Capítulo 4 #2
A las dos y media, la casa entró en una calma relativa. Cristóbal y Vicente subieron a su dormitorio con la promesa de no romper nada. Niebla se tendió debajo de la mesa, agotado después de una mañana de comportarse como si llevara tres perros dentro.
Noelia recogió la montaña de exámenes que ocupaba un extremo del comedor y se sentó junto a la ventana.
La pared del salón estaba cubierta por una biblioteca construida con maderas de distintos tonos.
Algunos estantes se inclinaban bajo el peso de las novelas, los libros de poesía, los manuales de pedagogía y las antologías escolares.
Los cuentos de los niños aparecían mezclados con los libros de Noelia, y una caracola pequeña sostenía una fila de volúmenes que amenazaba con venirse abajo.
Una nube cubrió el sol y la habitación se oscureció. Noelia encendió la lámpara del techo. La ampolleta parpadeó dos veces antes de quedar encendida.
Levantó la vista.
Esperó unos segundos, pero la luz permaneció estable.
Los exámenes correspondían a alumnos que debían escribir una composición breve sobre Puerto Ceniza sin utilizar las palabras mar, puerto ni barco. Algunos habían resuelto el ejercicio con ingenio. Otros habían descrito la ciudad como si estuviera situada en medio de la cordillera.
Noelia leyó el primer texto.
«En Puerto Ceniza la ropa tarda tres días en secarse y las gaviotas despiertan antes que las personas».
Subrayó la frase y escribió en el margen: «Buena imagen».
El siguiente alumno había reemplazado la palabra puerto por «el lugar donde se estacionan los barcos». Noelia encerró la expresión en un círculo y anotó debajo: «La idea era buscar otra manera de contar la ciudad, no esconder las palabras».
Desde el segundo piso llegó un golpe.
—¡Fue Niebla! —gritó Vicente.
El perro dormía sobre los pies de Noelia.
—¡Niebla está conmigo!
Hubo un breve silencio.
—Entonces fue Cristóbal.
—¡Mentira!
Noelia cerró los ojos un instante.
—Lo que se haya caído, lo levantan. Y si se rompió, los dos bajan a decírmelo.
No hubo respuesta. Después escuchó pasos y un murmullo apurado entre los hermanos.
Al terminar el tercer examen se llevó una mano al cabello. El amarre comenzaba a tirarle cerca de la sien. Se lo quitó y dejó que el pelo le cayera sobre los hombros. Después lo reunió con una mano y buscó sobre la mesa el lápiz amarillo que acostumbraba utilizar para sostenerlo.
El lápiz no estaba.
Revisó entre los exámenes y levantó dos cuadernos. Después fue hasta el vestíbulo, descolgó la cartera y la llevó a la mesa. Encontró en su interior dos boletos de micro, una tiza quebrada, un caramelo pegado al envoltorio y la estampita que Vicente había recogido durante la misa.
Nada más.
Colgó la cartera en su lugar.
Quizás Berta ya estaba utilizando el lápiz para anotar la lista de velas y flores que debía comprar.
La ampolleta parpadeó de nuevo.
Esta vez Noelia la observó durante más tiempo. La luz se apagó apenas un instante y se encendió.
—Después te cambio —murmuró.
Se inclinó sobre el siguiente examen y continuó corrigiendo.
Poco antes de las cuatro, Niebla levantó de golpe la cabeza.
Las orejas del perro se irguieron. Un segundo después salió de debajo de la mesa, corrió hacia el pasillo y comenzó a ladrar frente a la puerta.
—¡Mamá! —gritó Vicente desde el segundo piso—. ¡Vino alguien!
—Ya lo escuché.
Noelia dejó el lápiz rojo sobre el examen y se puso de pie. Se pasó las manos por el delantal y apartó de su rostro el cabello suelto.
Niebla seguía ladrando.
—Ya voy.
Atravesó el salón, abrió la puerta y salió al jardín.
Todavía estaba descalza y llevaba el delantal sobre la falda oscura que había usado para ir a misa.
Niebla corría alrededor de ella y se adelantaba hasta el portón para regresar enseguida, como si temiera que Noelia no hubiera comprendido la urgencia.
Al otro lado del cerco apareció una figura oscura entre los rosales.
Era Osvaldo.
Había apoyado un pie en el suelo y mantenía la bicicleta inclinada hacia un costado. Vestía el abrigo negro y el alzacuello destacaba sobre la camisa. Los guantes de lana le cubrían las manos.
Cuando Noelia se acercó, Osvaldo tardó un instante en saludar. La había visto pocas horas antes con el cabello recogido. Ahora estaba descalza, llevaba un delantal y el pelo le caía suelto sobre los hombros. Noelia se detuvo frente al portón sin advertir su vacilación.
—Padre, ¿ocurrió algo?
—Nada grave. Vengo en son de paz.
Niebla gruñó desde detrás de las tablas.
—Él todavía no está convencido.
—Me parece razonable.
Osvaldo apoyó la bicicleta contra el cerco. Se quitó el guante derecho y lo sostuvo con la mano izquierda, que seguía enguantada. Después introdujo la mano desnuda entre las tablas.
—Hola, Niebla.
El perro acercó el hocico y olfateó sus dedos. Pareció tranquilizarse.
—Creo que ya somos amigos —dijo Osvaldo.
Niebla estiró el cuello, atrapó el guante que sostenía en la otra mano y salió corriendo hacia el jardín.
—¡Niebla!
Desde el interior de la casa llegó el estrépito de varios pies bajando por la escalera.
—¡No corran! —alcanzó a gritar Noelia.
Cristóbal y Vicente aparecieron en la entrada.
—¡Se robó el guante del padre! —celebró Vicente.
—Lo estoy viendo.
Noelia abrió el portón. Osvaldo entró y avanzó dos pasos antes de que una rama del rosal se enganchara en la manga de su abrigo.
—Espere —dijo ella—. No se mueva.
Osvaldo se quedó quieto.
Noelia se acercó y sostuvo la rama con una mano. Con la otra comenzó a liberar la tela de las espinas. El viento volvió a empujarle el cabello sobre la cara. Intentó apartarlo con un soplido, pero el mechón regresó enseguida.
Osvaldo levantó una mano como si fuera a ayudarla y después la bajó.
—Si tira, va a romper la manga —le advirtió Noelia.
—No estoy tirando.
—Cada vez que respira, la tela se mueve.
Osvaldo contuvo el aire.
Noelia liberó la última espina. Al retirar la mano, una punta le pinchó el índice.
—Ay.
—¿Se hizo daño?
—No es nada.
Una pequeña gota de sangre apareció junto a la uña. Noelia la retiró con el pulgar y levantó la rama para dejarle paso.
—Las rosas cobran entrada.
Osvaldo contempló los rosales que rodeaban el sendero. Desde la calle parecían abundantes, pero dentro del jardín se extendían mucho más de lo que había imaginado. Algunas ramas trepaban por el corredor y otras llegaban hasta las ventanas del primer piso.
—No sabía que pudieran crecer tantas tan cerca del mar.
—Crecen, pero hay que protegerlas del viento.
Niebla pasó frente a ellos con el guante entre los dientes. Vicente corría detrás y Cristóbal intentaba cerrarle el paso desde el otro extremo del sendero.
Osvaldo avanzó para ayudar.
—No lo siga —dijo Noelia.
—Tiene mi guante.
—Si corre detrás de él, va a creer que están jugando.
Niebla se detuvo y miró al sacerdote, esperando que continuara la persecución.
—Me parece que ya lo cree.
Noelia se volvió hacia sus hijos.
—Cristóbal, cierra el paso junto al corredor. Vicente, trae una galleta.
Los niños obedecieron. Cristóbal avanzó despacio para impedir que Niebla escapara hacia la parte posterior de la casa. Vicente regresó con una galleta en cada mano.
Noelia lo miró.
—Una.
Vicente escondió una detrás de la espalda.
—Esta es para mí.
—Primero recuperamos el guante.
El niño se agachó y extendió la galleta. Niebla miró el premio, apretó el guante entre los dientes y retrocedió.
—No se la tires —le indicó Noelia—. Espera a que lo suelte.
Vicente permaneció quieto. El perro avanzó lentamente, dejó caer el guante y tomó la galleta con tanta rapidez que estuvo a punto de llevarse también los dedos del niño.
—¡Lo soltó!
Cristóbal recogió el guante por una esquina y se lo entregó a su madre. Estaba húmedo y cubierto de tierra, pero no parecía roto.
Noelia lo examinó por ambos lados.
—Sobrevivió.
—Habría preferido que no pasara por una prueba tan exigente —dijo Osvaldo.
—Pase. Voy a limpiarlo.
—No quisiera interrumpir.
—Ya está aquí.
Osvaldo sonrió.
Noelia sostuvo el guante con dos dedos y caminó hacia la casa. Vicente se comió la segunda galleta y corrió detrás de ella. Cristóbal permaneció junto a Niebla para impedir que intentara recuperar el botín.
Osvaldo tomó la bicicleta y la dejó bajo el corredor, lejos de los rosales. Antes de entrar, se quitó el guante izquierdo y lo guardó en un bolsillo exterior del abrigo.
Al llegar a la entrada, se detuvo.
Desde allí podía ver la mesa cubierta de exámenes, los frascos con vidrios de colores, las caracolas sobre las ventanas y la biblioteca que ocupaba casi toda una pared.
En el aire todavía permanecía el olor de la comida.
Nada parecía dispuesto para recibir visitas.
La casa continuaba con su vida alrededor de él.
Noelia ya estaba dentro. Dejó el guante junto al lavaplatos, apartó una silla y lo miró.
—Pase, padre.
Osvaldo entró.
Detrás de él, Niebla también intentó hacerlo.
—Tú no —dijo Noelia.
El perro se sentó en la entrada y fijó los ojos en el bolsillo donde Osvaldo acababa de guardar el otro guante.
Cristóbal cerró la puerta antes de que Niebla pudiera meter el hocico.
El perro soltó un gemido desde el corredor.
—Ya te limpiamos las patas una vez —dijo Noelia—. No vamos a empezar de nuevo.
Niebla se dejó caer frente a la entrada con la resignación de quien había sido expulsado injustamente de su propia casa.
Noelia llevó el guante hasta la cocina. Abrió la llave y dejó correr el agua sobre la lana mientras retiraba la tierra con los dedos.
—No era necesario lavarlo —dijo Osvaldo.
—Niebla se revuelca en lugares que usted no quiere conocer.
Noelia exprimió el guante con cuidado, y lo dejó cerca de la cocina para que se secara.
—Va a quedar húmedo.
—Después de lo que acaba de pasar, me conformo con recuperarlo.
Los ojos de Osvaldo recorrieron las caracolas de las ventanas, los frascos de colores y el faro de madera que colgaba junto a la entrada. Finalmente se detuvieron en la biblioteca.
—Son muchos libros.
Noelia miró los estantes.
—Se han ido juntando.
Osvaldo se acercó y leyó algunos títulos sin tocar los volúmenes.