Capítulo 5 #2
—Pero hay formas de mirar que pueden confundirse con otras cosas. Después de lo ocurrido el fin de semana en el norte, cualquier comentario puede terminar fuera del colegio y adquirir un significado distinto.
—Les pedí que escribieran sobre un lugar.
—Y yo solo le estoy pidiendo prudencia. Sobre todo ahora que representará al establecimiento en una comisión vinculada con la visita.
Noelia no apartó los ojos.
—Tendré cuidado.
—Sé que lo tendrá.
Salgado se alejó por el corredor. Sus pasos apenas se escucharon sobre el piso encerado.
Noelia regresó al aula. Los estudiantes mantenían los libros abiertos, aunque varios habían permanecido pendientes de la conversación.
—¿Dónde estábamos?
Mauricio señaló la frase escrita en la pizarra.
—En que hay que decir la verdad, señorita.
Noelia miró hacia el pasillo vacío.
—Exactamente.
Al terminar la última clase, regresó a la sala de profesores. El edificio comenzaba a vaciarse y la estufa se había apagado.
Sacó el formulario que Osvaldo le había entregado el domingo. Lo leyó una vez más, marcó la casilla correspondiente y firmó al pie de la página.
Luego se puso el abrigo y salió del colegio.
A las seis y veinticinco de la tarde, después de recoger a Cristóbal y Vicente, entró en el salón parroquial con el formulario firmado y sus dos hijos detrás.
Vicente llevaba una caja de lápices apretada contra el pecho. Cristóbal arrastraba un automóvil de madera sujeto a una cuerda, que golpeaba cada baldosa del pasillo.
—Te dije que dejaras eso en casa.
—Se va a quedar debajo de la mesa.
—Eso dijiste la última vez y terminó debajo del altar.
—Fue Vicente.
—Yo solamente lo empujé —se defendió el menor.
Berta había dispuesto las sillas alrededor de una mesa larga. También había preparado café, galletas y tarjetas con los nombres de los asistentes.
La de Noelia estaba a la derecha de Osvaldo.
Berta advirtió su llegada, tomó la tarjeta y comenzó a cambiarla por otra situada cerca del extremo opuesto.
—Siéntese aquí, profesora. Así queda más cerca de los libros y del material para los niños.
Noelia no alcanzó a responder.
—Déjela donde estaba, Bertita —dijo una voz desde el fondo—. Las tarjetas no tienen la culpa de nada.
Berta se volvió lentamente.
Cavieres estaba junto al viejo piano, hojeando unas partituras. Llevaba pantalones oscuros, una camisa color vino y un pañuelo anudado al cuello. Bajo la luz amarillenta parecía una flor que hubiese brotado por error entre los muebles parroquiales.
—Nadie le ha pedido su opinión, joven Cavieres.
—Por eso la ofrecí gratuitamente.
Don Aurelio disimuló una sonrisa detrás de un acceso de tos.
Berta sostuvo la tarjeta durante unos segundos. Después la colocó a la derecha de Osvaldo.
—Puede sentarse allí, profesora.
—Gracias.
La señorita Lagos llegó con una carpeta de partituras bajo el brazo. Se detuvo en la entrada y observó primero a Cavieres, después a don Aurelio y finalmente el piano.
—Espero que las responsabilidades musicales estén claras.
—Clarísimas —respondió Cavieres—. Usted tiene el título, don Aurelio tiene la experiencia y yo tengo la voz.
—También tiene una opinión para cada ocasión.
—Es un don menos apreciado.
—A usted se lo invitó como cantor, no como director.
—Eso explica por qué nadie me ha entregado una batuta.
Berta intervino antes de que la discusión continuara.
—Podrían esperar a que llegue el padre para organizar el coro.
—Yo estoy perfectamente organizada —dijo la señorita Lagos.
Cavieres comprobó que su pañuelo continuara en su sitio.
—Yo también.
Noelia instaló a los niños junto a la pared y les entregó unas hojas.
—Dibujen mientras dura la reunión.
—¿Podemos dibujar al Papa? —preguntó Vicente.
—Pueden dibujar lo que quieran, siempre que permanezcan sentados.
Cristóbal dejó el automóvil bajo su silla.
—Voy a dibujar al Papa con Niebla.
—Niebla no va a conocer al Papa.
—Todavía no está confirmado —replicó el niño.
Cavieres soltó una carcajada.
—Ese muchacho entiende mejor la situación que la mitad de esta comisión.
—No lo anime —dijo Noelia.
Osvaldo apareció con los documentos de la reunión. Se detuvo al ver las partituras abiertas sobre el piano, la mesa rodeada de sillas y a los niños instalados junto a la pared.
Después vio a Noelia.
Llevaba el cabello recogido con el lápiz amarillo que él le había devuelto el domingo. Sus ojos se detuvieron un instante en el lápiz antes de regresar al resto de los asistentes.
—Buenas tardes —saludó—. Gracias por venir.
Su tono fue cordial y cuidadosamente idéntico para todos.
Noelia se acercó y le entregó el formulario.
—Aquí tiene mi respuesta.
Osvaldo comprobó la casilla marcada.
—«Acepto participar en la comisión preparatoria» —leyó.
—Eso dice.
Levantó la vista hacia ella.
—Gracias, profesora.
—Espero no arrepentirme.
—Intentaremos que tarde un poco.
Noelia sonrió apenas y regresó junto a sus hijos.
Berta, que acomodaba las cucharillas, levantó la cabeza. Miró primero a Osvaldo, después a Noelia y finalmente el lugar que ocuparían uno al lado del otro.
A las seis y treinta y cinco, Osvaldo cerró la puerta del salón y se situó en la cabecera de la mesa.
—Podemos comenzar.
Esperó mientras los asistentes ocupaban sus lugares. Berta sirvió café y después se sentó con una libreta gruesa frente a ella.
—Antes de distribuir las tareas, necesito insistir en algo. La visita del Santo Padre al país está prevista para el próximo año, pero la inclusión de Puerto Ceniza todavía no se ha confirmado. Trabajaremos con anticipación porque, si recibimos la noticia, tendremos poco tiempo para prepararnos.
—Cuando recibamos la noticia —corrigió Berta.
—Si la recibimos.
—Hay que tener fe, padre.
—Tengo fe, Bertita. Lo que no tengo es una confirmación.
Cavieres bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
—El arzobispado nos ha solicitado propuestas para actividades educativas, musicales y comunitarias —continuó Osvaldo—. Por ahora no estamos organizando la visita. Nuestra tarea consiste en demostrar que Puerto Ceniza puede recibirla y que existe un equipo dispuesto a trabajar.
Berta abrió su libreta por una página marcada con una cinta roja.
—He preparado una lista preliminar. Necesitaremos banderas para las calles comprendidas entre la entrada norte y la costanera.
También habrá que pintar algunas fachadas, retirar los letreros viejos y limpiar los muros.
Cuando conozcamos el recorrido, tendremos que hablar con los vecinos para que no cuelguen ropa durante el paso del Santo Padre.
Cavieres levantó una mano.
—¿Toda la ropa?
—Toda.
—¿También la ropa interior o tendrá un permiso especial?
La señora Carrasco se atragantó con el café. Don Aurelio tosió nuevamente, aunque esta vez sin demasiado esfuerzo por disimular la risa.
—No vulgarice la reunión —dijo Berta.
—Estoy solicitando una precisión importante.
—La ropa tendida ofrece una imagen poco decorosa.
—Ofrece la imagen de personas que lavan su ropa.
Berta cerró la libreta.
—La gente puede abstenerse de mostrarla durante unas horas.
—Incluso en Roma lavan ropa, señora Berta.
—No estamos hablando de Roma.
Osvaldo levantó una mano.
—Todavía no conocemos el recorrido y no nos corresponde decidir qué harán los vecinos con sus sábanas. Concentrémonos en aquello que sí podemos preparar.
La señorita Lagos abrió sus partituras.
—El coro necesitará ensayar con varios meses de anticipación. Si participarán los alumnos del colegio, debemos elegir las piezas desde ahora.
—También queremos incorporar a los niños de la catequesis —dijo don Aurelio.
—Entonces tendremos que organizar las voces por edades y registros.
—A mí nunca me han gustado las separaciones —comentó Cavieres.
La señorita Lagos volvió lentamente la cabeza hacia él.
—A usted se lo invitó para cantar.
—Y estoy cuidando mi voz para cuando me lo permitan.
—El primer ensayo será el jueves, a las siete. Sea puntual y no improvise.
Cavieres apoyó una mano sobre su pecho.
—Estaré aquí. Intentaré respirar solamente cuando lo indique la partitura.
Mientras ellos discutían, Noelia revisó los documentos distribuidos sobre la mesa. Había propuestas para concursos de dibujo, encuentros juveniles y materiales de catequesis. Todo estaba escrito con un lenguaje solemne y distante.
En una de las páginas se invitaba a los estudiantes a convertirse en «testigos de esperanza y constructores de una comunidad renovada ante la visita de Su Santidad».
Noelia leyó la frase por segunda vez.
—Estos textos no servirán para los alumnos.
Las conversaciones se detuvieron.
Osvaldo se volvió hacia ella.
—¿Por qué?
Noelia levantó la hoja.
—Porque ningún niño habla de esta manera. Si les entregamos esto, repetirán las palabras sin entenderlas.
—El lenguaje puede simplificarse —dijo Berta.
—No es solamente el lenguaje. Todos los textos describen Puerto Ceniza como si fuera una postal: el puerto, la iglesia, los barcos y las familias recibiendo al Papa con banderas. Los niños no viven dentro de una postal.
Berta juntó las manos sobre la mesa.
—Precisamente queremos mostrar lo mejor de nuestra ciudad.
Era la segunda vez que Noelia escuchaba aquella idea durante el día.
—¿Y quién decide qué es lo mejor?
—No creo que sea una pregunta tan difícil.
—Para mis alumnos sí lo es. Hoy les pedí que imaginaran qué lugar de Puerto Ceniza le mostrarían al Papa si pudieran elegir uno. Mencionaron el astillero, el mercado de los pescadores, el cementerio de barcos y sus propias poblaciones.
Berta frunció el ceño.
—También podrían elegir un basural.
—Si consideran que es importante, tendrían que explicar por qué.
—No podemos enviar al arzobispado dibujos de basurales.
—Entonces no les estaríamos preguntando qué quieren mostrar. Les estaríamos diciendo qué deben dibujar.
La señorita Lagos cerró sus partituras. Cavieres dejó de sonreír.
—Podríamos pedirles que escriban cartas, preparen dibujos y describan los lugares donde viven —continuó Noelia—. El muelle, los astilleros, los mercados, sus barrios. Después podemos seleccionar algunos trabajos sin cambiar lo que quisieron decir.
—Podrían dibujar cualquier cosa —insistió Berta.