Capítulo 4 #3
—¿Los ha leído todos?
Cristóbal respondió antes que su madre:
—Algunos dos veces. Otros dice que los va a leer cuando nosotros seamos grandes y nos vayamos.
—Yo nunca he dicho eso.
Noelia apoyó una mano en la cintura.
—¿Desde cuándo sabes lo que pienso?
—Desde siempre.
Noelia retiró un mechón de su rostro y lo sostuvo detrás de la oreja. Osvaldo la observó un instante antes de llevarse una mano al interior del abrigo.
—En realidad, primero vine a devolverle algo.
Sacó el lápiz amarillo.
Noelia lo reconoció enseguida.
—Pensé que la parroquia lo había adoptado.
—Fue una adopción temporal. Incluso prestó algunos servicios en el Arzobispado.
—¿Se portó bien?
—Tuvo una conducta ejemplar.
Noelia recibió el lápiz. La pintura conservaba las pequeñas marcas de sus dientes cerca de la punta, pero alguien lo había afilado.
—Lo afiló.
—Estaba sin punta.
—Así es como terminan casi todos mis lápices.
Hizo girar el lápiz entre los dedos. Después se lo sostuvo entre los labios, levantó ambas manos y reunió el cabello detrás de la cabeza. Lo retorció con rapidez, retiró el lápiz de su boca y lo atravesó entre los mechones hasta asegurarlos.
Todo el movimiento duró apenas unos segundos.
Osvaldo bajó la vista.
—Mucho mejor —dijo Vicente.
Noelia tocó el cabello para comprobar que se mantuviera en su sitio.
—Gracias, padre.
—No tiene por qué.
Osvaldo abrió el abrigo y extrajo de otro bolsillo interior un sobre. En la esquina superior estaba impreso el sello del Arzobispado.
Vicente se acercó para examinarlo.
—¿Trajo tareas?
—Algo parecido.
—Entonces son para mi mamá.
—¿Por qué no podrían ser para ustedes?
—Porque hoy es domingo —respondió Cristóbal.
Osvaldo aceptó la explicación con un movimiento de cabeza.
—Es un argumento difícil de discutir.
Noelia recibió el sobre con ambas manos.
Debajo del sello se leía:
COMISIÓN PREPARATORIA PARA UNA EVENTUAL VISITA APOSTÓLICA
—¿Eventual? —preguntó.
—Todavía no existe una confirmación oficial.
—La señora Berta no parece saberlo.
—La fe de Berta tiene acceso a información que aún no llega al Arzobispado.
Noelia rió. Deslizó un dedo bajo la solapa y abrió el sobre. Dentro encontró una invitación y un formulario. Su nombre completo y su dirección estaban escritos a mano.
Levantó la vista.
—Usted propuso mi nombre.
No era una pregunta.
Osvaldo apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.
—Me pareció que era la persona indicada.
Noelia volvió al documento. La invitaban a participar en el equipo de educación, catequesis y coro. La primera reunión estaba fijada para el martes catorce de octubre, a las seis y media de la tarde, en el salón parroquial.
—Pasado mañana.
—Sí.
—Tengo clases, exámenes y dos niños que todavía convierten las cucharas en micrófonos.
—No tiene que responder ahora.
—¿Cuánto trabajo será?
—Todavía no lo sabemos.
—Eso significa mucho.
—Probablemente.
—Al menos es sincero.
Osvaldo sonrió.
—La idea es preparar material para los colegios, organizar actividades con los niños y recuperar el coro. Aunque la visita no llegue a concretarse, parte de ese trabajo seguirá siendo útil.
Noelia revisó el formulario. La propuesta le interesaba. También veía la pila de exámenes sobre la mesa, la ropa que todavía debía ordenar y las horas que cada semana parecían terminarse antes de tiempo.
—Puede pensarlo —dijo Osvaldo—. No vine a presionarla.
—Mi mamá va a decir que sí —intervino Cristóbal.
Noelia giró la cabeza hacia él.
—Nadie te preguntó.
—Siempre dices que no tienes tiempo y después haces las cosas igual.
Osvaldo fingió interesarse repentinamente en una caracola.
—Los niños pueden ser muy indiscretos —dijo Noelia.
—En la parroquia los llamamos testigos confiables.
Vicente se inclinó sobre el formulario.
—¿Puedo firmar yo?
—No.
—Pero sé escribir mi nombre.
—Cuando el obispo necesite un Vicente, te avisamos.
El niño pareció conforme con aquella posibilidad.
Una nube oscureció las ventanas. La penumbra verdosa del salón se hizo más profunda y Noelia encendió la lámpara del techo.
La ampolleta parpadeó.
Se apagó durante un instante, se encendió y titiló dos veces más.
Osvaldo alzó los ojos.
—¿Hace eso siempre?
—Desde hace unos días. Pensaba cambiarla después.
La luz tembló.
—Puede estar floja.
—O está por morir.
Osvaldo dejó el formulario sobre la mesa.
—¿Puedo utilizar esa silla?
—No hace falta, padre.
—Si es solamente la ampolleta, tardaré un minuto.
Se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo de otra silla. Después colocó la elegida debajo de la lámpara.
—De verdad, puedo hacerlo yo —dijo Noelia.
—Entonces sostenga la silla.
Cristóbal y Vicente se instalaron a observar. Osvaldo apagó el interruptor y esperó unos segundos antes de subirse.
La silla crujió bajo su peso.
—No sé si es tan firme como parecía —comentó.
—Usted fue quien la eligió.
—Ahora es demasiado tarde para discutirlo.
Noelia sujetó el respaldo con ambas manos. Osvaldo desenroscó apenas la ampolleta y la ajustó.
Cristóbal levantó la cabeza.
—¿A los sacerdotes les enseñan a arreglar luces?
—Solamente a los que trabajan en parroquias con poco presupuesto.
—¿En el seminario?
—Después de latín y antes de aprender a reparar goteras.
Vicente se agachó para mirar debajo de la silla.
—No la muevas —le advirtió Noelia.
—Estoy viendo si tiene una pata rota.
Osvaldo permaneció inmóvil.
—¿Y tiene?
Vicente examinó las cuatro patas.
—Todavía no.
—Eso me tranquiliza mucho.
Noelia contuvo una sonrisa.
—Ya está —dijo Osvaldo.
Al bajar, apoyó primero un pie en el suelo y después el otro. Noelia se movió para dejarle espacio, pero Osvaldo escogió el mismo lado.
Quedaron frente a frente.
Las manos de Noelia continuaban sujetando el respaldo. Ella fue la primera en apartarse.
—Probemos la luz.
Encendió el interruptor.
La ampolleta iluminó el salón sin parpadear.
Los cuatro levantaron la vista y esperaron.
La luz permaneció estable.
—Era eso —dijo Noelia.
—Probablemente.
—No suena muy convencido.
Osvaldo miró el portalámparas.
—Si vuelve a parpadear, no la siga usando. Puede ser la ampolleta, pero también el portalámparas o algún cable.
—Llamaré a un electricista.
—Hágalo.
Noelia observó la luz durante unos segundos más.
—¿Cuánto le debo por la reparación?
—Puede descontarlo de las horas de la comisión.
—Todavía no he aceptado.
—Entonces quedará como deuda parroquial.
Las primeras gotas golpearon las ventanas.
Noelia volvió la cabeza. En pocos segundos, la lluvia cubrió los vidrios y comenzó a repiquetear sobre el techo. Las ramas de los rosales se inclinaron bajo el agua.
Osvaldo miró hacia la puerta. Su bicicleta apenas se distinguía detrás de la cortina de lluvia.
Noelia recogió la invitación de la mesa.
—Me parece que va a tener que esperar un poco.
Un trueno lejano retumbó sobre Puerto Ceniza.
Vicente corrió hacia la ventana.
—¿Se va a cortar la luz?
—No si dejas de anunciarlo —respondió Noelia.
Una ráfaga golpeó la casa y empujó agua por una de las ventanas entreabiertas. Noelia retiró los exámenes antes de que se mojaran, cerró las hojas y aseguró el pestillo. Después se volvió hacia sus hijos.
—Cristóbal, acerca la bicicleta del padre a la pared del corredor. Vicente, deja entrar a Niebla antes de que se empape.
—Puedo ir yo —dijo Osvaldo.
—Usted ya tiene un guante secándose.
Cristóbal salió al corredor. Vicente abrió la puerta y Niebla entró de un salto, perseguido por el ruido de la lluvia.
—¡No te sacudas! —le advirtió el niño.
El perro se sacudió.
Una lluvia más pequeña salió despedida de su pelaje y alcanzó la puerta, las paredes y las piernas de Vicente.
Noelia cerró los ojos durante un instante.
—Trae el paño otra vez.
Entre los dos niños secaron a Niebla mientras el perro intentaba escapar hacia la chimenea. Después Noelia les ordenó que subieran a cambiarse los calcetines.
Cristóbal miró sus pies.
—Los míos están secos.
Levantó uno. Una mancha oscura cubría la punta del calcetín.
—¿Cómo sabías?
—Porque te vi pisar el charco.
Vicente echó a correr hacia la escalera.
—¡Sin correr!
El niño redujo la velocidad durante tres peldaños y aceleró apenas desapareció de la vista. Cristóbal fue detrás de él.
Noelia recogió el paño mojado y lo dejó en el lavaplatos. Niebla se instaló frente a la chimenea y comenzó a lamerse una pata como si todo el alboroto hubiera sido responsabilidad de los demás.
—¿Toma té? —preguntó Noelia.
—Sí, gracias. Con una lluvia así, he aprendido a no rechazar una taza de té.
—Una enseñanza fundamental para vivir en esta zona.
Noelia llenó la tetera y la puso sobre la cocina.
Luego se desató el delantal, lo sacudió una vez y lo colgó detrás de la puerta.
Debajo llevaba una blusa clara y la falda oscura con pequeñas flores azules que había usado para ir a misa.
Se bajó las mangas hasta las muñecas y retiró con los dedos una pequeña mancha de barro que Niebla había dejado sobre la tela.
Osvaldo permanecía junto a la mesa. Sin el abrigo, parecía menos solemne, aunque el alzacuello seguía dándole un aspecto extraño en medio de las tazas desiguales, los exámenes escolares y los juguetes que asomaban debajo de un sillón.
Noelia sacó dos tazas del mueble, colocó azúcar en una de ellas y dejó la otra sin nada.
—¿Cómo sabe que tomo el té sin azúcar?
—No lo sé.
—Entonces acertó.
—Le puse azúcar al mío.
Osvaldo sonrió.
Mientras esperaba que hirviera el agua, reparó en la fotografía situada sobre la chimenea. El marco había vuelto a inclinarse hacia la izquierda.
—¿Es el padre de los niños?
Noelia siguió la dirección de su mirada.
—Daniel.
Se acercó a la chimenea y enderezó el marco con dos dedos.
En la fotografía, Daniel aparecía sentado sobre una roca, con las mangas de la camisa arremangadas y el cabello revuelto por el viento. Sonreía hacia alguien que había quedado fuera de la imagen.
—No lo conocí —dijo Osvaldo.
—Murió hace cinco años, antes de que usted llegara a Puerto Ceniza.
La tetera comenzó a silbar. Noelia regresó a la cocina, apagó el fuego y vertió el agua en las tazas. Esperó hasta que el vapor le alcanzó la cara antes de continuar.
—Fue un accidente en el astillero.