Capítulo 4
Capítulo
Poco después de la una, cuando faltaba menos de una cuadra para llegar a casa, Cristóbal, que ya se había puesto el suéter que Noelia había cargado desde la iglesia, miró a Vicente. Ella alcanzó a reconocer la señal.
—Ni se les ocurra.
Los dos soltaron sus manos y echaron a correr.
—¡Hasta el portón! —les gritó—. ¡Y no se acerquen a la esquina!
Cristóbal tomó la delantera, pero Vicente se desvió por una franja de pasto y consiguió adelantarlo. Noelia apuró el paso detrás de ellos. Alcanzó a dar tres zancadas antes de que uno de sus zapatos de taco quedara atrapado en una grieta de la vereda.
Se detuvo, sacó el pie y miró el zapato con fastidio. Después se quitó ambos, los sujetó por las correas y levantó un poco la falda oscura con la otra mano.
—Ahora sí los voy a pillar.
Corrió tras ellos con la cartera golpeándole la cadera. El frío de la vereda le atravesó las plantas de los pies, pero no disminuyó el paso. El viento le soltó varios mechones del cabello y uno terminó pegado a la comisura de sus labios. Lo apartó con un soplido y siguió corriendo.
Vicente llegó primero al portón.
—¡Gané!
—Hiciste trampa —protestó Cristóbal—. Te fuiste por el pasto.
—El pasto también llega a la casa.
Noelia apareció detrás de ellos con la respiración agitada y las mejillas encendidas por el frío. Miró a Vicente con los ojos entrecerrados.
Detrás del cerco, Niebla comenzó a ladrar. Era un perro de pelo gris, largo y desordenado, con unas patas demasiado grandes para el resto del cuerpo. Saltaba frente al portón con un trozo de madera entre los dientes y golpeaba los barrotes con la cola.
—¡Niebla! —gritó Vicente, metiendo una mano entre las tablas.
El perro respondió con un ladrido apagado por el palo.
—No acerques la cara —le advirtió Noelia—. Te va a llenar de baba.
Vicente retiró la cabeza, pero dejó la mano para que Niebla pudiera lamerle los dedos.
Detrás del perro se levantaba la casa. Era una construcción antigua de madera, amplia y de dos pisos.
Conservaba el amarillo bajo los aleros y en las zonas protegidas por el corredor, pero la lluvia y el aire salino habían levantado la pintura alrededor de las ventanas.
Algunas tablas mostraban la madera desnuda; otras tenían un tono más claro porque Noelia las había reemplazado durante los últimos inviernos.
El primer piso casi desaparecía detrás de los rosales.
Las ramas se entrelazaban sobre el cerco y se extendían a ambos lados del sendero.
La mayoría estaba cubierta de brotes todavía cerrados, pero en los lugares protegidos del viento ya habían aparecido las primeras rosas.
Había algunas rojas, blancas y amarillas.
Las que crecían cerca de la esquina permanecían inclinadas hacia la pared, buscando el poco sol que alcanzaba a llegarles.
Noelia se acomodó los zapatos bajo un brazo y buscó las llaves dentro de la cartera.
El viento le echó otra vez el cabello sobre la cara.
Se sujetó el llavero entre los labios, levantó ambas manos y reunió los mechones detrás de la cabeza.
Los retorció con rapidez y los aseguró. Algunas ondas se soltaron enseguida sobre su nuca.
Cristóbal la observaba.
—Te quedó chueco.
Noelia tomó las llaves.
—¿El pelo o la cabeza?
Cristóbal dudó.
—El pelo.
Noelia introdujo la llave en la cerradura. Niebla dejó caer el palo y comenzó a girar, impaciente.
—Atrás —ordenó.
El perro retrocedió dos pasos.
—Más atrás.
Niebla dio otro paso y bajó las orejas. Noelia abrió apenas el portón, pero el perro metió el hocico en la abertura y salió disparado a la calle.
—¡Se escapó! —gritó Vicente, encantado.
Los niños corrieron detrás de él. Niebla llegó hasta la esquina, levantando pequeñas nubes de polvo con las patas.
—¡Hasta ahí! —llamó Noelia.
Cristóbal se detuvo primero y sujetó a Vicente por el hombro antes de que siguiera avanzando. Noelia permaneció junto al portón con una mano apoyada en la cintura. No necesitaba perseguir al perro. Conocía aquella carrera.
Niebla miró hacia atrás, dio una vuelta alrededor de sí mismo y regresó con la lengua afuera. Noelia se apartó justo a tiempo y el perro atravesó el portón de madera como una ráfaga gris.
—Algún día voy a pillarlo —dijo mientras cerraba.
—¿Cuándo, mamá? —preguntó Vicente.
—Cuando Niebla esté viejo y yo todavía pueda correr.
Cristóbal cerró el pestillo sin que ella tuviera que pedírselo. Después tomó a su hermano de la mano para cruzar el jardín. Vicente se soltó casi de inmediato y fue detrás del perro.
Noelia avanzó descalza por el sendero. No necesitaba mirar dónde pisaba. Conocía las piedras sueltas, la tabla que se levantaba cerca del corredor y la rama que siempre intentaba engancharle la ropa. La apartó con el dorso de la mano al pasar.
Antes de llegar a la puerta se detuvo frente a una rosa blanca vencida por la humedad. Dejó los zapatos sobre el escalón y se agachó. Sostuvo la flor desde abajo, retiró dos hojas ennegrecidas y presionó la tierra alrededor del tallo con la punta de los dedos.
—Mamá, tengo hambre —anunció Vicente desde la entrada.
—Las rosas también.
—Pero ellas no fueron a misa —dijo Cristóbal.
Noelia levantó la vista hacia ellos.
—Por eso se portaron mejor que ustedes.
Se frotó las yemas de los dedos para desprender la tierra húmeda, recogió los zapatos y subió los escalones. La puerta principal se abrió con su gemido metálico. Niebla intentó entrar primero, pero Noelia lo sujetó del collar antes de que pusiera las patas embarradas sobre el piso.
—Cristóbal, busca un paño. Vicente, deja mi cartera junto a la escalera.
Los dos niños obedecieron mientras discutían quién debía limpiar cada pata.
Noelia se hizo a un lado para dejarlos pasar. Entró última, comprobó que el portón estuviera cerrado y empujó la puerta con el talón.
Y la casa recuperó el movimiento alrededor de ella.
En el vestíbulo, la luz entraba teñida de verde por las hojas de los rosales. Noelia dejó los zapatos junto a la puerta y depositó las llaves dentro de una gran concha blanca que utilizaba como recipiente.
Cristóbal apareció con un paño de cocina. Vicente permanecía arrodillado junto a Niebla, sujetándolo por el cuello mientras el perro intentaba lamerle la cara.
—Las patas, Vicente. No la lengua.
—Él empezó.
—Las delanteras para Cristóbal y las traseras para ti.
—Las de atrás están más sucias.
—Por eso son tuyas.
Noelia se quitó la chaqueta clara y la dejó sobre el respaldo de una silla.
Después se agachó y sostuvo a Niebla mientras los niños le limpiaban las patas.
El perro soportó la operación hasta que llegaron a la tercera.
Entonces se sacudió con fuerza y salpicó de barro el piso, la falda de Noelia y la cara de Vicente.
El niño cerró los ojos.
—Lo hizo a propósito.
—Me entró barro en la boca.
Noelia le limpió la última pata a Niebla, soltó el collar y señaló el pasillo.
El perro avanzó hacia el salón sin esperar una segunda orden.
Noelia recogió la cartera que Vicente había dejado junto a la escalera y la colgó en su lugar. Al pasar, enderezó con un dedo el pequeño faro fabricado con maderas recogidas en la playa.
La casa estaba llena de objetos encontrados junto al mar.
Sobre los marcos de las ventanas había caracolas, piedras blancas y frascos con vidrios verdes y azules.
Noelia conocía el origen de casi todos. Algunos los había recogido ella; otros habían llegado en los bolsillos de los niños y se habían quedado allí después de que ellos olvidaran por qué los habían llevado.
—Lávense las manos —ordenó mientras caminaba hacia la cocina—. Y Vicente, también la cara.
—Niebla no se va a lavar.
—Niebla no va a almorzar.
Vicente corrió al baño sin volver a discutir.
Noelia se puso el delantal, anudó los cordones detrás de la espalda y se arremangó hasta los codos. Destapó la olla que había dejado preparada la noche anterior, retiró la capa de grasa endurecida sobre el caldo y encendió el fuego.
Cristóbal entró primero y sacó tres platos hondos del mueble.
—Pon también el pan —le indicó Noelia.
Vicente apareció detrás de él con la cara mojada y una manga empapada.
—¿Te lavaste o te caíste dentro del lavamanos?
—Me lavé mucho.
Noelia tomó una esquina del delantal y le secó las gotas que todavía le corrían por el cuello.
—Siéntate.
Los niños ocuparon sus lugares. Niebla se instaló debajo de la mesa y apoyó el hocico sobre la rodilla de Vicente.
Noelia sirvió la comida. Colocó primero el plato de Cristóbal, luego el de Vicente y, antes de sentarse, cortó la papa del menor en trozos pequeños. Vicente sopló una cucharada y miró a su madre por encima del vapor.
—¿La señora Berta dijo de verdad que viene el Papa?
—Dijo que podría venir —lo corrigió Cristóbal.
—Todavía no está confirmado —dijo Noelia.
—Si viene, ¿podemos llevar a Niebla?
—¡Claro que no!
—¿Por qué?
—Porque no sabe quedarse quieto.
Vicente hundió la cuchara en el caldo.
—Yo tampoco y me llevaste a misa.
Noelia se detuvo antes de probar la comida. Lo miró y después bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
—Ese argumento estuvo peligrosamente cerca de convencerme.
Cristóbal tomó un pedazo de pan.
—El Papa podría bendecirlo.
—Primero tendría que conseguir que se portara bien.
Debajo de la mesa, Niebla empujó con el hocico la mano de Vicente. El niño comenzó a bajar disimuladamente un trozo de pan.
—Ni se te ocurra —dijo Noelia sin mirarlo.
Vicente devolvió la mano a la mesa.
—No estaba haciendo nada.
Durante algunos minutos solo se escucharon las cucharas contra los platos. Noelia vigiló que Vicente se comiera las zanahorias y que Cristóbal no terminara demasiado deprisa. Después hizo que ambos llevaran sus platos hasta el lavaplatos y la ayudaran a guardar los cubiertos.
Al pasar frente a la chimenea, enderezó una fotografía de Daniel. El marco tenía una pata más corta y siempre terminaba inclinado hacia la izquierda. Noelia lo acomodó, limpió con el pulgar una pequeña marca del vidrio y siguió caminando.