Capítulo 4 #4
Osvaldo bajó la vista.
—Lo siento.
Noelia llevó las tazas hasta la mesa. Empujó una hacia él y se sentó al otro lado. Durante unos segundos solo se escucharon la lluvia sobre el techo y el roce de Niebla acomodándose frente al fuego.
—Cristóbal se acuerda de algunas cosas —dijo ella—. De cómo silbaba Daniel cuando se afeitaba, de los paseos sobre sus hombros, de una vez que se cayó al agua tratando de sacar una pelota. Vicente era demasiado pequeño.
Rodeó la taza con ambas manos.
—Pero dice que también lo recuerda. Ha escuchado tantas veces las historias de Cristóbal que terminó haciéndolas suyas.
—Quizá esa sea su manera de recordarlo.
—Al principio yo lo corregía. Le decía que no podía acordarse porque todavía era una guagua. Después dejé de hacerlo. Si esas historias le sirven para tener un padre, no voy a quitárselas.
Desde el segundo piso llegó la voz de Vicente.
—¡Yo no era una guagua!
Noelia levantó la cabeza.
—¡Cámbiate los calcetines!
Se escuchó una puerta cerrarse.
Osvaldo miró hacia el techo.
—Tiene buen oído.
—Esta casa no permite secretos.
Tomó un sorbo de té y miró la fotografía.
—Daniel y yo llegamos aquí antes de que nacieran los niños. La casa estaba peor que ahora. Se llovía en tres habitaciones, las ventanas no cerraban y el jardín era un barrial.
—Han hecho mucho.
—Hicimos. Después tuve que seguir sola.
No había amargura en su voz. Lo dijo con la misma naturalidad con que habría explicado por qué una tabla era más nueva que otra.
Osvaldo observó la biblioteca.
—¿También la construyeron ustedes?
—Daniel hizo los primeros estantes.
—¿Y los demás?
—Los hice yo.
Noelia señaló la parte izquierda de la biblioteca.
—Los de él se inclinan.
Después indicó los que ocupaban la pared contigua.
—Los míos todavía no.
Osvaldo comparó ambos lados.
—La diferencia es bastante evidente.
—Nunca se lo dije mientras estaba vivo. Lo habría tomado como un desafío y ahora tendríamos una biblioteca atravesando toda la casa.
Sonrió al decirlo. No era la sonrisa con que había recibido una broma de los niños ni la que utilizaba para disimular una incomodidad. Duró poco, pero durante ese instante su rostro pareció volver a un tiempo que Osvaldo no conocía.
—¿Y los rosales? —preguntó él.
Noelia miró hacia las ventanas cubiertas de agua.
—El blanco que está junto a la entrada fue el primero. Daniel lo trajo una tarde con las raíces envueltas en papel de diario. Había pagado demasiado y, para colmo, perdió la mitad de la tierra por el camino.
—No parecía un regalo prometedor.
—Yo le dije que no sobreviviría al invierno. Él respondió que, si se moría, al menos tendríamos la planta más cara del cementerio.
Osvaldo rió.
—Era optimista.
—No. Era incapaz de reconocer una mala compra.
Noelia apoyó un codo sobre la mesa y sostuvo la taza cerca de los labios.
—Ese primer invierno casi lo perdimos. Después aprendí dónde debía podarlo, cuánto había que cubrirlo y a qué hora alcanzaba el sol. Cuando floreció, quise plantar otro. Después otro.
—Y ahora casi no se ve la casa.
—Esa es una de sus ventajas.
—¿No le gusta que la vean?
Noelia levantó los ojos hacia él.
—Me gusta decidir cuánto.
Osvaldo sostuvo su mirada. Luego tomó la taza.
Un golpe sonó en el piso superior.
Noelia inclinó la cabeza, atenta.
—Fue el cajón de los juguetes —dijo.
—¿Está segura?
—Sí.
Esperaron.
—¡No se rompió nada! —gritó Cristóbal.
Noelia miró a Osvaldo.
—El cajón de los juguetes.
Él asintió, convencido.
La lluvia continuó cayendo con fuerza, aunque el trueno ya se alejaba hacia el mar. La lámpara permanecía encendida sobre ellos sin volver a parpadear.
Noelia acercó la invitación del Arzobispado y repasó nuevamente las líneas del formulario.
—¿Por qué pensó en mí?
—Ya se lo dije.
—Me dijo que era la persona indicada.
Osvaldo dejó la taza sobre el plato.
—La he visto trabajar con los niños. No necesita levantar la voz para que la escuchen. Y cuando alguno se equivoca, sabe corregirlo sin hacerlo sentir torpe.
Noelia hizo girar el formulario sobre la mesa.
—A veces los hago sentir un poco torpes.
—Solo cuando se lo merecen.
Ella sonrió.
—También conoce esta ciudad —continuó Osvaldo—. Conoce a las familias, las escuelas y los problemas que nadie menciona en las reuniones. Si vamos a preparar algo para una posible visita, necesitamos personas capaces de decir cuándo una idea no sirve.
—¿Quiere que participe porque soy buena contradiciendo?
—Entre otras cosas.
Noelia dejó el formulario junto a la pila de exámenes, sin firmarlo.
—Todavía voy a pensarlo.
—Por supuesto.
—Y no utilice a mis hijos para convencerme.
—No haría algo así.
Desde el segundo piso, Vicente gritó:
—¡Dile que sí, mamá!
Osvaldo se llevó la taza a los labios para ocultar la sonrisa.
—Testigos confiables —murmuró Noelia.
El agua comenzó a caer con menos fuerza. El repiqueteo sobre el techo se hizo más lento y entre las nubes apareció una claridad pálida que iluminó los vidrios mojados.
Noelia se levantó y, sin preguntarle, rellenó ambas tazas. Al inclinar la tetera, un mechón ondulado escapó del cabello sujeto con el lápiz amarillo y le cayó sobre la mejilla. No hizo ademán de apartarlo.
Osvaldo miró hacia el jardín. La lluvia había cedido y, detrás de los rosales, la calle comenzaba a distinguirse con claridad.
—Ya tengo que irme —dijo—. Prefiero cruzar el centro antes de que empiece alguna protesta.
Noelia dejó la tetera sobre la mesa.
—¿Habrá protestas?
—Hay rumores.
—En la radio dijeron que la situación estaba tranquila.
—Sí, pero todo puede cambiar de un momento para otro.
Osvaldo tomó un último sorbo de té. Recogió el abrigo del respaldo de la silla y se lo puso. Después sacó del bolsillo el guante izquierdo y se lo colocó.
Fue hasta la cocina y tomó el guante derecho, que todavía permanecía húmedo.
El sobre abierto, la invitación y el formulario quedaron junto a los exámenes.
Después de despedirse, Osvaldo salió al corredor, recuperó la bicicleta junto a la pared y partió hacia la parroquia.