Mi última plegaria antes de ti Epílogo
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Epílogo

Niebla regresó antes de que amaneciera, aunque durante años hubo distintas versiones sobre quién había encontrado a quién.

Berta sostuvo siempre que había sido ella quien lo rescató de la Casa Amarilla.

Cavieres aseguraba que el perro se había encargado de encontrarla, ensuciarle el abrigo y conducirla hasta su puerta.

Cristóbal y Vicente, por su parte, solo recordaban haber despertado al escuchar sus ladridos en medio de la casa.

En algo coincidían todos: poco después de las tres de la madrugada, Berta apareció con Niebla sujeto del collar por una bufanda.

A aquella hora, Berta seguía despierta.

Había dejado preparada sobre una silla la ropa que usaría durante la visita papal y escuchaba la radio con el volumen bajo mientras revisaba por última vez las lecturas de la ceremonia.

Las transmisiones se interrumpían de vez en cuando para informar sobre el movimiento de peregrinos, los cortes de calles y la llegada de delegaciones desde otras ciudades.

Berta ordenaba unas hojas cuando la voz del locutor la hizo detenerse.

—Voluntarios de Bomberos controlaron esta madrugada un incendio que afectó a una vivienda de dos pisos en Puerto Ceniza. Según información preliminar, en el inmueble residía el ex párroco de San Sebastián. No se registraron víctimas.

La noticia terminó y la radio volvió a hablar de la visita del Papa.

Berta permaneció con las hojas entre las manos. Después se puso un abrigo encima de la ropa de dormir, tomó su cartera y salió de la casa.

Cuando alcanzó la Casa Amarilla, ya no quedaban vecinos ni curiosos frente al portón. El incendio estaba apagado y los bomberos comenzaban a guardar las mangueras y las herramientas en los carros. El agua corría desde el jardín hacia la calle, arrastrando ceniza y pequeños trozos de madera.

La casa permanecía en pie, pero una parte del techo había desaparecido.

Berta se acercó a uno de los voluntarios.

—¿La familia que vivía aquí?

—Salieron todos —respondió él—. Un hombre se los llevó hace un rato.

—¿Qué hombre?

—No sé. Uno que hablaba mucho.

Berta estaba a punto de preguntar hacia dónde habían ido cuando escuchó un gemido.

Volvió la cabeza.

—¿Oyó eso?

El bombero permaneció atento unos segundos.

El sonido se repitió. Provenía del jardín.

Berta avanzó hacia el portón.

—Señora, tenga cuidado —le advirtió el voluntario—. Está todo mojado.

—Ya lo veo.

Atravesó el sendero procurando no meter los zapatos en los charcos. Al acercarse a los rosales chamuscados, escuchó un nuevo gemido. Las ramas se movieron.

Entre las hojas ennegrecidas aparecieron dos ojos brillantes. Las luces rojas de los carros de bomberos se reflejaban en ellos cada vez que las balizas giraban.

—Perro, ¿qué haces ahí?

Niebla salió de entre los rosales de un salto.

Apoyó las patas delanteras sobre el pecho de Berta y estuvo a punto de hacerla caer.

—¡Ayuda! ¡Me está atacando!

El bombero corrió hacia ella.

Niebla comenzó a lamerle la cara.

—¡Sáquemelo de encima!

El joven tomó al perro por el collar y consiguió bajarlo. Niebla continuó moviendo la cola y trató de acercarse nuevamente a Berta.

—No la estaba atacando —dijo el voluntario.

—¿Y cómo llama usted a esto?

Berta se pasó una mano por la mejilla. Los dedos le quedaron cubiertos de barro y hollín.

—Parece que se alegró de verla.

—No tiene ningún motivo. Apenas me conoce.

Niebla volvió a apoyar una pata sobre ella.

—¡Y no me ensucies más!

El bombero observó al animal con mayor atención.

—Es el perro que estaba buscando la familia. Antes de irse estuvieron llamándolo por todas partes. Los niños no querían marcharse sin él.

Berta miró hacia los rosales.

—Estaba escondido ahí.

—Debe haberse asustado con el fuego y las sirenas.

Niebla sacudió todo el cuerpo. El agua y la ceniza salpicaron el abrigo de Berta.

Ella cerró los ojos.

El bombero apretó los labios para no reírse.

—¿Le encuentra algo gracioso?

—No, señora.

—Entonces deje de sonreír.

El joven recuperó la seriedad, aunque solo lo consiguió durante unos segundos.

Berta abrió la cartera y buscó algo que pudiera utilizar como correa. Finalmente se quitó la bufanda y pasó uno de los extremos por el collar.

—Esto no es para que lo muerdas —le advirtió a Niebla—. Y tampoco significa que ahora seamos amigos.

El perro movió la cola.

—¿Sabe adónde llevaron a la familia? —preguntó Berta.

—Escuché que el hombre se llamaba Cavieres.

—Por supuesto.

Berta tiró suavemente de la bufanda.

—Vamos.

Niebla no se movió.

—No voy a cargarlo.

El perro la contempló.

—Acaba de lanzarse encima de mí. Puede caminar.

Niebla dio un paso y después otro.

El bombero los vio alejarse por la calle: Berta con el rostro manchado, el abrigo salpicado de barro y la bufanda convertida en correa; Niebla caminando a su lado como si ambos acabaran de salir juntos del incendio.

Cavieres jamás permitió que ella olvidara la hora en que apareció frente a su puerta.

Según él, Berta golpeó con tanta fuerza que despertó a toda la cuadra. Según Berta, tuvo que insistir porque Cavieres podía dormir aunque la casa se estuviera incendiando a su alrededor.

Abrió después del tercer llamado. Llevaba los pantalones sobre el pijama, la camisa mal abotonada y el cabello levantado de un lado.

—Bertita, nunca pensé que vendría a visitarme a estas horas. ¿Necesita que alguien lea las lecturas o que le cante el salmo?

—Sujete al perro.

Cavieres bajó la mirada.

—¿Es Niebla?

—No, Cavieres. Es un gato.

—Solo preguntaba.

Niebla tiró de la bufanda y entró en la casa. Berta tuvo que afirmarse del marco de la puerta para no caer.

—¿Qué le pasó en la cara? —preguntó Cavieres.

—El perro me atacó.

Niebla regresó y le lamió una mano.

—Se ve feroz.

—No le encuentre gracia —dijo Berta—. ¿Dónde está la familia?

—Arriba. Por fin consiguieron dormirse.

Niebla comenzó a ladrar.

Cavieres miró hacia la escalera.

—Ya no.

Cristóbal apareció primero en el descanso. Vicente salió detrás de él, todavía medio dormido y sujetándose con una mano el pantalón prestado que le quedaba demasiado grande.

—¡Niebla!

Los dos bajaron corriendo.

Berta soltó la bufanda y el perro se lanzó hacia ellos. Cristóbal lo abrazó por un costado y Vicente por el otro. Durante unos segundos no hubo manera de distinguir dónde terminaban los brazos de los niños y dónde comenzaba Niebla.

—¡Está vivo! —gritó Vicente.

—Lo encontré entre los rosales —dijo Berta.

—¿Entró a buscarlo? —preguntó Cristóbal.

—No exactamente. Él salió y me atacó.

Cavieres observó las manchas que el perro había dejado en su rostro.

—Fue un ataque muy cariñoso.

Berta le entregó el extremo de la bufanda.

—Vaya a preparar café.

—Bertita, esta es mi casa.

—Por eso debería saber dónde está la cocina.

Osvaldo bajó mientras terminaba de ponerse un suéter. Se detuvo al ver a Niebla rodeado por los niños.

—¿Dónde apareció?

—Entre los rosales —respondió Cavieres—. Atacó a Berta y la obligó a traerlo.

—No fue así.

—Yo solo repito lo que usted dijo.

Osvaldo subió nuevamente para avisarle a Noelia.

Ella estaba sentada en la cama, intentando reconocer las voces que llegaban desde el primer piso.

—Encontraron a Niebla.

Noelia se levantó de inmediato.

Cuando bajó, el perro estaba tendido entre Cristóbal y Vicente. Tenía el cuerpo cubierto de hollín, una pequeña herida en una oreja y la bufanda de Berta todavía atada al collar.

Niebla levantó la cabeza al verla.

Noelia se arrodilló y lo recibió entre sus brazos.

—¿Dónde estabas?

El perro escondió el hocico debajo de su brazo.

Noelia permaneció abrazándolo hasta que Vicente señaló hacia la entrada.

—La señora Berta lo encontró.

Noelia levantó la mirada. Berta permanecía junto a la entrada.

—Escuché lo del incendio por la radio —explicó—. Dijeron que era la casa donde vivía el ex párroco de San Sebastián.

Noelia se puso de pie y se acercó a ella.

—Gracias.

—No tiene que agradecerme. Ese animal fue quien me encontró a mí.

Noelia la abrazó.

Berta permaneció inmóvil durante unos segundos. Después levantó los brazos y le devolvió el abrazo.

No hubo disculpas ni explicaciones sobre las reuniones, los rumores ni sobre todo aquello que durante meses las había separado. Algunas palabras continuaron pendientes entre ambas, pero aquella madrugada ninguna de las dos las necesitó.

Cavieres regresó desde la cocina con una bandeja.

—Preparé café.

Berta se apartó de Noelia y se secó rápidamente debajo de los ojos.

—Nadie le pidió que lo anunciara.

—De nada, Bertita.

Sergio llegó después de las ocho de la mañana.

Cavieres había conseguido comunicarse con él poco antes del amanecer. Cuando la camioneta se detuvo frente a la casa, Cristóbal y Vicente ya dormían otra vez y Niebla permanecía tendido junto a la puerta, agotado después de su recorrido nocturno.

Sergio escuchó lo ocurrido sin interrumpir. Después miró a su hermano, a Noelia y las pocas prendas que Cavieres había reunido para ellos.

—Suban las cosas a la camioneta.

Noelia levantó la cabeza.

—¿Adónde vamos?

—A la cabaña.

—Solo necesitamos quedarnos unos días.

Sergio recibió las bolsas de manos de Cavieres.

—Eso lo deciden después.

La cabaña llevaba meses desocupada y necesitaba algunas reparaciones, pero tenía camas, agua y un lugar donde los niños podían permanecer lejos del movimiento de Puerto Ceniza.

Durante la tarde, el Papa llegó a Puerto Ceniza entre campanas, calles repletas y banderas chilenas y del Vaticano.

Osvaldo no lo vio.

Para entonces, Osvaldo estaba frente a la cabaña, descargando bolsas mientras Cristóbal y Vicente exploraban los alrededores y Niebla corría entre los árboles.

El lugar donde pensaban permanecer hasta saber qué hacer se convirtió primero en refugio y después, sin que nadie pudiera precisar cuándo ocurrió, en hogar.

Berta sí asistió a los actos.

Al día siguiente apareció en el periódico haciendo una reverencia ante el Santo Padre. Cavieres compró dos ejemplares. Guardó uno y le llevó el otro a Berta.

Según él, por su valor histórico.

Según Berta, para molestarla.

Semanas después, el obispo recibió la respuesta del Vaticano sobre la situación de Osvaldo y le hizo llegar los documentos. Osvaldo los leyó una sola vez, cerró el sobre y lo guardó en un cajón de la cabaña.

Nunca volvió a abrirlo.

Por aquellos mismos días, el padre Jorge fue trasladado a una parroquia del extremo sur. Nadie le explicó a Osvaldo si el traslado guardaba alguna relación con lo sucedido en San Sebastián.

Él tampoco preguntó.

La Casa Amarilla no pudo recuperarse.

Cuando determinaron que la estructura ya no era habitable, Sergio volvió a hablar del local que llevaba más de un año pensando abrir en Puerto Ceniza. Le propuso a Noelia comprar el terreno y levantar allí una nueva ferretería.

Ella aceptó con una condición.

Los rosales que habían sobrevivido al incendio no se tocarían.

La nueva ferretería fue la más grande de Puerto Ceniza. Una franja del antiguo jardín permaneció junto a la construcción y, cuando llegó la primavera, volvieron a abrirse algunas rosas amarillas.

Osvaldo quedó a cargo del local, tal como Sergio había imaginado aquella mañana en la oficina.

Cavieres llegó diciendo que ayudaría durante unas semanas y terminó trabajando detrás del mesón. Sergio se quejaba de que podía demorarse veinte minutos en vender un martillo, aunque casi siempre conseguía que el cliente se llevara también los clavos.

Fuera de Puerto Ceniza, la vida adquirió otro ritmo.

Cristóbal y Vicente encontraron nuevos lugares para jugar.

Noelia volvió a recibir estudiantes durante las tardes y Elvira aparecía de vez en cuando para ayudarla con la casa.

Niebla aprendió hasta dónde podía correr sin perder de vista la cabaña y regresaba cada vez que Noelia lo llamaba, aunque algunas veces se tomaba el tiempo suficiente para hacerla dudar.

Cuando nació el hijo de Noelia y Osvaldo, lo llamaron igual que su padre.

Cavieres fue el padrino y Berta, la madrina.

La elección volvió insoportable a Cavieres durante varias semanas. Berta, en cambio, permaneció en silencio cuando Noelia se lo propuso y terminó aceptando con los ojos húmedos.

Después, ambos discutieron durante años sobre cuál de los dos consentía demasiado a Osvaldito.

Osvaldo aprendió a preparar mamaderas, a distinguir distintos tipos de llanto y a cambiar pañales mientras Osvaldito movía las piernas como si intentara escapar. Cristóbal y Vicente se turnaban para sostenerlo, aunque ambos desaparecían en cuanto comenzaba a llorar.

Niebla recibió la llegada del niño con mayor cautela.

Noelia no le permitía entrar en la habitación del bebé y el perro interpretaba cada puerta cerrada como una expulsión injustificable. Pasaba largos ratos tendido en el corredor o bajo la ventana, atento al menor sonido que llegara desde el interior.

Por eso, una mañana, Sergio apareció con la camioneta cargada de madera, herramientas y materiales para construirle una pequeña casa junto a la cabaña.

—Estas son para Niebla —dijo Cristóbal.

—¡Tendrá su propia casa! —gritó Vicente.

Mientras descargaban la camioneta, Noelia plantaba nuevos rosales. Había rojos, blancos y amarillos.

Niebla salió corriendo y recibió a Sergio apoyándole las patas sobre el pecho.

—¡Saca este perro de encima!

—Te está saludando —dijo Noelia.

—Podría hacerlo con una pata.

Cavieres llegó poco después y, en su condición de padrino, decidió que también estaba autorizado para supervisar la construcción.

—¿Tú sabes construir? —le preguntó Sergio.

—No.

—Entonces no toques nada.

Cristóbal y Vicente comenzaron la casa de Niebla con dos tablas desiguales y varios clavos que Sergio prefirió no mirar.

Cavieres daba instrucciones que nadie le había pedido, Sergio trataba de corregir una pared que ya comenzaba a torcerse y el perro corría alrededor de todos llevándose cuanto trozo de madera encontraba suelto.

Osvaldo salió de la cabaña con el bebé en brazos.

Noelia acababa de plantar el último rosal y afirmaba la tierra alrededor de sus raíces.

—¿Otra vez rosas? —preguntó él.

Ella levantó la mirada.

—Otra vez.

Osvaldo se sentó a su lado y acomodó a Osvaldito entre ambos.

Un martillazo resonó en el terreno.

Noelia apoyó la cabeza sobre el hombro de Osvaldo.

Frente a ellos, Cristóbal y Vicente discutían sobre el techo de la casa de Niebla. Cavieres intentaba demostrar una habilidad que no poseía, Sergio procuraba impedir que la construcción se viniera abajo y el perro corría entre todos con una tabla en el hocico.

Osvaldo contempló a los niños, a Noelia, al bebé, los rosales y la pequeña casa que comenzaba a levantarse entre risas.

Esta vez, su plegaria no necesitó palabras.