Capítulo 7
Capítulo
Durante el viernes y el sábado no se vieron.
Noelia encontró varias razones para pasar cerca de la parroquia y descartó todas.
Osvaldo redactó dos veces una nota con el pretexto de aclarar un punto de la propuesta educativa.
La primera terminó en el cesto; la segunda, en el cajón de su escritorio.
El trabajo continuaba esperándolos, pero ninguno se atrevió a utilizarlo como excusa.
El domingo, poco después del desayuno, Noelia salió al jardín.
El viento de la noche anterior había derribado dos maceteros. Algunas de las rosas recién abiertas permanecían inclinadas sobre el barro, cargadas de agua. Noelia tomó una tijera, cortó las flores dañadas y sujetó los tallos más jóvenes con tiras de tela.
Niebla la acompañaba, mordiendo cada rama que caía.
—Eso no es para comer.
El perro retrocedió con una rosa marchita entre los dientes.
—Niebla.
Agitó la cola y salió corriendo alrededor de la casa.
Desde el segundo piso se abrió una ventana.
—¡Mamá! —gritó Vicente—. ¡Cristóbal dice que el Papa viene hoy!
—¡Yo no dije eso! —protestó su hermano desde el interior—. Dije que podrían anunciar que viene.
Noelia levantó la cabeza.
—Terminen de vestirse. Saldremos en veinte minutos.
—¿Por qué vamos a la catedral?
—Porque el obispo celebrará la misa.
Vicente apoyó los brazos sobre el marco de la ventana.
—¿Va a estar el padre Osvaldo?
La tijera se detuvo alrededor de un tallo.
—Seguramente.
—Entonces puede arreglar las luces de la catedral.
—Entra y ponte los zapatos.
Vicente desapareció.
Noelia cortó la rama.
En su dormitorio dejó las flores dañadas dentro de un jarro con agua.
Sobre la cómoda estaba el lápiz amarillo.
Extendió una mano, pero se detuvo antes de tocarlo. Recordó los dedos de Osvaldo alrededor de los suyos, la cercanía de su rostro y la frente de él apoyada contra la suya en el despacho.
No se habían besado.
Desde el jueves, sin embargo, había tenido que repetirse que no lo habían hecho.
Noelia abrió un pequeño estuche y escogió una horquilla oscura. Se recogió el cabello frente al espejo.
Vicente apareció en la puerta con la camisa fuera del pantalón.
—¿Estás enojada?
Noelia continuó ajustando la horquilla.
—No.
—Tienes la cara que pones cuando dices que no estás enojada.
—Y tú tienes la camisa fuera…
Vicente bajó la vista y comenzó a guardar la tela dentro del pantalón.
—Solo preguntaba.
Cristóbal apareció detrás de él con los zapatos cambiados de pie.
Noelia cerró los ojos.
—Ven aquí.
Se arrodilló y comenzó a desatarle los cordones.
—Mamá —dijo Cristóbal, balanceándose sobre un pie—, si viene el Papa, ¿puede conocer a Niebla?
—No creo que el Santo Padre tenga tiempo.
—Niebla tampoco necesita mucho tiempo para conocer a alguien.
—Se comió el guante del padre Osvaldo —recordó Vicente.
—No se lo comió.
—Lo probó.
Noelia terminó de cambiarle los zapatos.
—Busquen sus abrigos. Ahora.
Los niños salieron corriendo.
Ella permaneció arrodillada durante unos segundos, con las manos apoyadas sobre la falda. Después se puso de pie.
Minutos más tarde, los tres salieron hacia la catedral. El lápiz amarillo quedó sobre la cómoda.
Antes de las once, la plaza frente a la catedral estaba llena.
Habían llegado delegaciones de colegios, pescadores, agrupaciones de trabajadores, religiosas y representantes de las distintas parroquias.
Los automóviles ocupaban un costado de la calle.
Cerca de la entrada, los técnicos de la radio local desenrollaban cables y discutían alrededor de un micrófono.
La noticia de que el obispo haría un anuncio importante había circulado desde la noche anterior. Nadie sabía oficialmente qué diría, pero casi todos estaban convencidos de saberlo.
Berta se encontraba junto a las Damas de la Caridad. Llevaba un sombrero de fieltro azul, un abrigo oscuro y un pañuelo blanco guardado dentro de la manga para el momento en que la emoción lo hiciera necesario.
Al ver a Cavieres, lo recorrió de arriba abajo.
El joven vestía un traje negro de corte estrecho y un pañuelo color azul que destacaba entre la solemnidad gris de los asistentes.
—Hoy, por lo menos, vino con cierta sobriedad —comentó Berta.
Cavieres acomodó el nudo del pañuelo y giró ligeramente el rostro para ofrecerle su mejor perfil.
—No quería competir con el obispo, Bertita.
Berta levantó un dedo.
—Señora Berta.
Cavieres inclinó la cabeza.
Noelia entró en la plaza sosteniendo las manos de Vicente y Cristóbal. Cerca de las escalinatas encontró al director Salgado, a la señorita Lagos y a un grupo de estudiantes del colegio.
Salgado consultó su reloj.
—Puntual, profesora.
Noelia acomodó el cuello del abrigo de Cristóbal.
—Lo intentamos.
El director observó a los niños.
—La delegación del colegio se ubicará en las primeras bancas del lado derecho. Después de la misa necesitaremos que nos acompañe para las fotografías.
—¿Fotografías?
Salgado alisó la solapa de su abrigo.
—Si la noticia es la que todos esperamos, el periódico querrá registrar a los representantes de las instituciones.
—Todavía no se ha anunciado nada.
—Precisamente por eso conviene estar preparados.
La señorita Lagos se acercó.
—Los niños pueden sentarse con nuestros alumnos.
Vicente levantó la cabeza.
La señorita Lagos lo miró por encima de los lentes.
Noelia puso una mano sobre el hombro de cada niño.
—Se quedarán conmigo. Es más seguro para todos.
Entraron.
La catedral olía a cera y flores frescas. Todas las bancas estaban ocupadas. Quienes no habían encontrado asiento permanecían junto a las columnas o llenaban los pasillos laterales.
Antes de sentarse, Noelia levantó la vista hacia el presbiterio.
Buscó a Osvaldo y lo encontró junto a otros sacerdotes, cerca del sitial del obispo. Tenía varias hojas entre las manos y hablaba con el padre Jorge. El alzacuello se recortaba con nitidez sobre la camisa negra.
Osvaldo la vio.
Noelia esperó que volviera a mirarla, pero él giró hacia el padre Jorge.
Ella se sentó.
El gesto había durado apenas un instante, pero fue suficiente.
El domingo anterior, Noelia no había sabido que Osvaldo la observaba. Ahora era ella quien buscaba sus ojos mientras él se esforzaba por mantenerlos lejos.
—Mamá —susurró Cristóbal—, Vicente me está empujando.
Noelia separó a los niños sin dejar de mirar hacia el altar.
Osvaldo mantuvo la cabeza baja.
La celebración transcurrió bajo una expectación que alteraba hasta los silencios. Cada vez que Monseñor Valdés tocaba los documentos situados junto a su asiento, varias personas se enderezaban.
Noelia escuchó fragmentos de la homilía, pero no consiguió retenerlos. Osvaldo permanecía a pocos metros y, al mismo tiempo, parecía haber regresado a una distancia imposible.
Después de la comunión, cuando llegó el momento de los avisos, Monseñor Valdés recibió una hoja con el sello de la Nunciatura y se acercó al ambón.
El murmullo desapareció.
El obispo acomodó sus lentes. Antes de leer, contempló a la asamblea.
—Queridos hermanos —comenzó—, durante las últimas semanas han circulado muchas noticias y también numerosos rumores. Hoy puedo compartir con ustedes una alegría que marcará la historia de nuestro pueblo.
Berta sacó el pañuelo de la manga.
Cavieres la miró de reojo.
Monseñor Valdés desplegó la hoja.
—La Nunciatura Apostólica nos ha confirmado que Su Santidad visitará Puerto Ceniza el sábado cuatro de abril de mil novecientos ochenta y siete.
Durante un segundo nadie reaccionó.
Después la catedral estalló.
El aplauso comenzó en las primeras bancas y se extendió hasta las puertas. Algunas personas se pusieron de pie. Los niños agitaron pañuelos, las religiosas se abrazaron y varios hombres acostumbrados al frío del mar se secaron los ojos con disimulo.
Las campanas comenzaron a sonar desde la torre.
Berta se volvió, completamente vencida por la emoción, y abrazó a la primera persona que encontró.
Era Cavieres.
Él abrió los brazos para recibirla.
—Tranquila, Bertita —dijo junto a su oído—. El primer milagro de la visita ya ocurrió.
Berta se apartó al reconocerlo. Se ajustó los lentes con una mano y se secó los ojos con la otra.
Cavieres alisó la parte del traje que ella había arrugado.
Noelia aplaudía junto a sus hijos. Había escuchado la noticia el jueves, pronunciada casi en un susurro dentro del despacho de Osvaldo.
Oírla ahora bajo las campanas, frente a toda la comunidad, le dio un peso diferente.
Ya no era un secreto compartido entre ambos.
Era una realidad que comenzaba a extenderse por toda la ciudad.
Vicente intentó preguntarle algo, pero las campanas y las voces ocultaron sus palabras.
—¿Qué dices?
El niño se acercó a su oído.
—¿Falta mucho para abril?
—Un poco más de cinco meses.
—Eso es muchísimo.
—Para preparar una visita así, no.
Cristóbal tiró de su manga.
—¿Ahora sí puede conocer a Niebla?
Noelia rió por primera vez con sinceridad aquella mañana.
—Tendrás que escribirle una carta.
El obispo alzó ambas manos para recuperar el silencio.
—La preparación exigirá el esfuerzo de toda nuestra comunidad —continuó—. He pedido al padre Osvaldo que coordine el trabajo pastoral de Puerto Ceniza y represente a nuestras parroquias ante la comisión diocesana.
Todos miraron a Osvaldo.
Él permaneció sentado durante un instante. Después dejó los documentos sobre su asiento y se puso de pie. Mantuvo las manos unidas frente al cuerpo mientras recibía un nuevo aplauso.
Monseñor Valdés lo llamó con un gesto.
Osvaldo caminó hasta el centro del presbiterio. El obispo apoyó una mano sobre su hombro, a la vista de todos.
—Confío en que el padre Osvaldo sabrá conducir esta tarea con prudencia y fidelidad.
Osvaldo inclinó la cabeza.
Desde su banca, Noelia lo contempló.
El hombre que el jueves había apoyado la frente contra la suya era ahora el rostro visible de la visita más importante que recibiría Puerto Ceniza. La mano del obispo permanecía sobre su hombro como una bendición y, al mismo tiempo, como el peso de una responsabilidad.
Osvaldo alzó los ojos.
Sus ojos encontraron a Noelia.
Esta vez ella no se apartó.