Capítulo 3 #2
Noelia guardó el pañuelo y le indicó a Vicente que juntara las manos. Después inclinó la cabeza.
Berta había advertido la pausa.
Primero miró a Osvaldo. Luego siguió la dirección de sus ojos hasta encontrar a Noelia. La profesora permanecía pendiente de sus hijos y no parecía darse cuenta de que el sacerdote la observaba.
Berta volvió la vista hacia el altar.
La homilía terminó poco después.
La misa avanzó hacia la liturgia eucarística. Osvaldo se obligó a concentrarse en el altar, en el pan, en el vino y en las palabras que había pronunciado cientos de veces.
Cuando llegó la consagración, la iglesia quedó en silencio.
Noelia estaba arrodillada con la cabeza baja y las manos unidas. A su lado, Vicente permanecía sentado. Uno de los mechones de su madre había quedado suelto sobre el hombro, y el niño comenzó a enrollarlo entre los dedos.
Osvaldo miró hacia ellos apenas un instante.
Berta, que todavía lo observaba, alcanzó a darse cuenta.
Osvaldo tomó la hostia para elevarla. Sus dedos perdieron firmeza y la hostia cayó sobre el corporal antes de que pudiera levantarla.
No produjo ningún ruido.
A Berta le pareció que toda la iglesia debía de haberlo visto.
Osvaldo la recogió de inmediato y continuó la elevación. Su rostro permaneció sereno, aunque sus manos tardaron unos segundos en dejar de temblar.
Berta miró hacia ambos lados.
Las otras Damas de la Caridad continuaban con la cabeza inclinada. La familia Contreras intentaba mantener arrodillados a los niños más pequeños. Nadie parecía haber advertido lo ocurrido.
Noelia tampoco.
Seguía con la cabeza baja. No había visto la caída de la hostia ni la mirada que la había precedido.
Berta volvió los ojos hacia Osvaldo y ya no los apartó hasta el final de la misa.
Osvaldo terminó la misa sin cometer otro error.
Cuando dio la bendición final, los feligreses comenzaron a salir hacia la plaza. El viento les levantaba los sombreros y desordenaba los velos apenas cruzaban la puerta.
Osvaldo regresó a la sacristía, se quitó las vestiduras y se puso el abrigo negro. Al acomodarse el alzacuello, sintió el lápiz amarillo dentro del bolsillo.
Esta vez se lo devolvería.
Salió a la entrada de la iglesia, pero la familia Contreras lo alcanzó antes de que pudiera buscar a Noelia.
—La bendición para los niños, padre —pidió la madre.
Los ocho hijos intentaron ordenarse por tamaño. El menor corrió hacia la plaza y una de sus hermanas tuvo que salir a buscarlo. Cuando por fin estuvieron reunidos, Osvaldo comenzó a apoyar una mano sobre cada cabeza.
—Que Dios te bendiga.
Avanzó de uno en uno hasta llegar al sexto niño.
—Tú ya pasaste.
—No.
—Sí pasaste —dijo una de sus hermanas.
—Esa fue otra bendición —respondió el niño.
Osvaldo lo miró.
—¿Y para qué quieres dos?
El niño se encogió de hombros.
—Por si una no funciona.
Osvaldo repitió la bendición.
—Esta tendrá que durarte hasta el próximo domingo.
La familia se alejó entre empujones y llamados de la madre.
A unos metros, Berta se había reunido con las Damas de la Caridad. Llevaba la cartera colgada del antebrazo. Las mujeres comentaban la posibilidad de la visita papal cuando Cavieres apareció por detrás.
—Hermanitas —saludó.
Las mujeres se volvieron hacia él.
—Señora Berta —lo corrigió ella.
—Por supuesto. Señora Berta.
Cavieres juntó las manos detrás de la espalda.
—Qué hermosa misa. Y qué lectura.
—La palabra de Dios siempre es hermosa —respondió Berta—, aunque algunos lectores se empeñen en adornarla.
Cavieres sonrió.
—Y yo que pensaba que a usted le gustaban los adornos.
Dirigió la vista hacia la imagen de la Virgen, instalada cerca de la entrada. Las Damas habían colocado sobre sus hombros un manto de tul blanco con bordados dorados.
Berta siguió la dirección de sus ojos.
—No confunda la devoción con el espectáculo.
—Jamás haría algo así.
Cavieres guardó silencio un momento.
—Lamentablemente, no podré leer el próximo domingo.
—El Señor proveerá —respondió Berta con demasiada rapidez.
—Eso espero. En el seminario decían que yo era el mejor lector de mi curso.
Berta rió brevemente.
—Su paso por el seminario fue bastante corto.
—Fugaz —corrigió Cavieres—. Como una estrella.
—No todas las estrellas sirven para guiar.
—Pero todas consiguen que alguien levante la cabeza.
Una de las mujeres se cubrió la boca para ocultar una sonrisa. Berta la miró y la mujer se puso seria.
Cavieres hizo una pequeña inclinación de despedida.
—Que la Virgencita las proteja bajo ese hermoso manto de tul.
Se alejó por la calle con las manos en los bolsillos.
Las Damas observaron primero su espalda y después la imagen de la Virgen.
—Quizá quedó un poco recargado —murmuró una de ellas.
Berta examinó el manto.
—Está perfecto.
En ese momento, Noelia salió de la iglesia.
Llevaba la cartera colgada del hombro, el suéter de Cristóbal bajo el brazo y sostenía a Vicente de una mano. El niño mayor caminaba algunos pasos más adelante, tratando de alcanzar a unos compañeros del colegio.
Vicente se detuvo en la vereda para acomodarse el cordón de un zapato. Noelia se agachó y se lo anudó.
—Te dije que no corrieras con los zapatos desatados.
—No estaba corriendo.
—Te vi.
—Estaba caminando rápido.
—Entonces ahora vas a caminar despacio.
Noelia se incorporó y llamó a Cristóbal. No miró hacia Osvaldo. Ni siquiera parecía haberse dado cuenta de que él estaba junto a la puerta.
Osvaldo llevó una mano al bolsillo interior del abrigo y tocó el lápiz amarillo.
Dio un paso hacia ella.
—¡Padre Osvaldo! —lo llamó Berta.
Las Damas de la Caridad se acercaron antes de que pudiera avanzar.
—Necesitamos saber de qué color serán los estandartes —dijo una de ellas.
—Mi hermana puede conseguir tela amarilla —añadió otra—, pero hay que encargarla con anticipación.
—¿Las Damas tendremos las primeras filas si viene el Santo Padre? —preguntó Berta.
—Todavía no existe una confirmación —respondió Osvaldo.
—Pero tenemos que estar preparadas.
—No compren nada todavía.
—Después no quedará tela.
Osvaldo miró por encima de las cabezas de las mujeres.
—El Santo Padre no dejará de venir a Puerto Ceniza por falta de tela amarilla.
Las Damas comenzaron a discutir entre ellas.
Noelia ya había cruzado la calle con sus hijos. Vicente caminaba tomado de su mano y Cristóbal se había adelantado otra vez. Al llegar a la plaza, ella lo llamó para que esperara.
Osvaldo continuó mirándolos hasta que los tres desaparecieron entre los árboles.
El lápiz quedó nuevamente en su bolsillo.
Berta dejó de hablar.
Observó el rostro del sacerdote y después el lugar por donde Noelia acababa de marcharse. Recordó la pausa durante la homilía, la dirección de sus ojos y la hostia cayendo sobre el corporal.
Noelia no había hecho nada. No había sonreído hacia el altar ni había buscado la mirada de Osvaldo. Durante toda la misa había permanecido pendiente de sus hijos.
Sin embargo, Berta había visto cómo él la observaba.
Se quitó los lentes y sacó de la cartera un pañuelo doblado. Comenzó a limpiar los cristales, aunque no estaban sucios.
Osvaldo consiguió apartarse del grupo y entró nuevamente en la iglesia.
El templo había recuperado el silencio. Los crisantemos blancos permanecían delante del altar. Más arriba, entre las grietas del muro, el Ojo de Dios seguía abierto.