Capítulo 2
Capítulo
Poco antes de las ocho, Berta entró por la puerta principal de la casa parroquial. Como todos los sábados, llevaba las llaves colgadas al cuello y la cartera bajo el brazo. Aunque ya era primavera, la mañana seguía fría y en la calle olía a humo de leña quemada.
Dejó la cartera sobre una silla del pasillo y encendió la radio. Después de unos segundos de estática, comenzó a sonar una balada romántica.
Berta la tarareó mientras se ponía el delantal amarillo y anudaba los cordones detrás de la espalda. Luego se limpió los lentes de carey con una punta de la tela, se los puso y consultó el reloj de pared.
La música se interrumpió.
—Ocho en punto de este sábado once de octubre, aquí, en Puerto Ceniza. Cielo parcialmente nublado, seis grados de temperatura, y este es nuestro informativo matutino…
Berta terminó de ajustarse los guantes de goma verde y sacó del bolsillo del delantal un paño para limpiar los muebles.
—El Ministerio del Interior reiteró que continúa vigente en todo el país el estado de sitio y anunció el refuerzo de los servicios policiales ante los llamados a una jornada de protesta para hoy.
La autoridad advirtió que no se permitirán reuniones ni manifestaciones que no cuenten con la autorización correspondiente…
Berta pasó el paño por encima del aparador. Levantó uno por uno los retratos, limpió debajo y los dejó exactamente en el mismo lugar.
—El Gobierno aseguró que la situación se mantiene bajo control y llamó a la población a desarrollar sus actividades con normalidad…
Berta caminó hacia el ventanal y corrió la cortina.
La luz pálida de la mañana entró en el comedor y dejó al descubierto el polvo suspendido en el aire. Afuera, el almacén de la esquina levantaba sus cortinas metálicas. Un perro dormía ovillado junto al portón de fierro y una mujer sacudía un mantel sobre la vereda.
—En otra información, fuentes cercanas a la Nunciatura señalaron que los preparativos para la próxima visita de Su Santidad a Chile entraron en una nueva etapa.
Aún no se han dado a conocer las fechas ni el recorrido definitivo.
El programa podría incluir ciudades obreras y portuarias del sur del país…
Guardó el paño y arrastró la aspiradora desde el pasillo. El armatoste de metal se resistió a funcionar. Le dio dos golpes secos en el costado. Al tercero, el motor soltó un quejido y comenzó a zumbar.
Empujó el tubo siguiendo las vetas del parqué mientras la voz del locutor se perdía por momentos debajo del ruido.
—Según antecedentes recogidos por esta emisora, Puerto Ceniza se encontraría entre las ciudades con mayores posibilidades de ser incorporadas al recorrido…
Berta detuvo la aspiradora.
El tubo quedó inmóvil sobre el parqué, succionando el aire.
—De concretarse la propuesta, el Santo Padre podría reunirse con pescadores, trabajadores del puerto y familias de los sectores industriales. El arzobispado local habría convocado esta mañana a una reunión para estudiar las condiciones de una eventual visita…
Berta inclinó la cabeza hacia la radio, pero el motor no le permitió escuchar las últimas palabras.
Apagó la máquina de un puntapié.
El silencio fue tan repentino que la voz del locutor pareció aumentar de volumen.
—Una escala de estas características convertiría a Puerto Ceniza en una de las ciudades más australes incluidas en el recorrido…
Berta se quedó mirando el aparato.
Después se volvió hacia la cocina.
—¡Padre! —gritó—. ¡Padre, venga!
Osvaldo tenía una tostada a medio camino entre el plato y la boca cuando escuchó el grito. Soltó el pan, golpeó la taza con la muñeca y volcó el café sobre el mantel de cuadrillé. El líquido corrió formando un río oscuro y comenzó a gotear por el borde de la mesa.
Se puso de pie de un salto.
—¿Qué pasó, Bertita?
—Venga, padre. Escuche.
Berta lo tomó del brazo con los guantes de goma y lo condujo hasta el comedor, sin darle tiempo para recoger el café. Se quedaron frente a la radio: ella con una mano apoyada sobre el mueble; Osvaldo todavía con una miga adherida a la comisura de los labios.
—La propuesta deberá ser evaluada por la Nunciatura antes de incorporarse al recorrido definitivo —continuaba el locutor—. Hasta el momento, no existe una confirmación oficial respecto de Puerto Ceniza…
Berta se quitó uno de los guantes con los dientes y se persignó despacio. Sus ojos comenzaron a brillar detrás de los lentes.
—Ay, padre —dijo con la voz quebrada—. Tendremos a Su Santidad aquí, en Puerto Ceniza.
Sacó del bolsillo el mismo paño con que había limpiado los muebles y se secó los ojos. Osvaldo miró la tela manchada de polvo antes de volver la atención hacia la radio.
—Todavía no hay una confirmación para Puerto Ceniza.
Berta bajó el paño.
—Siempre tiene que decir algo para matar la ilusión.
—No quiero matar nada, Bertita. Solamente digo que debemos esperar.
—La radio no se atrevería a anunciar una cosa así sin saber.
Osvaldo estuvo a punto de responder, pero comprendió que cualquier intento de prudencia sería interpretado como una falta de fe.
—Por mientras, sigamos con lo nuestro —dijo—. Mire que, si el Papa viene y encuentra este desorden, capaz que se devuelva.
Berta miró la aspiradora tendida sobre el parqué, el aparador a medio limpiar y la franja de polvo que todavía cruzaba el mueble de la radio.
—¿Usted cree que realmente vendrá?
—Bertita…
Ella soltó un sonido que fue mitad risa y mitad sollozo. Se persignó otra vez y permaneció junto a la radio, esperando que el locutor repitiera la noticia.
Osvaldo regresó a la cocina. La taza permanecía volcada sobre la mesa y el café ya había alcanzado una de las sillas. La enderezó, apartó el plato con la tostada y dobló los bordes del mantel hacia el centro para contener el café.
Berta apareció detrás de él con un guante puesto y el otro arrugado en la mano.
—Déjelo ahí, padre. Yo me encargo.
—Yo puedo hacerlo, Bertita.
—La semana pasada dijo lo mismo de una camisa y terminó dejándola de color celeste.
—Era una camisa vieja.
—Era blanca, padre.
Berta le quitó el mantel de las manos y lo llevó hasta el lavaplatos. Antes de abrir la llave, se puso el segundo guante. Echó jabón directamente sobre la mancha y comenzó a frotar la tela con ambas manos. Osvaldo recogió su tostada, examinó el lado mojado y decidió dejarla en el plato.
Durante la siguiente media hora, la radio retomó las canciones, pero Berta ya no las tarareó. Limpiaba con una energía nueva. Sacudió los cojines por la ventana, abrió las hojas del ventanal para que entrara aire y retiró del comedor dos floreros que llevaban días con hortensias marchitas.
En cada habitación encontraba algo que, según ella, debía ser reparado antes de la llegada del Santo Padre: una cortina descosida, una ampolleta quemada, una mancha de humedad que hasta esa mañana había convivido sin dificultades con el resto de la casa.
Osvaldo la observó avanzar por el corredor con los dos floreros sujetos bajo un brazo y arrastrando la aspiradora detrás de ella.
Poco antes de las nueve, Osvaldo pasó por la cocina. Sobre la mesa seguía el dibujo de Cristóbal. Lo recogió con cuidado y se lo llevó al despacho. Allí lo observó durante unos segundos antes de guardarlo entre las páginas de un libro.
Junto al portalápices encontró el lápiz amarillo de Noelia. Lo hizo girar entre los dedos y reconoció las pequeñas marcas de dientes sobre la madera. Recordó el lápiz rodando por el suelo y el cabello de Noelia cayéndole sobre el hombro cuando el peinado terminó de desarmarse.
Debía devolvérselo esa mañana.
Guardó el lápiz en el bolsillo interior del abrigo, tomó el maletín y salió al pasillo.
—Me voy —anunció—. Tengo una reunión a las nueve y media.
Berta apareció desde la cocina sosteniendo el mantel entre ambas manos.
—¿La reunión tiene que ver con la visita?
—No lo sé.
Osvaldo se acomodó el cuello del abrigo.
—Si vuelve a llamar el padre Jorge, dígale que ya salí.
—¿A qué hora regresa?
—Antes del mediodía.
Berta levantó el mantel y examinó la mancha a contraluz.
—Hoy viene la profesora Noelia por la catequesis.
—Sí, me acordaba.
—Cuando llegue la profesora, le voy a pasar las llaves para que abra el salón y el portón del fondo. Así los demás niños entran por atrás. Si pasan todos por aquí, me van a dejar la embarrada.
Osvaldo se despidió de Berta, tomó su bicicleta y salió rumbo al arzobispado, donde lo esperaban para la reunión.
Apenas habían pasado unos minutos cuando sonó el timbre del portón.
Berta dejó el mantel en el lavaplatos, se secó las manos en el delantal y fue a abrir.
Noelia esperaba al otro lado con Cristóbal y Vicente. Llevaba un bolso colgado del hombro.
—Buenos días, señora Berta.
—Buenos días, profesora.
—¿Está el padre Osvaldo?
—Acaba de salir. Fue al arzobispado.
—Ah, bueno. Lo veo cuando vuelva.
—No creo que vuelva temprano. Con esto de que puede venir el Santo Padre, seguro que la reunión va para largo.
Al decirlo, Berta se persignó.
Terminó de abrir el portón de la calle. Del manojo que llevaba al cuello, soltó un aro con dos llaves y se lo entregó a Noelia.
—Pase por el patio. La llave grande abre la puerta y la otra es del portón de atrás. Déjelo abierto para que los demás niños entren por ahí.
—Está bien. Después le traigo las llaves.
Noelia tomó a Vicente de la mano y cruzó el patio. Cristóbal caminó delante de ellos.
Berta esperó junto al portón y, antes de entrar, vio un automóvil gris estacionado al otro lado de la calle.
Se acomodó los lentes y miró mejor, pero no alcanzó a distinguir quién estaba al volante.
El automóvil arrancó.
Negó con la cabeza, como si quisiera apartar aquella idea.
—Ideas mías —murmuró.
Poco después entró en la casa parroquial y recogió el canasto de ropa. Todavía tenía que cambiar las sábanas y limpiar las habitaciones del segundo piso.