Capítulo 6
Capítulo
A las cinco y veinte de la tarde, una llovizna fina caía sobre Puerto Ceniza. El viento la empujaba contra las fachadas y hacía correr pequeños hilos de agua por los vidrios de la casa parroquial.
Noelia cruzó el portón con el material de trabajo bajo el brazo. Llevaba el cabello recogido con el lápiz amarillo y algunos rizos húmedos se le habían pegado a las mejillas. Al llegar, sacudió las gotas de las mangas de su abrigo y levantó una mano para llamar.
La puerta se abrió antes de que alcanzara a hacerlo.
—Buenas tardes, profesora —saludó Osvaldo.
—Buenas tardes, padre.
Él comprobó la hora en el reloj de pared.
—Llegó temprano.
—Todavía puedo esperar afuera si necesita prepararse —dijo con ironía.
Osvaldo observó la lluvia detrás de ella.
—Sería una forma poco hospitalaria de comenzar el trabajo.
Se apartó para dejarla entrar.
Osvaldo cerró la puerta detrás de ella.
La casa parroquial estaba más silenciosa que durante sus visitas anteriores. No se escuchaba la radio de Berta ni el roce de la escoba contra el piso.
—¿La señora Berta ya se marchó?
—Hace más de una hora. Hoy consiguió respetar su horario.
Noelia se quitó el abrigo y lo dejó junto a la entrada.
—Al menos hay esperanza.
—No se lo diga.
Ella sonrió.
—¿Pudo dejar a los niños? —preguntó Osvaldo.
—Con la señora Elvira, mi vecina. Cristóbal prometió ayudarla y Vicente prometió no tocar nada.
—¿Y Niebla?
—No prometió nada.
Osvaldo asintió con gravedad.
—Al menos fue sincero.
Atravesaron el pasillo hasta el despacho.
La habitación era estrecha y olía a papel, tinta y madera húmeda.
Una biblioteca ocupaba la pared del fondo.
Los volúmenes de teología compartían los estantes con carpetas parroquiales, sobres antiguos y varios cuadernos sujetos con cordeles.
En una esquina había un crucifijo de madera oscura y, debajo, una fotografía del Papa.
Sobre el escritorio, Osvaldo había dejado parcialmente desplegado un mapa de Puerto Ceniza. Junto a él había algunas hojas en blanco, dos lápices recién afilados y una pluma negra. Una segunda silla esperaba al otro lado de la mesa.
La puerta quedó abierta.
—Preparó todo —dijo Noelia.
—Intenté hacerlo.
Noelia dejó sus cosas junto a la segunda silla y examinó el mapa. Reconoció la costanera, el astillero, el barrio de los pescadores y las poblaciones que subían por los cerros. Algunos lugares estaban señalados con pequeños círculos azules.
—¿Qué significan estas marcas?
—Las escuelas y las capillas que podrían participar en las actividades.
Noelia siguió una de las líneas con el índice.
—Falta el colegio del barrio norte.
Osvaldo se inclinó sobre el mapa.
—Tiene razón.
Tomó uno de los lápices y añadió una marca.
—Por eso necesitaba que viniera.
—¿Para corregir sus mapas?
—Entre otras cosas.
Noelia se sentó, abrió el archivador y sacó una libreta y varios escritos anteriores de sus alumnos. Los nuevos trabajos no estarían listos hasta la semana siguiente.
—Conversé con los estudiantes antes de darles la tarea —explicó—. Todavía no sé qué entregarán, pero traje algunos escritos anteriores para ver cómo describen la ciudad cuando nadie les indica qué deben mostrar.
Osvaldo ocupó la silla frente a ella.
—Eso ya es un comienzo.
Tomó una de las hojas, aunque no comenzó a leerla. Colocó un lápiz paralelo al otro y reordenó unos documentos que ya estaban en su sitio.
Noelia lo observó.
—Padre, ¿ocurrió algo?
Osvaldo dejó las manos sobre la mesa.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque ha ordenado tres veces los mismos documentos y todavía no hemos comenzado.
Él bajó la vista hacia las hojas.
—No sabía que llevaba la cuenta.
—Soy profesora.
Una sonrisa breve apareció en el rostro de Osvaldo, pero desapareció enseguida. Cerró la carpeta del arzobispado y apoyó ambas manos sobre ella.
—Antes de comenzar, necesito contarle algo.
El tono de su voz hizo que Noelia dejara de ordenar sus notas.
—¿Qué ocurrió?
Osvaldo miró hacia la puerta abierta. Después volvió los ojos hacia ella.
—Esta mañana llamó el padre Jorge. Monseñor Valdés recibió una respuesta de la Nunciatura.
Noelia esperó.
Osvaldo abrió la carpeta y retiró una hoja doblada por la mitad. No se la entregó. La dejó sobre la mesa y mantuvo una mano encima.
—Puerto Ceniza fue incorporado al recorrido del Santo Padre.
Noelia permaneció inmóvil.
—¿Definitivamente?
—Definitivamente.
Sus ojos fueron hacia el mapa. La ciudad seguía siendo la misma extensión de líneas, barrios y calles trazadas con tinta, pero la noticia pareció darle un peso distinto.
—Entonces el Papa vendrá aquí.
—Sí.
—Hace dos días todavía no sabíamos nada.
—La confirmación llegó esta mañana.
—¿Cuándo lo anunciarán?
Osvaldo bajó la voz, aunque la puerta seguía abierta y no se escuchaba a nadie en el pasillo.
—El domingo, durante la misa en la catedral. Monseñor Valdés hará la comunicación pública.
—¿Este domingo?
—El diecinueve.
Noelia miró la puerta.
—¿La señora Berta lo sabe?
—No.
—¿Estuvo toda la mañana aquí y no se lo dijo?
—No podía hacerlo.
—Eso explica que haya conseguido marcharse a la hora. Si lo supiera, todavía estaría sacudiendo las cortinas.
Osvaldo sonrió apenas.
—Y encargando tela para los estandartes.
—¿Quiénes lo saben?
—La Nunciatura, monseñor Valdés, algunos sacerdotes y las autoridades que deben comenzar a organizar la seguridad. La información no puede hacerse pública antes del domingo.
—Pero me lo está contando a mí.
Osvaldo retiró la mano del documento.
—El padre Jorge me autorizó a informar a las personas que necesiten conocerlo para continuar el trabajo.
—¿Y decidió comenzar conmigo?
—Sí.
La respuesta llegó sin vacilación.
—Podía haber esperado tres días.
—Podía.
—Entonces, ¿por qué no lo hizo?
—Porque usted es la responsable del trabajo educativo. Me pareció injusto pedirle que dedicara más horas a una actividad sin decirle que el material realmente será utilizado.
—Es una buena razón —dijo ella.
Osvaldo apoyó los antebrazos sobre la mesa. Pareció dispuesto a ofrecer otra explicación igual de cuidadosa. Finalmente dejó las manos quietas.
—También confío en usted.
Noelia no respondió de inmediato.
El ruido de la lluvia contra los vidrios llenó el silencio del despacho. Ya no caía con fuerza, pero el viento la hacía rozar la ventana como si alguien pasara los dedos sobre ella.
—Eso no parece muy prudente, padre.
Una sonrisa pequeña apareció en el rostro de Osvaldo.
—Probablemente no lo sea.
Noelia sostuvo su mirada durante unos segundos. Después bajó los ojos hacia la libreta.
—No diré nada.
—Lo sé.
—Ni siquiera a los niños.
—Especialmente a los niños.
—Vicente se lo contaría a Niebla antes de terminar la cena.
—¿Y Niebla sabe guardar secretos?
—Niebla no sabe guardar ni los guantes.
Osvaldo rió. La tensión que había endurecido sus hombros desde que ella llegó pareció ceder por primera vez.
—Tres días son mucho tiempo para ocultarle algo a la señora Berta.
—Intentaremos sobrevivir hasta el domingo.
Noelia sonrió.
—Gracias por decírmelo.
—Tenía derecho a saberlo.
La noticia quedó entre ambos mientras acercaban el mapa y la libreta al centro del escritorio.
—Bien —dijo Noelia—. Entonces será mejor que el Papa sepa qué ciudad está a punto de visitar.
—Para eso la invité.
Noelia tomó uno de los lápices y localizó la conservera cerca de la costa.
—Una de mis alumnas contó que su madre entra cuando todavía está oscuro y regresa después de que ella sale del colegio.
Marcó la ubicación con una cruz pequeña.
Después llevó el lápiz hasta una de las poblaciones del cerro.
—Otro estudiante vive aquí. Todos los inviernos los vecinos tienen que abrir canales con palas para impedir que el agua entre en las casas.
Osvaldo contempló ambas marcas.
—¿Espera que incluyamos los dos testimonios?
—Espero que no los convirtamos en otra cosa.
Osvaldo retomó la carpeta del arzobispado y sacó varias hojas sujetas con un clip.
—Esta mañana también enviaron instrucciones preliminares —dijo—. La mayor parte se refiere a los colegios, las parroquias y las organizaciones que participarán.
Le entregó el documento.
Noelia comenzó a leer. Algunas frases estaban subrayadas con tinta azul. Otras tenían pequeñas anotaciones en el margen, escritas con la letra de Osvaldo.
—«Las actividades y los materiales deberán conservar el carácter pastoral de la visita» —leyó—. Eso parece razonable.
Siguió avanzando.
—«Se evitarán expresiones que puedan interpretarse como partidistas, reivindicativas o contrarias al espíritu de unidad que debe acompañar el encuentro».
Levantó los ojos.
—Esto ya no parece tan razonable.
—Es una advertencia habitual.
—Que sea habitual no la vuelve más clara.
Noelia dejó el documento junto al mapa.
—Una mujer saliendo de la conservera a las cinco de la mañana no es partidismo.
—No he dicho que lo sea.
—Pero alguien podría utilizar esta frase para eliminar su historia.
Apoyó el índice sobre la población que había señalado.
—¿Y si el estudiante escribe que llevan años esperando que arreglen el desagüe?
Osvaldo tardó un instante en responder.
—Entonces dependerá de cómo se presente.
—El agua entra de la misma manera, aunque uno escoja palabras más bonitas.
—No se trata de buscar palabras bonitas.
—¿De qué se trata?
Osvaldo acercó el documento y señaló la advertencia.
—De conseguir que esas historias lleguen hasta quienes toman las decisiones sin que las descarten antes de leerlas.
Si enviamos una denuncia directa, alguien puede decidir que no corresponde a una actividad pastoral.
Si explicamos que habla de la dignidad de las familias y de la manera en que una comunidad se organiza para ayudarse, tendrán que leerla antes de rechazarla.
—La familia seguirá viviendo entre el agua.
—Sí.
—Y el desagüe seguirá sin arreglarse.
—También.
Noelia volvió la vista hacia el mapa.
—Si lo llevan solamente por la plaza y la costanera, verá la ciudad que hayan preparado para él.
—Por eso necesitamos los testimonios.
—Los testimonios no reemplazan los lugares.
—No —admitió Osvaldo—, pero pueden obligarlos a mirar hacia ellos.