Mi última plegaria antes de ti Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Esa es la idea. Escucharlos antes de decidir qué parte de la ciudad merece ser vista.

El silencio que siguió fue distinto de los anteriores.

Osvaldo leyó la frase señalada por Noelia y revisó las páginas siguientes. Berta lo observaba, esperando que pusiera fin a la discusión.

—Si el Santo Padre viene —dijo Noelia—, supongo que no será para conocer una ciudad fingida.

Osvaldo dejó los documentos sobre la mesa.

—Trabajaremos desde la verdad. La visita no puede convertirse en una escenografía.

Berta bajó los ojos hacia su libreta.

—Nadie ha propuesto fingir nada.

—No, pero podemos terminar haciéndolo si decidimos de antemano qué pueden mostrar los demás.

Osvaldo miró a Noelia.

—Preparemos una actividad piloto. Podemos probarla con algunos cursos del colegio y con los niños de la catequesis. Después revisaremos los trabajos y decidiremos cómo incorporarlos a la propuesta.

—Puedo comenzar con mis estudiantes. Ya tienen la tarea para la próxima semana.

—Perfecto.

Osvaldo continuó hablando sobre los plazos, pero Berta ya no tomó apuntes. Presionaba el lápiz con tanta fuerza que terminó atravesando el papel.

La distribución de responsabilidades tomó casi una hora.

Berta quedó encargada de la hospitalidad, el protocolo y la ornamentación. La señorita Lagos dirigiría la selección musical junto a don Aurelio. Cavieres participaría como cantor y colaboraría con las voces juveniles, decisión que Berta recibió con los labios apretados.

Noelia trabajaría con los estudiantes del colegio y los niños de la catequesis. Osvaldo revisaría con ella los contenidos antes de enviarlos al arzobispado.

—¿Es necesario que usted los revise personalmente? —preguntó Berta.

—Soy el párroco.

—Por supuesto. Solo pensaba que el padre Jorge podría colaborar.

—El padre Jorge tiene otras responsabilidades.

—Claro, padrecito.

Noelia consultó su agenda.

—¿Cuándo comenzamos?

—El jueves podría ser —respondió Osvaldo—. A las cinco y media, después de sus clases.

—Puedo venir.

—Jueves dieciséis de octubre, entonces.

Berta alzó los ojos.

—También puedo preparar este salón, que es más amplio.

—Seremos solamente la profesora y yo, Bertita. No es necesario. Estaremos en el despacho.

—No me cuesta nada.

—Lo sé. Pero no hará falta.

Berta bajó la vista hacia la hoja que había atravesado con el lápiz.

Desde el fondo del salón llegó el ruido de una silla arrastrándose.

Cristóbal y Vicente habían construido una ciudad con hojas dobladas, cajas de fósforos vacías y varios platillos. En el centro habían colocado el automóvil de madera.

—Ese es el auto del Papa —explicó Cristóbal.

—¿Y eso? —preguntó Noelia, señalando una torre hecha con tres platillos.

—La iglesia.

Berta se levantó.

—Esos platillos son para las tazas.

Vicente protegió la construcción con ambas manos.

—Ahora son una iglesia.

—Devuélvanlos antes de que los quiebren.

Los niños comenzaron a desmontar la ciudad. Vicente levantó el platillo superior con tanto cuidado que parecía desactivar una bomba.

En ese momento, la ampolleta del salón parpadeó.

La luz se apagó durante un segundo y regresó con un resplandor más débil. Todos levantaron la cabeza.

—Otra vez esa ampolleta —dijo Berta—. Llevo semanas diciendo que alguien debe arreglarla.

Vicente dejó el último platillo sobre la bandeja.

—El padre Osvaldo sabe arreglar luces.

Noelia se quedó inmóvil.

—Vicente.

—Arregló la de nuestra casa.

Las manos de Berta se detuvieron.

La señora Carrasco volvió la cabeza hacia Noelia.

—¿En su casa?

—El domingo —explicó Vicente—. Se subió a una silla y la arregló.

—Solo estaba floja —dijo Noelia—. El padre había ido a dejarme la invitación para esta reunión.

Osvaldo se aclaró la garganta.

—Ajusté la ampolleta. No fue una reparación.

—Y Niebla le robó el guante —añadió Cristóbal.

Don Aurelio inclinó la cabeza.

—¿Quién es Niebla?

—Nuestro perro —respondieron los niños al mismo tiempo.

—También intentó comerse al padre —dijo Vicente.

—No intentó comérselo —lo corrigió Noelia.

—Un poco.

Todos miraron alrededor de la mesa y terminaron deteniéndose en Osvaldo.

Cavieres se puso de pie y examinó la ampolleta.

—Un sacerdote completo: salva almas, ajusta ampolletas y sobrevive al ataque de perros.

Las risas disolvieron el silencio.

Berta también sonrió, pero lo hizo cuando los demás ya comenzaban a callarse.

—No voy a subirme a esa silla —advirtió Osvaldo.

Cavieres examinó el mueble.

—Una decisión prudente. Yo ya estaba buscando una escalera digna de su investidura.

Osvaldo retomó la reunión. Berta colocó una hoja nueva sobre la libreta, pero no escribió nada. Permaneció mirando la ampolleta que todavía temblaba sobre sus cabezas.

A las ocho y cinco, la reunión terminó.

La señorita Lagos recogió sus partituras y se volvió hacia Cavieres.

—El jueves, a las siete. Sea puntual.

—Estaré aquí a las seis cincuenta y nueve.

—Eso espero.

Los demás asistentes comenzaron a marcharse. Las Damas de la Caridad llevaron las tazas a la cocina, mientras Berta recogía las tarjetas y comprobaba que ninguna cucharilla hubiera desaparecido.

Noelia encontró a Cristóbal dormido sobre dos sillas. Tenía la mejilla apoyada en su abrigo y aún sujetaba el automóvil de madera. Vicente se mantenía despierto por orgullo, aunque bostezaba sin cubrirse la boca.

—Vamos, hijo —dijo Noelia.

El niño protestó sin abrir los ojos.

Osvaldo se acercó.

—Déjeme ayudarla.

Sostuvo el abrigo mientras Noelia vestía a Cristóbal. El niño se dejó hacer con la docilidad completa del sueño.

—Levántate —le pidió su madre.

—No puedo.

—Hace unos minutos podías construir una iglesia con platillos.

—Ahora estoy cansado.

Osvaldo se agachó frente a él.

—Vamos, capitán. Su barco está por zarpar.

Cristóbal abrió un ojo.

—No es un barco. Es el auto del Papa.

—Entonces Su Santidad no puede quedarse durmiendo en el salón parroquial.

El niño pareció considerar el argumento y aceptó ponerse de pie.

Noelia se preparó para salir y ayudó a Vicente a guardar los lápices. Al inclinarse, el lápiz amarillo se desprendió de su cabello y rodó por el suelo.

Osvaldo lo recogió antes de que llegara debajo de la mesa.

Noelia extendió la mano. Durante un instante, ambos sostuvieron el lápiz por extremos distintos.

—Parece que tiene la costumbre de escaparse —dijo él.

—Solamente cuando vengo a la parroquia.

Osvaldo soltó el lápiz.

Noelia lo guardó y se acomodó los mechones que habían caído sobre sus hombros.

Berta apareció en la puerta de la cocina con una bandeja entre las manos.

—¿Se marcha, profesora?

—Los niños ya no resisten.

Berta observó a Cristóbal, que permanecía de pie con los ojos cerrados.

—Se nota desde lejos.

Noelia tomó a cada niño de una mano. Antes de que llegaran a la salida, Osvaldo recordó algo.

—¿La luz siguió funcionando?

Ella se volvió.

—No volvió a parpadear.

—Entonces mi diagnóstico era correcto.

—No se entusiasme. Ajustar una ampolleta no lo convierte en electricista.

—Pensaba incorporarlo a mis antecedentes.

Noelia sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, nacida de una broma que solo ellos comprendían. No duró más de un instante, pero Berta la vio desde la cocina.

—Buenas noches, padre.

—Buenas noches, profesora. Tenga cuidado en el camino.

Noelia salió con los niños.

El aire de la calle estaba helado y las luces del puerto temblaban entre la niebla. Vicente comenzó a contarle algo sobre su dibujo. Cristóbal caminaba con los ojos cerrados, confiando en la mano de su madre.

Osvaldo permaneció bajo el dintel del portón hasta que los tres doblaron la esquina.

Berta fregaba una taza que ya estaba limpia.

La sumergía en el agua, la frotaba con una esponja y volvía a examinarla bajo la luz. La ampolleta del salón parpadeó otra vez, pero esta vez nadie hizo comentarios.

Cavieres apareció junto a la puerta de la cocina, envuelto en su abrigo.

—Si sigue frotando esa taza, va a conseguir que confiese.

Berta no se volvió.

—Creí que se había marchado.

—Estaba buscando mi pañuelo.

Lo llevaba anudado al cuello.

Berta dejó la taza en el escurridor.

—Lo tiene puesto.

Cavieres bajó los ojos y lo tocó con una mano.

—Si no me lo dice, no me doy cuenta.

Ella se secó las manos con movimientos bruscos.

—¿Necesita algo más?

—Nada. Solo me preguntaba qué pensamientos atormentan a nuestra incansable Bertita.

—Señora Berta.

—Eso.

—No me atormenta nada.

—Me alegra.

Cavieres hizo ademán de marcharse.

—Joven Cavieres.

Él se volvió.

Berta apretó el paño entre las manos.

—¿Qué vio durante la misa del domingo?

La sonrisa desapareció brevemente del rostro de Cavieres.

—Vi mucha gente rezando.

—No le he preguntado eso.

—Entonces tendrá que formular mejor la pregunta.

Berta lo miró sin ceder, pero Cavieres no añadió nada.

—Olvídelo.

—Con mucho gusto.

Salió del salón.

Berta permaneció sola junto al fregadero.

No tenía todavía una historia. Tenía una mirada durante la misa y una ampolleta ajustada en la casa de una profesora. Dos detalles insignificantes, si se los miraba por separado.

Pero Berta había comenzado a mirarlos juntos.