Mi última plegaria antes de ti Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo

A las once y cuarenta de la mañana, las campanas de la parroquia de San Sebastián comenzaron a sonar sobre Puerto Ceniza. El viento llevó su llamado hacia los muelles, lo hizo vibrar en los cristales de las casas y lo dispersó entre las gaviotas que sobrevolaban la bahía.

Las puertas de la iglesia estaban abiertas.

Por ellas entraban familias con los rostros recién lavados, hombres enfundados en sus mejores chaquetas y niños que avanzaban bajo la vigilancia de sus madres.

Los bancos crujían, los zapatos golpeaban las baldosas y los saludos se mezclaban con el olor a cera, humedad y ropa guardada.

En la sacristía, Osvaldo terminó de acomodarse la casulla verde frente al espejo. La tela estaba algo desteñida y los bordes dorados habían perdido el brillo con los años, pero todavía se conservaba en buen estado.

Había dormido poco. Durante buena parte de la noche había repasado la reunión del día anterior y las palabras de monseñor Valdés. Cada vez que estaba a punto de quedarse dormido, algún detalle volvía a su cabeza y lo obligaba a abrir los ojos.

Detrás de la puerta colgaba su abrigo negro. En el bolsillo interior seguía guardado el lápiz amarillo de Noelia. Lo había llevado consigo para devolvérselo, pero la reunión se había prolongado más de lo esperado y, cuando regresó a la parroquia, la catequesis ya había terminado.

Unos pasos se acercaron por el pasillo.

Berta entró en la sacristía con un jarrón lleno de crisantemos blancos. Se detuvo frente a Osvaldo y levantó la vista hacia él.

—Buenos días, Berta.

—Buenos días, padre.

Se dirigió hacia una mesa lateral y comenzó a acomodar las flores. Retiró dos hojas marchitas, giró el jarrón y separó los tallos con los dedos.

Osvaldo la observó desde la puerta, esperando que dijera algo.

—Y no se haga el desentendido —dijo finalmente Berta.

—¿Con qué?

—Con la reunión de ayer.

—Ah.

Berta se volvió hacia él.

—¿Qué le dijeron?

Osvaldo alisó uno de los pliegues de la casulla antes de responder.

—Que Puerto Ceniza es una de las ciudades que están considerando para el recorrido.

Berta dejó de tocar las flores.

—Entonces puede venir el Santo Padre.

—Puede. Pero todavía no hay nada decidido.

Ella juntó las manos y se persignó despacio.

—Yo sabía que la radio no iba a inventar una cosa así.

—Nos pidieron discreción.

—¿Y a quién se lo voy a contar?

Osvaldo la miró en silencio.

—No me mire de esa manera, padre. Yo sé guardar un secreto.

—Eso espero.

Berta tomó nuevamente el jarrón.

—El joven Cavieres ya llegó.

—Qué bien.

—Vino con pantalones blancos.

—¿Y qué tienen?

—Nada. Solamente digo que son demasiado blancos.

—Va a hacer la segunda lectura, como habíamos acordado.

Berta apretó los labios. Después levantó el jarrón con ambas manos y caminó hacia la puerta.

—Voy a dejar las flores junto al altar.

Al abrir, el murmullo de los feligreses entró en la sacristía.

—Apúrese, padre. La iglesia ya se está llenando.

Salió con los crisantemos y cerró la puerta detrás de ella.

Osvaldo escuchó los pasos de Berta alejándose por el corredor. Después se acercó al abrigo colgado detrás de la puerta y tocó el bolsillo interior para comprobar que el lápiz seguía allí.

No sabía si Noelia había venido.

Podría habérselo preguntado a Berta, pero no quiso despertar su curiosidad. Noelia asistía con frecuencia a la misa de los domingos y había llevado a sus hijos a la catequesis el día anterior. No tenía nada de extraño que esperara encontrarla entre los feligreses.

Desde el templo llegó el sonido de la campanilla.

Osvaldo cerró el cuaderno de la homilía, respiró profundamente y salió de la sacristía.

La iglesia se puso de pie.

Avanzó por el pasillo central mientras el canto de entrada crecía con dificultad. Algunos feligreses seguían la voz de Cavieres y otros parecían entonar una melodía diferente. Sin guitarra ni coro, cada fila cantaba a su propio ritmo.

Al llegar al altar, Osvaldo levantó la vista.

En el muro rojo del fondo, sobre el altar, un ojo gigantesco miraba hacia las bancas. Tenía el párpado rojizo y una pupila tan oscura y brillante que parecía de verdad. A su alrededor, la pintura se había descascarado y dejaba ver los ladrillos. A un lado estaba san Sebastián; al otro, la Virgen.

El mural lo había pintado un muchacho de la población que trabajaba haciendo letreros y pinturas en las calles.

Él se presentaba como muralista. Berta lo llamaba «el joven que pinta paredes».

Durante semanas aseguró que aquel ojo era demasiado grande y miraba más de la cuenta.

Después dejó de quejarse. No porque lo hubiera aprobado, decía, sino porque una termina acostumbrándose a cualquier cosa.

Osvaldo subió los tres escalones, besó el altar y dio comienzo a la celebración.

Solo entonces miró hacia los bancos.

Reconoció a la familia Contreras ocupando una fila completa y parte de la siguiente.

Los ocho hijos estaban sentados por orden de tamaño, aunque los dos menores ya comenzaban a empujarse con los codos.

Cerca de la puerta se encontraba don Genaro, instalado en el mismo lugar de todos los domingos.

Más adelante, la señorita Lagos intentaba mantener en silencio a un grupo de estudiantes del colegio.

Berta ocupaba su sitio habitual junto a las Damas de la Caridad. Llevaba un abrigo oscuro, los lentes recién lustrados y la cartera apoyada sobre las rodillas. Las demás mujeres permanecían sentadas a su alrededor, con la espalda recta y las manos juntas.

Dos filas delante de ellas estaba Noelia.

Osvaldo la encontró de inmediato.

Llevaba una falda oscura con pequeñas flores azules y una chaqueta clara abotonada hasta el cuello. Se había recogido el cabello, aunque algunos mechones todavía húmedos se curvaban junto a sus mejillas. Una cartera oscura descansaba junto a sus pies.

Estaba inclinada hacia Vicente, que intentaba introducir una estampita entre las tablas del reclinatorio.

—No la metas ahí —le susurró.

El niño retiró la mano. Esperó unos segundos y lo intentó de nuevo.

Noelia lo sujetó suavemente por la muñeca y, al mismo tiempo, hizo una seña a Cristóbal para que dejara de mirar hacia las últimas filas.

No levantó los ojos hacia el altar.

El alivio de Osvaldo fue inmediato. También lo fue la necesidad de ocultárselo a sí mismo.

Bajó la vista y continuó la celebración.

Los ritos iniciales y la primera lectura transcurrieron sin incidentes. Cuando terminó el salmo, Cavieres se levantó de su asiento.

Llevaba un pantalón blanco de gabardina, con la línea recién marcada por la plancha, una camisa celeste y una chaqueta azul marino. Se había peinado el cabello hacia atrás y avanzó hacia el altar con una tranquilidad que Berta consideró excesiva.

Antes de subir al ambón, Cavieres se detuvo frente al altar e hizo una inclinación profunda. Al inclinarse, el pantalón se tensó y le marcó el trasero. Berta apartó la vista, incómoda. No veía qué necesidad había de mostrar tanto para leer la palabra de Dios.

Cavieres abrió el leccionario y esperó hasta que cesaron los últimos murmullos.

—Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

Su voz era clara y llegaba sin esfuerzo hasta las últimas filas. Leía despacio, respetando cada pausa, como si no quisiera que ninguna palabra pasara inadvertida.

Berta mantuvo los ojos clavados en él.

Estaba convencida de que Cavieres hacía todo para llamar la atención. Si inclinaba la cabeza, le parecía exagerado. Si pronunciaba cada palabra con cuidado, era porque quería lucirse. Incluso cuando guardaba silencio, Berta sospechaba que esperaba que todos lo miraran.

Al llegar a la mitad de la lectura, Cavieres hizo una pausa.

—Por él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor…

Varias personas levantaron la cabeza.

Cavieres volvió los ojos hacia el texto.

—Pero la palabra de Dios no está encadenada.

La frase permaneció unos segundos en el silencio de la iglesia. Cerca de las últimas filas, alguien tosió. Cavieres no había levantado la voz ni cambiado el tono, pero Berta estuvo segura de que aquella pausa había sido intencional.

Apretó la cartera sobre sus rodillas.

Cavieres continuó hasta el final. Después cerró el leccionario y levantó la vista.

—Palabra de Dios.

—Te alabamos, Señor —respondieron los feligreses.

Antes de abandonar el ambón, hizo otra inclinación. Al pasar frente a las Damas de la Caridad, saludó con un leve movimiento de cabeza.

Berta endureció la espalda.

Desde el altar, Osvaldo advirtió su expresión. Se llevó una mano al mentón y pasó el pulgar sobre la leve aspereza de una barba de apenas un día, mientras los dedos le ocultaban el comienzo de una sonrisa.

Dos filas delante de Berta, Vicente se había inclinado para buscar algo debajo del banco. Noelia intentaba ayudarlo sin perder de vista a Cristóbal.

—No está —susurró el niño.

—¿Qué se te cayó?

—Nada.

Noelia lo miró.

—Entonces, ¿qué estamos buscando?

Vicente se encogió de hombros.

Noelia cerró los ojos un instante. Después sonrió, resignada.

Finalmente encontró la estampita junto al zapato de Cristóbal y se la entregó a Vicente.

Noelia regresó a su asiento sin mirar hacia el altar.

Después, Osvaldo proclamó el Evangelio. El pasaje hablaba de diez hombres que habían sido curados y de uno solo que regresó para dar gracias.

No alargó la homilía.

—Los diez recibieron el mismo regalo, pero solamente uno se detuvo y volvió —dijo—. A veces recibimos ayuda, una palabra o un gesto y seguimos adelante como si nada hubiera ocurrido.

Levantó la vista hacia los feligreses.

—Dar las gracias también significa reconocer que no hemos llegado solos hasta donde estamos.

Sus ojos se detuvieron en la fila de Noelia.

Ella limpiaba con un pañuelo una mancha en la mejilla de Vicente. El niño intentaba apartar el rostro mientras su madre lo sujetaba con suavidad por la barbilla.

Osvaldo perdió por un instante el hilo de la homilía.

Bajó los ojos hacia sus apuntes, encontró la frase siguiente y continuó:

—El hombre del Evangelio no volvió porque se lo ordenaran. Volvió porque comprendió lo que había recibido.