CAPÍTULO 1 #2
De una u otra manera, fuese por los lazos filiales, por la diferencia de edad, o por la misma genética combinada con sus gustos exquisitos, ese hombre no estaba dentro de mi liga, ni siquiera para convertirse en un simple espectador.
¡Vaya mierda!
***
―Dime que al menos me lo vas a enseñar ahora que ya estás lactando ―insistió Lola con cierto deje molesto, obvio estaba actuando.
―¡¿Por qué quieres ver?! No lo entiendo, tienes las propias, incluso mejores porque tus tetas sí producen una buena cantidad de leche. Las mías apenas tienen unas gotitas, y eso que he seguido al pie de la letra tus instrucciones.
Lola chistó y negó con la cabeza.
Me acomodé mejor en la cama, mi escote se profundizó y los ojos de mi amiga se fueron a mi par de senos que sabía que quería ver más que nada en la tierra. Bueno… era una exageración, más o menos.
―Puede que ahora digas eso porque en realidad no lo has hecho bien, ya te digo… Espera a que uses un sacaleches o que tengas la boca de un hombre o mujer pegada a tus pezones y entonces saldrá un riachuelo que no podrás contener.
―Bah, mientes. Llevo más de una semana lactando y sigo esperando lo que prometiste ―acusé con fingida seriedad.
No me podía molestar con Lola, no solo porque era mi amiga, sino porque me ayudó en todo el proceso, me ayudó a cumplir con mi fantasía.
Lola era una especie de amiga/terapeuta/consejera/consultora de problemas de lactancia, entre otras cosas.
Que nos encontrásemos en el foro especializado en lactancia sexual fue una mera casualidad. Yo solo quería charlar con alguien que tuviese mi misma fantasía. Me topé con algún hombre, pero no había ni uno cerca, mucho menos apropiado. Sin embargo, conocer a Lola fue… diferente.
Pese a que sus bromas siempre contenían cierto carácter sexual, no lo decía en serio, no a menos que yo quisiera, y eso no iba a pasar, mi enorme heterosexualidad me lo impedía, para mi desgracia.
Y no lo decía solo porque Lola fuese una mujer con mi mismo fetiche, sino porque me parecía bonita, agraciada, quizá nuestras edades dispares significarían algo de querer pasar al plano erótico, pero no cuando éramos amigas.
Lola tenía treinta y seis años, era obstetra y ginecóloga en uno de los hospitales de más renombre en su país, porque sí, no vivíamos ni siquiera en la misma zona horaria.
―Venga, ya verás, solo es cuestión de que te arriesgues.
Deberías de ponerte un bonito vestido ajustado, unos tacones altos que te hagan sentir como toda una hembra empoderada capaz de ir a por lo que quiere, peinarte y maquillarte como una diosa dispuesta a comerse un delicioso sacrificio y salir a una discoteca, un bar o yo qué sé lo que prefieran los de tu generación.
Me reí por lo bajo, no por sus palabras, sino por el gesto que hizo con la mano que acompañó con un movimiento de ojos bastante peculiar.
Jadeé.
―No creo que sea la solución, la verdad.
―Ya te lo digo yo, cuando te succionen las tetas, te saldrá más leche y…
―No, no me refería a eso ―la detuve y mi sonrisa se amplió―. Lo decía porque no creo que encuentre a un hombre que quiera amamantarse de mi cuerpo y luego follarme y seguirlo haciendo hasta dejarme secas las tetas.
Un gemido de ofuscación se atascó en su garganta y calló por varios segundos.
Ambas lo sabíamos, no era sencillo encontrar a personas con nuestro mismo fetiche.
Existían, estaban allí afuera pensando en lo mismo que nosotras, fuese alimentar o ser alimentados por un buen par de tetas rellenas, mientras follaban como conejos, mientras se daban como cajones que no cierran, pero eso no significaba que los pudieses hallar sin más.
Las personas no llevan un cartel con sus filias, con sus deseos pegados en la frente.
Se puede hallar o no alguien compatible contigo en la cama, puede que en algún momento lo tengas en frente y nunca te enteres, puede que pasen mil cosas antes de saber que tenían los mismos gustos.
Para Lola fue difícil, pasó un año antes de encontrar a un hombre con el que probar su par de pechos cargados de dulce néctar blanquecino.
¡Un año entero! Se decía rápido, pero pasó por mucho.
Y lo peor, su compatibilidad solo se reducía a la lactancia, a noches asombrosas en las que se deleitaban con sus cuerpos, al menos Lola admitía que disfrutaba con una parte del sexo.
«―Su boca es asombrosa, es una pasada. Deliciosa, golosa y… ―se quedaba sin aire―. Pero su polla es… ―Y callaba por respeto, pese a que su gesto: su boca ladeada y sus ojos sin brillo, lo decían todo».
―Además, hoy no puedo salir ―continué para cambiar la atención del tema.
Lo cierto es que necesitaba decírselo a alguien, al menos lo que podía contar sin que llegaran a arrestarme por tener tan amorales pensamientos.
―¡Ah, ¿sí?!
―Sí, no puedo.
Negué con la cabeza, divertida con su tonito.
―¿Y eso? Sé que eres medio un ratón de biblioteca, pero ya estás por graduarte, ¿no?
―Claro, no tengo que estudiar. No hasta que comience el post grado, pero no lo digo por eso.
―¿No?
Sus ojos se achicaron y demandaron una respuesta más seria, pero yo solo estaba jugando un poco con ella, me gustaba encriptar mis palabras para molestarla.
―Nones. No es por eso.
Resopló y me miró mal.
―Entonces…
―Es que mi tío vendrá a casa, y ya que no están mis padres, debo quedarme para estar con él.
Su ceño se frunció.
―¿Y ya está?, ¿es solo por eso? Uno pensaría que, a juzgar por tu expresión, se debía a algo mejor, pero… ¿tu tío? ¡Eso qué tiene de emocionante!
Sí, exacto, ¿qué tenía de emocionante volver a ver a mi tío, al hombre del que estuve coladita desde que tenía uso de razón? Nada, ¿verdad?