Capítulo 5
Capítulo
El frío de Puerto Ceniza no se conformaba con quedarse en la calle. Entraba al colegio por debajo de las puertas, se instalaba en los pasillos y amanecía sentado en las sillas de la sala de profesores.
Cuando Noelia llegó, la estufa todavía no conseguía templar el ambiente. Se quitó el abrigo, dejó los exámenes sobre la mesa y acercó las manos al calor.
Había dormido poco. Vicente se había despertado de madrugada asegurando que algo respiraba dentro del armario, y Cristóbal se negó a permanecer en su cama mientras su hermano investigaba.
La búsqueda terminó con los tres arrodillados frente al ropero y una bufanda de lana cayéndoles sobre la cabeza.
Sobre el tablero de anuncios habían pegado una noticia recortada del periódico local:
PUERTO CENIZA PODRÍA FORMAR PARTE DE LA VISITA PAPAL
La fotografía mostraba al Santo Padre saludando desde un vehículo blanco. Alguien había dibujado con lápiz una pequeña bufanda alrededor de su cuello.
Noelia reconoció el trazo del profesor Arancibia.
En la parte inferior del recorte, una nota más breve informaba sobre los incidentes y las detenciones ocurridos durante la jornada de protesta del sábado. Una de las chinchetas atravesaba el titular y ocultaba parte de la palabra detenidos.
—Dicen que quieren llevarlo primero al barrio de los pescadores —comentó la señorita Lagos mientras se servía café.
—Todavía no está confirmado que venga a Puerto Ceniza —respondió Noelia.
—Las Damas de la Caridad ya están discutiendo dónde sentarlo.
—Entonces el Vaticano tendrá que apurarse.
La señorita Lagos no sonrió. Enseñaba Música y conservaba, incluso a primera hora de la mañana, una postura recta y una expresión de permanente desaprobación.
Durante la misa del domingo había ocupado una banca junto a los estudiantes, tironeando uniformes, confiscando papeles y separando a quienes consideraba demasiado conversadores para permanecer juntos delante de Dios.
Antes de que pudiera responder, el director entró en la sala.
Humberto Salgado era un hombre delgado, de cabello gris cuidadosamente peinado. Vestía ternos oscuros y llevaba siempre un pañuelo doblado en el bolsillo superior. Nunca levantaba la voz. Había descubierto que, si hablaba lo bastante bajo, los demás tenían que guardar silencio para escucharlo.
Dejó su portafolio sobre la mesa y comprobó la hora.
—Buenos días. Les quitaré solo unos minutos antes del primer timbre.
Los profesores ocuparon sus lugares. Arancibia se sentó frente al tablero de anuncios, ocultando parte de la fotografía con la cabeza. Salgado esperó hasta que las cucharillas dejaron de golpear las tazas.
—Como seguramente ya saben, existe la posibilidad de que Puerto Ceniza sea incorporado al recorrido que el Santo Padre realizará por el país el próximo año. Insisto en que todavía no existe una confirmación oficial. Sin embargo, el arzobispado nos ha solicitado comenzar algunos preparativos.
El profesor Arancibia levantó una mano.
—¿Debemos preparar también la bufanda?
Varias personas miraron la fotografía. Salgado contempló el dibujo durante unos segundos.
—Le agradecería que lo borrara, profesor.
Arancibia bajó la mano.
—Por supuesto, director.
—Si la visita se confirma, nuestra ciudad estará bajo la mirada del país. El colegio participará en las actividades culturales y educativas, y es probable que algunos alumnos sean convocados para los actos oficiales.
Salgado abrió el portafolio y sacó una hoja con el membrete del colegio.
—Todas las iniciativas deberán ser informadas previamente a la dirección. En las circunstancias actuales, una reunión de estudiantes o una actividad fuera del establecimiento puede prestarse para interpretaciones equivocadas. No quiero improvisaciones.
Nadie preguntó a qué interpretaciones se refería.
—Debemos estar preparados —continuó— para mostrar nuestra mejor cara.
Noelia abrió su libreta, pero no escribió.
La mejor cara.
Pensó en las casas descascaradas junto al muelle, en las calles donde la lluvia arrastraba barro y en los pescadores que regresaban con las manos abiertas por el frío.
Pensó también en los jóvenes detenidos durante el fin de semana y en las madres que habían recorrido comisarías preguntando por ellos.
Se preguntó cuál de todas las caras de Puerto Ceniza sería considerada presentable.
—También se nos ha informado —prosiguió Salgado— que la profesora Noelia ha sido convocada por la parroquia para integrar la comisión preparatoria.
Varias cabezas se volvieron hacia ella.
—Entregaré mi respuesta esta tarde —dijo Noelia.
—Entiendo que aceptará.
—Esa es mi intención.
—Excelente. Es una distinción para usted y para nosotros.
La señorita Lagos dejó la taza sobre el plato con un sonido seco.
—¿En qué área participará?
—Educación, catequesis y apoyo al coro.
—¿Apoyo al coro?
—Eso dice la invitación.
—Me sorprende que no hayan consultado primero al departamento de Música.
—No voy a dirigirlo. Supongo que me convocaron por mi trabajo en la catequesis.
—Seguramente.
La respuesta quedó suspendida entre ambas. Salgado levantó una mano antes de que la conversación continuara.
—Las responsabilidades podrán aclararse durante las reuniones. Lo importante, profesora, es que recuerde que, al participar en esa comisión, también representará a este establecimiento.
—Lo tendré presente.
Salgado no apartó los ojos.
—No dudo que así será.
El primer timbre resonó por los pasillos. Afuera comenzaron a escucharse carreras, puertas que se cerraban y voces llamando a los alumnos por sus apellidos.
Los profesores recogieron sus cosas y se dirigieron a las salas. La señorita Lagos permaneció frente al tablero de anuncios.
Sacó una goma y borró cuidadosamente la bufanda dibujada alrededor del cuello del Papa.
Los alumnos de segundo medio recibieron los exámenes con una mezcla de resignación y esperanza.
Noelia caminó entre los pupitres, entregándolos uno por uno. Algunos estudiantes miraban inmediatamente la calificación; otros cubrían la nota con una mano y levantaban apenas los dedos, como si temieran descubrirla de una sola vez.
—Antes de que comiencen a comparar las notas, quiero aclarar algo: un escrito no mejora porque ocupe dos páginas. Algunos fueron agrandando la letra para conseguir llenar la segunda.
Los estudiantes rieron.
—Eso no hace más largo el texto. Solo hace más grandes las palabras.
Las risas aumentaron. En la última fila, un alumno intentó esconder su examen debajo del cuaderno.
Noelia se detuvo junto al pupitre de Mauricio.
—Cuando escribes que Puerto Ceniza está rodeado de montañas nevadas, ¿a qué ciudad te refieres?
Mauricio contempló su composición.
—A la del futuro, señorita.
—Espero que en el futuro también utilicen comas.
Cuando terminó de repartir los exámenes, Noelia tomó una tiza y escribió en la pizarra:
DESCRIPCIÓN Y PUNTO DE VISTA
—Dos personas pueden observar el mismo lugar y describir ciudades completamente distintas. La descripción revela algo de aquello que miramos, pero también de quien mira.
Subrayó las últimas dos palabras.
—Uno de ustedes escribió que en Puerto Ceniza la ropa tarda tres días en secarse y que las gaviotas despiertan antes que las personas. Otro describió la ciudad como si estuviera situada en medio de la cordillera.
—La cordillera se ve cuando está despejado —se defendió Mauricio.
—También se ven las comas cuando uno presta atención.
Una estudiante de la primera fila levantó la mano.
—Señorita, ¿es verdad que viene el Papa?
Noelia dejó la tiza sobre el borde de la pizarra.
—La visita al país está prevista para el próximo año. Lo que todavía no sabemos es si llegará a Puerto Ceniza.
—Mi papá dice que van a pintar solamente las casas por donde pase.
—Mi tío dice que van a esconder la población detrás de unas banderas —agregó un alumno desde el fondo.
—No pueden esconder una población entera —replicó Mauricio.
—Pueden intentarlo.
—Mi mamá dice que van a sacar a los perros de la calle.
—¿Adónde?
—No sé. A otra calle.
Las voces comenzaron a cruzarse. Una muchacha contó que su padre no creía en la visita y que todo era una maniobra para mantener distraída a la gente.
Noelia levantó una mano.
—Hagamos algo más útil que repetir rumores.
Esperó hasta recuperar el silencio.
—Para la próxima semana quiero que escriban una nueva composición. Imaginen que el Papa viene a Puerto Ceniza y que cada uno de ustedes puede mostrarle un solo lugar. ¿Cuál elegirían?
—¿La iglesia? —preguntó alguien.
—El lugar que ustedes quieran.
—¿Aunque sea feo?
—Los lugares no tienen que ser bonitos para ser importantes.
Una estudiante levantó el lápiz.
—¿Podemos mostrarle el astillero?
—Sí.
—¿El cementerio de barcos?
—También.
—¿La población?
—Por supuesto.
—¿El mercado de los pescadores?
—Cualquier lugar que forme parte de la ciudad que ustedes conocen.
Mauricio insistió con la mano en alto.
—¿Y qué tenemos que decir?
—La verdad.
El curso quedó en silencio.
Noelia recogió la tiza y escribió debajo del título:
UN LUGAR QUE DEBERÍA CONOCER
—No escriban lo que creen que yo quiero leer ni lo que escuchan decir a los adultos. Describan el lugar como ustedes lo conocen. Expliquen qué sucede allí, quiénes viven o trabajan en él y por qué debería verlo.
Un movimiento junto a la puerta llamó su atención.
El director Salgado se encontraba en el pasillo, con las manos enlazadas detrás de la espalda. Noelia no sabía cuánto tiempo llevaba escuchando.
—Mientras tanto, lean la página ochenta y seis —indicó a los alumnos.
Salió al corredor.
—¿Necesita algo, director?
—Solo estaba recorriendo las salas.
Salgado miró por encima del hombro de Noelia. Desde allí podía leer las frases escritas en la pizarra.
—Una actividad interesante.
—Estamos trabajando la descripción y el punto de vista.
—Lo escuché.
Acomodó uno de los botones de su camisa.
—Procure que las respuestas no se conviertan en discusiones ajenas a la asignatura.
—Describir una ciudad también significa aprender a mirarla.
—Naturalmente.
El director bajó aún más la voz.