Mi última plegaria antes de ti Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo

El ejemplar de El Faro de Puerto Ceniza llegó a la casa de Noelia poco después de las siete de la mañana.

El repartidor lo deslizó entre los barrotes del portón. Niebla lo atrapó antes de que tocara el suelo y cruzó el jardín con el periódico entre los dientes.

—¡Suéltalo! —gritó Noelia desde la entrada.

El perro se detuvo junto a los rosales y volvió la cabeza. Movía la cola con tanta fuerza que las ramas más bajas temblaban a su alrededor.

—Niebla, te estoy mirando.

El animal dejó caer el diario, apoyó una pata sobre él y se sentó con la expresión satisfecha de quien acababa de cumplir una orden.

Noelia atravesó el jardín todavía con el delantal puesto. Apartó la pata del perro, recogió el periódico y examinó las marcas húmedas que habían quedado en una esquina.

—Algún día vas a traerme las noticias sin baba.

Niebla la siguió hasta el corredor.

—Tú te quedas afuera.

El perro alcanzó a introducir el hocico antes de que Noelia cerrara la puerta.

En la cocina, Vicente intentaba abrocharse la camisa del uniforme mientras sostenía una tostada entre los dientes. Había unido el segundo botón con el tercer ojal y la tela se levantaba hacia un costado. Cristóbal leía una circular del Grupo Scout apoyada junto a su taza.

—Aquí dice que el sábado tenemos que llevar dos panes —anunció.

Noelia dejó el periódico doblado sobre la mesa y retiró la tetera del fuego.

—Dos panes por niño.

—¿Pueden ser con mermelada?

—Si la señora Elvira alcanza a comprar.

—Yo quiero con queso —dijo Vicente.

—Tú vas a arreglar esos botones antes de que se enfríe el té.

Vicente bajó la vista hacia su camisa.

—Está abrochada.

—Está abrochada de una manera muy creativa.

Noelia se acercó, le quitó la tostada de la boca y comenzó a corregir los botones. Cristóbal abrió el periódico mientras esperaba.

—Mamá.

—¿Qué pasa?

El niño no respondió.

Noelia levantó la cabeza.

Cristóbal había extendido el diario sobre la mesa. Una fotografía ocupaba casi la mitad de la portada. Sobre ella, un titular de letras gruesas anunciaba:

EL SANTO PADRE VISITARÁ PUERTO CENIZA EL 4 DE AbrIL

Noelia dejó de abrochar la camisa de Vicente.

En el centro de la imagen aparecía Monseñor Valdés. A un lado se encontraban el alcalde y el padre Jorge; al otro, el director Salgado, Osvaldo y ella.

El fotógrafo había capturado el instante posterior a la orden de acercarse. Noelia miraba hacia la cámara. Osvaldo permanecía junto a ella, con el cuerpo apenas inclinado en su dirección. Las mangas de ambos se tocaban.

Sobre el papel habían desaparecido la voz del fotógrafo, la multitud que los apretaba desde atrás y las personas que intentaban entrar en el encuadre.

—Están muy juntos —dijo Vicente.

Noelia terminó de abrocharle la camisa.

—Había mucha gente.

El niño acercó el rostro a la fotografía.

—Pero la gente no sale.

—Parte de ella.

Cristóbal recorrió la imagen con un dedo.

—Falta el tío Cavieres.

Noelia tomó el periódico.

En el extremo izquierdo, junto al hombro del obispo, se distinguían el borde de una manga oscura y cuatro dedos. Cavieres había ocupado ese lugar después de que Osvaldo insistiera en que también formaba parte de la comisión. Ahora el encuadre lo había reducido a una mano sin cuerpo.

—Ayer estaba ahí —dijo Cristóbal.

—Sí.

—¿Y cómo lo sacaron, mamá?

—Recortaron la fotografía.

Vicente observó los cuatro dedos que permanecían en el margen.

—No lo sacaron entero.

Noelia pasó el pulgar por el borde de la imagen. La tinta le dejó una mancha gris en la yema.

—No.

—¿Se puede sacar a alguien de una foto después de tomarla? —preguntó Cristóbal.

—De una fotografía, sí.

—¿Y eso está bien?

Noelia examinó la manga incompleta.

—No. No está bien.

Leyó la noticia de pie. El artículo celebraba la confirmación de la visita y enumeraba las primeras medidas que estudiarían las autoridades: reparación de las calles céntricas, pintura de fachadas, retiro de letreros antiguos y control de los vendedores ambulantes durante el recorrido.

Cerca del final aparecía una frase suya, separada del resto del texto y destacada entre comillas:

«La ciudad con sus barrios y también sus dificultades».

Eran exactamente sus palabras. Nadie las había cambiado. Sin embargo, rodeadas por anuncios de pintura, limpieza y vigilancia, parecían una interrupción inoportuna en medio de la celebración.

El reloj de la cocina marcó las siete y media.

Noelia dobló el periódico.

—Terminen el desayuno. Si llegamos atrasados, el director Salgado no va a aceptar que culpemos a la prensa.

Vicente tomó la tostada que ella había dejado sobre su plato.

—Niebla tuvo la culpa.

—Niebla no abrió el diario.

—Pero lo mordió.

—Y tú todavía no te has peinado.

Vicente se llevó una mano al cabello y trató de aplastarlo.

—Ya está.

—Eso no cuenta como peinarse.

Mientras los niños terminaban, Noelia se quitó el delantal y lo colgó detrás de la puerta. Después fue hasta el vestíbulo, se puso el abrigo y revisó lo que había preparado la noche anterior.

Llevaba los apuntes de la reunión del jueves, la propuesta educativa y varias composiciones anteriores de sus alumnos.

Eran textos sobre los astilleros, el mercado, las calles de los cerros y las familias que trabajaban junto al mar.

Acomodó las hojas entre su libreta y un cuaderno de tapas duras para que no se doblaran y guardó todo dentro de la cartera.

En la primera página de la propuesta se leía:

PUERTO CENIZA: ROSTRO DE UNA COMUNIDAD TRABAJADORA

Noelia cerró la cartera y se la colgó del hombro.

—Abrigos —llamó—. Nos vamos.

Cristóbal apareció primero con la circular del Grupo Scout en la mano. Vicente llegó detrás, todavía intentando dominarse el cabello con los dedos.

Antes de salir, Noelia miró una vez más el periódico.

Lo dejó doblado sobre la mesa, con la fotografía hacia arriba. En un extremo permanecían los cuatro dedos de Cavieres. En el otro, su manga seguía tocando la de Osvaldo.

Después apagó la luz de la cocina y salió con los niños.

La fotografía había llegado al colegio antes que Noelia.

Cuando entró en la sala de profesores, encontró un ejemplar de El Faro de Puerto Ceniza extendido sobre la mesa. La portada permanecía a la vista entre las tazas, los libros de clases y un plato con dos galletas partidas.

Las conversaciones disminuyeron.

El profesor Arancibia fue el único que no apartó los ojos.

—Buenos días, profesora. Veo que ahora tenemos una celebridad entre nosotros.

Noelia se quitó el abrigo y lo dejó en el perchero.

—Aproveche de pedirme un autógrafo antes de que aparezca la edición de mañana.

Arancibia sonrió, pero nadie continuó la broma.

La señorita Lagos dobló el periódico y lo dejó debajo de unas hojas.

—La fotografía quedó bastante clara —comentó.

—Excepto para quien dejaron fuera —respondió Noelia.

Lagos entendió a quién se refería, aunque no dijo nada.

Noelia tomó sus libros y salió de la sala. Mientras avanzaba por el pasillo, escuchó que las conversaciones volvían a comenzar detrás de ella.

La entrevista de la radio también había llegado hasta los estudiantes.

Al entrar en su sala de clases, Noelia encontró a varios alumnos hablando al mismo tiempo. Las voces disminuyeron cuando dejó sus libros sobre el escritorio.

Mauricio levantó la mano antes de que ella pudiera iniciar la clase.

—Señorita, ¿es verdad que van a mostrar nuestros trabajos cuando venga el Papa?

—Esa es la idea.

—Mi mamá la escuchó ayer en la radio —dijo una muchacha de la primera fila—. Dijo que usted habló de los barrios.

—También habló de las dificultades —agregó otro alumno.

Noelia apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Dije que queremos mostrar la ciudad con sus barrios y también con sus dificultades.

La muchacha insistió con la mano en alto.

—¿También se refería a nuestra población?

—También.

—¿Y las dificultades somos nosotros?

La pregunta borró los últimos murmullos.

—No —respondió Noelia—. Las dificultades son las calles sin pavimentar, las casas que se llueven y todo lo que todavía falta. Nunca son las personas que viven allí.

La estudiante bajó lentamente la mano.

—Mi papá dice que nadie habla de esas cosas cuando viene gente importante.

—Por eso les pedí que escribieran sobre los lugares que ustedes consideran importantes.

Mauricio apoyó los brazos sobre el pupitre.

—¿Y si no les gusta lo que escribimos?

Noelia lo miró.

—Primero tendrán que leerlo.

Recogió el libro de clases.

—Ahora abran sus textos. Nos quedamos en la página noventa y dos.

Cuando el primer recreo estaba por terminar, una auxiliar la encontró en el pasillo.

—Profesora Noelia, el director necesita verla en su oficina.

Salgado la esperaba detrás del escritorio. Frente a él tenía el periódico abierto por la página donde continuaba la noticia de la visita.

—Siéntese, profesora.

Noelia permaneció de pie.

—Tengo un curso esperando.

El director consultó el reloj.

—No le quitaré mucho tiempo. El Arzobispado se comunicó con el colegio hace unos minutos. Monseñor Valdés ha convocado una reunión extraordinaria para las cinco de esta tarde.

—¿A quiénes citaron?

—A los integrantes de la comisión preparatoria, junto con representantes de la comisión diocesana, de la municipalidad y de seguridad. La señorita Lagos y yo asistiremos en nombre del colegio.

—¿Por qué una reunión extraordinaria?

Salgado apoyó un dedo sobre el periódico.

—Quieren establecer una línea común ahora que la visita está confirmada.

Noelia siguió el movimiento de su mano.

—¿Mencionaron mi declaración?

El director tardó un instante en contestar.

—Fue uno de los asuntos señalados.

—¿Qué parte causó inquietud? ¿Los barrios o las dificultades?

—No utilizaron esas palabras.

—Yo sí.

Salgado cerró el diario.

—La confirmación de la visita ha cambiado las condiciones. Hasta ayer podíamos discutir posibilidades. Desde hoy habrá decisiones que corresponderán al Arzobispado.

—¿Y cuál será el trabajo de la comisión?

—Eso se aclarará esta tarde.

Noelia acomodó una manga de su blusa.

—Entiendo.

—Han pedido que llevemos todo el material preparado hasta ahora.

—Lo tengo conmigo.

Salgado miró la cartera que colgaba de su hombro.