Capítulo 6 #3
Noelia retiró el lápiz amarillo y algunas ondas cayeron sobre sus hombros. Al apartar las instrucciones para buscar otra hoja, encontró una lista de colaboradores.
Junto al nombre de Cavieres había un signo de interrogación trazado con tinta roja.
—¿Qué significa esto?
Osvaldo se inclinó para mirar.
La expresión de su rostro cambió.
—El padre Jorge preguntó por Cavieres esta mañana.
—¿Por qué?
—En el arzobispado conocen su breve paso por el seminario. También han recibido comentarios sobre su manera de presentarse ante la comunidad.
—¿Y qué quieren?
—Que reconsidere su participación en el coro.
Noelia miró nuevamente el signo de interrogación.
—¿Va a hacerlo?
—No.
Osvaldo tomó la pluma negra, tachó el signo de interrogación y escribió junto al nombre de Cavieres:
CONFIRMADO
—Canta bien, conoce el repertorio y los jóvenes confían en él. No voy a apartarlo por insinuaciones que nadie se atreve a explicar.
—Eso podría traerle problemas.
—Si quieren excluirlo, tendrán que darme una razón que yo pueda repetirle mirándolo a los ojos.
Noelia lo observó en silencio. Había confundido su tono bajo con docilidad y sus pausas con indecisión. Ahora comprendía que Osvaldo no necesitaba levantar la voz para mantenerse firme.
—No esperaba esto de usted —admitió.
—¿Qué defendiera a Cavieres?
—Que estuviera dispuesto a enfrentarse al arzobispado.
—Obedecer no significa aceptar una injusticia.
Noelia inclinó la cabeza.
—A veces lo entiendo menos de lo que quisiera.
—No es la única.
Terminaron de revisar la primera versión de la propuesta. Los testimonios conservarían las palabras de los estudiantes y el mapa mostraría los lugares elegidos por ellos. Lo demás podría discutirse cuando recibieran los nuevos trabajos.
Cuando el reloj del pasillo marcó las seis y cincuenta, Noelia reunió sus cosas.
—Tengo que marcharme. La señora Elvira aceptó cuidar a los niños, no adoptarlos.
Osvaldo juntó las hojas que habían escrito.
—Avanzamos más de lo que esperaba.
—Eso se debe a mis correcciones.
—Naturalmente.
Antes de apartarse del escritorio, Noelia miró otra vez la palabra CONFIRMADO junto al nombre de Cavieres.
—Hizo bien —dijo.
Osvaldo levantó los ojos. Aquel reconocimiento pareció dejarlo sin una respuesta preparada.
—Gracias —dijo finalmente.
—No se acostumbre.
La frase tenía la forma de una broma, pero esta vez ninguno sonrió.
Osvaldo rodeó el escritorio para apartarle la silla. Al enderezarse, quedaron frente a frente en el estrecho espacio entre la mesa y la biblioteca.
Durante unos segundos permanecieron en silencio. La puerta continuaba abierta y, más allá, el pasillo estaba vacío. Solo se escuchaban el goteo de los aleros y el movimiento irregular de una canaleta bajo la lluvia.
—Gracias por venir —dijo Osvaldo.
—Usted me citó.
—Lo sé.
Pareció buscar algo más que decir.
—No me refería solamente al trabajo.
—Entonces, ¿a qué se refería?
Osvaldo tardó en responder.
—A que haya venido usted.
La sencillez de la frase la desarmó más que cualquier explicación.
—Me alegra haber venido —admitió.
Osvaldo alzó los ojos.
—Noelia…
Ella esperó, pero él no continuó.
Noelia no apartó los ojos de él. Ya no veía solamente el alzacuello, la prudencia o sus respuestas cuidadosas. Veía al hombre que había confiado en ella y que acababa de arriesgarse a defender a Cavieres.
—Osvaldo —dijo.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin acompañarlo de la palabra padre.
Él respiró lentamente.
—No siempre tiene que encontrar las palabras —continuó Noelia.
Osvaldo levantó una mano y se detuvo antes de tocarla. Noelia miró los dedos suspendidos a pocos centímetros de su mejilla. No retrocedió.
Apoyó suavemente los dedos sobre la muñeca de Osvaldo. Con una delicadeza casi temerosa, él apartó un mechón que había caído sobre su mejilla. Cuando comenzó a bajar la mano, los dedos de Noelia se deslizaron desde su muñeca hasta la manga y permanecieron allí.
Osvaldo se inclinó apenas y se detuvo. Fue ella quien cerró la distancia. Sus frentes se tocaron.
Permanecieron así durante unos segundos, respirando en silencio. No hubo un beso. Solo aquella cercanía que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar.
Osvaldo se apartó lentamente.
—Perdón —murmuró.
—No.
Él bajó los ojos.
—Esto no debió…
—No lo llame un error.
Osvaldo la miró.
—No sé qué fue.
—Yo tampoco —respondió Noelia—. Pero no fue un error.
Desde la entrada llegó el sonido del portón principal al abrirse. Después se escucharon voces y pasos. Los primeros integrantes del coro comenzaban a llegar.
Ambos se apartaron.
Noelia recogió el lápiz amarillo y necesitó dos intentos para sujetarse el cabello. Después reunió sus cosas y se dirigió hacia el pasillo.
—Nos veremos el domingo —dijo Osvaldo.
Noelia se detuvo, pero no se volvió.
—Sí.
Junto a la entrada se puso el abrigo y salió. La lluvia había cesado, aunque el agua continuaba cayendo desde el techo.
Noelia siguió caminando sin mirar atrás. Durante todo el trayecto hasta su casa tuvo la sensación de que algo había quedado abierto en aquel despacho, además de la puerta.