Mi última plegaria antes de ti Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

El contacto duró apenas un segundo. Osvaldo volvió el rostro hacia el obispo, pero Berta había dejado de secarse los ojos.

A través de los lentes, siguió la dirección de aquellos ojos.

Cuando terminó la misa, la plaza se llenó de nuevo. La gente se agrupaba alrededor de las autoridades, los periodistas buscaban declaraciones y las campanas continuaban sonando sobre los tejados de Puerto Ceniza.

Berta encontró a Noelia cerca de la fuente. Vicente y Cristóbal perseguían palomas entre los adultos.

—Qué noticia —dijo, alisándose los guantes—. Todavía me tiemblan las piernas.

—Será mucho trabajo.

Berta inclinó la cabeza.

—No parece sorprendida.

Noelia abrió la cartera y fingió buscar algo. Sus dedos recorrieron el interior sin encontrar ningún objeto que realmente necesitara.

—Llevamos varios días trabajando con esa posibilidad.

Berta se ajustó los lentes.

—¿El padre Osvaldo no le dijo nada durante la reunión del jueves?

Los dedos de Noelia se detuvieron dentro de la cartera.

Levantó la vista hacia Cristóbal, que avanzaba con ambas manos extendidas detrás de una paloma.

—Trabajamos en la propuesta educativa.

Berta esperó el resto de la respuesta.

No llegó.

—Por supuesto —dijo.

Cavieres apareció junto a ellas. Sostenía el programa de la misa enrollado frente a un ojo, como si fuera un catalejo.

—Bertita, el obispo está buscando a alguien capaz de limpiar los vitrales de la catedral. Pensé inmediatamente en usted.

Berta giró hacia él.

—No diga tonterías.

—También preguntó quién podría asegurarse de que el Santo Padre no encuentre una mota de polvo entre la catedral y el muelle.

—¿Dónde está?

Cavieres señaló hacia el interior de la catedral.

—Creo que junto a unas flores marchitas.

Berta avanzó tres pasos antes de detenerse.

Se volvió lentamente.

—Usted está intentando apartarme de aquí.

Cavieres apoyó una mano sobre el pecho.

—Jamás me atrevería.

Berta lo señaló con un dedo.

—Después hablaré con usted.

—Esperaré con recogimiento.

Berta se alejó hacia las escalinatas, aunque volvió la cabeza una vez para comprobar que Noelia y Cavieres no continuaran hablando.

Noelia cerró la cartera.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Usted sabe por qué.

Cavieres bajó el programa de la misa. Por una vez no había burla en su expresión.

—Berta hace preguntas como quien barre. Si encuentra algo debajo de un mueble, no descansa hasta sacarlo a la luz.

—No hay nada que sacar.

Cavieres acomodó el pañuelo azul alrededor de su cuello.

—Entonces no tendrá de qué preocuparse.

Se alejó antes de que Noelia respondiera.

El fotógrafo del periódico comenzó a reunir a los integrantes de la comisión en las escalinatas.

—¡Monseñor al centro! ¡Las autoridades a la derecha! ¡Los representantes de los colegios, adelante!

El director Salgado encontró a Noelia entre la multitud y la tomó suavemente del codo.

—Profesora, debe aparecer en la fotografía.

La condujo hacia la primera fila.

Noelia intentó situarse junto a la señorita Lagos, pero el fotógrafo le indicó otro lugar.

—Al lado del padre Osvaldo, por favor. Ustedes representan el trabajo pastoral y educativo.

Osvaldo ya ocupaba un lugar a un costado del obispo.

Al verla aproximarse, apretó la carpeta que llevaba contra el pecho. Noelia se colocó a su lado y sostuvo la cartera con ambas manos.

Entre los dos quedó una distancia demasiado evidente.

El fotógrafo miró por el visor.

—Más juntos. No caben todos.

Osvaldo se desplazó apenas.

La manga de su abrigo rozó la de Noelia.

Ella mantuvo los ojos al frente.

—Profesora —murmuró él.

Los dedos de Noelia apretaron el broche de la cartera.

—Padre.

Los títulos volvieron a levantarse entre ellos.

El fotógrafo continuó organizando al grupo. Don Aurelio y la señorita Lagos quedaron en la segunda fila. Cavieres permanecía al pie de las escalinatas, apartado de la fotografía.

Berta se inclinó hacia el periodista.

—Él solamente participa en el coro.

Noelia giró el rostro.

—Cavieres forma parte de la comisión.

El fotógrafo bajó la cámara.

—¿Debe aparecer?

Osvaldo miró a Monseñor Valdés antes de responder. El obispo no hizo ningún gesto.

—Sí —dijo Osvaldo—. Que se coloque junto a don Aurelio.

Cavieres subió los peldaños. Al pasar junto a Berta, se acomodó el cabello.

—Sabía que mi perfil terminaría siendo de interés histórico.

—Quédese quieto —ordenó ella.

Cavieres adoptó una expresión solemne.

El fotógrafo levantó la cámara.

—Miren hacia aquí.

Noelia sintió nuevamente el roce de la manga de Osvaldo. Él mantenía la vista en el objetivo, pero los músculos de su brazo estaban tensos.

El destello los dejó ciegos durante un instante.

La fotografía había sido tomada.

Ninguno de los dos se apartó inmediatamente.

Una periodista de la radio interceptó a Noelia cuando bajaba las escalinatas.

—Profesora, ¿qué actividades prepararán?

—Queremos que los estudiantes escriban y dibujen los lugares que consideran importantes.

—¿Qué imagen de Puerto Ceniza desean mostrar?

El director Salgado se acercó, dispuesto a responder, pero Noelia habló primero.

—La ciudad con sus barrios y también sus dificultades.

La periodista aproximó el micrófono.

—¿No teme que eso entregue una imagen negativa?

Noelia frunció ligeramente el entrecejo.

—Mostrar el trabajo y la vida de las personas no es mostrar algo negativo.

Salgado apoyó una mano sobre su hombro.

—Naturalmente, nuestro objetivo será mostrar el mejor rostro de Puerto Ceniza —intervino con una sonrisa—. Una comunidad unida, laboriosa y profundamente comprometida con la visita.

La periodista agradeció y se alejó en busca de otra declaración.

El director retiró la mano del hombro de Noelia. La sonrisa permaneció en sus labios, pero no en sus ojos.

—Conviene preparar las respuestas antes de hablar con la prensa.

Noelia acomodó la correa de la cartera.

—Solo respondí lo que me preguntó.

—Precisamente. Una respuesta espontánea puede interpretarse de muchas formas.

—No dije nada falso.

Salgado alisó la solapa de su abrigo.

Antes de que Noelia pudiera contestar, la señorita Lagos llamó al director desde las escalinatas.

Salgado inclinó la cabeza y se alejó.

Noelia permaneció unos segundos observándolo.

Después escuchó la voz de Osvaldo detrás de ella.

—Profesora.

Se volvió.

Osvaldo llevaba bajo el brazo los documentos utilizados durante la ceremonia. Se detuvo frente a ella, aunque mantuvo una distancia prudente.

—Quería hablarle de…

Noelia no desvió los ojos.

—Lleva toda la mañana evitándome.

—No la estoy evitando.

—Cuando entré en la catedral, se volvió hacia el padre Jorge. Durante la misa evitó mirar hacia mi banca y, cuando nos pusieron juntos para la fotografía, apenas pudo hablarme. No lo niegue, Osvaldo.

Escuchar su nombre le tensó la mandíbula. Osvaldo pasó un pulgar por el borde del alzacuello.

—Estoy intentando poner distancia.

—Esa distancia habría sido más útil el jueves, antes de que apoyara la frente contra la mía.

Osvaldo bajó la mano.

—Tiene razón.

Noelia avanzó medio paso y disminuyó la voz.

—Usted se acercó y yo no me aparté. Ninguno de los dos lo hizo.

Osvaldo respiró profundamente. Sus ojos buscaron los de ella.

—Lo sé.

—Entonces no me trate como si el peligro fuera yo. No actúe como si usted hubiera sido arrastrado hacia algo que solamente yo deseaba.

—No la culpo.

—Pero me castiga con su silencio.

Osvaldo cerró una mano alrededor de la otra.

—Estoy tratando de protegernos.

—Ignorarme no nos protege.

Él abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

—Padre Osvaldo —lo llamó Monseñor Valdés desde las escalinatas.

Noelia retrocedió. Sujetó la cartera con ambas manos.

—Vaya —dijo—. Ahora sí lo están mirando todos.

Se alejó antes de que Osvaldo pudiera detenerla.

Monseñor Valdés condujo a Osvaldo hacia un costado de la catedral. El padre Jorge los acompañaba con un portafolio bajo el brazo.

El obispo le entregó una carpeta gruesa.

En la portada se leía:

VISITA APOSTÓLICA

PUERTO CENIZA

4 DE AbrIL DE 1987

Osvaldo pasó una mano sobre las letras impresas.

—A partir de hoy comenzará el verdadero trabajo —dijo Monseñor Valdés.

—Ya estamos preparando el material y la propuesta comunitaria.

El obispo miró hacia las escalinatas, donde Cavieres conversaba con don Aurelio.

—También vi algunos nombres que tendremos que revisar.

Osvaldo sostuvo la carpeta con más fuerza.

—Cavieres trabaja con el coro y forma parte de la comisión.

—Hablaremos de eso después.

Monseñor Valdés se acercó y corrigió con dos dedos una pequeña desviación del alzacuello de Osvaldo.

—Desde hoy su parroquia estará bajo observación. La prensa, las autoridades y distintos sectores intentarán utilizar cualquier problema. Necesito prudencia.

—Lo comprendo.

El obispo dejó una mano sobre su hombro, repitiendo en privado el gesto que había realizado ante toda la catedral.

—Su conducta, sus colaboradores y su comunidad deben ser irreprochables. No podemos permitir que nada empañe esta visita.

Osvaldo bajó la vista hacia la carpeta.

—Así será.

Monseñor Valdés retiró la mano.

—Confío en usted.

El obispo y el padre Jorge regresaron hacia las autoridades.

Las campanas continuaban sonando.

Desde lo alto de las escalinatas, Osvaldo encontró a Noelia al otro lado de la plaza. Ella llamó a Vicente y Cristóbal, tomó sus manos y comenzó a alejarse con ellos entre la multitud.

Osvaldo permaneció inmóvil hasta que los tres doblaron la esquina.