Mi última plegaria antes de ti
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Capítulo 1
Capítulo
Desde el atentado de septiembre, los informativos repetían las mismas palabras: allanamientos, detenidos, hombres buscados. A las cinco y cuarto de la tarde, cuando el locutor comenzó a enumerarlas otra vez, el padre Osvaldo apagó la radio.
Entornó el portón de fierro de la casa parroquial y cruzó hacia el almacén.
No le faltaba nada urgente. Le sobraban, en cambio, papeles, cuentas atrasadas y una homilía que llevaba horas empantanada sobre el escritorio.
Por lo visto, no tenía demasiado apuro por terminarla.
Salió con la esperanza de que el aire salado de la bahía le pusiera un poco de orden en la cabeza.
Compró un paquete de galletas en oferta y el diario. Casi nunca llegaba a leerlo, pero se lo llevó igual. No tardó más de diez minutos.
Al regresar, encontró el portón abierto de par en par.
Se detuvo en el umbral.
Desde el interior llegaban sonidos que no pertenecían a la quietud habitual de la casa: el arrastre de una silla, unas risas infantiles y la voz de una mujer que trataba de imponer orden sin demasiado éxito.
—Vicente, deja eso donde estaba. Cristóbal, ayúdame con estas hojas.
Osvaldo reconoció la voz.
Avanzó por el pasillo con el diario bajo el brazo y la bolsa de galletas en una mano. La puerta de la sala de catequesis estaba abierta. Cuando se asomó, la vio.
Noelia se encontraba de espaldas, inclinada sobre una de las cajas donde guardaban lápices, dibujos y cuadernos viejos. Tenía el cabello recogido, sostenido por un lápiz amarillo.
Osvaldo la conocía. El año anterior la había preparado como catequista junto a otras cinco mujeres del pasaje Los Álamos. Se reunían tres sábados al mes en esa misma habitación, pero entonces siempre había una mesa entre ellos, varias personas alrededor y una lección que explicar.
Uno de los niños fue el primero en descubrirlo.
—Mamá —susurró.
Noelia se volvió con rapidez.
—Padre. —Se llevó una mano al pecho—. Me asustó.
—Perdón. No quería interrumpir.
—La señora Berta me dijo que podía pasar. Me explicó que usted no tardaría en volver.
Se frotó las manos para quitarse el polvo.
—Vine a buscar los dibujos para la catequesis de mañana, pero parece que aquí guardan cosas desde los tiempos de Moisés.
Osvaldo sonrió.
—Algunas podrían ser más antiguas.
Noelia soltó una risa breve. El cansancio le marcaba el contorno de los ojos. Varios mechones se le escapaban alrededor del rostro y tenía las mejillas enrojecidas por el esfuerzo. El lápiz amarillo apenas conseguía sostenerle el cabello.
Ella advirtió hacia dónde miraba.
—En cualquier momento se me cae el invento —dijo, tocándose el pelo—. Es lo que hay, padre. Estos dos usan mi moño como juguete.
Cristóbal, el mayor, estaba sentado en el suelo, dibujando sobre el reverso de un folleto parroquial.
Cuando levantó la cabeza, le mostró a Osvaldo una sonrisa a la que le faltaba un diente.
Vicente, el menor, se encontraba agachado junto a una silla, intentando despegar un chicle pegado al respaldo.
—Vicente, deja eso —advirtió Noelia.
El niño escondió las manos detrás de la espalda.
Osvaldo dejó el diario sobre una mesa cubierta de marcadores sin tapa.
—No se preocupe —dijo—. Prefiero escuchar a los niños a que la iglesia parezca un museo. Está para que la gente la use.
Después de decirlo, la frase le pareció más solemne de lo que pretendía.
Noelia regresó a la caja.
—Si no preparo todo hoy, mañana va a ser un desastre. Entre la casa, el colegio y la catequesis, a veces siento que no me alcanza la vida.
Continuó ordenando las hojas y las fue guardando en la mochila azul de Vicente, apoyada junto a la caja. Cuando intentó cerrarla, el cierre se atascó a mitad de camino. Después de forcejear un momento, dejó escapar un suspiro.
—¿Quiere tomar un té?
La invitación salió antes de que Osvaldo pudiera pensarla.
Noelia alzó los ojos.
Osvaldo alzó la bolsa que traía del almacén.
—Compré galletas. Me las vendieron como artesanales, aunque sospecho que no lo son.
Noelia examinó el paquete con fingida seriedad.
—Las únicas galletas artesanales son las que se queman en el horno de su casa, padre.
Un hoyuelo apareció en su mejilla y borró por un instante las señales del cansancio.
—Pero podemos probarlas —añadió.
Miró a sus hijos.
—¿Qué dicen?
—Sí —respondieron los dos al mismo tiempo.
—Entonces aceptamos, pero solo si me permite ayudar. Los hombres solos son un peligro en la cocina. ¿Verdad, chicos?
Los niños asintieron con una gravedad que hizo reír a Osvaldo.
—Me defendería —dijo él—, pero las pruebas están en mi contra.
Noelia acomodó las últimas hojas dentro de la mochila, distribuyó el bulto con ambas manos y consiguió avanzar el cierre unos centímetros más. Después la tomó por el asa.
—Vamos entonces. Pero no podemos demorarnos mucho.
Cristóbal recogió el folleto y el lápiz con el que había estado dibujando. Vicente se levantó junto a la silla y fue detrás de su hermano.
Osvaldo retrocedió para dejarlos pasar. Cuando Noelia cruzó frente a él, un olor tenue a jabón y flores desplazó por un momento la humedad de la habitación.
La cocina de la casa parroquial era estrecha y anticuada. Los azulejos tenían rombos color tabaco y ocre, y la mesa estaba cubierta por un mantel de tela. Noelia dejó la mochila sobre una silla situada junto a la puerta.
—¿Dónde guarda el azúcar? —preguntó mientras abría una alacena—. La última vez que vine a ayudar con el inventario encontré el tarro vacío y una hormiga con un diente de este tamaño.
Separó el pulgar del índice para mostrar una distancia imposible.
Vicente abrió mucho los ojos.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Por eso siempre hay que…
—Poner la tapa a la azucarera —completó Cristóbal, sin apartar la mirada de su dibujo.
—Muy bien —dijo Noelia—. Lástima que nunca lo practiques en casa.
Osvaldo encontró el frasco en el estante superior.
—Aquí está.
Se acercó para entregárselo. Sus dedos estuvieron a punto de tocarse. Él retiró la mano con más rapidez de la necesaria.
Noelia tomó el frasco sin hacer ningún comentario.
—Menos mal. Parece que la hormiga no dejó descendencia.
Mientras Osvaldo encendía el fuego, ella distribuyó las tazas sobre la mesa y acomodó a los niños.
—Derechos los dos —ordenó—. Estamos en la casa del padre.
—No hace falta tanta ceremonia —dijo Osvaldo.
—Dígalo después de ver cómo dejan la mesa de mi casa.
La tetera comenzó a silbar.
Noelia la retiró del fuego con un movimiento rápido y seguro. Osvaldo observó las tazas que habían sacado del fondo de la alacena. Dos tenían los bordes desportillados. Una mostraba la imagen de san Sebastián atravesada por una grieta oscura que le partía el pecho.
Nunca se había detenido a mirarlas.
Eran las mismas tazas de siempre, pero ordenadas sobre el mantel parecían diferentes.
Noelia sirvió el té, acercó el azúcar y dejó un vaso con agua fría frente a Vicente.
—Despacio —le advirtió—. Sin derramar.
—Yo nunca derramo.
Noelia miró a Osvaldo.
—Derrama siempre.
El sacerdote tomó su taza. El vapor le empañó la vista. Cuando pudo ver con claridad, descubrió que Vicente lo observaba con atención.
—¿Qué sucede?
El niño señaló su cuello.
—Eso.
Osvaldo bajó la vista hacia el alzacuello blanco.
—¿Quieres conocer un secreto?
Vicente asintió.
Osvaldo desprendió la pieza blanca y la dejó caer sobre la palma pequeña del niño.
Vicente la examinó por ambos lados.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Pensé que venía pegado.
—No. Los sacerdotes también podemos quitárnoslo.
—Entonces ahora no parece padre.
Osvaldo sonrió.
—¿Y qué parezco?
El niño lo estudió un momento.
—Un señor de negro.
Noelia intentó contener la risa, pero no lo consiguió.
—Discúlpelo, padre.
—No hay nada que disculpar. Es una descripción bastante exacta.
Vicente le devolvió el alzacuello. Osvaldo se lo colocó y, al alzar la vista, encontró los ojos de Noelia al otro lado del vapor.
—¿Cómo hace para llevar todo esto solo? —preguntó Noelia.
La pregunta lo desconcertó.
—Se hace lo que se puede.
—Eso no responde mucho.
Noelia ya no sonreía. Lo miraba de frente, esperando. Osvaldo estaba acostumbrado a que las personas bajaran los ojos cuando hablaban con él o escogieran cada palabra con demasiado cuidado. Ella no parecía sentir esa necesidad.
—La señora Berta viene de lunes a sábado por las mañanas —explicó—.
En teoría trabaja media jornada, aunque casi nunca se marcha a la hora.
Se ocupa de la limpieza y de rescatarme de los papeles que se amontonan en el escritorio.
Sin ella, el polvo de esta casa ya se me habría metido en los pulmones.
Noelia miró alrededor.
—No me refería solamente al aseo.
Osvaldo sostuvo la taza entre ambas manos. Había respondido a otra cosa y lo sabía.
Noelia no insistió.
—Mamá dice que cuando una casa está muy callada hay que cantar —intervino Vicente con la boca llena de galleta.
—O encender la radio —añadió Cristóbal.
—Primero termina de tragar —le dijo Noelia a Vicente.
Después miró a Osvaldo.
—¿Qué pasó con el coro? El mes pasado se habló de retomarlo. Don Aurelio me ha preguntado dos veces.
Osvaldo agradeció el cambio de tema.
—El problema es el horario. Los martes no puede la mitad y los jueves no puede la otra mitad.
—¿Y la guitarra?
—El único que sabe tocar tiene ochenta y un años y, cuando hace frío, los dedos no le responden.
Noelia frunció los labios, pensativa.
—Entonces tienen las voces, pero no tienen cuándo reunirse. Y tienen la guitarra, pero no tienen dedos.
—Esa es una forma de resumirlo.
—Bueno, peor sería no tener nada.
Osvaldo sonrió.
Noelia lo observó.
—Usted debería sonreír más, padre.
—¿Sonrío tan poco?
—Durante la misa parece que está enojado con todo el mundo.
—No estoy enojado.
—Entonces tendrá que avisarle a su cara.
Cristóbal soltó una carcajada. Vicente lo imitó sin saber muy bien por qué.
Osvaldo bajó la vista hacia su taza. Hacía mucho tiempo que nadie bromeaba así con él. Noelia hablaba como si el alzacuello no estuviera allí.
—Mamá, ¿puedo comer otra? —preguntó Vicente.
—Una más.
—¿Una grande?
—Una.
El niño escogió la mayor del paquete.
Noelia consultó su reloj y se puso de pie.
—Se nos hizo tarde. Mañana tengo que volver temprano para la catequesis y en casa no he dejado nada listo.
Comenzó a recoger las tazas.
—Déjelas —dijo Osvaldo—. Yo me encargo.
—¿Está seguro?
—Puedo lavar tres tazas sin provocar una tragedia.
Noelia recogió la mochila de la silla, se la colgó al hombro y comprobó que ninguna hoja sobresaliera por la abertura.
—Todavía tengo que encontrar los calcetines de este niño —añadió, señalando a Vicente—. Pierde uno por semana. Ya no sé si se los come la lavadora o si los va dejando como ofrenda por el camino.
Vicente se encogió de hombros con absoluta indiferencia.
Mientras Noelia se acomodaba la mochila, el lápiz que sostenía su cabello se desprendió. Un mechón castaño le cayó sobre el hombro y el lápiz rodó por el suelo hasta detenerse junto a los pies de Osvaldo.
Ella hizo ademán de recogerlo, pero Vicente le tiró de la manga.
—Déjelo —dijo Osvaldo—. Se lo guardaré.
Noelia se apartó el cabello del rostro.
—No me lo pierda. Es el único que ha sobrevivido a estos dos.
—Haré lo posible.
Miró la mesa, a sus hijos y luego a Osvaldo, como si comprobara que no dejaba nada más olvidado.
—Gracias por el té, padre.
—Los acompaño hasta el portón.
Atravesaron el pasillo en dirección a la salida. El cuadro del Sagrado Corazón colgaba ligeramente torcido sobre la pared. Osvaldo lo miró de reojo al pasar y, por un instante absurdo, sintió que aquellos ojos pintados lo seguían.
Cristóbal caminaba delante con las manos en los bolsillos. Vicente, en cambio, se aferró a la mano de su madre.
La tarde seguía clara. Noelia llevaba un vestido de pequeñas flores sobre un fondo claro y un chaleco azul marino demasiado delgado para el viento de octubre. El aire le movió el dobladillo y terminó de desordenarle el cabello.
—Va a refrescar esta noche —comentó Osvaldo.
—Sí. Calculé mal.
Ella se abrazó a sí misma, pero continuó caminando.
Llegaron al portón. Cristóbal fue el primero en despedirse.
—Adiós, padre.
—Adiós. Pórtense bien.
—Siempre —aseguró el niño con un tono que prometía lo contrario.
Vicente observó a Osvaldo con expresión seria. Después levantó una mano y la agitó dos veces.
—Adiós, señor de negro.
Noelia cerró los ojos.
—Vicente…
—Está bien —dijo Osvaldo, riendo—. He recibido despedidas peores.
Noelia abrió el portón.
—Gracias por el té. Y por las galletas industriales.
—De nada.
El hoyuelo apareció una vez más en su mejilla.
Ella salió a la vereda y llamó a sus hijos. Los tres se alejaron bajo una luz oblicua que todavía alcanzaba los techos de las casas.
Osvaldo permaneció junto al portón hasta que doblaron en la esquina.
Entonces lo cerró.
Al regresar, la casa parroquial estaba exactamente igual que antes: el mismo pasillo estrecho, el mismo cuadro torcido y las mismas paredes castigadas por la humedad. Pero, después de las voces, el silencio parecía más grande.
Entró en la cocina.
Sobre la mesa permanecían las tazas, las migas y el vaso de Vicente con un trozo de galleta en el fondo. En el suelo, junto a la silla donde se había sentado Noelia, estaba el lápiz amarillo.
Osvaldo se agachó y lo recogió.
Era un lápiz común, con la goma gastada y varias marcas de dientes en la madera. Lo sostuvo entre los dedos. Luego caminó hasta el escritorio y lo dejó en el portalápices, separado de los bolígrafos secos y los marcadores sin tapa.
Cuando regresó a la cocina, descubrió el folleto sobre el que Cristóbal había estado dibujando.
En el reverso había una casa con dos ventanas, un árbol y tres figuras de diferente tamaño. Junto a ellas aparecía un perro que parecía un óvalo sostenido por cuatro líneas. En la esquina superior, el sol extendía sus rayos sobre toda la escena.
A un costado flotaba un ángel.
Tenía alas triangulares y una sonrisa desproporcionada.
Osvaldo dejó el dibujo sobre la mesa con cuidado. Después llenó nuevamente la tetera y encendió el fuego.