CAPÍTULO 4
Órbita
Mi alma se meció en el viento hasta caer en mi cuerpo acostado sobre el sofá. Abrí los párpados con pereza, mientras traté de hallar oxígeno para meter a los pulmones.
Y lo vi, parado frente a mí, sus ojos fijos en mis curvas tendidas sin nada que las cubrieran.
Repasó mis tetas de donde salieron gotitas tímidas de leche, sobre todo de la que no le dio cierto tratamiento especial.
Mis piernas descansaron pegadas la una a la otra y solo se atinó a vislumbrar el inicio de mi raja.
Sin pensarlo, con los ojos oscurecidos, las pupilas dilatadas y cierta turbación en su semblante que habló sobre su dominio, desabotonó su camisa y se la quitó en un movimiento violento pero preciso.
Se me escapó el aliento de entre los labios. Mis ojos vagaron por sus increíbles músculos definidos e hinchados. Tenía un cuerpo espectacular, cincelado, moreno y exquisito. Se me hizo agua la boca.
Atrevida, con el calor que volvió a acogerme desde el centro, me senté en el sofá, entre sus piernas, negué cuando sus manos quisieron deshacerse del botón del pantalón, y fueron remplazadas por las mías que, temblorosas, se hicieron cargo.
Su ceja se alzó, sin embargo, la media sonrisa maliciosa de sus labios me incitó a continuar.
Tragué saliva, me relamí con apetito y le quité el botón al vaquero. No aparté los ojos de los suyos, no hasta que bajé el cierre del pantalón y su erección casi me golpeó la cara.
Mis párpados se abrieron. Pese a que lo sentí, no dimensioné por completo su tamaño. Y sí, era grande, no obstante, su grosor fue lo que casi me hizo recular. De ninguna manera me iba a caber en la boca, entonces, ¿por qué casi se me salió la saliva al contemplar sus abultadas venas?
Jadeé, paseé la punta de los dedos por su tronco y me maravillé ante el descubrimiento de que tío Robert no usaba ropa interior.
Alcé la vista y me estanqué en sus pozos oscuros que me absorbieron en un sortilegio.
―Vamos, Lucy, comete mi polla para que se deslice mejor sobre tu delicioso coño.
El escalofrío me cruzó, sus crudas palabras amenazaron mi estabilidad, movieron los cimientos de mi entereza y, como si de una orden que no pude desacatar se tratase, mis manos se activaron, una bajó por completo el pantalón, mientras la otra lo cogió del tronco y lo toqué, primero con suavidad, y luego, cuando su gruñido suave me supo a poco, me avoqué a complacerlo.
Me olvidé de la delicadeza y fui directo por el premio mayor. Me relamí antes de llevar mis labios a su punta, antes de lamer la pequeña gota de líquido preseminal que paladeé con gusto.
Envolví su punta con la lengua, lo lamí desde los testículos hasta el capullo, mismo que trabajé con los labios durante varios segundos, con lascivia, sin pensar en los sonidos acuosos que creé con la boca, con mis manos que se empaparon con la saliva que no me atreví a succionar cual perra malcriada.
Tío Robert gruñó, bramó y me tomó de la cabellera para enredar las manos con mi pelirroja melena.
Siseó, sus caderas se movieron cuando traté de metérmelo de lleno a la boca.
Las comisuras de mis labios ardieron, y creí que no me entraría, que no podría, sin embargo, su polla se deslizó y me llenó.
Mis mejillas lo acogieron y, ansiando más, lo tomé del culo y llevé mis ojos cristalizados por las lágrimas no derramadas a los suyos para que entendiese lo que quería.
Maldijo por lo bajo, me tomó de la cabeza con dureza, me inmovilizó y sus caderas adquirieron vida propia en un vaivén demencial que me hizo lloriquear del gusto, no exactamente porque no doliese, sino porque verlo tan fuera de control prendió las zonas correctas de mi cerebro para que la pasión me abrasara desde los pies a la cabeza.
Perdí la capacidad de enfocar la vista cuando aumentó el ritmo de sus acometidas, cerré los párpados y moví la lengua sobre su tronco para ayudar a que se corriera.
Se engrosó, se tensó y casi sollocé ante el presagió de su orgasmo.
Sus caderas se detuvieron, sus músculos temblaron, sus manos empujaron mi cabeza hasta que se topó con el fondo de mi garganta y el reflejo me ganó por un segundo, el mismo que tío Robert necesitó para dar marcha atrás sin derramarse entre mis labios como tanto codicié.
Mareada, con el coño goteando en el suelo, donde acabé hincada entre sus piernas, agitada y caliente, alcé los ojos para descubrirlo.
Sus fosas nasales bailaron con cada profusa inhalación, su pecho se expandió, sus músculos se cincelaron al exhalar, en una danza erótica que exaltó mi libido, en especial cuando aprecié su mirada lobuna, salvaje, que me hizo gemir.
Era una combinación deliciosa de control y fuerza demasiado exquisita para no deleitarme con su silueta.
―Voy a terminar en tu vagina ―adjuró con seguridad―. Voy a preñarte de una vez, Lucy, voy a hacerte mía y cuando tengas a mis crías, podré reclamarte para que te conviertas en mi mujercita bonita, en una muñequita que follaré y cuidaré.
Jaló mi cabello para que lo mirase desde mi posición y solo gemí de placer cuando el nirvana me alcanzó al escuchar sus palabras.
Tirité, mi dulce elíxir goteó sobre el suelo y las palpitaciones abrieron y cerraron mi coño.
Sin esperar a ver mi resolución, o quizá porque la intuyó gracias a mi transparente mirada, me cogió de la cintura como si no pesase nada y me echó sobre el sillón, casi me lanzó sobre este para que volviese a mi posición anterior.
Lo admiré sin pestañar. Oteé su cuerpo grande, sus manos que cogieron mis muslos para abrirme de piernas, para hincarse entre estas.
Siseó entre diente cuando descubrió mi vulva perlada, encharcada con la dulce lubricación que salió de mi interior.
Me aferré al cojín a mi espalda, a los bordes de la tela y aguardé a que su inspección terminase.
Se relamió con apetito. Su mano en mi rodilla se resbaló al interior de mi muslo.
―Eres muy suavecita, Lucy, tanto, que me dan ganas de morder cada parte de tu cuerpo. Y quiero contar las pecas de tus tetas, de tu cuello, de tu carita de muñeca. Quiero acariciarte, enrojecerte la piel, calentarte hasta que te corras como si de ello dependiera tu vida.
Su mano alcanzó mi sexo. Tirité y me tensé, mi vagina se cerró y él sonrió, sonrió con majadería, y sus ojos brillaron con perversión.
Pasó el pulgar por mi raja.
―Aquí entraré después de probarte y te marcaré para que solo pienses en mí y no haya más nada. Y mientras te folló, me beberé tu rica leche de vaca en celo… ―Sus pupilas buscaron las mías―. Porque eso es lo que quieres, ¿cierto, mi bonita vaca?
Tragué el nudo, mi respiración agitada, así como los latidos desembocados de mi corazón. Y asentí, despacio, con una extraña calma que, lejos de sosegar mis sentidos, agudizó mi sensibilidad.
Su sonrisa se amplió y, ante mi mirada atenta, bajó su cuerpo, se acomodó sobre el sillón para acercar su rostro a mi sexo que olfateó con deleite.
―Hueles delicioso… ―musitó con la voz ronca.
Temblé, mis dedos se hundieron en el cojín, las pulsaciones bajaron a mi coño y aparté la mirada cuando sacó la lengua y la metió entre mis pliegues.
Jadeé, los ojos se me fueron al fondo del cráneo y todo estalló por los aires. Tío Robert perdió la paciencia al probarme y gruñó como una bestia.
Me abrió con los dedos, metió la lengua en medio de mis labios que lamió, succionó y mordisqueó con exasperación. Para después darle un trato similar a mi pequeño clítoris que respondió al llenar de energía mi cuerpo.
Lloriqueé, me revolví, mis caderas crearon círculos concéntricos que él aprovechó para devorarse mi vulva, para recorrer el mapa de mis sentidos y retener mi orgasmo cuando se alejó una y otra vez para lamer mi piel, para subir a mi abdomen para deleitarse con el pequeño riachuelo de leche que descendió desde mis tetas.
Se rio en mi cara cuando tirité y le rogué por más, cuando quise empujar su cabeza para que terminara su tarea, para que su lengua y labios se hicieran cargo de mi deseo, pero fue inútil.
Tío Robert no me dejó correrme, pese a que la energía creció y creció con más fuerza, hasta que no pude más.
Grité, mis labios se separaron con lo que comenzó con un grito sonoro hasta que me quedé sin voz cuando me metió dos dedos en la vagina y los movió con rudeza.
Halló mi punto más débil, lo encontró a la primera como si supiera cómo hacerlo y su boca fue directo a mi clítoris para mancillar mi juicio.
Temblé, los estremecimientos como sismos de magnitudes nunca antes vistas y entonces el océano se creció y creció, hasta que el agua lo llenó todo cuando el geiser escondido en mi interior estalló y le empapé el rostro.
Me tensé de pies a cabeza, el sol me acogió y quemó en vida, hasta que me convertí en cenizas entre sus manos y me resbalé en una nube esponjosa en la que cada parte de mi ser se colmó de energía y, a la vez, me vacié.
Me desplomé sobre el sofá, ya sin poder más que respirar, sin estar consciente del todo de los besos que regó por todo mi cuerpo, de las lamidas con las que limpió la leche que se derramó sobre mi abdomen.
Subió y subió, llevó sus labios a los míos y me dejó probar el sabor de mi leche, de mi sexo. Gemí y correspondí la caricia electrizante de sus labios.
―Prueba que bien sabes, mi Lucy ―susurró en mi oído, para después lamerme los labios.
Jadeé, me relamí para deleitarme con el sabor que él creó para mí, uno que sacó de mi propio cuerpo que se prendió en llamas, como si no acabase de sufrir el mejor orgasmo de mi vida.
Abrí los ojos y lo miré. Lo tenía encima, sus brazos grandes lo sostenían.
Me acomodó para que me abriese de piernas y dejase espacio para su gran polla pesada, gruesa y dura que tenía en las puertas de la vagina.
―¿Lista? ―preguntó con seriedad.
Me embebí el deseo que centelló en sus ojos, la última barrera que podía detener lo que estábamos a punto de hacer, el pecado que cometeríamos de cruzar la frontera y unirnos en un solo cuerpo.
No quise responder, en su lugar, bajé una mano, acaricié sus firmes pectorales, gimió al sentir mis uñas, tiritó cuando descendí por su vientre tenso, cuando toqué con la punta de los dedos su erección y lo llevé directo a mi coño. Pegada en sus ojos, moví las caderas y su polla atravesó mi vagina.
Centímetro a centímetro me abrió, me estiró a su alrededor. Mis paredes lo abrazaron temblorosas ante su tamaño, mis ojos se desenfocaron y sonreí, a pesar de que me mordí el labio inferior.
Blasfemó con los dientes apretados, así como todos los músculos de su cuerpo, sus ojos se oscurecieron por completo y, sin que creyese que la sensación pudiese mejorar, tomó el mando y empujó sus caderas contra las mías hasta llegar al fondo de mi vagina.
Gemí de placer, mis manos se fueron a su espalda que arañé, tirité, moví las caderas como pude, sin tener mucho excito.
Rígido, me observó un segundo, antes de maldecir una vez más y caer sobre mis labios para robarme el aliento y la tranquilidad.