bien. Lleve todas las propuestas y los antecedentes del trabajo realizado hasta ahora.

—¿Por qué una reunión extraordinaria?

Hubo una breve pausa.

—La declaración de la profesora ha generado inquietud. Necesitamos establecer una línea diocesana antes de que cada institución comience a actuar por su cuenta.

—Noelia habló como integrante de la comisión.

—Precisamente por eso debemos aclarar qué pueden comunicar públicamente sus integrantes.

—La comisión fue creada para proponer.

—Y las propuestas serán escuchadas. Pero la responsabilidad final corresponde al Arzobispado.

Osvaldo miró hacia el comedor. Berta permanecía junto a la mesa, pendiente de la conversación.

—¿Deben asistir todos los integrantes de la comisión local?

—Todos.

—¿También Cavieres?

El silencio del otro lado duró apenas un instante.

—He dicho todos, padre Osvaldo.

—Estaremos allí.

—Confío en su puntualidad.

La comunicación terminó.

Osvaldo dejó el teléfono en su sitio.

Berta apareció en la puerta del comedor.

—¿Qué quería el padre Jorge?

—Habrá una reunión a las cinco.

—¿Yo también debo ir?

—Toda la comisión.

La dureza desapareció de la expresión de Berta. Miró su delantal y después el reloj del pasillo.

—Entonces tendré que cambiarme.

Regresó al comedor y desconectó la plancha.

Sobre la mesa, la portada había quedado perfectamente lisa.

A las cinco menos diez, la luz gris de la tarde todavía entraba por las ventanas del salón de reuniones del Arzobispado.

En el centro de la mesa habían colocado varios ejemplares del periódico, hojas mecanografiadas y un mapa de Puerto Ceniza. Las sillas formaban un rectángulo alrededor de todo aquello.

El padre Jorge ocupaba el lugar situado a la derecha de Monseñor Valdés. Delante de él había un archivador gris con una etiqueta escrita a máquina:

LINEAMIENTOS GENERALES PARA LA COORDINACIÓN DIOCESANA

Jorge mantenía una mano sobre el archivador y la otra alrededor de una taza de café que todavía no había probado. Vestía la sotana perfectamente abotonada y llevaba el cabello peinado hacia atrás. Cada vez que alguien entraba, alzaba la cabeza, saludaba y seguía ordenando sus hojas.

Osvaldo se sentó cerca de uno de los extremos de la mesa y dejó libre la silla de su lado.

Berta llegó con un vestido azul oscuro y un broche dorado en forma de cruz. Había cambiado el delantal, se había arreglado el cabello y llevaba una libreta bajo el brazo. Se instaló junto a don Aurelio.

Cavieres apareció poco después, con una bufanda amarilla alrededor del cuello. Al encontrar uno de los periódicos sobre una mesa auxiliar, se detuvo frente a la fotografía de la portada.

Rozó con un dedo la mano incompleta que sobrevivía en el margen.

—Qué delicadeza —comentó—. Me dejaron los dedos. Debe de ser porque son mi mejor parte.

Don Aurelio disimuló una sonrisa detrás de una tos.

Berta se ajustó los lentes y fingió no haberlo escuchado.

El padre Jorge levantó la vista.

—Le agradecería que tomara asiento.

Cavieres observó la silla vacía frente a él.

—Y yo le agradecería que no me hablara como si todavía estuviera en el seminario.

La mandíbula de Jorge se tensó.

—No estamos aquí para perder el tiempo.

—Entonces me sentaré deprisa.

Cavieres ocupó su lugar sin quitarse la bufanda.

La señorita Lagos llegó acompañada del director Salgado. Ambos saludaron a Monseñor Valdés y se instalaron juntos. Lagos llevaba sus partituras; Salgado, una libreta con el membrete del colegio.

Noelia entró cuando faltaban pocos minutos para las cinco.

Después de terminar sus clases, había recogido a Cristóbal y Vicente y los había dejado al cuidado de la señora Elvira. El viento le había soltado varios mechones del cabello y llevaba la cartera colgada del hombro.

Osvaldo se puso de pie.