CAPÍTULO 2 #2
Meneé las caderas sin querer, fue un acto impulsivo que hice al estirarme para coger la toalla y me pareció escuchar un suave gruñido animal. Pero debía estar en mi imaginación, ¿cierto?
Respiré hondo para calmar el resquemor, el sonrojo en mis mejillas, cogí el vaso, me tomé mi tiempo para rellenarlo de agua y ponerle los cubos de hielo.
Deseé pasármelo por todo el cuerpo para aplacar el calor que nació de mi deseo, mismo que nada tenía que ver con el verano, pero no pude hacerlo, en su lugar, volví a la sala para entregarle el vaso a tío Robert.
Sus dedos hicieron contacto con los míos al coger la bebida y me miró un instante antes de apartar la mirada.
―Tu madre me ha contado que estás por graduarte.
―Sí, ya falta menos.
Mi voz vaciló, pero me felicité por responder sin quebrarme por completo. Que me funcionara el cerebro cuando lo tenía enfrente, cuando mi nariz se inundó con su esencia efervescente, cuando mis ojos bajaron hasta la bragueta dura de su pantalón, fue todo un logro.
«Calma, Lucy, calma» ―me repetí como un mantra.
Retrocedí y me senté lo más lejos que pude sin verme ridícula y respondí sus preguntas.
En realidad, tío Robert no sabía mucho sobre mí.
No me extrañó, pese a ser su única sobrina, no pasaba mucho tiempo con la familia.
Desde que los abuelos murieron tío Robert se alejó casi del todo, de allí que no lo conociera hasta que fui mayor.
Mamá estaba embarazada cuando su madre murió, cuando mi abuela partió para reunirse con el amor de su vida, y quizás aquello marcó la distancia para que tío Robert se fuera a un inhóspito lugar.
Ni siquiera sabía bien mi edad. Su ceja se alzó cuando respondí, y quizá verlo tan tranquilo, tan masculino, envuelto en su faceta seria y misteriosa, en la que no sonrió y solo se centró en mirarme de aquella manera tan difícil de describir, que terminé hablando más de la cuenta.
Sí, me perturbó su forma de ser. Pasó de un tío cualquiera, de sonreír, a mirarme con más y más intensidad.
Me moví sobre el sofá, pasé de la posición de indio, a encoger las piernas, a cruzarlas, a…
todas las posturas que se me ocurrió. Mis manos se movieron y sonreí cual estúpida al contarle no sé qué gracia que a él solo le hizo entornar los ojos y beberse el último trago de agua.
―Entonces, ¿planeas seguir estudiando?
Asentí con efusividad.
―Bueno, si quiero tener una mejor oportunidad de trabajar y tener un buen puesto, un post grado me podría ayudar y…
Y seguí hablando, él solo me miró como si le importara, como si entendiera cada palabra que salió de mi boca, la cual repasó en más de alguna ocasión y, cuando creí que ya había dicho todo lo que se podía decir del tema, hizo una pregunta que me dejó quieta y callada.
―¿No le molestará eso a tu novio? Quiero decir, ya estás en buena edad para tener bebés, Lucy.
Seguro él querrá casarse contigo antes de que un canalla se adelante y te enjaule en sus manos, ¿no crees?
Veintidós años… Creo que es una estupenda edad para formar una familia, hacer a un hombre muy feliz al convertirte en su mujercita, preñarte y consentirlo, ¿verdad?
Sus ojos se oscurecieron, su voz se enronqueció y algo en su postura cambió, como si sus músculos se hubieran hinchado.
Tragué saliva y me relamí los labios. Parpadeé para comprender su pregunta, su comentario tan extraño, más que por sus palabras retrogradas y sexistas, por su forma de decirlas, de mirarme, de pasar las pupilas por mi boca, por mi cuello, por mis pechos que se exhibieron gracias a que contuve el aliento, y terminó en mi corto pantaloncillo, en mis muslos de jamón que desbordaron del dobladillo gracias a la posición de mis piernas.
―No, yo… No tengo novio ―dije al fin cual tonta.
Su ceja se alzó, después bajó los ojos y se le frunció el ceño al ver mis tetas, porque sin duda me estaba viendo los pechos.
Y entonces lo sentí… Con horror, deseando que no fuera lo que creí, gritando en mi cabeza que eso no podía estarme pasando en aquel momento, bajé los ojos para descubrir dos grandes círculos de leche sobre mis senos, dos círculos que un minuto atrás no estaban allí, o al menos eso creí a juzgar por su reacción.
Y no solo eran los círculos, sino mis pezones que se transparentaron, que erguidos se observaron con claridad a través de la camisa.
Di un gritito de terror y de inmediato me cubrí con las manos.
Atontada, con el pulso en el cuello, en los oídos, avergonzada por lo que acababa de descubrir, me levanté del sofá, murmuré un «Lo siento, creo que mi cabello mojó la camisa» que carecía de sentido, porque tenía el cabello lo suficientemente seco para haberlo hecho, y caminé directo a la cocina.
Estúpidamente creí que podía secarlo con la toalla pequeña que mi madre mantenía a mano.
Cogí la toalla y, sin salir del espanto, traté de secarme. Me pasé la toalla con dureza, algo que solo logró crispar mi cuerpo y alentar la produciendo de leche, como si al fin la represa que retenía el líquido blanquecino hubiese caído hasta desbordar la leche de mis tetas.
Una mano grande y pesada cogió la mía a medio camino.
―Lo vas a empeorar ―indicó con suavidad.
Me quitó la toalla y la dejó sobre la encimera.
Con cuidado, me giró para descubrirme ante él, con la camisa empapada, las mejillas encendidas por la vergüenza y los ojos llorosos.
En cambio, él estaba completamente serio, rígido, con los músculos tirantes, al punto en el que las venas del cuello y de las sienes se resaltaron bajo su piel morena.
Tragué el nudo y mi sexo punzó ante la visión más lubrica que vi en la vida.
―¿Estás embarazada, pequeña Lucy? ―preguntó con la cabeza ladeada y la voz más sombría.
Incluso sus ojos acompañaron el cuestionamiento y se le oscurecieron como si ya no los tuviera casi negros.
Perdí el aliento, me mareé, mi cabeza dejó de funcionar.
Negué, logré responder a su pregunta aun cuando no tenía voluntad, incluso cuando la enajenación que me provocó su presencia se hizo con mi mente.
Su aroma se adentró por mis fosas nasales, descendió por mi sistema respiratorio y, en lugar de llegar a mis pulmones, se coló directo hasta mi vientre para calentar el núcleo.
Me iba a quemar en vida como siguiera viéndome de aquella manera.
―Entonces, ¿por qué tus tetas están lactando?
Mordí mi carrillo, no pude ni siquiera bajar la vista y la urgencia de decir la verdad apareció, solo que no se quedó en mi cabeza… Mi boca se abrió antes de que pudiese retener mi lengua y contener la verborrea.
―Es que quiero que un hombre se alimente de mis senos cual vaca y me follé mientras me folla como se le dé la gana.
Las alarmas se prendieron en mi cerebro, casi me abofeteé por decir tal sandez con ese tono sumiso y suave, a punto de gemir.
Sus ojos brillaron, sus pupilas se agrandaron al siguiente segundo.
―Ah, ¿sí?
―Sí, quiero que un hombre me folle duro, que me tome como su hembra y me embarace tal y como dijiste que debería hacer ahora que estoy mayorcita.
Ni siquiera lo estaba intentando. Por dentro, me golpeé una tras otra vez, pero por fuera solo seguí las ordenes veladas que esgrimieron sus ojos, como si me estuviese controlando. Claramente no tenía sentido.
―¿Te quieres embarazar de un macho, pequeña Lucy?
Me mordí el labio inferior y asentí.
―Sí, pienso mucho en ello, en cómo se sentiría que me llenaran la vagina y el útero, que me succionaran las tetas mientras me colman el coño y me estremezco de placer.
Tío Robert se acercó, cortó la distancia entre nuestros cuerpos y me pegué a la encimera, mi espalda tocó el frío material de granito, pero ni eso me hizo recobrar la postura.
―¿Eres una viciosa, pequeña? ―inquirió con ardor, con la voz ronca y masculina.
Su mano cogió mi quijada y su pulgar recorrió mi labio inferior. Mi boca se abrió y solo alcancé a asentir con una especie de gemido.
La humedad entre mis piernas se coló a mis pantaloncillos, mis muslos se empaparon y supe que estaba perdida cuando él bajó los ojos a mis labios y el tiempo se detuvo cuando vino a por mí, cuando dejó de fingir ser mi tío y se propuso cumplir con mi sueño, un sueño que jamás creí que realizaría, mucho menos con el hermano de mi madre.