Mi tío me alivia (Liberación) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Ley de la atracción

Musitó una maldición que no logré comprender y sus labios chocaron con los míos en un beso voraz, dominante y caliente.

Me tomó del cuello, su mano larga y grande dominó mi garganta, impulsó mi cabeza para hacerse con mi boca, lamerme los labios, succionarlos, meter la lengua entre estos y acariciar cada punto sensible hasta que las piernas me temblaron con tanta fuerza que me aferré a su camisa.

―Dulce, dulce Lucy ―gimoteó tras jalar mi labio inferior.

Se separó lo justo para repasarme con ardor, con un deseo impúdico que no me dio espacio a cuestionar ni a meditar cuando volvió al ataque, solo que esa vez sus manos no se quedaron en mi cuello, sino que las movió por toda mi figura.

Las pasó por mi espalda, profundizó el beso cuando acogió mi cintura y elevó las manos para sentir con el dorso el peso de mis colmadas mamas.

―Te voy a follar, pequeña Lucy, te voy a follar tan fuerte que te preñaré a la primera como tanto quieres y como he deseado hacer desde que te vi cuando abriste la puerta y te desconocí como mi sobrina ―susurró en mi oído.

Me cogió de las cachas, elevó mi cuerpo sobre la encimera y lamió mi cuello desde abajo hasta la oreja.

La electricidad fluyó por todo mi ser, la estática erizó mi vello y gimoteé cuando volvió su boca a la mía, más exigente que antes.

Pero no se detuvo…. La ferocidad de su asalto me desarmó en un milisegundo en el que mis manos entraron a juego para enterrar las uñas en sus pectorales, en sus hombros, en su espalda, que amasé, estrujé y arañé ante su fervor.

Tío Robert no se contuvo, sus manos mancillaron mi trasero, estrujó mi culo con deleite, sin dejar de besarme como se le dio la gana.

Se aferró a mis caderas, me impulsó para que chocara con su pelvis y se frotara contra mis pantaloncillos empapados que mojé en algún momento como si el río Nilo se hubiese desbordado.

Lloriqueé cuando bajó por mi cuello, cuando succionó mi punto sensible justo sobre la yugular. Encontró mi pulso cardiaco y lo desbarató con su boca. La sugilación incendió mi sangre como si se tratase de combustible que quemó mis extremidades.

Gemí, lo despeiné, mis dedos se enredaron con su cabellera y mis caderas se agitaron contra su dureza grande y fuerte.

Me elevé al cielo con la simple fricción, con lo que pude percibir al pegarme como una perra en celo a su bragueta.

No tenía mejor forma de describirlo, deseé tanto a aquel hombre que perdí la cabeza, las inhibiciones y todo lo que pudo detenerme, incluyendo la certeza de que mamá me mataría si lo supiera.

No me importó, no cuando tío Robert se alejó un segundo para arrancarme la camisa y sacarla medio rasgada por encima de mi cabeza.

Me miró un segundo, alterado, con la respiración tormentosa, su pecho se movió y descubrí que los siguientes botones sobre sus pectorales cedieron ante la tensión de sus músculos, revelando un torso esculpido, fuerte, así como un vello suave y excitante por el que quise pasar los dedos.

―Tienes las tetas más eróticas que vi ―musitó por lo bajo, en una clase de encanto ancestral que provocó un temblor en mi centro.

Llevó la mano a mi pecho y lo pesó con cuidado, lo observó con detenimiento, se detuvo en mi pezón y alargó el pulgar para castigar la perla con una vaga caricia.

Gimoteé, mi espalda se curvó hacia el frente, mi cabeza se desplomó hacia atrás y todo mi cuerpo respondió como si estuviese a punto de correrme, como si mi mundo solo girase en torno a su tacto.

―Hay mucha leche dentro de tus tetas, pequeña Lucy…

―¿Sí?

―Sí, mucha. ¿Duele?

La pregunta me cogió por sorpresa, aunque rápido olvidé todo cuando amasó mi seno y las gotas de leche salieron más rápido, por más pequeños puntos de mis pezones.

Me mordí el labio y atiné a asentir, con una mirada lastimera en la que no pude fingir el deseo que se desbordó de todo mi cuerpo, en especial de mi sexo, que aromatizó el ambiente y se unió a su fragancia para marearme.

Su sonrisa se alargó, sus colmillos afilados aparecieron y me jaló el pezón con rudeza.

―Entonces hay que resolver este inconveniente antes de preñarte, ¿no crees?

―Sí, por favor, tío, cómemela las tetas y préñame ―pedí crispada.

Sus ojos se incendiaron, su sonrisa vaciló antes de alargarse hasta alcanzar sus ojos y, sin que pudiese enmarcar su bello rostro viril con la mejor expresión que un hombre podría tener al mirar a una mujer, me jaló del cuello y sus labios chocaron con los míos con rudeza, una diferente a la anterior.

En su gruñido lobuno detecté las ansias de marcarme, de devorarme de los pies a la cabeza, y ya no pude más que regalarle lo que tanto quería… Lo abracé con desesperación, lo apreté contra mi cuerpo y dejé que recorriese mis curvas, que plasmase sus dedos en mi cuerpo, en mi cintura, en mi culo.

Sin que me diese cuenta de cómo lo hizo tan rápido y sin perderse de mis labios, me quitó los pantaloncillos y las bragas, mismas que creí que me iban a proteger, y que quedaron en su mano por un segundo, empapadas, pesadas y sucias con mis pecados.

―¿Así deseas a tu tío? ―inquirió con perversión, sus ojos en los míos, oscuros y lascivos.

Asentí.

No pude negar lo evidente.

Se relamió los labios y, sin importarle nada, lazó las prendas enredadas al suelo, para después cogerme del culo, besarme una vez más, y llevarme a la sala, donde me sentó a ahorcajadas sobre su cuerpo.

Sus labios bajaron antes de que pudiese pedirle que se la sacara de una vez para follarme.

En ese punto, no le tomé tanta importancia a mis tetas lactando, solo lo quería a él, a su polla grande que abrió mis labios para que le mojase la bragueta.

La sensación fue rara, pero lo callé cuando su boca descendió a mi cuello, mordisqueó mi sensible piel y siguió el recorrido dejado para llegar a mis pezones.

Cogió mis tetas, ambas, pero no eligió una…

―Eres toda una vaquita lactante, mi Lucy ―siseó con la mandíbula tensa.

Juntó mis pechos y, descarado, lamió mis pezones con intensidad, con la lengua dura y húmeda. El mundo giró y giró, los estremecimientos se esparcieron y anunciaron la ola del tsunami.

Sus manos vagaron por mi cuerpo, necesitando más, urgido ante la imprudencia de tenerme sobre su cuerpo, de poseer todas y cada una de mis curvas.

Gruñó al probar mi leche, sus manos se extendieron por mi culo, lo quiso coger por completo sin excito alguno y, en su lugar, mi carne se derramó entre sus dedos, incitando su perversión.

Lamió y lamió como un desquiciado, apretó mis tetas sin interesar dejar marcas o el dolor que pudiese sentir, mismo que se convirtió en delicioso ardor que aumentó la fogata en mis entrañas.

Cuando no pudo más, cuando sus manos hicieron bajar mis caderas para hundir su bragueta entre los labios de mi coño, se decidió por la teta derecha y succionó con vigor.

Las estrellas aparecieron, la sonrisa tonta alargó mis labios, las vibraciones se expandieron por el agua hasta formar una gran ola que se solidificó con cada violenta aspiración que recibí de sus labios.

Y su lengua… su exquisita lengua rodeó la areola, fustigó el pezón y sus dientes terminaron de mordisquear mi entereza hasta destruir cualquier arraigo que me detuviese en la tierra.

Me elevé con prisa, mi cuerpo tiritó ante la descarga de energía. Las costas no tardaron en ser cubiertas por el agua, la leche me salió a borbotones y sus dedos pinzaron mi pezón libre para ordeñarme cual vaca y mojar su torso, su cuello, el sillón y todo lo que pringué con el arrebatador orgasmo.

Me descontrolé, lo empujé contra mi pecho, lo hundí en mi carne al abrazarme a su cabeza y moví las caderas sin que la retención de sus manos grandes fuese suficiente para que me masturbase con su bragueta empapada con mis jugos.

Perdí la capacidad de ver, de escuchar, pero sentí todo magnificado al mil por ciento, en especial cuando acogió mi teta con ardor y succionó tan duro que desencadenó otro orgasmo, esa vez, para lanzarme de lleno al espacio donde levité y la luz me desintegró en mil estrellas que se desplomaron para caer entre sus brazos macizos que me recibieron como mi hogar.