CAPÍTULO 2
Ley de la gravedad
Después de masturbarme, de hablar con Lola y desperdiciar el poco tiempo que tenía antes de que el timbre de la casa resonase en mi cráneo, me fui a dar una ducha.
Me lavé con todo el cuidado que pude poner, en especial al enjabonarme las tetas. Las tenía pesadas desde que las primeras gotas de dulce elíxir salieron de mis pezones que se alargaron con el toque.
Si algo tenía de desventaja tener un fetiche tan peculiar, era la sensibilidad.
Desde que comencé con el tratamiento indicado por Lola, mis pechos se crecieron un poco más, no lo suficiente para que fuese evidente, no en realidad, pero ese no era el problema.
Lo cierto es que mi sensibilidad aumentó días antes de comenzar a lactar.
Mis pezones se volvieron hipersensibles al toque, me escocía un poco usar ciertas telas o llevar sujetadores.
Al principio lo toleré como bien pude, y después, cuando mis padres partieron para ir al crucero y viajar durante más de un mes, me olvidé de llevar ropa la mayoría del tiempo.
Paseé desnuda en la casa y gracias a ello terminé masturbándome en la sala, en la cocina, en el comedor. Traté de exprimirme las tetas cada que el calor se me subió al rostro. No lo hacía por vicio, sino porque me quemaba en vida.
Cada roce, aunque fuese por error, se transformaba en deseo, deseo impuro en el que me imaginé siendo dominada por un hombre como tío Robert.
No tenía que ser él, ¿verdad? Pese a que casi siempre se me venía a la mente por su exactitud física con el hombre de mis sueños, no era requisito indispensable que él fuese la persona que me llevara al nirvana.
Por desgracia, la fantasía no entiende de razones.
Quise frenar mis impulsos, quise pensar en alguien diferente, pero, por alguna razón indescifrable, no pude apartarlo de mi mente la mayoría de las veces.
Lo imaginé rompiendo mi ropa, cogiéndome de la cintura con violencia, abriéndome de piernas y llevando su boca a mis tetas que apretaría con violencia para después follarme con desesperación, hasta correrse en mi interior.
Lo quería todo, el combo completo. Lo necesitaba rudo, quizá un tanto violento, lo visualicé deseándome hasta la locura, para después tomar todo de mi cuerpo, incluyendo mis tetas cargadas y mi coño lubricado, para después preñarme como un buen macho.
Era una tontería, lo sabía. Había como tres fetiches en una sola fantasía, en un solo encuentro con un espécimen masculino que no estaba en mi liga, pero de eso se trataba mi erótica utopía.
Nunca se lo dije a nadie, ni siquiera a Lola, pero lo mío era un poco más complejo que simplemente hallar a un hombre que quisiera amamantarse de mi cuerpo.
Lola halló a un hombre que le gustaba tomarse su tiempo, recostarse en su regazo y succionar sus pezones sin prisas, a veces ni siquiera terminaban en la cama.
A ella le placía contemplarlo de tal manera.
No obstante, lo mío era diferente. Quería fuego, placer, lujuria en estado puro, quizá más que eso.
No solo pretendía que quisiera mis tetas, anhelé que me deseara a mí, tanto, que se volviera obsesivo, primitivo y territorial, que la locura lo revolucionara a tal punto de querer embarazarme una tras otra vez.
El detalle es que solo quería aquello en la cama, más como una ilusión lasciva exaltada por el momento de enajenación mental, que por la certeza de desearlo fuera del dormitorio.
Sacudí la cabeza y la metí bajo la regadera.
Si al menos lograse tener una de esas cosas… Si al menos un hombre quisiera succionarme los pezones al tener sexo, estaría bien con ello.
Mi mano se deslizó a mi viscoso coño y gruñí por lo bajo.
Ya no tenía tiempo para tocarme, el tío Robert llegaría en cualquier segundo y si seguí así, con las manos masajeando mis tetas y los dedos frotando mi clítoris mientras pensaba en un idilio tonto, no acabaría nunca.
Resignada, cerré la ducha, me sequé con rapidez y cuidado, algo difícil de lograr, y me vestí con las pocas prendas que no podían incomodarme.
Una camisa ancha con el logo de la universidad que en algún momento perteneció a mi exnovio, unos pantaloncillos cortos de algodón para soportar el calor sin desnudarme frente a mi tío y, unas braguitas cómodas y un poco sosas para evitar la tentación de rogarle a tío Robert para hacerme lo impensable.
Me pasé la toalla por el cabello y el timbre sonó antes de lo esperado.
Mis ojos se desviaron a la pantalla del móvil, faltaban algunos minutos antes de la hora estimada de llegada de mi tío.
Se me frunció el entrecejo al ver mi reflejo.
Cerré los párpados un segundo, ni siquiera pude maquillar mis pálidas pestañas color cobre. Negué un tanto irritada por su exquisita puntualidad y me levanté arrepentida de haber perdido tanto tiempo.
Quizá si no me hubiese tocado… Pero entonces sería peor. Desde el tratamiento para lactar me era difícil sosegar el fuego en mi sexo sin tener que masturbarme, y si lo veía estando encendida, no sabía de lo que sería capaz.
Me desordené el cabello de manera estratégica para darle un poco de volumen y así no se viese tan húmedo, y me levanté de la silla.
El timbre volvió a sonar, esa vez con más insistencia.
Corrí descalza escaleras abajo y grité un «voy» antes de pisar el último escalón, cuando el sonido del timbre persistió más de dos segundos.
Mis pies se enredaron con la alfombra del recibidor y me recompuse antes de poner la mano en el pomo, pese a que no pude controlar mejor mi respiración exaltada. Quizá debía hacer un poco más de ejercicio y no solo conformarme con el yoga.
Acalorada, abrí la puerta y miré hacia arriba para descubrir la torre maciza de músculos que era tío Robert.
Su ceja se alzó al ver hacia abajo y ladeó la cabeza, sus ojos me repasaron en dos segundos, deteniéndose más tiempo del necesario en el logo de la camisa antes de sonreír, una sonrisa ladeada y perfecta que envió un impulso a mi necesitada vagina.
―¿Lucy? ―preguntó con su voz ronca y deliciosa.
Tragué saliva y asentí porque no me salió la voz.
―Joer, ¡qué grande estás! ―rugió por lo bajo, un sonido extraño que casi me hizo gemir del gusto.
Y lo hubiese hecho, de no ser porque me tomó por sorpresa cuando su gran cuerpo se aproximó al mío para envolverme en un fuerte abrazo que me dejó sin aliento.
Su aroma fue lo primero que me llegó. Olía a limpio, a pino y a hombre, sí, el sudor de su cuerpo fue lo siguiente que se impregnó en mi piel cuando me abrazó y su camisa empapada hizo contacto con mi rostro, para después aplastarme las tetas con su fuerte y definido abdomen que tiró hacia delante al sentirme suave contra su figura.
Me mordí para no lloriquear como hembra en celo y me quedé rígida pese a que solo quería mirar hacia arriba y rogarle para que hiciera más que sostenerme con sus brazos.
Se separó tras un breve lapso con su sonrisa más grande, al punto en el que me mostró sus colmillos y me repasó una vez más.
―Sí que estás crecida, pequeña Lucy.
Y, ante mi horror, me desordenó el cabello como antaño, bajando mi temperatura corporal en tres milisegundos.
Sonreí, tensa, y le hice entrar. Ni siquiera supe bien qué dije para que pasara a la casa, a la sala, donde se sentó con un fuerte estruendo y dejó caer la gran mochila militar al lado.
―Perdón por llegar de improvisto, pero tuve que hacerlo. Tenía un papeleo que estuve postergando y me salió un vuelo barato para venir. Llamé a tu madre, pero no sé si ese crucero en el que anda con tu padre no recibe señal o qué, pero no me respondió hasta que aterricé.
Asentí sin mucha seguridad. Sus ojos me siguieron cuando me quedé parada frente al sillón de tres plazas, en diagonal al que estaba sentado.
Me embebí mis ideas y las ganas de repasar sus fuertes piernas abiertas embutidas en unos vaqueros oscuros y rasgados por el desgaste, o subir por su torso musculoso, sudado, que olía a él, a hombre, a testosterona pura que atontó mi cerebro y humedeció mi vagina.
No ayudó que llevase una camisa a cuadros, negros y grises, de botones, que tenía abiertos desde el cuello hasta el inicio de sus pectorales que pugnaron con reventar los restantes.
Y ni hablar de su rostro, del sudor en su frente, en los laterales, lustrando su piel de caramelo, o de su barba desprolija, de su sonrisa enigmática, o sus ojos oscuros que se empequeñecieron cuando miraron otra vez el estampado de mi camisa que sentí más pesada e incómoda que nunca.
Carraspeé para salir del trance.
―¿Quieres algo de beber? ―pregunté al fin.
Sus ojos se enfocaron por un segundo en mi boca y luego se fueron a mis pupilas.
―¿Tendrán tus padres alguna cerveza?
Se acomodó en el sillón, bajó sus caderas y sus piernas se abrieron un poco más, como si necesitase algún incentivo extra para que viese su entrepierna, misma que me negué a descubrir.
Negué.
―Mamá dice que no sabe bien y papá solo bebe vino.
―Ya… Me lo imaginaba.
Su sonrisa disminuyó, pero su mirada, su mirada hizo que cada parte de mi ser temblase. Me mordí el carrillo y vacilé.
―Entonces agua, si está fresquita mucho que mejor. El verano aquí es… sofocante.
Volví a asentir, y me quedé con su última palabra que resonó en mi cerebro gracias al tono que usó, esa manera en la que su voz engrosó y casi me pareció un hechizo que electrificó mi vientre para que se contrajera. Estuve a punto de tener un orgasmo mental gracias a su voz.
«¡Cálmate, Lucy, son solo tus malditas hormonas!» ―me regañé.
Sacudí la cabeza, dibujé una falsa sonrisa en mis labios y murmuré algo sobre ir a traer el vaso de agua, que debíamos tener hielo o no sé qué dije con exactitud, pero casi corrí hacia la cocina.
Mala suerte que la casa fuese de concepto abierto y su fuerte mirada me siguiera todo el trayecto, incluso cuando se me cayó la toalla de la cocina y me agaché para recogerlo.
¿Me estaba engañando o sus ojos se deleitaron con mi gordo culo?