Capítulo 6 #2
Noelia estudió las marcas. Por primera vez comprendió que Osvaldo no intentaba reducir la ciudad, sino encontrar una abertura por la cual pudiera entrar aquello que los demás preferían excluir.
—Estamos del mismo lado —dijo él—. Solo estamos discutiendo cómo conseguir que nos dejen avanzar.
—No se entusiasme. Apenas llevamos media hora.
—Me conformo con que no haya recogido sus cosas.
Osvaldo tomó una hoja en blanco y la colocó en el centro de la mesa, sobre una parte del mapa.
—Entonces busquemos una forma de decir la verdad que el arzobispado no pueda dejar fuera.
Noelia acercó su silla.
—Eso va a ser más difícil que corregir su mapa.
—Por eso necesitaba que viniera.
Esta vez ella no respondió con una broma.
Osvaldo escribió en la parte superior de la hoja:
PUERTO CENIZA: ROSTRO DE UNA COMUNIDAD TRABAJADORA
Giró el papel hacia Noelia.
Ella leyó el título una vez.
—Parece escrito por un arzobispo.
—Es un comienzo.
—¿Y después?
—Presentaremos la actividad del colegio y la catequesis. Seleccionaremos algunos testimonios completos, sin modificar las palabras de los estudiantes, y adjuntaremos el mapa con los lugares elegidos por ellos.
—¿Cree que aceptarán incluir las poblaciones?
—Creo que será más difícil rechazarlas si son los propios estudiantes quienes explican por qué deberían conocerlas.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la respuesta más sincera que puedo darle.
Noelia volvió al título.
—«Comunidad trabajadora» sigue siendo bastante solemne.
—¿Quiere tacharlo?
Ella sostuvo el lápiz sobre las palabras.
—Por ahora puede quedarse.
—Anotaré la fecha.
Ella sonrió.
Osvaldo acercó otra hoja y comenzó a redactar la presentación. Escribía despacio y se detenía al final de cada frase para releerla. Noelia siguió el movimiento del lápiz por encima de su mano.
—«Los estudiantes de nuestros colegios desean compartir la mirada de quienes han crecido entre el trabajo del puerto, la vida familiar y la solidaridad de los sectores menos favorecidos» —leyó ella.
Extendió la mano.
—Présteme la hoja.
—Todavía no está terminada.
—Por eso la necesito.
Noelia tomó el lápiz rojo que había llevado y trazó una línea sobre las últimas palabras.
—¿Qué tiene de malo «sectores menos favorecidos»?
—Que no significa nada.
—Es una expresión utilizada en los documentos del arzobispado.
—La terminología no pasa frío.
Debajo de la tachadura escribió: barrios pobres.
Osvaldo contempló la corrección.
—Eso podría considerarse demasiado directo.
—Los barrios también son directos. Uno entra o no entra en ellos.
—Noelia…
Era la primera vez que la llamaba Noelia desde que habían comenzado a trabajar.
Ella alzó los ojos.
—¿Qué?
—Necesitamos una formulación que no permita que rechacen el texto antes de llegar a los testimonios.
La formalidad de la explicación no consiguió borrar completamente el efecto de haberla llamado por su nombre.
Noelia acercó el documento.
—Entonces busquemos una frase que diga lo mismo sin esconderlo.
Entre ambos reemplazaron la oración por otra:
Los estudiantes de nuestros colegios desean mostrar los barrios donde sus familias trabajan, crían a sus hijos y se organizan para enfrentar sus dificultades.
Noelia la leyó en silencio.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Mucho mejor.
Ella sonrió.
Al avanzar hacia el párrafo siguiente, Noelia señaló otra expresión.
—«Un encuentro fraterno con las fuerzas vivas de la comunidad».
—Esa frase no es mía; es una expresión que solicitaron conservar.
—¿Quiénes son las fuerzas vivas?
—Los representantes de las organizaciones locales.
—Entonces escribamos eso.
Noelia retomó el lápiz rojo. Osvaldo intentó recuperar la hoja antes de que pudiera tacharla.
—Espere.
—Si espera, la frase seguirá ahí.
Los dos extendieron la mano al mismo tiempo.
Sus dedos se rozaron sobre el papel.
Noelia retiró la mano. Osvaldo hizo lo mismo. Durante un segundo ninguno miró la hoja que había provocado la disputa.
La lluvia continuaba golpeando suavemente la ventana.
—Si resulto demasiado problemática, todavía puede buscar a otra persona —dijo Noelia.
Osvaldo dejó el documento en medio de la mesa.
—Prefiero trabajar con usted.
La respuesta fue sencilla, pero llegó con una firmeza que la obligó a levantar los ojos.
—Todavía no ha visto cuántas frases puedo tachar.
—Comienzo a hacerme una idea.
—Podría arrepentirse.
—También podría aprender a escribirlas mejor.
Noelia inclinó la cabeza.
—Eso parece poco habitual en un sacerdote.
Osvaldo sonrió.
Noelia tomó nuevamente la hoja y, esta vez, se la acercó sin tachar nada.
—¿Sabe por qué propuse su nombre? —preguntó él.
—Porque necesitaba a alguien que trabajara gratis.
—Además de eso.
Noelia dejó el lápiz rojo sobre la libreta.
—Porque usted mira aquello que los demás prefieren dejar fuera del cuadro.
La ironía desapareció del rostro de Noelia.
—¿Eso es un elogio?
—Creo que sí.
—Tendremos que trabajar también en su manera de elogiar.
Osvaldo sonrió.
Noelia bajó la vista hacia los documentos. Se llevó una mano al cabello buscando el lápiz amarillo y soltó una risa al descubrir que continuaba sujeto entre los mechones.
—Está cansada —observó Osvaldo.
—Estoy acostumbrada.
—No es lo mismo.